Mostrando las entradas con la etiqueta Alfonso X El Sabio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Alfonso X El Sabio. Mostrar todas las entradas

sábado, mayo 21, 2016

TAHÚRES

                 El acto de jugar es instintivo en el reino animal, al cual pertenecemos en cuanto mamíferos, racionales pero animales al fin, y desde el momento de nacer se lleva a cabo. Una de las primeras manifestaciones de ello es el jugueteo del recién nacido con el pezón de la teta materna. En la medida en que crece vemos a ese ser, por ejemplo, divertirse con sus pies; luego lo veremos pasar por la etapa risueña, tiempo en que las risas serán una constante celebración que contagia a todos alrededor. El juego termina por convertirse en proceso de enseñanza-aprendizaje donde se transmiten conocimiento, normas, valores, en fin se va mostrando el camino a la vida.
                Este rasgo característico, en el caso humano, unido al tan cacareado instinto de supervivencia terminó por conducir a la competencia, lo cual terminó en algún momento, seguramente en la prehistoria, en cierto tipo de desafíos que bien podrían denominarse deportivos. Aseguran los estudiosos de la cultura humana que las primeras justas fueron carreras y luchas. Velocidad, destreza y fuerza eran las habilidades que reinaban, amén de ser claves para poder sobrevivir. En esas lides pioneras del atletismo, entre otras disciplinas, estuvo el origen de los juegos de azar, ya que al estar seguro del triunfo se formulaban apuestas, para con ello obtener una doble victoria: la moral y la económica.
                Pero como sobre la fuerza bruta siempre termina imponiéndose la inteligencia, los menos fuertes y ágiles, arrinconados por las prácticas físicas, desarrollaron otros juegos no corporales en lo que se simulaban la competición real, y este parece ser el caso del backgammon, donde buscas sacar tus 15 fichas del tablero antes que tu  opositor.  Se asegura que este es el juego de mesa más antiguo del cual se tiene noticias, ya que hay evidencias de su existencia cinco milenios antes de Cristo.
                Y no sólo fue este juego, del que no sabemos si se cruzaban apuestas, pero los primeros registros de este tipo de faenas se pueden encontrar en las casas de apuestas de China, estoy escribiendo de tanto como el año 2300 precristiano. Las actividades lúdicas siguieron desarrollándose prácticamente en todas las civilizaciones y es así como podemos ver en un fresco descubierto en la tumba de Nefertari, esposa del faraón Ramsés el grande, a la reina jugando ajedrez. La data de dicho recinto funerario ha sido calculada en el año 1265 antes de la era cristiana.
                Los cronistas revelan que en Roma el juego por dinero no era legal, salvo durante la fiesta de Saturnalia –devenidas en nuestros días a fiestas de Navidad, pero cuya metamorfosis es harina de otro costal mucho más grande– cuando era permitido que se jugara a los dados. En esos días hasta los esclavos apostaban con los ciudadanos romanos. En lo que corresponde a nuestros ancestros blancos, se sabe que en la península Ibérica fueron los romanos quienes difundieron en ella el gusto por el juego, en particular por los dados, peleas de gallos y carreras de carruajes, entre muchas otras disciplinas.  Con la invasión mora llegaron muchas otras formas, una de ellas el shatranj, antecesor del ajedrez que a su vez procedía del milenario chaturanga. Testimonios medievales describen las faenas celebradas en las tafurerias, nombre que daban a antiguas casas de juego, bien las describe Josep Baucells I Reig en el volumen III de Vivir en la Edad Media: Barcelona y su entorno en los siglos XIII y XIV (1200-1344): “En la tafurería, es decir, en la sala, habitación, local o inmueble destinado al juego, o en un lugar al aire libre, hallaban los jugadores todos los medios aptos para satisfacer su deseo de diversión”. Se sabe que en esos espacios eran habituales lances y disputas, pues siempre había en disputa no poco dinerillo.
No en vano en España aparece ORDENAMIENTO DE LAS TAFURERIAS que fue hecho en la era de mil e trescientos e quatorse años por EL REY DON ALFONSO X. No es exagerado afirmar que las precauciones contra el juego fueron un calentadero de cabezas permanente para monarcas y funcionarios de la corte peninsular.  Esos quehaceres se convirtieron en tema que aglutinó a moralistas, tahúres y legisladores, dejando una no escasa bibliografía que va desde la ya citada obra del monarca de Castilla, pasando por Días geniales y lúdricos, de don Rodrigo Caro, o el  Tratado de los juegos que escribió fray Francisco de Alcoçer en 1559; otro cura que legó una obra al respecto fue Francisco de Luque Fajardo: Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, publicada en Madrid en 1603; y cierro con el urticante Francisco de Quevedo quien escribió Capitulaciones matrimoniales y Vida de Corte y oficios entretenidos en ella.
