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miércoles, diciembre 30, 2020

A MÍ NO ME TOQUES

 

                A fines de la primera década de este siglo, por razones que no vienen al caso sacar aquí a colación, estuve viviendo en el estado Trujillo. Fue un tiempo en el que conocí a algunos miembros de la comunidad académica de la Universidad de Los Andes,  que ejercía en el núcleo Rafael Rangel de la mencionada entidad federal. Había de todo, pero sobre todo me llamó mucho la atención la opacidad con la que públicamente se abordaban ciertas cosas. Por ejemplo, era famoso el caso de un profesor de manifiesta debilidad por sus alumnas, sus colegas lo comentaban en cuchicheos por los pasillos y oficinas, pero nunca se le sancionaba, o se solicitaba la toma de medidas a conductas como esa. Por cierto ese mismo “profesor” se vio envuelto en un caso de plagio de un aspirante a licenciado en teatro, de cuya tesis él fue jurado.  Tal como dije en esta misma tribuna meses atrás, lo triste de esa  ocasión fue el tono de las declaraciones, en distintos medios de comunicación de ese estado andino, de enjundiosos voceros dándose golpes de pecho por la estatura moral del señalado, y tratando de descalificar al “muchacho” que estaba exigiendo justicia. El cuchicheo entre los colegas del plagiario eran de antología, pero el silencio comunicacional e institucional fue demoledor.  

                Así como este pícaro de tomo y lomo había gente de raigambre social cristiana que se había dedicado a hacerle carantoñas a la literatura izquierdista para, así, garantizar su ascenso en el escalafón. Conocí una de esas personas que hizo una tesis doctoral de mucha enjundia respecto al tema, y cuando leí el material publicado me sorprendí que al hacer referencia al Congreso Cultural de Cabimas, lo reseñara como celebrado a fines de los años 70.  En este punto quiero explicar a quienes no sepan qué fue aquel emblemático evento del mundo creativo e intelectual venezolano. El 4, 5 y 6 de septiembre de 1970 se llevó a cabo en la localidad zuliana dicho encuentro, al cual acudieron millar y medio de creadores de todo el país. La movilización fue en carros por puestos, autobuses, carros propios, autobuses fletados para el viaje; el único hotel cabimense se saturó, y los congresistas dormían en las salas de las casas de vecinos solidarios, en las sedes de los sindicatos, donde fuera. El jolgorio creativo fue verdaderamente antológico. La idea había sido de un grupo luminoso entre los que recuerdo a Salvador Garmendia, Pedro Duno, Juan Calzadilla, Carlos Contramaestre, Héctor Malavé Mata, Ramón Palomares, Luis Cipriano Rodríguez y Víctor Valera Mora. La participación, en medio de una nutrida representación policial fue propia de aquellos años de áspera represión. Hago esta breve digresión porque todo aquel  que ha estado en relación con el universo cultural venezolano sabe claramente de esta fecha. Cuando a esta persona le hice ver este error en la data asignada su respuesta fue: “¡Ay!, y tanto que le pagué a Fulano para que me hiciera la revisión…” Ella no solo había cometido el error, el tutor, el jurado y el que publicó luego el texto de marras, no habían sido capaces de notar semejante detallito. 

                En el seno de esa comunidad también conocí a un profesor, de estampa franciscana, y de acendrada vocación por el comandante eterno. En particular me tocó en una ocasión tolerar su sorna; fue cuando una profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México, preguntó en medio de una comida que se le ofrecía sobre el proceso chavista ya que había visto algunas cosas que no le “cuadraban” de un todo. No tengo que explicarles cómo comencé a explicarle a esta señora una serie de cosas, mientras él y otro embigotado profesor retirado, que también participaba del condumio, se iban encrespando. Cuando terminé mis explicaciones ambos pretendieron descalificar mis argumentos con: “Todo eso no es más que una manipulación mediática”. Como bien han de suponer de inmediato rebatí el que fuera el mantra preferido del comandante rojito.  Ese mismo profesor, aquel con el que inicié este párrafo, era un hombre dedicado a exclusividad a sus labores docentes, al igual que su esposa. Ellos habían aprovechado con habilidad las facilidades de los distintos organismos de protección social de las instituciones educativas y poseía un apartamento en su natal Maracaibo, otro en Mérida, un tercero en Valera, y su casa en la propia ciudad de Trujillo.  No les quiero contar lo enrabietado que ese ilustre docente andaba en los días aquellos cuando Chávez anunció que todo aquel que tuviera más de una casa tenía que entregar las otras al “pueblo mesmo”. Su frase recurrente era: “No sé qué le está pasando a Chávez, alguien no le está diciendo las cosas como son”.

