Mostrando las entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta narrativa. Mostrar todas las entradas

jueves, marzo 28, 2013

HISTORIA DE UN HUEVITO


Para Felo; y para Adriana Rodríguez,
la niñita más grande de Caracas!

–Toma Adrianita, te traigo un regalo.
–¡Ay! ¿Qué es?
–Un huevito que se cayó de un arbol...
–¡Ayyyy! Poecito...
–Pero no daba para una tortilla así que se lo eché a los cocodrilos y ellos hicieron una barbacoa con él. Y después invitaron a los arrendajos y a los hipopótamos para que vinieran a comer, pero como esa yemita era de un pez espada se atoraron todos con las espinas del pescaíto y se fueron volando a buscar a una niñita bonita y buenita que los curara…
– Ayyy tannnn boniiitooooo
–¡Y colorín colorado este cuento ha eyaculado!
–¿Quéee? ¡Alfredo Rafael!
–¡Perdón!  Digo: ¡se ha acabao!

© Alfredo Cedeño

sábado, enero 07, 2012

COMANDO


Yo se que me van a matar cuando le de matarile al jefe, pero es que no me queda otra. Mamá siempre decía que a uno la suerte cuando lo agarra es como una perra con mal de rabia: en lo que te muerde te enfermas. Sea por bien o sea por mal. Si es por lo bueno eso es que te ahogas en plata y no hayas ni en que gastarla, porque más botas y más te entra; y si es por lo malo entonces te ahogas en mierda y no hay manera.
Y que conste: yo quise ser uno de los buenos. Cuando me metí a policía era porque creía, y quería, que los bandidos siempre perdían, pero cuando apenas terminé el curso y me pusieron en la calle me di cuenta de que yo había visto mucha película. El mismo primer día, estando en la esquina de la calle Veinte, le puse la mano a uno que cargaba kilo y medio de marihuana en un morral, lo esposé y lo lleve hasta la jefatura, él iba muerto de risa y me dijo: “mire chamo déjese de eso y agarre estos cien mil que es lo que cargo aquí y no pasó nada”. Yo lo que hacía era empujarlo y decirle que cien mil coñazos le íbamos a dar en lo que llegáramos. Y él lo que hacía era reírse. En lo que entramos me quedé frío cuando vi que el sargento que estaba en el escritorio saltó y empezó a darme gritos y a decirme que le quitara las esposas y que dónde estaba la orden para llevar a ese ciudadano detenido. Pero, sargento, es que yo… empecé a decirle. Cállate te dije, me respondió. Es que tiene kilo y… volví a comenzar. Que te calles te dije ya, me contestó y sacó su llave, le quitó las esposas y le dijo que se fuera. El hombre sobándose las manos, se reía y le dijo: “no se preocupe pana mío, que él ya va ir aprendiendo –y se me paró al lado y me dijo-si hubieras agarrado tus cien mil no te habrían formado ese peo, ve aprendiendo que aquí la movida es otra, mi nuevo”.
Por eso es que cuando a los seis meses me llegó a la casa de los viejos aquel tipo en un carro nuevo, y con tres guardaespaldas en otro carro, a decirme que tenía que hablar conmigo me quedé mudo y le oí todo. Lo primero que hizo fue decirme la vida y milagro de todos en la casa, y cerró: “mira mi pana aquí nadie pierde y todos ganamos, tú quédate tranquilo y voltea a ver de aquel lado mientras nosotros pasamos, que después nos vamos a acordar de ti”. Yo quise patalear, pero él me atajó: “Mi pana, hazme caso, y déjate de joder que si no colaboras se le pueden ir los frenos a una camioneta en la mañana cuando tu mamá va a comprar lo del almuerzo allá en la esquina…”. Ahí si fue verdad que me cagué y me quedé mudo. De todos modos, apenas llegué al comando fui a buscar al inspector Santos, el jefe de drogas, y le conté todo; él no me dijo nada sino que se paró de su silla y me hizo seña y fuimos hasta la puerta de atrás y me enseñó un Toyota Camry nuevecito y me dijo que era suyo, y me preguntó que desde cuando no veía uno así. ¡Fue cuando caí que era igualito al que cargaba el tipo que fue a la casa!
