Sin el lenguaje seríamos un rebaño que
deambulara con parsimonia, a veces, o retozara sin mayores consecuencias, otras
tantas. Existiríamos cual mansa manada o cerril tropel de bestias
silvestres. Gracias a Dios, en caso de
que lo haya, tenemos el don de entendernos a través de la palabra. No ha sido
gratuito que, desde tiempos inmemoriales hayan aparecido quienes, por medio del
control del cómo nos comunicamos, traten de manejar dicho vínculo a su antojo.
Los peligros que ello conlleva se han
advertido siempre. Sófocles en Antígona muestra cómo el uso inflexible
de la palabra acaba en desgracia, para explicarlo de manera sucinta. Cicerón,
siglos después, escribió: “El discurso es imagen del alma”. Más tarde sería
Shakespeare quien pondrá en labios de Polonio, al hablar con su hijo Laertes: “No
des voz a tus pensamientos, ni permitas que ningún pensamiento desproporcionado
se convierta en acción”.
Mucha tela que cortar ante estas
palabras frente al sainete tragicómico que vivimos ahora en Venezuela. ¡Y en
muchas otras partes! Uno escucha el regüeldo de quien dice con desparpajo que
El Helicoide es el Country Club de las cárceles, y que tener esposado ocho días
a un preso político no es tortura, y duele tanta astracanada. ¿Cómo se puede llegar a tal estulticia? Ese
episodio me hizo recordar una larga conversación con Jaime Ballestas (Otrova
Gomás), en la que me dijo: “No es la religión, es la ideología el verdadero
opio de muchos”.
Son muchísimos los que quieren jugar
al calambur en estos días, buscan algo así del estilo “este es conde y
disimula”, con unos resultados penosos. Por eso, vemos al hermanísimo, y
parlanchín presidente del parapeto legislativo, tratar de montar un bodrio con
los presos políticos. Como buen prestidigitador buscó de manipular al
presentarse ante uno de los presidios y anunciar, mientras abraza a una de sus
alcahuetas, la pronta liberación de sus víctimas. ¡Hiena carroñera! Siquiera
por la memoria de tu padre, cuya muerte fue sancionada debidamente en sus
homicidas, debieras guardar un poco de respeto por quienes han pagado con
sangre el haberse atrevido a protestar.
Sobran los cabrones, y perdonen el
francés, pero cada uno debe ser llamado como lo que es, que hablan de
reconciliación e insisten con el maldito diálogo. ¿Para qué? ¿Para que aquellos
que han destrozado bienes, vidas y país sigan aferrados a la teta pública?
¿Quién eligió al bartolo malhecho de Capriles representante
de nuestra colectividad? ¿Quién nominó al saco de frases altisonantes de
Timoteo Zambrano? ¿De dónde sacaron a Mercedes Malavé? ¿Quién puso a Stalin
González a representarnos? Mucho había tardado Felipe Mujica en aparecer para
pedir su parte de la ubre. Todos son la precisa representación de lo que ha de
desaparecer de nuestro futuro. Más de uno debería terminar en similar pensión a
la de los Maduro-Flores.
Bien lo sabe la marioneta mayor, Delcy
Eloina, que todo eso es pan de hoy y hambre para mañana. Le guste o no, más
temprano que tarde, tendrá que sentarse, si es que la dejan, con el presidente
Edmundo González y con María Corina Machado, todos los demás son una caricatura
mal trazada.
En 1946 George Orwell publicó el
ensayo Politics and the English Language –Política y el lenguaje
inglés–. Allí encontré una frase demoledora que retrata a perfección lo que
estamos viendo: “El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras
suenen verdaderas, que el asesinato resulte respetable y para dar una
apariencia de solidez a lo que no es más que aire”.
©
Alfredo Cedeño


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