sábado, junio 27, 2015

JUAN ANTONIO BLANCO GIL 2

        Oír a Juan Antonio Blanco es como escuchar un audiolibro de una obra de Graham Greene, o encontrarse en carne y hueso a un personaje de Leonardo Padura. Su vida es un torbellino escondido bajo una apariencia apacible del que solo te enteras cuando él comienza a hablar. Luego de haber estado varios años en el Ejército regresó a la vida civil, pero al querer retomar sus estudios para concluir el bachillerato se encontró que había sido modificado el sistema educativo, así que optó por realizar un examen de ingreso a Ciencias Políticas en la universidad “y lo aprobé, pero entonces las Fuerzas Armadas, que no estaban muy contentos con quienes nos habíamos ido, porque querían que nos quedáramos como oficiales de las Fuerzas Armadas 25 años, y nosotros –yo y una buena cantidad de gente– dijimos que de eso nada, se interpuso y dijo que no, que yo no podía estudiar eso porque esa era una carrera para ellos, para las FAR, que me dieran otra cosa, y entonces me dieron a escoger varias cosas y me fui al Pedagógico Enrique José Varona, en la Universidad de La Habana, donde estaba un grupo de los mejores profesores que todavía quedaban de antes, que no se habían ido. Realmente era un lugar donde podías tener una buena educación y escogí Historia. Todo iba muy bien, empecé a trabajar como profesor de Historia hasta que vino otro de esos llamados “voluntarios” del partido para reclutarte, me faltaba un año más para graduarme y dicen: Necesitamos a los mejores alumnos de Ciencias Sociales para darles cursos intensivos durante un año y que se gradúen en lugar de Historia, o lo que estuvieran estudiando, como profesores de Filosofía de la Universidad, ustedes darán Historia de la Filosofía, o Marxismo, o lo que sea. Dije que sí, y me fui al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana que en aquella época tenía mucho prestigio y tenía la revista Pensamiento Crítico, y entré en ese equipo élite de intelectuales”.
             Eran años en que ese Departamento de Filosofía lo dirigía Fernando Martínez Heredia y luego Marta Pérez Rolo. Juan Antonio luego de su ingreso y “graduación” empieza a dar clases en la Universidad en Ciencias Jurídicas, “donde había por cierto mucha gente que era de la alta oficialidad del Ministerio del Interior, y también di clases en la Facultad de Economía donde uno de mis colegas fue después ministro de Economía, José Luis Rodríguez, él daba Economía Política y yo Historia del Pensamiento Marxista. Y todo iba bien, aparentemente, de nuevo, hasta que Raúl Castro nos acusó a todos los profesores del Departamento de Filosofía de ser agentes de la CIA, para decirlo en sus palabras, agentes conscientes o inconscientes del enemigo. En estos procesos uno tiene que estar siempre mirando no lo que sucede en tu circuito inmediato, sino tratando como si fuera una fotografía de satélite Google Earth, tomar distancia y ver lo que está sucediendo, incluso más allá de la isla. Fue cuando, a pesar de nuestra sapiencia filosófica, no nos habíamos percatado de que con la muerte del Ché en el 67 y el declinar de la guerrilla latinoamericana en esa época ya en el 68 Fidel apoya la intervención en Checoslovaquia. La zafra de los 10 millones y la ofensiva revolucionaria que acabó con toda la pequeña y media empresa privada del país terminaron de destruir la economía cubana. En esas circunstancias y con el embargo vigente la única salida a la economía era rehacer las relaciones con Moscú, lo cual vendría con un precio. En el 70 recibimos la visita en Cuba de un Mariscal de la Unión Soviética y ahí comenzó de nuevo el deshielo y la reaproximación entre ambas partes. Y en el año 71, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, un día nos desayunamos con que Raúl Castro en un discurso público junto a quien era el comisario político de las Fuerzas Armadas, Tony Pérez, acusan a Pensamiento Crítico y al Departamento de Filosofía de ser agentes conscientes o inconscientes del enemigo, porque supuestamente éramos diseminadores del trotskismo y de diversionismo ideológico, un término militar aplicado a la cultura y la ideología. Nosotros ni siquiera habíamos estado al tanto de la segunda luna de miel con los soviéticos, y habían entrado en Cuba una gran cantidad de asesores en el susodicho diversionismo ideológico de la KGB. Lo primero que hicieron fue ver cuáles libros estaban en las bibliotecas y hacer listas negras de libros, y luego fueron a las editoriales a ver qué libros habían publicado o se estaban publicando y por supuesto Pensamiento Crítico era algo así como las ediciones Satanás del Infierno. Purgaron las bibliotecas públicas de libros que pasaron a bóvedas y que ya no podían ser consultados sino bajo autorización del Comité Central. Igual que cogieron la revista Pensamiento Crítico, todo las que había en depósito y las quemaron, o las convirtieron en pulpa. El fascismo en su mejor esplendor. En fin, comenzó de nuevo toda la historia de romance con los soviéticos”.
