sábado, mayo 28, 2011

SILVERIO PÉREZ


Yo voy a tener una hacienda grandota con un picadero donde me pueda meter a probar mis toros que voy a criar. Esos sí que van a ser unos toros bien arrechos, porque los voy a enseñar a que hasta que no vean sangre no se queden tranquilos; y esos animales van a ser de mi ganadería y cuando alguien quiera tener una corrida de verdad-verdad, va a tener que venir a buscar mis animales. Es que esos van a ser los toros más verracos de todo el mundo. Y voy a tener una piscinota, y muchos animales, y mucha gente que me trabaje, y muchos trajes para ir a torear, y muchas cosas, y voy a salir a cada rata en los periódicos, y voy a tener mujeres como arroz en mi plato. Ya van a ver quien es José Humberto.
    La calle sigue subiendo. El saco donde lleva sus implementos para la tarde de faena cada vez le pesa más. El sudor lo tiene empapado desde el cabello hasta la planta de los pies. Su propio mal olor le llega hasta que lo aturde y no sabe ni por dónde es que le queda la calle. Un ruido que no puede entender le empieza a llegar desde la parte de arriba del camino. Le empiezan a llegar voces, y gritos, y risas; y olores de comida, de gente, de sudores, de tierra, de tarde, de racimos de dolor. Termina la cuesta y se asoma a un solar enorme que esta lleno de toda clase de gente. Hay niños corriendo atrás de los perros y los gatos, tres están encaramados en un techo buscando unos cocuyos que vieron anoche; hay un ejército de vendedores de comida, jugos, recuerdos de la corrida, santos milagrosos, sombreros, helados, cigarros de contrabando. Hay una música que suena por todos lados, por más que quiere saber de donde es que sale, no lo puede averiguar, no puede averiguar adonde habían puesto los altoparlantes. La gente parece que está en el patio de un manicomio. La plaza donde él va a torear es un terreno grandísimo con una mata de mango enorme que está en todo el centro del terreno, en la esquina de atrás, pegado al cerro, está un corral donde tienen tres cochinos encerrados. Los berridos de los animales se pierden entre la guirizapa de aquel gentío que parece estar borracho. Las mujeres se gritan unas a otras, desde una acera hasta la del frente. Los niños se mientan la madre, y se tiran piedras, ya hay tres en la enfermería con la cabeza rota. Los viejos se desgañitan echando sus cuentos, y el cojo Marcelino le quiere dar unos carajazos a Luis el renco porque se quiso burlar de la vez que él estuvo cazando por los lados de Vigirima. Rosa, la de Filomena, anda desgreñada recorriendo la plaza arriba y abajo con un anafe; de empanadas de cazón que vende a tres por medio. En la acera del botiquín de Domingo están sentados Medardo, Alfredo su compadre, Jorge, Guillermo, Eduardo, Joropito y Nicasio, ellos ya se han vaciado tres cajas de cerveza desde las tres de la mañana, que se sentaron a echarse sus cuentos y a recordar cosas que habían hecho y que les había pasado, mientras esperaban a que él llegara. Por la parte que está al lado de la iglesia están tres negras enormes, que tienen siete latas de manteca montadas en un fogón preparando sancocho de pescado, y que venden el plato a real y medio; ellas tienen a cuatro muchachas pelando verduras y preparando más pescado para que mientras se acaba el que tienen listo pongan a preparar más; ahí tienen racimos de plátano, sacos de ocumo, huacales de papa, bolsas de ají dulce, auyamas enormes, ñames, mapueyes que pesan mas de quince kilos cada uno, latas llenas de agua, ensartes muy grandes de pescado que fueron a pescar a La Guaira, tres pipotes de aliño, y unos cucharones que miden como tres cuartos de metro cada uno, y con los que revuelven el condumio. De las palanganas sale un olor que    se riega por todo el pueblo y que hace que, por momentos, la gente se quede callada oliéndolo.
    - ¡Dios mío! ¿A qué casa de locos me mandaste? -murmuró José Humberto para él-, si me descuido esta gente es hasta capaz de cogerme a mí para torearme.