Perdonen la muletilla, pero como bien han de suponer, la entonces recién descubierta América, se convirtió en un verdadero garito. No olvidemos que nuestros primeros colonizadores fueron una versión, de fines de la Edad Media, del Mariel que en Cuba implementó Fidel casi cinco siglos después, en 1980, para enviar al Imperio una verdadera horda de malvivientes.  Aquellos colonizadores vivieron la fiebre del oro, fueron tiempos de explosiones de riqueza fácil como la de las perlas de nuestra abandonada Cubagua, época de “señores” nacidos a la sombra del sistema de las encomiendas. Un ejemplo muy citado de lo que significaron aquellos días es del capitán Mancio Serrae Leguizamo, quien jugó, y perdió, en una noche la figura del Sol que le había tocado en el reparto de los tesoros del Cuzco. 
La pejiguera que en estos territorios había era de tal magnitud que el 23 de mayo de 1608 una Cédula Real de Felipe III consideraba que las multas que se aplicaban a las gentes de Indias no bastaban para impedir el juego. El monto de las sanciones aplicadas, considerado alto en la península, eran simples bagatelas para aquellos que habitualmente doblaban o triplicaban esas sumas en las mesas que pública o privadamente montaban para despojarse mutuamente.
No fueron de poca monta las réplicas que de tales menesteres hubo en nuestra Venezuela tormentosa. Recuerdo en una oportunidad presenciar en Tucupita, al borde oriental del país, a dos obreros agachados en una esquina dedicados a apostar sobre el último número del próximo vehículo que iba a cruzar hacia donde ellos estaban. El juego ha permeado de manera inverosímil y diría que de modo transversal nuestra sociedad, y ello se ha visto reflejado en forma clara en el ámbito político donde han confundido la acepción de la palabra juego político para convertirla en apuesta política. Es común ver esa especie de jugarse a los dados la suerte del país, la casta que nos ha dirigido se ha ido convirtiendo en una logia de tahúres en la que todo se vale con tal de desplumar al otro, al costo que sea.
Hablan de jugadas para referirse a los movimientos que entre los distintos bandos se llevan a cabo. Dichos gambitos sobran por ambas aceras. Los rojitos se escarnecen unos a los otros con mirada caínesca, se disputan las sobras de un festín en el que han bebido y comido hasta convertirse en Pantagrueles de estos tiempos. Del lado acá, de los que se suponen nos interpretan y representan, la pelea no es menor, la caballerosidad no es un bien del que se puedan preciar muchos y ante la hidalguía de Lilian Tintori y María Corina Machado son incontables los ataques de egregios varones contra sus endebles anatomías, íntegramente opuestas a su fortaleza como voceras de una colectividad cada vez más desamparada.
                ¿Necesito recordar el ataque infortunado de un tremolante Tomás Guanipa contra María Corina Machado por haber apoyado en Lara la candidatura de Eduardo Gómez Sigala en las pasadas elecciones de diputados?  El muy valeroso lugarteniente de Manolito el de Mafalda –entiéndase julio borges– ni de vaina atacó también a Felipe Mujica quien igualmente había prohijado dicha candidatura, tal como me lo reconoció una persona muy cercana al dirigente de la tolda naranja. Ahora el turno para arremeter contra ella vino en la boca del Bobo de la Yuca –recuerdo: Henrique Capriles– en la última actividad unitaria de escuálida convocatoria que llevara a cabo “la unidad”.
Estos jugadores de medio pelo, me hacen recordar al ya citado Francisco Gómez de Quevedo y Villegas, quien en su obra mentada párrafos atrás pareció vaticinar lo que nos tocaría padecer en esta tierra aquende la mar océana: “Hay en este maldito gremio otro género de gente de flor, que son los entretenidos o entremetidos cerca de la persona del juego. Éstos acuden a los garitos, llevan los tahúres, al que les hace mejor acogida, siéntanse en buen lugar; si entra algún adinerado y concidánle con él con mucho agrado, y en la primera suerte le da una presa en pago. Son jugadores y cuando hay mucha bulla quitan el dinero y aplican para sí lo mostrenco. Tienen manos de piedra imán, atraen las monedas, las cuales dejan caer en el pescuezo, en la pretina o los puños con la justificación, mostrando las manos limpias. Hácense a la parte que vence, y dicen: ‘Juegue uced con gusto y gane, y déjeme a mí la cuenta’.”