           Ante la embestida contra el claustro de Filosofía y la oferta de poder dar clases, pero con los nuevos programas “de marxismo soviético a pulso”, dijo que no se iba a prestar. “¿Con qué moral iba yo a enfrentar a mis alumnos a los que hasta el día anterior les dije que todo eso era una falacia y ahora les iba a decir que eso era consagrado? Todo el mundo iba a decir, y con razón, que era un oportunista, el problema no era ese: ¡es que yo no podía permitirme ese lujo, era mi integridad lo que me jugaba!”.  Renunció y se quedó en la calle. “Y así estuve como un año, hasta un día que en una circunstancia social me tropecé con el que era el Ministro de Relaciones Exteriores en aquella época, Raúl Roa, que me conocía de niño, y me preguntó: ¿Y tú qué estás haciendo? Yo estoy en la calle, estoy sin empleo. ¿Y eso?, ¿qué fue lo que pasó? Yo estaba en el grupo de Pensamiento Crítico… Me dijo: Ve, yo voy a hacer una nota de esto, te van a llamar del Departamento de Personal del Ministerio de Relaciones Exteriores, pero vas a tener que empezar desde abajo. Yo lo que necesito es empleo, lo que no puedo aceptar es un empleo de profesor mintiéndole a mis alumnos, si me mandan a ser portero del Ministerio de Relaciones Exteriores no tengo problema con eso. Fue muy simpática la entrevista en el Departamento de Personal, te estoy diciendo esto para que te hagas conciencia de lo que le puede pasar a Venezuela. Una de las preguntas fue: ¿Usted es licenciado en qué? Yo me quedó pensando y le digo al tipo: yo soy licenciado de las Fuerzas Armadas. El tipo me dice: No. No me refiero a eso, ¿licenciado en Educación, o en qué carrera? Yo tengo un título de graduado de primaria, de una escuela privada bilingüe que había aquí, después de eso no tengo título de nada, porque empecé a estudiar bachillerato, pero me pidieron que me fuera a alfabetizar, regresé y estaba estudiando de nuevo bachillerato para terminarlo pero me pidieron que me fuera a las Fuerzas Armadas, entré por oposición en la Universidad y cuando estaba terminando mi carrera me pidieron que me hiciera profesor de Filosofía, y después que me hice profesor de Filosofía  nos declararon que éramos agentes del enemigo y nos quemaron los títulos y dijeron que ninguno de nosotros éramos graduados. ¡Nos desaparecieron! El tipo dijo: Okey yo voy a poner que usted es graduado de primaria y que ha estudiado tales cosas y que sé yo. Y así entré a trabajar en el área que pomposamente se llamaba Información, pero que en realidad era una sala de teletipos con un ruido infernal, un salón donde había teletipo con todas las embajadas de Cuba en todas partes, todos sonando al mismo tiempo, mi función era recibirlos y también los de las agencias cablegráficas, AFP, AP, UPI, ver el tema y ponerlos en cajuelas: América Latina, Estados Unidos… ¡Después de todo lo que había estudiado! Luego pasé un tiempo como agregado de prensa extranjera por un mundial de pelota que hubo allá, y después de eso, parece que ya había pasado el hold in, y entonces me llevaron a trabajar a una de las direcciones más importantes del Ministerio, la de Organismos Internacionales. Cuando llegué me acuerdo que evidentemente alguien dijo que me dieran una plaza ahí pero no sabían pá qué, entonces la jefa del departamento le dijo a todos los especialistas: Miren a ver qué cosa tiene menos importancia de lo que ustedes están atendiendo y dénselo al muchacho este que acaba de llegar. Me dieron tres o cuatro cosas… Entre esas había un file que decía Países no Alineados, y aquello me llamó la atención y me puse a estudiarlo, y digo: Coño esto sí es interesante, un movimiento del Tercer Mundo, no alineados a la Unión Soviética ni a Occidente, con toda una serie de influencias y donde si Cuba quisiera… ¿Cuál era mi interpretación de lo que nos estaba sucediendo? Nosotros nos habíamos convertido en peones de la Unión Soviética como resultado de la real politik de la geopolítica. O sea, si los americanos eran una amenaza y la única protección que podíamos tener real era la Unión Soviética pues había que hacer concesiones a la Unión Soviética y esa era en realidad la causa de todas mis desgracias personales, de mis colegas y de lo que estábamos viviendo en el país, pero lo veía como algo que tenía que aceptar. Pero aquella rusificación institucional y cultural era intolerable. Por eso de pronto veo aquello y digo: si Cuba se fortalece en el Movimiento de Países No Alineados, tendría una carta que jugar para equilibrar su negociación con los soviéticos, esto puede tomar una gran importancia y tendrán que ver a Cuba no como otro satélite de mierda sino como al líder de un movimiento tercermundista que ellos no querrán enajenar.  Entonces me puse a pensar en términos de eso”.