    En este momento la gente se da cuenta que él ha llegado, y el escándalo que se arma es tan grande que hasta el olor del sancocho se esconde debajo del suelo. Los cochinos que están en el corral se emberrenchinan más, los perros empiezan a saltar de techo en techo, los muchachos se asustan y salen corriendo para todos lados a esconderse debajo de sus camas, los hombres empiezan a darle vivas y las mujeres se guindan por los pelos peleándose para ver quién es la que primero lo puede tocar. Juanita se quiere quitar la blusa y le pega un grito al oído que casi lo deja sordo:
    -¡Ay mi torerito, mata ese chancho que después te mato yo a ti a cariñitos!
    Tiene que hacer un esfuerzo muy grande para podérsela quitar de encima y con cuidado porque el marido de ella 10 quiere ensartar con un machete cola e'gallo, que está mas afilado que volverlo a decir, porque no iba a dejar que un pelafustanes como ese le viniera a querer quitar la mujer en su cara. Las viejas se empiezan a quitar las pantaletas, y las tiran para el cielo, y cuando vienen cayendo se abren como si fueran paracaídas de juguetes, y tienen un torerito de plástico guindando abajo con unos pedazos de pabilo. Las negras sancocheras empiezan a darle a las latas con el fondo de los platos de peltre donde han estado sirviendo la comida. Los cocuyos se están prendiendo y apagando todos de una sola vez. Los gatos gritan encima de la mata de mango que esta en el medio del solar. Desde el cerro bajan los campesinos que han estado esperando a que él llegara, para venirse a ver la corrida.
    Rafael, el cura de aquí, esta tirando cohetes y mando a que repicaran las campanas de la catedral, los monaguillos se pusieron sus sotanitas y se bañaron para que no se les salga el mal olor por entre la ropa; el sacristán sacó unas botellas de vino para consagrar que tenia escondidas en la sacristía, él las sacó todas para emborracharse porque es que había que emborracharse para celebrar como es. El comisario está en la esquina con su escopeta cargada hasta la jeta de pólvora negra y dice que la va a disparar setenta y cuatro veces seguidas para que se sepa que hay fiesta, también acaba de mandar a soltar a todos los borrachos que había mandado a recoger porque nadie se podía quedar sin ir a ver semejante suceso. Ramona mandó a que el Italiano Luigi, el que sabe hacer fotos, viniera para que no dejara de retratar a nadie, ella se comprometió con él a que, como no tenía plata, le iba a pagar con unas gallinitas y unos marranitos que tenía por allá por el río en una finquita de su propiedad suya. El turco Abelardo trajo tres maletas cargadas de cortes de tela, franelas, pantalones de caqui, rollos de tela bordada, pañuelos para que las mujeres se los pusieran en la cabeza, sombreros de Panamá, camisas guayaberas que le llegaron ayer de Cuba -además nadie iba a saber que esas se las hacia la negra Teodora allá en Santa Teresa del Tuy-, sábanas de flores y con las orillas bordadas, manteles tejidos, flores de plástico, libros de recetas de cocina que la gente no entendía porque no sabían leer, cubrecamas tejidos, paños, gorras y cachuchas. Jacinto esta puliendo pepas de zamuro para vendérselas a la gente que viniera de otros pueblos para la fiesta.
    -¡Dios mío!, ¿por qué yo tengo que estar pasando por todo esto? Yo quiero ser torero, y para eso mira por lo que me haces pasar -está rezongando José Humberto parado en una esquina, mientras ve aquella batahola que sus ojos no encuentran cómo entender-, es como que si yo te debiera una promesa y te la tengo que pagar de esta manera.
    En la esquina al frente de donde José Humberto está parado, Panchito, que acaba de bajar de su finca, sigue vendiendo huevos de pava, unas posturas enormes y blancas.
     -¡Vendo huevos grandotes! ¡Vengan y llévenselos que parecen huevos de elefante por lo grandotes y hermosos que están! ¡Vamos, vamos! ¡Los doy a locha el par!
