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domingo, agosto 03, 2014

TRUJILLANEANDO (BURRERO)

            Son apenas 17 kilómetros en línea recta al suroeste de la capital de Trujillo donde se encuentra esta población de la cual escribo hoy. Mario Briceño Perozo en su obra Historia de Trujillo afirma: “tradicionalmente conocido como El Burrero, nombre también de una de sus quebradas y de la meseta en donde fue edificado Santiago de Chachú, pueblo de doctrina que pasó luego a ser Santiago del Burrero”.
 
            Santiago del Burrero lo fue hasta el 31 de enero de 1944, cuando la Asamblea Legislativa de Trujillo decidió cambiárselo por Santiago de Trujillo. Tal vez consideraron basto el nombre los colegas tropicales de Cneo Pompeyo Magno; o quizás, como buenos iguales de Incitatus (el caballo de Calígula que fue nombrado senador del imperio romano), no consideraron que el solípedo mereciera los honores de aparecer como toponímico. Briceño, en su obra ya citada, se pregunta “¿Acaso se consideraba como despectivo?” 
 
Otro autor que menciona a nuestra comunidad de hoy fue el ya citado en trabajos anteriores obispo Mariano Martí; ese viajero impenitente llegó aquí en el siglo XVIII y le llama Burrero. Martí asentó en su diario: “Día 27 de marso de 1777, salimos del pueblo de San Lázaro a las siete y media de la mañana y a las nueve llegamos a este pueblo del Burrero, distante dos leguas buenas. El camino, malo, de subidas y baxadas y de voladeros o precipicios. Las tierras no dexan de ser buenas, principalmente cerca de las quebradas, que todas ordinariamente tienen agua.”
 
Revela Martí: “Esta Iglesia es baxo la invocación del Apóstol San Jayme el Mayor”. Otro dato que nos dejó Briceño Perozo fue: “la mesa de su asiento que hemos mencionado, fue cedida por el encomendero capitán y sargento mayor don Gerónimo Sanz de Graterol, con el objeto primordial de que allí se levantara el templo y el pueblo a que aspiraban las comunidades indígenas encomendadas al donante.” Pero, regreso al citado clérigo quien escribió: “En este pueblo hay Cabildo, que se compone de Cacique, que lo hay legítimo o hereditario, de un Governador, de un Alcalde ordinario, otro del campo y de un Regidor. Los indios de este pueblo parece son de buena especie, y me dize el padre Paulino que saben bien la Doctrina. Estos indios (que nadie me sabe decir de qué nación son) me parece serán cuiquas o de la nación quica, como los demás indios de la Jurisdicción de Truxillo.”
 
En Documentos relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas Martí asegura: “Este pueblo del Burrero es del año 1687”.   Este jerarca católico, cuyos seis tomos del texto citado son una verdadera joya informativa, así como del chismorreo, dejó noticias poco edificantes sobre sus colegas, sin dejar de hacer algunas precisiones: “Don Bernardo de Silva, cura del Burrero, vive mal con Romualda, mulata, libre, casada con Miguel de Aponte, libre, mulato. Este denuncio puede ser incierto, pues lo hizo Joseph Antonio Carrillo, su enemigo.” 
 
En páginas anteriores a esta noticia ya había asentado el obispo: “Joseph Antonio Carrillo, mulato, illegítimo, libre, casado con Ignacia Jáuregui, mulata, aquél natural de la ciudad de Truxillo, y ésta natural del pueblo del Burrero, habrá unos seis años que se casaron, y desde aquel entonces han vivido acá. Después de casado comenzó a vivir mal con Francisca Jáuregui, su cuñada…”
 
            Santiago, Burrero, o como quiera que sea que cada quien desee llamarlo, se mantiene remachado a las montañas andinas.  El camino que allá lleva va cual serpiente enroscándose  y estirándose en medio de las inmensas zanjas que la rodean.  En  Burrero cada tarde sus vecinos se siguen sentando en las puertas de sus casas con un gato a los pies que tal vez lama sus historias de encantos y botijas de morocotas de oro.
 
En Burrero los caseríos vecinos exhiben con orgullo sus nombres indígenas: Curupú, Cajuí, Marajabú, Estiguati, Isnarú, Estibandá, Estifunduco, Curandá, son algunos de ellos.  No en balde en las cercanías de esta comunidad, en el llamado Valle de Chachique, sus cuevas repletas de piezas precolombinas guardaron por largos años tesoros arqueológicos, muchos de los cuales terminaron en el mercado negro internacional.
 
Este poblado es una perla más de este cofre infinito que es Venezuela, aquí hay tesoros en cada vuelta de camino. No hay manera de hastiarse al andarla e irse llenando de esta tierra.  Cada día me reafirmo en pensar que este país es una casa de puertas amables y ventanas luminosas preñadas de bellezas que llenan de alborozo al transeúnte. No hay forma ni manera de que me canse de celebrar haber nacido aquí, y de sentirme enfermizamente orgulloso de ser tan  venezolano como esos paisanos de Burrero que se mantienen aferrados a su comunidad. 

© Alfredo Cedeño

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