        Fue así como Blanco hizo un informe con toda la argumentación de sus razonamientos y se lo presentó al Ministro Roa, y un día que estaba sentado en la puerta del Ministerio, él llegó y me dice: Vengo del Comité Central de discutir –con un tipo miembro del Buró Político que era un stalinista de pura cepa– la propuesta tuya de que esto es un asunto estratégico y que debemos tratar de trabajar para ser un miembro activo y terminar siendo presidente del movimiento, y me dijo que eso era una locura, que nosotros lo que teníamos que aspirar es a entrar al Pacto de Varsovia y al COMECON, pero no te preocupes porque yo se lo voy a llevar directamente a Fidel Castro. Y cuando se lo llevaron a él, dijo: Métanle mano a eso. Y terminamos siendo el presidente del Movimiento de Países No Alineados. Y aquello me alentó a mí de que a lo mejor aquí hay una pizca efectivamente de voluntad por poner límites a la influencia de Moscú y reorientar esto hacia un proyecto soberano y nacionalista. Estamos hablando del año 74.  El tercer hombre en Cuba, Carlos Rafael Rodríguez, era un líder del viejo partido comunista muy cercano de los soviéticos pero aceptó a regañadientes que Fidel le dijera tienes que hacer esta historia, entonces a partir de ahí, muy hábilmente comenzó a reorientarnos en otra dirección: Sí, vamos a ser presidente del movimiento pero para acercar sus posiciones a las de Moscú. Para Fidel era una forma de fortalecerse él, porque Fidel nunca se ha visto a sí mismo como peón de nadie, Fidel Castro siempre se vio a sí mismo como alguien que jugaba y manipulaba a todo el mundo, y a veces lo podía hacer mejor y otras veces estaba más arrinconado. Tuve una cantidad de fricciones gigantescas entre el año 74 que Fidel dice: Vamos a trabajar por esto; hasta el 79 que se da la Cumbre de los No Alineados, con este tercer hombre en Cuba y con el nuevo ministro de Relaciones Exteriores que también era un viejo comunista formado en las escuelas de la KGB, Isidoro Malmierca, cuyo hijo es ahora Ministro de Cooperación Económica. Cuando termina la Cumbre una forma de salir de mí fue mandarme para Nueva York, donde  yo había estado casi más tiempo en los últimos tres o cuatro años que en La Habana, porque casi todas las cosas de los No Alienados se negociaban en Nueva York. Y me fui de ministro consejero para asuntos políticos, ahí estuve tres años. En ese tiempo hubo por lo menos un amigo mío que lo mataron en Queens Pusieron varias bombas como las que estallaron en la puerta de la Misión de Cuba ante la ONU, en plena acera, y en el Lincoln Center cuando hubo un espectáculo cultural que vino de Cuba. También le pusieron una bomba al embajador, y eso fue otro episodio tragicómico. Al carro del embajador, Raulito Roa, hijo del viejo Roa, lo estaban monitoreando, y en un momento determinado el chofer que estaba solo en el carro va hasta la residencia de Raulito, que quedaba a una cuadra de Park Avenue. Él tenía órdenes de nunca dejar solo el automóvil, pero el chofer, muy cubano al fin, comete la imprudencia de bajarse a tomarse un cafecito dejando el carro solo parqueado, y ahí pasan y le pegan con un imán una caja, casi tan grande como una caja de zapatos, llena de C4, un explosivo plástico de muy alto poder. Ese carro cuando llegaba a la embajada en Lexington y 39, todavía está ahí la Misión de Cuba en Nueva York, entraba a un garaje que era solo para el embajador, que tenía directamente arriba la escuela de los niños de los diplomáticos y abajo las calderas, o sea que si ese carro lo llegan a explotar ahí por control remoto los hubiera matado todos, pero además hubiera hecho la explosión de  las calderas y quizás el edificio entero se hubiera venido abajo. Le pegan la cosa esa al carro, pero ¿qué pasa?, habían puesto tanto C4  que el imán se despega y la caja se cae. Cuando sale el chofer mira así debajo, ve la cajita, la recoge, cruza la calle y la deja en la acera del frente; da vuelta y reporta que ha encontrado un objeto debajo del carro que no estaba cuando él lo parqueó, y que lo ha puesto en la acera de enfrente. La embajada reporta al Bomb Squad del FBI que despacha unos tipos para ver qué es lo que había pasado, mientras tanto el portero del edificio de enfrente que ve que le han echado basura en su acera, coge la cajita y la echa en un latón de basura, y en eso pasa el camión de la basura y se lleva la cajita con el C4 adentro.  