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domingo, agosto 18, 2013

VENEZUELA (2)

            Hace más de siete años escribí un poema con similar nombre al de la nota de hoy (http://textosyfotos.blogspot.com/2006/07/venezuela.html), por ello el dos que va con el título.
 
            Más de una vez varios amigos europeos han tratado de zaherirme cuando hablo de nuestras dimensiones geográficas. Hubo un asturiano que me tildó de andaluz “por lo exagerao”… Exagerada fue su apertura de boca cuando le expliqué que el Reino Unido o Gran Bretaña, como gustan algunos de llamarle, tiene una extensión de 244.023 km² y una población de 61.284.806 habitantes; ahora bien, el estado Bolívar, una de nuestras subdivisiones politico territoriales cuenta con 238.000 km² y 1.413.115 habitantes.  No contento con el desplante le añadí que Dinamarca tiene 43,098 km² y una población de 5.580.413 individuos; mientras que el estado Anzoátegui cuenta con 43.300 km² y 1.469.747 habitantes.
 
            ¡No es que somos andaluces, es que somos venezolanos! Y en esta tierra sin confines, de esperanzas vastas e inclemencias superadas, caben holgadamente los sueños de propios y extraños.  Esta es tierra de quimeras, territorio para delirar y alcanzar lo que se te antoje, aquí lo imposible se puede.
 
            Hemos pasado, y seguimos pasando, por tempestades donde las calles se nos enredan, pero siempre sale el sol y llegamos a buen puerto.  Mi padre, Alfredo, mi madre, Mercedes, y mi abuela, Elvira, me enseñaron a creer dejando las dudas en la orilla de los barrancos. Aquel decía: No hay camino que no sepamos andar. Su mujer me recalcaba: Aquí siembras piedra y retoñan las guarataras. Su madre, mi vieja Elvira, me recitaba de Andrés Eloy Blanco:
Venezuela es el espejo
en que tu madre se ve cuando se peina.
Si eres malo con Venezuela, es lo mismo
que si al espejo de tu madre lo quebraras con una piedra.
 
            Andar y desandar mi tierra, oirla y verla, olerla y saborearla, paladearla con fruición, tocarla con un roce o palparla con sensualidad desbordada, ha sido mi gran privilegio. ¿Cómo no voy a presumir de ello? 
 
            He visto abrirse con pasmosa gracilidad una flor que se mostraba impoluta para regocijo de la tarde mientras las montañas se iban dando saltos de risco en risco hasta esconderse al fondo del horizonte.
 
            Hombres que cual Dios juegan con el barro para crear, y hacen que de sus manos aparezcan los trazos de alfarería que serán paredes, y suelos y techos. Mujeres que preparan con gesto manso de abuela la masa que hará salivar a la calle entera con el perfume de sus panes.
 
            Santas y montañas que se enhebran en el seno de una cordillera. Flores que flotan abandonadas en redes sin final, torres que se truncan, cruces de espinas y labriegos que arañan la montaña con sus arados para que la tierra se preñe y nos alimente.
 
            Mi país sigue siendo un niño de mirada relampagueante que  a ratos se prende del bolsillo paterno con la confianza de saber que saldrá adelante. Mi país es una certeza que no me abandona y a la que día a día me entrego con la absoluta confianza de que nunca naufragaremos y siempre estaremos a salvo de cualquiera sea la tormenta que necesitemos encarar.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

domingo, mayo 19, 2013

UNO EN LA FE EN VENEZUELA


            En estos tiempos de desánimos y desesperanza, más que justificada en muchos casos, quiero insistir en apostar a la esperanza. Por ello, ante el desencanto: fe, ante la falta de ganas: fe, ante el coqueteo con abandonar: fe. Fe en Venezuela, en su gente y en sus propias miserias que se pueden hacer baluarte de esperanzas.

            Me jacto de conocer mi país de norte a sur y de este a oeste, a lo largo y a lo ancho. He andado esta tierra con la emoción e ilusión que solo da el deseo, amor y ganas de lo amado.  No he tenido un amor más puro y voraz que el que sigo teniendo por estas cuatro esquinas que el mundo me asignó por patria.
 

            He dormido a la orilla de los ríos y bajo los techos endebles de las rancherías de los pescadores, a cielo abierto arropado por una manta de estrellas que me alumbraban tanto que no podía cerrar los ojos deslumbrado por el salpicar de sus luces menudas. Me he despertado a la sombra de un rebaño de árboles de mangos dulces y aromosos a trementina, he abierto los ojos y desperezado a la vera de caminos polvorientos o preñados de rocalla, he andado senderos ahogados en la maleza y atajos empantanados. Y siempre amparado por el seno generoso de Venezuela.  
 
             En los médanos de Coro me encandilé con la risa franca y aparentemente inocente de un zagaletón que vendía dulces de leche de cabra, mientras me decía con picardía: “que hace mi abuela con leche de vaca de lata”, para luego largar una carcajada resonante. En Ciudad Bolívar, otrora Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco encontré un cacto mágico nacido entre las grietas de una roca. ¡Hasta en las piedras que se siembre en este país se obtienen cosechas!
            Encontré Mujeres como Carlina batiendo papelón caliente para hacer melcochas y negritos emparrandados como José Isabel haciendo repiques cortos y con zandunga sobre el cuero que su abuelo hace resonar en honor a san Juan Bautista. Me he conmovido ante el gesto desparpajado e inocente del pescador curtido que muestra con sonrisa de niño perpetuo el peje más pequeño que obtuvo en su jornada mientras asegura que era tan grande como una ballena pero “en lo que la saqué del agua se me encogió”.
 
            En el cementerio de Mapararí encontré una vela, amparada por una lata herrumbrosa, que calentaba las plegarias dejadas en los brazos de una cruz coronada por ingenuas flores de papel; en las montañas andinas contemplé mudo de asombro lagunas inmutables donde los riscos se acicalan permanentemente.  
 
            Un crío colocando una paja para sembrar una caricia en el lomo de su perro y el paso entrecortado de un lisiado bajo la leyenda alevosa de un refresco anunciando que todo está bien…
            La mano joven, pero ya experta, que guía una yunta de bueyes y la pértiga precisa que danza en el filo de las montañas, se enlazan en el barbecho trazando filigranas que parirán lechugas, cebollas y berenjenas.
            Esta tierra, a la que hago a diario dueña de mi corazón, le escribo y pido que su alegría no me apague la rabia que en mí causan todos aquellos que no se cansan de maltratarla para luego abandonarla mustia en medio de ceras agonizantes.

©Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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