                Narro estas peripecias de una comarca, como gusta de llamarla un querido poeta falconiano, que es espejo de todo el país. Gente que ocupa posiciones para las que deontológicamente no son idóneas, otros devenidos en exégetas y cronistas de unos espacios que poco conocen en realidad, y aquellos que son de inquebrantable apego a lo que consideran es la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad. Pero, a fin de cuentas todos sólo velan por sus intereses particulares. ¿Acaso hacen otra cosa los dirigentes de la Casta Política S.A.?

                Mañana empieza otro año, ojalá Dios se terminé de compadecer de Venezuela y nos otorgue las herramientas y discernimiento suficiente para liberarnos de tirios y troyanos. Ya hemos expiado suficiente nuestras faltas. Un 2021 libre para todos nosotros, lo merecemos…

 © Alfredo Cedeño 


miércoles, agosto 16, 2017

HIDALGUÍA Y COLABORACIONISMO


                Es posible que Philippe Pétain al dirigirse al pueblo francés, con mensaje radiofónico el 30 de octubre de 1940, en el cual hacía un llamado a sus compatriotas a que colaboraran con el invasor nazi, no tuviera idea de que estaba acuñando una definición que más tarde se haría de uso amplio en la jerga política contemporánea. El mariscal Pétain, quien había participado brillantemente en la Primera Guerra Mundial, donde se le otorgó el título de "El vencedor de Verdún", que fue jefe del Estado Mayor, y tuvo un gran prestigio ante toda Francia hizo entrar el término colaboracionismo por la puerta infame de la historia.
                El otrora héroe galo fue convertido por el régimen en una suerte de Fidel o Chávez, y sus fotos aparecieron en todos lados, el intento por aprovechar su prestigio fue rocambolesco. La historia ya lo ha colocado en su lugar.
                La Ciudad Luz debió esperar hasta agosto de 1944 cuando una sublevación de la Resistencia francesa, a la que luego se unió una parte de la Segunda División Blindada francesa, y otra de la Cuarta División de Infantería estadounidense, hizo caer la malhadada Francia de Vichy.
                Pienso en ello mientras veo nuestro escenario actual. Una Venezuela ahogada por la  invasión cubana, a la que muchos han criticado con guante de seda, mientras ahora sobran quienes se dan rabiosos golpes de pecho ante "la vil amenaza gringa".
                A la par de eso, pienso en  la no poco sesuda discusión en el ámbito académico sobre la novela caballeresca y los libros de caballería. Los últimos, aseguran, se distinguen por la presencia de elementos fantásticos, tales como potingues milagrosos, dragones, monstruos, ogros, hechiceras, y demás sabandijas de similar pelaje; se considera Amadís de Gaula el ejemplo por excelencia. En lo que a las primeras refiere, en sus páginas están presentes personajes de tal verosimilitud que terminaron por hacerse históricos, como ocurrió con El Quijote, y en modelo de conducta para algunos.
                Las acciones de hidalguía de esos personajes han sido replicadas en gestos que no siempre se entienden. Es el caso del respetado profesor Francisco "Morocho" González Cruz quien estaba llevando a cabo una ejemplar campaña por la gobernación del estado Trujillo. La semana pasada sin muchos aspavientos, pero con su firmeza característica, anunció: “Debo honrar mi palabra, en dictadura no me presto para ser candidato”.  Mientras tanto los colaboracionistas criollos, y su corte  de encopetado celestinaje, no cesar de aupar sus candidaturas a un proceso electoral hecho a la medida y gusto de la satrapía roja.

© Alfredo Cedeño

domingo, agosto 03, 2014

TRUJILLANEANDO (BURRERO)

            Son apenas 17 kilómetros en línea recta al suroeste de la capital de Trujillo donde se encuentra esta población de la cual escribo hoy. Mario Briceño Perozo en su obra Historia de Trujillo afirma: “tradicionalmente conocido como El Burrero, nombre también de una de sus quebradas y de la meseta en donde fue edificado Santiago de Chachú, pueblo de doctrina que pasó luego a ser Santiago del Burrero”.
 