Cuando llegan los tipos del Bomb Squad ¡no encuentran nada! Y les explica el tipo del otro edificio: Yo vi una cajita la cogí y la eché ahí, entonces vino ahora el camión y se la llevó. ¡Le han caído atrás a ese camión!, han llamado para que bloqueen las calles, que si ven al camión número tal que pasó por tal lado, que lo bloqueen, que no sé qué, que lo pararan… ¡Por fin encontraron el camión! Abrieron aquello, oficiales del FBI y del servicio de seguridad cubano que protegía la embajada se metieron en medio  de la basura, sacaron la caja, y efectivamente vieron que allí estaban los cables y los desconectaron. Así vivíamos nosotros en esa época en Nueva York”. 
            Él asegura que la misma tensión del tiempo de la guerra civil que vivió de niño en una zona alzada cuando estaba alfabetizando la volvió a vivir en las calles de la Gran Manzana. “Curiosamente me tropecé después, en México, con una persona, que no voy a mencionar el nombre porque ahora es alguien bastante conocido y me dijo: Yo estaba  vinculado a uno de esos grupos. Le dije: Coño qué bueno que nos conocemos en otras circunstancias porque hubiera sido absurdo, ahora que estamos tomándonos aquí un café, que tú me hubieras matado o que yo te hubiera matado. Los americanos se tomaron muy en serio aquella situación, la verdad, todo eso está en los reportes ante la Comisión de Quejas con el país anfitrión de la ONU; en aquella época los informes nuestros estaban llenos de detalles con los datos aportados por el FBI corroborando que efectivamente había habido aquella acción y muchas otras. Lo cierto es que a nadie se le ocurrió invitarme a tomar un café para decirme: Como es posible que un tipo como tú apoyes a esa gente, mira a este hombre que lo torturaron en prisión en Cuba. Hubiera sido mucho más civilizado y quizás hubiera tenido mucho más eficacia una iniciativa así que estas otras cosas”.
            Cuando termina su misión en Nueva York, regresa a Cuba y encuentra que lo querían mandar a Ginebra. “Cuando en todos los preparativos de la Cumbre había continuamente un forcejeo entre mi visión y la visión de los funcionarios de tendencia prosoviética, sobre todo del ministro de relaciones exteriores y este hombre que desde el Buró Político también manejaba las relaciones exteriores.  Y eso no me lo iban a perdonar. Por supuesto, tenían que esperar que yo cometiera un error y yo no cometía muchos, así que optaron por mandarme al exilio dorado. Ya para mí la revolución no era un acto mágico de unos barbudos como Reyes Magos que bajaron de La Sierra, veía las grietas y la historia de una revolución llena de conflictos internos, de tendencias que se aniquilaron mutuamente desde la época de La Sierra Maestra, de ambiciones… Y yo lo que trataba era decirme, con mi islita de Cuba debajo el brazo, ¿cómo yo protejo y sirvo mi país lo mejor posible?, ¿con quién me puedo aliar para eso? El estado monopolizaba todos los empleos. Yo sabía que había cosas en las que no me iba a involucrar: ni en el sistema de educación ni en el Departamento Ideológico y de Propaganda del partido. Yo no creía en nada de lo que estaban diciendo. Estaba dispuesto a trabajar en Relaciones Exteriores pero no para vender Cuba a la Unión Soviética, sino para crear un espacio que pudiera ser usado por Cuba para tener más poder de negociación frente a la URSS, no solo frente a los americanos. No me iba a meter en economía, primero porque no era economista y segundo porque tampoco creía en la economía rusificada que estaban implantando en el país. Me dije yo nací aquí, este es mi espacio, esto es lo que me ha tocado porque la vida me dio esto y del otro lado lo que hay es gente que me quiere matar, así que no hay muchas alternativas. Por eso cuando me dicen que iba como embajador alterno para Ginebra les dije no,  que lo sentía, que me daba cuenta que ellos no sabían cómo salir de mí, que yo era una persona incómoda pero que yo no estaba dispuesto a aceptar ese exilio dorado para seguir fuera, que yo me quedaba en Cuba. Y me fui del Ministerio de Relaciones Exteriores. Pero en todo el tiempo que estuve trabajando en los preparativos de la VI Cumbre de No Alineados conocí a muchos altos dirigentes. Así conocí y pude conversar con los hermanos De la Guardia, Tony y Patricio, los que luego en 1989 fueron acusados en la Causa