En estos días que vivimos, sin saber si amanece o anochece,
con una sensación de duermevela arropándonos, en los que no comprendemos si
somos parte de juegos oníricos o presenciamos certezas desdibujadas, la
incertidumbre es ama y señora. Nada es lo que parece ser, a veces, cuando no es
un celaje preñado de dudas lo que nos llena de enigmas. Sin embargo, el país sigue, tambaleante más a
menudo de lo que quisiéramos, pero avanza.
Las habituales cofradías, de viejo y de nuevo cuño, mantienen
sus maromas de, tal como diría la siempre recordada Ana María Matute,
mamarrachos sin compón. No cejan de dar vueltas en una búsqueda inacabable de
la vía para agarrar su respectiva cuota de poder. Poco les importa que sea de
comisario en Guardatinajas o bedel de la jefatura de Corozo Pando, lo prioritario
es mandar.
La molienda de todo aquel que no baila al son que los
“dirigentes” tocan es un boleto seguro al ostracismo. Si clamas la idoneidad
del capitán roba periódicos, la del psicótico hermano de la dictadora encargada
o la propia autócrata en funciones, es posible que algo te toque, aunque sea un
puesto de gestor de una alcabala de la Policía Nacional. Si anuncias que no ha
habido, hay, ni habrá un líder más preclaro que “Caprilito”, estás apostando a
que el egregio personaje te otorgue la respectiva dádiva cuando él sea elevado
al empíreo. Los ejemplos son infinitos,
no tengo estómago para seguir citándolos. Ganas tampoco, no merecen más que
desprecio. La vaina es el daño que han hecho y hacen, y que pretenden continuar
haciendo.
Estamos sumergidos en un magma donde lo ético es de ágil
brevedad, escasa permanencia, sólida precariedad y antigualla con la que nadie
quiere ser identificado. La perversión de los significados atolondra al más
conspicuo. El escritor italiano Giuliano da Empoli en su libro “Los ingenieros
del caos” trata de explicar este aparente desbarajuste y la cruda manipulación
de los gestores del poder. Y eso se aplica a diestra y siniestra. Por supuesto
que los pontífices de lo correcto han señalado las limitaciones teóricas de sus
planteamientos. ¿Cómo se le ocurre decir que los reyes están desnudos?
Observar a esta fauna variopinta es lo mismo que hacerlo con
un bombillo. Atención, no por la luz que pueden irradiar, sino por lo
herméticos que son; no les entra ni una gota de agua, muchísimo menos una idea
de participación y cambios reales. Insisto, se trata del poder, más nada, todo
lo demás es accesorio. El engaño no existe, es la nueva verdad con la que
“deconstruyen” la opresión legitimada. Perdón por el alemán: ¡No me jodan!
Son escasos aquellos que se salvan, y multitudes los que
tratan de echarlos a un lado de la manera que sea. En política todo está
permitido.
Y Venezuela sigue andando, con aires sonámbulos a veces, pero
no se detiene. Ese paso, que la secta
política no sabe entender, nunca lo ha hecho, y que interpretan de forma
descocada terminará por llevárselos por delante. La tormenta se anuncia desde
hace largo tiempo. Oiremos el lloriqueo.
© Alfredo Cedeño


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