© Alfredo Cedeño


domingo, mayo 05, 2013

TOLEDO

       En mi niñez, la radio era lo que hoy son las consolas de videojuegos, y demás chismes tecnológicos con los que suelen entretenerse los locos bajitos actuales.  Mi abuela tenía un gran radio en el que oía a primeras horas las noticias, luego la “novela” donde ocupó por largos años un sitio destacado El Gavilán, cuyas aventuras trepidantes me hacían delirar hasta el infinito mientras contemplaba el mar sentado al lado de la inolvidable vieja Elvira.

 
            Luego de las novelas venía música y en aquellos tempranos años 60 era el rey de los compases un tocayo: Alfredo Sánchez Luna, quien era más conocido como Alfredo Sadel. Aún recuerdo una mañana que le oí cantando:
Toledo, mujer española con ojos de acero que el cielo besó,
princesa que el Tajo bañara, boca que tostara la lumbre del sol.
Orgullo de nueva Castilla, flor de maravilla que envuelve un mantón,
puñal que tus ojos clavaron en medio de mi corazón.
Años más tarde supe que la había escrito un mexicano de nombre tan largo como su talento y obra: Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso Rojas Canela del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, pero que fue conocido como Agustín Lara.
 
           Mucho tiempo después, cuando Plácido Domingo grabó la llamada Suite Española, CD en el que homenajeaba al autor de Granada, Murcia, Silverio Pérez, entre otras, fue un revival  de aquella repetición de la pieza que cantaba Sadel y cuya última estrofa dice:
Toledo, la tizona tus letras grabó
fundiendo en una hoja nobleza y valor.
Acero de unos ojos que saben mirar
y matan como mata un puñal.
 
            En este punto quiero hacerles una confesión, so riesgo de que algunos de ustedes que padecen de mi amistad, se dediquen a hacer el respectivo mal uso de lo que a continuación escribo.  En aquella época de niño gordo, ignaro, consentido de Elvira y feliz, cuando oía aquello de “la tizona tus letras grabó”, me quedaba dándole vueltas a la frase. Me preguntaba una y otra vez, ¿cómo será que le graba las letras a la tizana? ¿Será que le ponen una letrica a cada pedacito de fruta? ¿Cómo será eso?
 
Mi ignorancia de muchacho glotón la superé cuando, en clases de literatura con vanos intentos de desasnarme, me explicaron que  La Tizona era una de las espadas del Cid Campeador; la cual había sido del rey Búcar de Marruecos y a quien el Cid se la ganó en Valencia.  Pero, basta de vueltas y revueltas y sigamos en lo que hoy traigo como tema y que, como bien han visto ya a esta altura, tanto por el título como por las imágenes, trata sobre la muy castiza ciudad española de Toledo.
 
En la tradición oral se asegura que esta localidad fue fundada por Hércules. Sin embargo, al ceñirnos al campo científico encontramos que fue una ciudad de origen carpetano. Este pueblo fue una tribu prerromana, parte de los pueblos celtíberos que habitaban el oeste y el norte de la Península Ibérica.
 
Se sabe que el año 192 a.C. la ciudad fue tomada por el cónsul romano Marco Fulbio Nobilior, quien construyó Toletum sobre las ruinas carpetanas. Al cabo de varios siglos, a partir del V de nuestra era, los pueblos bárbaros se dedican a hostigar a las fuerzas romanas.  Fue así como esta zona fue ocupada por los alanos en el 411, para siete años después terminar en manos visigodas.
 