Uno con lo del escándalo de narcotráfico, pero en ese momento estaban en Tropas Especiales. Ellos me conocían y cuando renuncio al ministerio me dijeron: Oye Juan Antonio, ¿tú quieres venir con nosotros de analista político? Les dije que con mucho gusto, siempre y cuando no se les ocurriera que tenía que pasar el entrenamiento básico de tirarme a cinco  millas de la costa y nadar hasta la orilla o tirarme en paracaídas, mientras no tuviera que pasar por eso con mucho gusto, y me proponen. Pero pasan los meses y no me aprueban, y no me aprueban, y no me aprueban. Ya yo estaba preguntándome… ¿qué trapo sucio tengo yo en mi vida del que ni yo estoy consciente? Entonces Tony me confesó que Carlos Rafael Rodríguez le había dicho al entonces ministro del interior José Abrantes: No, no, no, este muchacho ha tenido problemas con nosotros, no ha querido aceptar el cargo que le ofrecimos ahí en Ginebra, ahora se va con ustedes y de aquí a un año como el tipo tiene talento llega a ser el Jefe de la Sección de Análisis, no, no, no, no pueden dejarlo entrar al Ministerio del Interior. Con lo cual la mano de Dios obró a través de Carlos Rafael Rodríguez y me protegió, porque si yo voy a parar con ese equipo a lo mejor me hubieran enredado en todo el rollo aquel del narcotráfico y toda esa historia que les fabricaron a esos hermanos gemelos cuando ellos en realidad estaban implementando órdenes superiores de quienes luego los enjuiciaron. 
             “Y entonces ¿qué pasa? Yo digo, entiendo mi situación, pero en este país si alguien es evaluado para entrar al Ministerio del Interior y de pronto no le permiten entrar la nebulosa es del tamaño de la de Andrómeda, mucho más cuando me habían acusado antes de ser agente de la CIA, diversionista ideológico y toda esa historia cuando estaba en la Universidad. ¡Coño!  Esto hay que buscar alguna manera de que quede claro, entonces ellos fueron a hablar con Manuel Piñeiro, el famoso Barbarroja”.  Es bueno decirle a mis lectores que ese mismo señor fue también el esposo de la escritora chilena Marta Harnecker. “Los De La Guardia van a hablar con él: Piñeiro mira lo que nos ha pasado, tenemos este muchacho, tú lo conoces también, Carlos Rafael dice que no lo podemos traer pá cá, ¿tú lo pudieras traer contigo? Piñeiro, que no por gusto había sido el jefe de la inteligencia por muchos años y en ese momento ya estaba al frente del Departamento de América del Comité Central, dice, bueno voy a empezar a coordinar con él, pero no lo voy a ingresar, voy a hablar con el Ministerio de Colaboración para que ellos lo pongan en una plaza que se va a abrir ahora en La Paz.  Era cuando se iban a reabrir las relaciones con Bolivia, estaba Hernán Siles Suazo.  Y dice: No lo voy a traer directo pa´l Comité Central, lo voy a poner ahí y entonces vamos a ver como el muchacho evoluciona. Lo que creo que estaban buscando era que se aplacaran los ánimos en contra mía y entonces me mandan a Bolivia. Lo primero es ir en un avión con una cantidad de medicinas y de tiendas de campañas, porque había ocurrido un desastre natural en la zona de Santa Cruz, un desbordamiento del río Piraí.  Había una situación de emergencia y Cuba hizo un donativo. Fui con el que era el vicepresidente de la Asamblea Nacional y otro tipo más a llevar aquello. La prensa en Bolivia enseguida empezó a especular que el avión traía armas y qué sé yo… Lo cierto, cierto, era que lo que se envió fue puramente medicina, hubiera sido un desastre que mandaran otra cosa ahí. Aterrizamos, hago la entrega junto con esta gente de todo el cargamento y voy a La Paz, porque me habían pedido que fuera viendo edificios para abrir la embajada. Cuando estoy en el automóvil en La Paz de pronto veo otro automóvil que se arrima, y me saluda, y cuando miro pá dentro ¡era el jefe de la estación CIA de Nueva York!, que estaba en Bolivia. Lo habían trasladado, fue a él a quien un día yo le dije mira resuelvan esta mierda de los atentados porque si me intentan matar te aseguro que yo no pienso irme solo de este mundo. Era un judío muy afable e inteligente, me saluda y me dice: ¿Tú qué haces aquí?  Yo fui el que trajo el avión cargado de armas. Se meó de la risa, ¡Nojoda!, ¿tú viniste con el avión y las medicinas? Sí, sí, pero ustedes dicen que son armas, así que ya tú sabes... Total que me fui para Bolivia un año como consejero comercial, aunque la supramisión de la embajada era en realidad ayudar a Siles Suazo a que no tuviera un golpe de estado y encontrar el cadáver del Ché Guevara, eran las dos misiones políticas no declaradas de aquella embajada y en lo referido al Ché nos acercamos bastante, ya en aquella época, adonde estaban los restos de él y de todos los otros del grupo”.
