miércoles, mayo 10, 2006

HEROICO IV-A

Parece que todo empezó el día cuando Zeus, que andaba rijoso y medio alborotado,
se puso a notar bajo el peplos los pezones de Letos, rosaditos y sabrosones,
asomándose de lo más provocadores. Y, antes que los perros de Pavlov, salivó veloz
para acto seguido dedicarse a tremendear con la doña en cuestión, en un mogote
desocupado que encontraron en el camino que bajaba del Olimpo hacia Macedonia.

Un pastor que andaba por ahí, con unas ovejitas arruinadas y macilentas, contaba
que por muy Dios que fuera, el señor de lo más embellacado le pedía se soltara
el pelo y se dejara llevar pues las noches de luna llena eran para cometer pendejadas;
ella se sacudía la falda y se armaba un huracán con lo sabrosa que estaba
-diosa al fin-, lo cierto fue que sin mucho preámbulo, y menos remilgos, se follaron.

Como los dioses son voluntariosos y les encanta eso de cumplir sus caprichos,
Zeus la empreñó en un tris. No se sabe si a los nueve meses, o a la hora siguiente,
la doña se fue a la isla de Delos y parió por partida doble, primero fue ella:
Una muchachota de brazos rollizos, cachetes resplandecientes y gañote templado,
que resonaba como tambores de negros emancipados, con el que berreaba audaz.

Artemisa para los griegos y Diana Cazadora para los romanos, que por puro joder
siempre cambiaron los nombres a todo y todos; es que esa fama de los italianos
de querer ser los más sabrosos del bamboleo y la guarrería no está mal ganada,
es mucho lo que han hecho aportando -para merecerla- sus peores esfuerzos
aunque sea robándose a una diosa sabrosona, y retrechera como esta que hoy canto.

Pero, volviendo al jaleo, lo que dicen es que ella entonces ayudó a su madre
a que terminara de parir y asistió al nacimiento de un manganzón llamado Apolo
y fue así que Artemisa también fue erigida en patrona de los partos, además
de Diosa de los animales y la cacería, que vino al mundo después de la empetatada
que Zeus le dio a Leto, tras de meterle su traguito de ron y cantarle en la oreja.

Diana, Artemisa, Nuestra Señora de la Paridera, o como sea que la llamaran
resultó ser eso que ahora llaman un mujerón y andaba por esos montes de Dios
con una falda muy corta, de esas que dejan muy poco que imaginar y mucho a ver
haciendo que entre el cielo y la tierra más de uno a ella buscara folgársela
o anduviera por ahí viendo cómo hacía para gozársela aunque fuera con los ojos.

Pero esta diosa virgen tampoco es que era de hielo, y fue así como le hizo ojitos
a Orión y le metía mano y lengua hasta la glotis a Endimión, un pastor buen mozazo él
a quien un día vio en un pastizal, y que la alborotó y le puso a trastabillar la virginidad
por lo que cada noche se encaramaba en su carroza de plata y guiaba a sus corceles,
dicen que blancos como sus muslos, llegaba hasta donde el gañán, lo besaba y se iba.

Como toda mujer, el coqueteo era con quien ella quería y Acteón – que era nieto de Cadmo-
en un ataque machista se enteró de donde era que la piernas ricas se solía bañar
y una tarde se puso de impertinente, y la retrató voyeur al trasluz, por lo que Artemisa
dejó volar su odio, fiero como un halcón, hasta convertirlo en un cervatillo que sus perros
cazaron. Y eso por atisbar el escapulario de sus tetas en escote danzando entre un pozo.

Ahora bien, para seguir en este tono de bardo de medio pelo –como todo buen juglar-
que nunca ha visto un soberano carajo, pero que todo asegura haber comprobado con sus ojos,
esos mismos con los que se ha de indigestar la tierra; dejemos para la segunda parte
de este canto hecho chisme lo que ocurrió con esta ricura hecha diosa y virgen, para
más desgracia, antes de ser condenada a quedarse en el Olimpo por siempre jamás.

© Alfredo Cedeño

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encantó su versión de Artemisa (Diana).


Milagro

Anónimo dijo...

Muy interesante versionando heroĭcus...