    El reguero de gente se estira o se encoge, es una masa que hace lo que le da la gana. Pegan brincos, se esconden, cualquier cosa que les viene a la cabeza. "Yo hago lo que me sale del forro", gritaba ronco en medio de la plaza el ronco Joseíto. "Pasteles a locha", cantaba el hijo de Carmen María con un canasto lleno sobre la cabeza y con un paquete de papelitos para agarrar los que le compraban en medio de semejante zaperoco.
    Por fin José Humberto puede llegar al sitio que le arreglaron como vestuario en una esquina de la plaza. Pone la petaca donde trae la ropa sobre un banco que esta atrás de la puerta y empieza a desvestirse hasta que queda con los puros calzoncillos que están hasta remendados con un pedazo de tela de saco de harina. Se quita las alpargatas y empieza a ponerse el traje. Se lo pone y se calza las zapatillas y se mira en un pedazo de espejo que esta colgado en un clavo oxidado. Hace varios simulacros de cómo se comportara frente al animal que tienen encerrado allá afuera y que lo está llenando de olor a mierda. Al fin se decide y sale. Al hacerlo la gente se queda callada. A los cinco segundos empiezan los alaridos y a mentarse la madre de la pura alegría que tienen. Cuatro negros que trabajan de caleteros en La Guaira se llegan hasta donde él está y lo alzan en una parihuela y lo sacan cargado hasta el ruedo que habían hecho con pipotes, mecates empatados, pedazos de guayas, y listones viejos, y con la mata de mango en todo el centro. Llegan al lado de la mata, lo apean y salen corriendo. Al mismo tiempo que los negros corren, ve que el chingo Marcelino abre las puertas del encerradero y un marrano gordísimo sale dando berridos que se oyen en todo el cerro, y la gente que está todavía en su casa esperando a que empiece la corrida sale corriendo para la plaza para no perderse de ver como es que él va a torear al chancho.
    José Humberto se para derecho, como el machete que trajo para que le sirva de muleta, y suelta el capote, un pedazo de cortina roja que se robó en la jefatura del último pueblo en que toreó. El Verraco se le queda mirando y arranca a correr como si un tábano lo hubiera picado en un cuadril, y se tira entre el trapo que él le zaperoquea en la nariz. Pasa de largo y a 1os dos metros se para en seco. Da la vuelta apoyando su pata delantera izquierda mientras las otras tres caminan en el tierrero. Empieza a hozar por el suelo y después pega otra carrera, pasa por su lado buscando morderlo en una batata, el se aparta y el animal pasa otra vez de largo. Él le vuelve a menear el trapo. El puerco se mete de cabeza entre el revoloteo de pedazos de cortina. José Humberto se aparta para dejarlo pasar de largo, y la plaza está que se viene abajo de la gritería con que todos le están celebrando sus piruetas, ya hay muchos que están roncos. Cada vez que el animal pasa por su lado como una nube de piedras y polvo que va levantando con sus pezuñas, la gente se levanta y grita "hochi puerco". Los gritos hacen que las matas se muevan de un lado para el otro. Los mangos que tenía la mata del centro de la plaza, se están cayendo ellos solitos con los gritos que retumban como cañonazos. José Humberto está emocionadísimo, los pantalones se le ruedan hasta más abajo de las nalgas en mas de una oportunidad, él se los arregla con una mano y con la otra continúa dando capirotazos. El pobre animal ya se ve cansado, y, sin embargo, cada vez que él le bate el capote sale disparado a buscarlo, a morderlo. La cortina se ha vuelto tiritas, cada vez que el cochino pasa la muerde, la tiempla y la revienta. Así sigue hasta que, en una de esas que pasa por entre aquel trapero, tira un mordisco y agarra por la pantorrilla derecha a ese enemigo suyo que lo tiene avacorado desde hace rato, que lo tiene desesperado con ese maldito trapo rojo. José Humberto siente un corrientazo que le recorre la pierna, se le mete por la espalda y le da un golpe en la cabeza. No puede aguantar el trapo, los ojos se le cierran solos, las rodillas le suenan, los oídos le silban y los pies le sudan. Suelta la cortina, pega una carrera, se encarama en la mata de mango, y grita:
    -Me mancó el verraco, me mancó el verraco, ¡nojoda!
   
 © Alfredo Cedeño

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