            Cuando llevaba casi un año en el altiplano a su padre le da un infarto, “me monto en el primer avión que pude para ir a La Habana, lamentablemente llegué muy tarde, tuvo un segundo infarto cuando estaba volando hacia allá. Tuve que enterrar a  mi padre, mi madre estaba virtualmente ciega y quedaba sola, entonces le dije a Piñeiro: Mire lo lamento mucho pero tengo que presentar la renuncia, o usted me trae pá cá, yo no puedo dejar a mi madre sola, él me dijo: Okey, regresa. Mis enemigos políticos hicieron otra vez todo lo posible para impedir que pudiera entrar en el Departamento de América del Comité Central pero al final me metieron y desde que entré, fui el principal analista de política exterior de los Estados Unidos, pero sobre todo en lo referido a la relación con Cuba, lo bilateral, cómo anticiparme a posibles acciones estadounidenses. Mi función era imaginar cómo pensarían los americanos en cualquier circunstancia para lo cual había tenido perfecto entrenamiento desde niño, me había educado en la escuela americana y había vivido en Nueva York mucho tiempo, así que estaba perfectamente preparado para eso; en esa época estaba la guerra en Centroamérica. ¿Qué pasa? En ese tipo de instituciones todo está demasiado compartimentado, como es lógico, y yo era analista. Lo mío era el Congreso de los Estados Unidos, la Casa Blanca, los empresarios, los grupos de interés. Me acuerdo que Piñeiro creó un llamado Grupo de Crisis, que fue muy útil. ¿Qué sucede en una institución burocrática? Al tipo que está arriba le llega nada más que la opinión de los jefes intermedios, y muchas veces yo estaba en total desacuerdo con lo que mi jefe en la Sección de Estados Unidos opinaba, él tenía una opinión y yo otra, cosa que nos llevó a grandes conflictos. ¿Qué hizo Piñeiro?, creó ese ente donde él invitaba a los jefes, pero invitaba también a los analistas, y donde la regla del juego es: Aquí puede decir cualquiera lo que le venga en gana sin represalias de los jefes inmediatos, ni mía, ni de nadie, pero yo necesito que si ustedes tienen una opinión o algo, me lo digan. Aquello era muy divertido, por ejemplo, el tipo que llevaba El Salvador te decía: Juan Antonio tú que entiendes a los americanos, ¿tú crees que los americanos vayan a intervenir militarmente en El Salvador? Le respondía: Eso depende de lo que haga la gente de las guerrillas, que es la gente con las que ustedes se reúnen, pero si tú no me dices a mí qué es lo que ellos tienen en mente yo no estoy en condiciones de darte una respuesta a eso; yo te puedo dar respuestas generales, si los nicas se meten militarmente en El Salvador, si se detectan armamentos entrando a El Salvador, pónganle el cuño que puede haber una represalia. Ese era el tipo de discusiones que había. Pero había otra, desde que entré ahí como analista empecé a hacerle a mi jefe inmediato propuestas para mejorar las relaciones con Estados Unidos porque creía que nosotros queríamos honrosamente, dignamente, resolver el conflicto con Estados Unidos, llegar a un entendimiento. Yo hacía propuestas como, por ejemplo, ¿por qué no invitamos a Human Rights Watch que venga, les enseñamos las cárceles? Yo amarrado a mi bochornosa ingenuidad de que las cosas que se leían sobre los abusos en prisiones cubanas tenían más que ver con la propaganda del enemigo que con la realidad, y el tipo ni me contestaba. Nadie me acusaba recibo de las cosas que yo proponía. Un día estoy reunido con mi jefe, que por cierto era judoka cuarto dan, y el tono de la discusión empieza a subir hasta que meto un piñazo en la mesa y digo: ¡Estoy hasta los cojones de estar mandando aquí propuestas y que tú te limpies el culo con ellas! Él se queda perplejo porque no está acostumbrado a que le hablen así y dice: ¿Ese piñazo que tú le diste a la mesa es el que tú me quieres a dar a mí, verdad? Le digo: Posiblemente. Me dice: ¿Por qué no nos vamos pá llá pal parqueo y nos entramos a piñazos? Yo le digo: ¡Nos vamos ahora mismo pál parqueo!” Necesito comentarles