domingo, febrero 20, 2011

AQUÍ EMPEZÓ EL JALEO

Hasta hace relativamente poco tiempo se consideró el siguiente texto una especie de prehistoria de nuestra lengua; en concreto que había sido la primera vez que se plasmó por escrito la lengua romance que, evolucionada, hoy conocemos como castellano o español:
Cono aiutorio de nuestro
dueno dueno Christo, dueno
salbatore, qual dueno
get ena honore et qual
duenno tienet ela
mandatione cono
patre cono spiritu sancto
enos sieculos delo siecu
los. Facanos Deus Omnipotes
tal serbitio fere ke
denante ela sua face
gaudioso segamus. Amen
Ese es el texto del códice Aemilianensis 60 que se conservó por siglos entre las paredes del Monasterio de Yuso de San Millán de la Cogolla, en La Rioja, España.
Recientemente se determinó que existe uno más antiguo aún: el códice Aemilianensis 46 de la Real Academia de la Historia de Madrid; al que algunos estudiosos han preferido denominarlo diccionario enciclopédico por su vasto contenido.
En cualquier caso, ambas piezas fueron elaboradas entre los muros de este monasterio entre los siglos X y XI de nuestra era, entre muchas otras obras de similar tenor; por lo que todos coinciden en que fue este lugar donde comenzó su andar escrito nuestro idioma.
A esta altura les pido permiso para hacer otra digresión: cerca de este monasterio está la población de Berceo, cuna en el siglo XII del monje y poeta Nicolás de Berceo, pero donde muchos siglos antes, en el V, año 473 para ser quisquillosos con aquello de las fechas, nació en una familia campesina de origen hispanorromano un niño al que llamaron Emiliano, y cuyo nombre se transformó en Millán. La tradición refiere que se dedicó al pastoreo de ovejas y que, en medio de sus labores, un ángel se le apareció para encaminarlo hacia un ermitaño que moraba en los riscos de Bilibio, lugar donde el río Ebro hace su entrada a La Rioja. Aquel eremita, de nombre Félix o Felices, lo instruyó para que siguiera su ejemplo; a lo cual Emiliano accedió y se recluyó en las cuevas de la sierra de la Demanda durante cuarenta años.
Millán, como también se le llamaba, comenzó a destacar y a ganar fama de santo, hasta que fue llamado por el Obipo Dídimo para ordenarlo sacerdote. Pero caridad y cuentas no suelen llevarse bien; así que todas las donaciones propiedad de la parroquia él las daba a los necesitados lo cual llevó a que fuera acusado de malversación de fondos, y -¡por supuesto!- fue destituido por el mismo Dídimo.
Pero la semilla quedó plantada y Millán, que vivió 101 años, dejó establecida una comunidad religiosa que erigió dos monasterios: uno, el más antiguo donde vivió el santo varón, en la parte alta de la montaña, llamado San Millán de Suso –suso en castellano antiguo quiere decir arriba- y otro a menos de 2 kilómetros de Berceo, que bautizaron San Millán de Yuso –yuso: abajo-.
Fin de fines, y para ir abreviando, que el tiempo de ustedes apremia y no se trata esta de la Vida ejemplar de San Emiliano de Las Narices, que fue aquí donde nuestra lengua comenzó a gestarse ya que los religiosos que les habitaban se dedicaron a la vida propia de estudios en ellos; así como a labores de copistas de obras ya que la imprenta no existía. Este monasterio de Yuso, al que ahora llaman “el Escorial de la Rioja”, fue construido en el mismo sito donde estuvo un edificio románico que se demolió por completo en 1504 para construirlo.
Escaleras preciosas y rincones de luces incitantes al recogimiento. Pasillos de larga data y cruces de arcos que se convierten en bordados de piedras donde todavía resuenan las oraciones seculares de los frailes. Nichos que parecen espejear en las sombras de un Cristo que relumbra al descolgarse sobre un altar mínimo. Una virgen preñada que diluye en las sombras el manto de concupiscencia que le permitió brotar en la criatura que porta en su siniestra. ¡Los códices enormes! ¡Las primeras letras manuscritas y adornadas con primor por aquellas manos monacales!
Dios debe existir, y el cielo también. Fue la sensación que me embargó cuando salí de allí y sólo alcancé a bisbisearle a ellos un profundo agradecimiento por otorgarme el privilegio de estar en la cuna de nuestra lengua, en el propio sitio donde comenzó todo este maravilloso jaleo de nuestro idioma, de la maravillosa fiesta que es el español…

© Alfredo Cedeño













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