Siglo y medio más tarde, tanto como en el 569, el rey visigodo Atanagildo instaló su Corte en Toledo y con el rey Leovigildo pasa a ser capital del reino hispano-godo, que fue el primer Estado peninsular independiente. Durante esta etapa visigoda (que va del siglo VI al VIII) la ciudad se distingue como sede episcopal y de concilios; lo cual le otorgó gran importancia civil y religiosa.
 
            Pero, comenzando el VIII los moros llevan a cabo su conquista y fue así como Toletum se convirtió en Tulaytulah.  A fines de ese siglo la España musulmana era gobernada por el emir árabe Alhakén I. Toledo era una ciudad, si bien sometida al emir, con autonomía propia. Alhakén no quiso seguir sabiendo de libertades así que mandó como gobernador de Toledo a un muladí -un converso al islamismo- de su absoluta confianza, algunos afirman que de nombre Amrú y otros que Ambroz.  Lo cierto fue que el muy bellaco con la excusa de celebrar su nombramiento, invitó a palacio a las personas más destacadas, ricas e influyentes, que al parecer eran más de 400.
 
Para hacerles breve el cuento, el tierno y efusivo anfitrión hizo que los degollaran a todos y mandó arrojar sus cabezas a un foso preparado de antemano para tales fines… dicho suceso pasó a ser conocido como “La Jornada del Foso”.
 
            No será hasta bien entrado el siglo XI, en 1085, cuando Alfonso VI se ocupa de la reconquista cristiana; y fue virtud de él hacer de Toledo una ciudad tolerante entre las culturas establecidas en la ciudad, donde cristianos, musulmanes y judíos convivían en paz con sus iglesias, mezquitas y sinagogas.
 

            Más adelante, en el siglo XIII, Alfonso X El Sabio estableció allí  la muy célebre  Escuela de Traductores.  Ello hizo que la danza de transcripciones de textos árabes y judíos, así como traducciones de obras del pensamiento griego convirtieran a Toledo en el centro intelectual europeo. 
 
Al siglo siguiente esa convivencia pluricultural se fue a la mierda, y perdonen lo soez, pero no hay mejor manera de definirlo. La persecución a los judíos y el empeño en cristianizarlos terminó desembocando en esa imbecilidad que fue el Tribunal de la Santa Inquisición.  Todo esto fue aliñando la decisión de los Reyes Católicos, digo que envalentonados por lo que significaba que el genovés hubiera descubierto nuevas tierras, de expulsar a los judíos en 1492, quienes estaban establecidos en Toledo desde la época visigoda… ¡Ay humanidad, divina inclemencia!
 
          He hecho este vuelo de leves roces sobre este pueblo cuyo casco histórico conserva sus mismos sinuosos callejones. Uno, al andar por entre ellos, bien sabe que por allí deambularon Cervantes, Góngora, ese mago del trazo llamado Doménikos Theotokópoulos y que conocemos como El Greco,  y dejémoslo hasta ahí.  Bien dijo Julio Caro Baroja: “Toledo, en sí, es un lujo que tiene España”. España y el mundo, afirmo yo. 

            Esta ciudad es la misma que Cervantes deja en El Quijote en once citas pero que la describe en aquel trozo: “Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sedero; y, como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación, tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía, y vile con caracteres que conocí ser arábigos.”
 
            Toledo de Cervantes y Agustín Lara, quien la describió con precisión quirúrgica: 
Toledo, lentejuela del mundo eres tú
que adorna un soberbio capote de luz.
 

            Es la Toledo de El Entierro del Conde de Orgaz, pieza sublime de El Greco, en la iglesia de Santo Tomé. ¡Esas figuras largas que parecen se van a subir por el techo para irse al cielo!  Y en el cielo Dios, la Virgen, Jesús, los ángeles, San Pedro con sus llaves, aquel mundo de muertos vivos.  La cara de la muchacha con la antorcha abajo a la izquierda, la única que parece que no le quita a uno el ojo de encima.  Te mueves para ver si no te ve y qué va, donde te metas ahí estará mirándote.
 
            Toledo es historia nuestra, de allí venimos y ojalá logremos su misma permanencia, la que le ha permitido resistir cientos de embates. Toledo: pedazo de morería judaica ibérica que se me amalgama en el pellejo cuando la camino.

© Alfredo Cedeño
 
 

Follow bandolero69 on Twitter