que a esta altura del relato Juan Antonio ya no es el académico flemático que ha sabido mantener un aire doctoral, ahora es un personaje de Padura el que lleva el hilo: “Cuando dije esto digo pá mis adentros: Ve buscando un palo porque este hijueputa te descojona, el tipo era un experto de verdad en artes marciales, yo iba caminando buscando a ver qué coño agarraba pá metérselo al tipo por la cabeza, pero la secretaria que estaba en la puerta, una bella persona, que nos quería a los dos, y que estaba horrorizada oyendo los gritos que salían del despacho, salió corriendo desesperada por los pasillos y fue a buscar a uno de los jefes principales del Departamento: ¡Mira estos locos se van a matar ahí, se van pá lla´pal parqueo! El tipo vino corriendo, corriendo, corriendo, nos paró a los dos, nos viró y nos sentó: ¿Ustedes están locos? Nosotros sabíamos que en la paranoia de mierda de ese estado policíaco a nosotros nos podían estar grabando las conversaciones en las oficinas, él sigue: ¡Ustedes están locos!, ¿dónde está la cultura y la disciplina? ¡Juan Antonio ahora el que va a salir pa´l parqueo eres tú!  ¡Ven pá cá! Y me lleva pa´l parqueo, pero era para evitar los micrófonos. –De nuevo el doctor Blanco toma las riendas y sigue explicando–: Y me dice: Juan Antonio, ¿cuánto tiempo tú llevas aquí con nosotros?  Aquí, como analista de escenarios políticos, un año. ¿Y cuál es el problema? Coño en un año llevo como cuatro propuestas aquí y este tipo ni me contesta. Y aquel hombre me dice: Bueno, tu problema es que eres nuevo aquí y no entiendes que a Fidel Castro no le interesan las relaciones con Estados Unidos... Tú no sabes eso, yo si lo sé y los más viejos aquí lo sabemos, nuestra función aquí no es restablecer las relaciones con Estados Unidos, es evitar que tengamos una guerra pero a la vez manteniendo el conflicto dentro de unos parámetros controlables; nuestra función es influir en el Congreso de los Estados Unidos, en los medios de prensa, proyectando que somos gente de paz, que queremos la relación y que son los otros los que no quieren las relaciones pero no para procurar un auténtico diálogo y  llegar a una negociación real en esto. Fue un balde de agua fría. Hasta ese momento yo creía en Fidel Castro ¿no? Creía en las cosas que le decía a los estadunidenses que yo llevaba a reunirse con él. Y siguió: Quien te lo dice fue uno de los negociadores con Kissinger y me enteré de la operación de Angola por los periódicos.  Más agua fría. Primero Fidel pidió, y pidió, y pidió, y Kissinger y los Estados Unidos cedieron a todo lo que él pedía, al punto de que incluso lo del embargo Kissinger se lo levantó a todas las filiales de empresas trasnacionales americanas que estuvieran en otro país. Aquello era palpable en La Habana, allá tú veías carros Chevrolet, Oldsmobile que los habían comprado en Argentina a la Junta Militar y los habían llevado para Cuba porque ya el embargo no estaba funcionando por órdenes de Ford y Kissinger; los límites territoriales para que los diplomáticos se movieran en Nueva York los habían quitado, todo, todo, todo, todo lo que les pidieron y cuando todo eso falló, lanzó una gran provocación. Lo que decía aquel alto funcionario coincidía con otras cosas que ya yo sabía. Cuando todavía estaban negociando con Kissinger, Fidel orientó privadamente a un alto funcionario que hiciera un discurso muy fuerte demandando la libertad e independencia de Puerto Rico. Se decía en La Habana que la mejor manera de tú transformar a los americanos en el hombre lobo con una luna llena era mentándoles la independencia de Puerto Rico, eso los sacaba de quicio totalmente. Sin embargo, Kissinger asimiló aquello, protestó, pero no hizo nada, continuó las negociaciones. Cuando aquello falló cogieron a Caamaño, que llevaba en Cuba no sé cuántos años desde la guerra de los constitucionalistas en el 65 en República Dominicana y lo embarcan para allá para que se diera el escándalo, yo vi la entrevista de Kissinger en Meet the Press, cuando le preguntaron ¿y Caamaño de dónde salió? No sabemos. ¿De dónde diablos iba a salir? ¿De La Florida? ¿De Islas Caimán? ¿De Cayo Sal? ¿De Haití? ¡Salió de Cuba! Y Kissinger sabía que estaba en Cuba, ¿te das cuenta?, y aquello tampoco hundió las conversaciones. ¿Qué fue lo que hizo entonces Fidel? Mandó 25 mil hombres a Angola, y ya aquello era… demasiado”.
