domingo, febrero 13, 2011

MARÍA INÉS y NUNCIO, CAMPESINOS DE TRUJILLO




Ella se llama: María Inés Araujo, y él: Nunciación Segovia Flores. Ambos juntan más de siglo y medio a cuestas. Ella ha juntado 76 docenas de lunas, él anuncia, con arrogancia bien ganada, que “son 85 años los que porto”. Viven a doce kilómetros uno del otro, en la orilla izquierda de la carretera de Quebrada de Cuevas que une a Valera con la merideña Timotes.
Son algo más de 600 kilómetros al oeste de Caracas donde están ellos. Sus miradas son cándidas, pero no ingenuas. Sus gestos son apacibles, más no desmañados. Sus voces son broncas, y llenas de aire de la montaña.
Ella recuerda que vivía “de esto que está aquí abajo, así, hacia allá arriba, y salíamos con la mañana cuando ya podíamos ayudar con las faenas de la casa a poner nuestra parte. Porque mire, es que la vida es como una mano, o como una guitarrita, si se rompe así sea una uña, o una cuerda, ya aquello no sirve de más nada. Nosotros siempre estuvimos bien afinados…”
Él, de gesto firme y gesto amable, evoca cuando: “esto era montaña, y la casa de papá era en aquella popa del cerro que se ve aquí mismo. Y de bolas que no ha sido fácil para naiden de por todo esto hacer que la familia saliera adelante; pero con Dios y Santa María uno pudo y seguirá pudiendo porque lo otro es sentarse a orilla del camino como cuando te llegas a una cuesta que es el puro resbaladero de rabo y no haces nada”
María Inés y Nuncio, como llaman los vecinos a Nunciación, estaban este domingo 13 de febrero en sus casas. Y abrieron sus puertas, me ofrecieron sus sillas, derramaron sus vidas en mi libreta, se plantaron ante la cámara, me brindaron dos pocillos de café que sabían a gloria y me dejaron con las emociones a flor de piel. Él repitiendo una y otra vez: “Pareciera que Trujillo no le duele a nadie, y no se imaginan lo que a mi me duele esta tierra de gente de tanto coraje”. Ella diciéndome: “lo único que espero de la vida es ser como ese azulejo, que anda por las ramitas, comiendo lo que Dios tenga a bien darme y vivir en paz”.
© Alfredo Cedeño


5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que escrito más bello, escrito que llega al alma!! Escrito que me invita a conocer Truijillo, a conocer todo esos recorridos que sus fotos muestran!!
A amar a Venezuela!

Soledad

Anónimo dijo...

Hola Alfredo...maravilloso tu trabajo..realmente admirable...te felicito y gracias por enviarmelos...disfruto de tu trabajo

Anónimo dijo...

Disfruto mucho tu trabajo...maravilloso...gracias por compartirlo...

Ra dijo...

Bello Alfredo, muy lindo. Un abrazo.
La turca

Padre Carlos dijo...

Hola Alfredo: Una fiel semblanza. No se sabe donde termina la sierra y comienza el hombre porque ambos son una sólida simbiosis.

Ya te incluí en mi lista de blogs preferidos.

Un abrazo

Carlos