            Santiago del Burrero lo fue hasta el 31 de enero de 1944, cuando la Asamblea Legislativa de Trujillo decidió cambiárselo por Santiago de Trujillo. Tal vez consideraron basto el nombre los colegas tropicales de Cneo Pompeyo Magno; o quizás, como buenos iguales de Incitatus (el caballo de Calígula que fue nombrado senador del imperio romano), no consideraron que el solípedo mereciera los honores de aparecer como toponímico. Briceño, en su obra ya citada, se pregunta “¿Acaso se consideraba como despectivo?” 
 
Otro autor que menciona a nuestra comunidad de hoy fue el ya citado en trabajos anteriores obispo Mariano Martí; ese viajero impenitente llegó aquí en el siglo XVIII y le llama Burrero. Martí asentó en su diario: “Día 27 de marso de 1777, salimos del pueblo de San Lázaro a las siete y media de la mañana y a las nueve llegamos a este pueblo del Burrero, distante dos leguas buenas. El camino, malo, de subidas y baxadas y de voladeros o precipicios. Las tierras no dexan de ser buenas, principalmente cerca de las quebradas, que todas ordinariamente tienen agua.”
 
Revela Martí: “Esta Iglesia es baxo la invocación del Apóstol San Jayme el Mayor”. Otro dato que nos dejó Briceño Perozo fue: “la mesa de su asiento que hemos mencionado, fue cedida por el encomendero capitán y sargento mayor don Gerónimo Sanz de Graterol, con el objeto primordial de que allí se levantara el templo y el pueblo a que aspiraban las comunidades indígenas encomendadas al donante.” Pero, regreso al citado clérigo quien escribió: “En este pueblo hay Cabildo, que se compone de Cacique, que lo hay legítimo o hereditario, de un Governador, de un Alcalde ordinario, otro del campo y de un Regidor. Los indios de este pueblo parece son de buena especie, y me dize el padre Paulino que saben bien la Doctrina. Estos indios (que nadie me sabe decir de qué nación son) me parece serán cuiquas o de la nación quica, como los demás indios de la Jurisdicción de Truxillo.”
 
En Documentos relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas Martí asegura: “Este pueblo del Burrero es del año 1687”.   Este jerarca católico, cuyos seis tomos del texto citado son una verdadera joya informativa, así como del chismorreo, dejó noticias poco edificantes sobre sus colegas, sin dejar de hacer algunas precisiones: “Don Bernardo de Silva, cura del Burrero, vive mal con Romualda, mulata, libre, casada con Miguel de Aponte, libre, mulato. Este denuncio puede ser incierto, pues lo hizo Joseph Antonio Carrillo, su enemigo.” 
 
En páginas anteriores a esta noticia ya había asentado el obispo: “Joseph Antonio Carrillo, mulato, illegítimo, libre, casado con Ignacia Jáuregui, mulata, aquél natural de la ciudad de Truxillo, y ésta natural del pueblo del Burrero, habrá unos seis años que se casaron, y desde aquel entonces han vivido acá. Después de casado comenzó a vivir mal con Francisca Jáuregui, su cuñada…”
 
            Santiago, Burrero, o como quiera que sea que cada quien desee llamarlo, se mantiene remachado a las montañas andinas.  El camino que allá lleva va cual serpiente enroscándose  y estirándose en medio de las inmensas zanjas que la rodean.  En  Burrero cada tarde sus vecinos se siguen sentando en las puertas de sus casas con un gato a los pies que tal vez lama sus historias de encantos y botijas de morocotas de oro.
 
En Burrero los caseríos vecinos exhiben con orgullo sus nombres indígenas: Curupú, Cajuí, Marajabú, Estiguati, Isnarú, Estibandá, Estifunduco, Curandá, son algunos de ellos.  No en balde en las cercanías de esta comunidad, en el llamado Valle de Chachique, sus cuevas repletas de piezas precolombinas guardaron por largos años tesoros arqueológicos, muchos de los cuales terminaron en el mercado negro internacional.
 
