domingo, enero 15, 2017

PERVERSIÓN


                  Los hombres somos lo que nuestras emociones nos hacen ser. Por amor construimos, creamos, transformamos y derrotamos. Construimos una morada para guarecernos de la intemperie y para cobijar a los seres más queridos, y nacen las familias; creamos objetos y modos de expresar lo que esas vibraciones del alma nos provocan o queremos compartir con quienes nos rodean, y aparecen los artistas; transformamos lo que tenemos alrededor en juegos para hacer mejor el día a día, y los sueños se convierten en piedras sillares;   derrotamos los obstáculos que se empeñan en empañarnos la vida, y nos convertimos en dioses.  
                Pero también se odia, y esa es una emoción omnímoda de fuerza inaudita que solo sabe destruir. Odias la paz y no encuentras otro camino que el de la guerra. Detestas el arte y te empeñas en arrasar todas aquellas manifestaciones de la belleza, naturales o creadas por tus semejantes, que vas encontrando a tu paso. Aborreces el conocimiento y te dedicas a humillar a todo aquel que ha consagrado su vida al saber. Abominas de la libertad y creas cárceles mentales pretendiendo obligar al prójimo a que deje de pensar y procuras hasta evitar que las aves abran sus alas.
                A veces tienes la sensación de que el odio es la fuerza superior que todo lo gobierna, porque llegan momentos en los cuales no puedes poner en ejercicio tu capacidad de amar, por más piadoso que tu espíritu sea.  Hay un manto opaco y viscoso que te imposibilita siquiera imaginarte establecer lazos de mínima cortesía, y mucho menos concordia, con ciertas personas. Son esas ocasiones en las que el saco de satanases de las culpas se destapa y te recriminan tu inquina, tu ausencia de caridad, tu poca disposición al diálogo, tu intransigente manera de abordar la vida, tu incapacidad de tender puentes a los adversarios.  Es cuando te embarcas en reflexiones de toda laya, tratas de asumir tu condición de ser racional, y sin embargo terminas maniatado por esas bajísimas pasiones que de la intolerancia son dueñas y señoras.
                ¿Cómo siquiera pensar en compartir una taza de café con Nicolás y Cilia, luego de su persistente labor por acabar con lo que habíamos sido? ¿Quién puede sentarse con ese tapón maloliente y peor diciente de Diosdado? ¿Alguien puede hablar en relativa tranquilidad, y controlar las bascas, con ese engendro llamado Jorge Rodríguez? ¿Es posible intercambiar, en el sentido más amplio y generoso del término, algún pensamiento con Aristóbulo Istúriz? ¿Dónde encontrar la forma de hacer que nuestra racionalidad nos permita ejercer las raíces de amor que se nos sembró en nuestra deslustrada Venezuela?
                Nuestro gozo ha sido paulatina y firmemente convertido en desprecio por una tropa pendenciera y a veces bien vestida que se empeña en conducir una situación que está fuera de control desde todo punto de vista. Hay un grupo, cada vez más pequeño, de optimistas desahuciados que pregonan a tambor batiente la necesidad de parlamentar con quienes han demostrado de modo sobrado su incumplimiento de todo compromiso adquirido; al punto de que la muy mesurada Iglesia Católica en su más reciente documento de la Conferencia Episcopal habla de: “El infructuoso diálogo entre el Gobierno y la Oposición”.
                Varias personas me reclaman, unos de forma cordial, otros airadamente, mi constante cuestionamiento a la dirigencia con que contamos los opositores. Trato de explicar, a veces con suerte, otras infructuosamente, que no son de gratis los señalamientos que hacemos muchos sobre la incompetencia manifiesta de ese grupete. Lo hemos hecho, lo hacemos y lo haremos, con el ánimo de evitarles cometer disparates, así como de mantener nuestras conciencias tranquilas de que hemos alertado con talante claro e inequívoco sobre los riesgos que se corren.   Nuestro esfuerzo ha sido en vano, pero no tendrán ellos –¡ninguno!– forma de escurrir el bulto a la hora de asumir ante el país y la historia la burla permanente a la que han sometido nuestras mejores emociones hasta pervertirlas de miserable manera.

© Alfredo Cedeño

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aplaudo la firme dureza de tu artículo porque fija y determina nuestra actitud frente al desastre que padecemos. ¡No podemos desmayar!

Rodolfo Izaguirre

Anónimo dijo...

Excelente articulo Alfredo... Concuerdo contigo... hemos sido burla de esos dos grupetes...

Miriam