          Testigo excepcional de mil peripecias en la isla narra que una vez electo Carter como presidente en el año 76, le manda de inmediato un mensaje a Fidel, el cual le llega cuando está reunido con personas de su confianza. “Él lo lee, se echa a reír y comenta: Dice que quiere reanudar las conversaciones donde Kissinger las dejó y abrir las embajadas, lo antes posible, dejen que él vea el regalito que le tengo preparado. El regalito que le tenía preparado era intervenir con otros 25 mil hombres en Etiopía, Carter que es un creyente no solamente religioso sino un impulsor de la paz, pero con una fuerte resistencia de los sectores conservadores  de su propio gobierno que decían: presidente mire lo que está pasando. ¿Te das cuenta?  Yo seguí arreando y llegó la Perestroika, a mediados de los 80, viene la caída del Muro en el 89, y entonces me digo a mí mismo, ya yo no tengo la fe que tenía antes en Fidel Castro con todo lo que vi, toda la historia de cómo saboteó varias veces las relaciones con los americanos, porque además no hay nada más egoísta que eso. ¡Coño es tu pueblo el que está pasando trabajo, y hambre, y tú podías haber avanzado en esta cosa y lo que hiciste fue torpedearla! Entonces me digo a mí mismo: ahora la cosa es distinta porque se ha caído el paradigma del socialismo y para esa gente beata de Moscú es como si se les derrumbara el Vaticano junto con el Papa. Este es un buen momento para apostar a desarrollar la sociedad civil y quizás yo pueda jugar un papel reformista en fomentar la sociedad civil porque tengo buenos contactos y tengo credibilidad…  puedo crear una narrativa persuasiva para influir sobre las mentalidades conservadoras e irlos llevando a que emprendan el camino de la reforma. Así empiezo a tratar de crear una ONG que finalmente después de tres años pude legalizar y convierto aquello en un think tank. Renuncié al Departamento de América del Comité Central, me la jugué, estuve dos años en la calle, mientras legalizaba la ONG, porque mientras no estuviera legal no podía recibir apoyo de ninguna organización internacional.  Yo, sin un empleo en ninguna parte, tenía que vivir de lo que pude reunir vendiendo una alfombra que había traído de Afganistán y la vendí en no sé cuánto, un tocadiscos que había traído de Nueva York y lo vendí en no sé cuánto, y así fui vendiendo cosas que con el nivel de inflación que había en aquella época me hice de suficiente plata y con eso pude sobrevivir, era como tener un salario, mientras seguía viviendo en la casa de mi madre que falleció también, poco después que mi padre. Presento mi renuncia al Comité Central, les digo que me voy, no me voy porque me botan, me voy honorablemente porque no quiero seguir trabajando allí ni ser funcionario del estado sino apostar al desarrollo de la sociedad civil y empiezo a trabajar en la ONG, a dar conferencias, a escribir y cosas así”.

© Alfredo Cedeño
PS: La próxima semana publicaré la tercera parte de esta entrevista.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Buenos días. Larga tu entrevista. Interesante el relato de todos los entresijos de un gobierno dictatorial de izquierda radical. Da pistas para tratar de entender los que puede estar pasando en el nuestro. Un abrazo.

Alejandro Moreno