Este poblado es una perla más de este cofre infinito que es Venezuela, aquí hay tesoros en cada vuelta de camino. No hay manera de hastiarse al andarla e irse llenando de esta tierra.  Cada día me reafirmo en pensar que este país es una casa de puertas amables y ventanas luminosas preñadas de bellezas que llenan de alborozo al transeúnte. No hay forma ni manera de que me canse de celebrar haber nacido aquí, y de sentirme enfermizamente orgulloso de ser tan  venezolano como esos paisanos de Burrero que se mantienen aferrados a su comunidad. 

© Alfredo Cedeño

domingo, mayo 25, 2014

TRUJILLANEANDO 14 (LLANO LAS MARÍAS)

            Al occidente de Venezuela, donde comienza el ramal venezolano de la cordillera andina, en medio de montañas que abruman con sus cimas y gente sumergida en las simas de dolorosa pobreza, con  parajes donde la llanura coquetea en bien resuelto maridaje con los cerros, está el estado Trujillo. En el borde de su frontera con el estado Mérida, en la margen derecha del río Momboy y encajonada entre cerros, se encuentra Mendoza Fría. 
 
            Las faldas y valles de esa serranía están llenos de magos, herederos de españoles e indígenas, que hacen producir alimentos con esfuerzos titánicos. Uno de los aposentos de estos hombres, mujeres y niños devenidos en taumaturgos es El Llano Las Marías, a dos horas de camino cuesta arriba desde la mencionada población al final del pasado párrafo. Son alrededor de cincuenta casas desperdigadas entre zanjones y pequeñas explanadas, casi todos de apellido Lobo, “de los de La Culebrina, somos casi todos nosotros”, explica uno de los paisanos mientras se dedica a untar con unas pencas de zábila “la espiga de un burro” donde luego estarán jugando “los chinos”.
 
 
            Ellos trabajan de domingo a domingo en unos terrenos donde el agua no abunda, por lo que se han dedicado a producir principalmente apio criollo (Arracacia xanthorriza) tubérculo americano que en otros países se conoce como arracacha, racacha, virraca o zanahoria blanca.  Cada vez que pueden se congregan alrededor de la capilla que construyeron en homenaje a san Isidro, patrono de los agricultores, y ayer sábado 24 lo hicieron porque fue el día que el párroco de Mendoza pudo subir a oficiar misa en su minúsculo templo.
 
            Los vecinos prepararon grandes ollas de comida para los que acudieron allí, los “chinos”, como llaman a los niños, cumpliendo con sus roles de diablos angelicales. Para ellos los mayores construyeron un  “burro”: un madero enterrado en el suelo al que llaman espiga, donde encajan uno más largo en un agujero que llaman travesaño, y en cuyas puntas colocan unas estacas para que los muchachos se agarren mientras los demás le hacen girar a fuerza de empellones.
 
El aire en estas montañas es manto que aplaca la desolación, aquí cada gesto es una invocación a la faena y a la libertad que conceden los labrantíos.   Cada mano es un mapa de logros labrados a pulso fino y sudor grueso, el plante del mozo que baila en su palma el trompo se convierte en sonido del viento reventando en la orilla de las arboledas. Es el fraguado que día a día nos consolida como país pese a las mil vicisitudes donde solemos debatirnos. Tanto aportan estos campesinos de inocencia maliciosa, como los muchachos que se mantienen en las calles de nuestras ciudades plantando cara a un arreo de ignaros en ejercicio del poder.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

domingo, enero 05, 2014

TRUJILLANEANDO 13 (LA PUERTA)

A 440 kilómetros en línea recta al suroeste de Caracas, y a 23 de Valera en similar dirección, así como a 38.5 al oeste de la otrora trashumante Trujillo, está localizado al que algunos mal hablados –a quienes Dios me libre de imitar– llaman “el barrio más frío de Maracaibo” debido a que los maracuchos, o marabinos como suelen autodenominarse los nativos de la capital zuliana, han hecho de este sitio su habitual sitio de escape al inclemente sol habitual en sus lares.
 
A fines del siglo XVIII el obispo Mariano Martí visitó el lugar y en  DOCUMENTOS relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas se puede leer: “En la santa pastoral visita de este pueblo del Apóstol San Pablo de Bombay, alias La Puerta, doctrina de indios tributarios, en la jurisdicción de la ciudad de Trujillo…”. Ya desde el título bien sabían de qué rincón trujillano escribo hoy, así que sigamos.  El ilustre pastor, sin lugar a dudas oía mal o cargaba las orejas sucias...y colocó la ciudad hindú allí.
 
Y digo esto de los problemas auditivos de su eminencia ya que también se lee en su obra: “Al pueblo de la Puerta ahunque ahora lo llaman el pueblo de San Pablo Apóstol de Bombay, cuyo nombre Bombay tiene esta quebrada o río que corre entre estos dos cerros”.  Me parece escuchar a mi buen recordado y pésimo hablante, cuando se le alborotaba el vasco, del jesuita Severiano Bidegain, y quien fue mi Prefecto de Estudio en Jesús Obrero, que  de haber oído al  mentado patriarca diciendo tal cosa de seguro hubiera saltado: “¡No sea asno, que es Momboy  como se llama el bendito río!”
 
Se asegura que La Puerta fue fundada el domingo 9 de agosto de 1620, o sea: faltando 64 días para que se cumplieran los 128 años de la llegada del genovés Colón a este continente.  Debe explicarse en honor a la verdad que más que una fundación lo que ocurrió fue el establecimiento de uno de los llamados “pueblos de doctrinas”, figura empleada para congregar y proteger a los indígenas de las zonas donde ellos los hubiera.
 
Fray Buenaventura de Carrocera  explica que esta fórmula se estableció a partir de una cédula de Felipe II expedida el 20 de mayo de 1578, y dirigida a “Don Martín Enríquez, nuestro virrey, gobernador y capitán general de la Nueva España y presidente de la nuestra Audiencia Real que reside en la ciudad de México”, en la cual se lee: “Y porque tenemos entendido que para poder ser doctrinados e instruidos los dichos indios es cosa muy importante el reducirlos a pueblos”.
 
Lo real es que de la fundación de Bombay, Mombay, San Pablo o La Puerta no existe acta o documentación alguna. Lo que si se puede leer en los documentos del citado viaje de Martí es lo siguiente: “Notase que dentro del pueblo consta por la relación del Cura que no hay español alguno, como assimismo que fuera de el no hay indio alguno, y de la propria suerte consta que fuera del pueblo no hay españoles a excepcion de los que se contaran en los sitios que abajo se expresaran.”  Cada cual que saque la conclusión que mejor le venga.
 
A todas estas, más de uno de ustedes se preguntará: ¿Y de dónde cipote viene entonces La Puerta? Buena pregunta que trataré de responder lo más breve posible. En 1717 el rey Felipe V, harto del inacabable pugilato administrativo en que vivían entre la parte norte de lo que hoy llamamos Suramérica y las autoridades de Perú, de las cuales dependían todos estos territorios, creó el Virreinato de Nueva Granada, al cual pertenecía la provincia de Venezuela. ¿Adivinan cuál era la población que estaba en “La Puerta de Venezuela”? De ahí a la consabida desacralización de San Pablo Apóstol de Momboy para metamorfosearse en La Puerta sólo Dios y su apóstol sabrán cuanto tiempo pasó, pero así fue.
 
Por aquí pasó el 13 de junio de 1813 Simón José Antonio de la Trinidad Bolívar y Palacios, cuando venía desde Timotes buscando rumbo hacia Trujillo, cuando llevaba a cabo su Campaña Admirable. Los mil fantasmas, demonios y sueños que seguramente llevaba a cuestas lo llevan dos días más tarde a proclamar su terrible Proclama de Guerra a Muerte, episodio de nuestra guerra independentista en torno al cual todavía se polemiza, y que cerraba con la sanguinaria frase: “Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables.”
            La Puerta, pese al habitual desmadre de días de fiesta y fines de semana que la han hecho vivir uno y mil vaivenes, sobrevive a las orillas del Momboy.  Empezando el siglo XIX Alejandro de Humboldt en su muchas veces mencionado texto Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente dice que allí “Se cultivan ya los cereales de Europa…”. Hoy sus vecinos se siguen dedicando a las duras y rudas faenas agrícolas, cualquiera puede verlos en tales menesteres en los barbechos que preñan la vera de sus caminos. Cada domingo se les puede ver de gesto limpio andar por las calles de su pueblo, pasan con la parsimonia que solo da la montaña a sus hijos.
 
La Puerta, a la postre refleja lo que como país somos: un racimo de pompas de jabón donde el arcoíris se disuelve y con las que jugamos inocentes sin saber siquiera hacia donde irán, y mucho menos sin la más peregrina idea de cuánto durarán, pero con la esperanza secreta de que sean eternas…

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 

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