Desde ese día me empecé a hacer el pendejo y ellos empezaron a darme de todo y hasta una moto me regalaron. Como siempre tuve buen pulso, y no dejé de ir a practicar en el polígono me empezaron a mandar a competencias, todas las ganaba, todo el mundo hablaba de mi puntería. Un día volvió a aparecer el mafioso en la casa, pero con una Hummer, y me dijo que me fuera con él que había una gente que quería hablar conmigo. Nos montamos en su camioneta y arrancamos con el otro carro con los escoltas más atrás. Todo el camino él estuvo diciéndome que yo había aprendido rápido y que por eso era que íbamos donde íbamos. Yo mudo lo oía. Por fin llegamos a un caserón que ni sabía que estaba en ese sitio. Cuando llegamos el portón se abrió, apenas entramos él bajó todos los vidrios y me dijo: “deja la pistola aquí adentro en el piso, bájate y déjate revisar tranquilo que nadie pasa sin que lo chequeen completo”. Así fue. Había más de veinte hombres con mejor armamento que el que había en toda la policía, nos revisaron a los dos y después nos hicieron seña de que siguiéramos. ¡Yo nunca había visto tanta cosa fina junta! Seguimos hasta el fondo y en una mesita, que no decía nada, estaba él, con unos enormes cerros de pacas de billetes por todos lados. Sin mucha vuelta me dijo que él sabía que donde yo ponía el ojo metía el tiro, y por eso me quería tener con él cuidándolo. Ahí no tardamos mucho, al cuarto de hora ya habíamos acordado todo y nosotros nos fuimos. A la semana ya estaba instalado ahí.
Nunca me iba a imaginar que estando durmiendo en mi casa me iba a despertar con un cañón en la frente. Me espabiló el frío entre los ojos. Cuando pude enfocar vi que eran cinco y que a los viejos los tenían sentados en un sofá que yo tenía en el cuarto. El que me tenía apuntado me dijo que no me preocupara que nadie los había visto entrar, ni los iban a ver salir, y que yo decidiera: me ganaba aquella maleta llena de billetes y me echaba a éste, o ellos se echaban primero a papá, después a mamá y me dejaban de último para que viera lo que pasaba por no hacerles caso. Se cuenta rápido y se dice fácil, pero sólo La Virgen del Carmen y yo sabemos lo que me costó llegar a esto. Pero la verdad que si el jefe no se hubiera encaprichado con mi novia y me la quita del modo que me la quitó a lo mejor yo me la pienso más. Mamá y papá ya están donde los tíos en México, así que con ellos no se van a desquitar. Yo se que no tengo más chance que hacer un solo tiro, saltar la pared del fondo, dejarme caer por el barranco de atrás, llegar a la moto y arrancar hasta la autopista que ellos me van a esperar para sacarme.
Él se persigna, entra al salón, saluda al jefe, quien le responde con un gruñido y se voltea a recoger un paquete de un maletín que le acaban de poner en una silla. Él saca el revólver, no necesita apuntar, el disparo retumba y la bala entra en el centro de la cabeza del hombre. El estallido reverbera. Silencio. Él sabe que durará poco. Comienza a moverse hacia la puerta del fondo, agarra el picaporte y comienza a oír el tropel de pasos que viene. Abre, da cinco pasos largos y se monta a horcajadas sobre el muro y se deja caer por el declive. Rueda sobre sí hasta llegar a la moto, la prende de una patada y sale sin mirar atrás, oye las detonaciones y siente el silbido de las balas que le pasan cerca. No frena. Acelera. Cruza la calle y se mete por la vegetación y acelera más. Un minuto y sale a un tramo asfaltado, se para, aguza el oído, oye un ruido de motores y gritos que se acerca. “Si no me concentro pierdo”. Saca un audífono de un bolsillo de su chaqueta, prende al aparato, se los coloca y vuelve a arrancar. Dobla a la derecha, acelera más, llega al cruce de la autopista. “¡Estoy cerca!” Acelera a fondo, hasta que ve las tres camionetas que lo están esperando, enfila hacia ellas con todo lo que puede exprimirle al motor. Recorta bruscamente y salta de su moto pensando que será una lástima tener que dejarla, la máquina sigue rodando con el impulso hasta la cuneta donde cae todavía encendida, cuando él comienza a caminar hacia los vehículos, ve bajar la ventana del que está en el medio y sale la cara de Santos, el jefe de drogas, con una pieza azul en la mano izquierda, asoma la derecha y sin parpadear le dispara una ráfaga con una pistola 9 mm. Se baja, lo cubre con el lienzo que no había soltado y llama por su teléfono: “Listo jefe, mande la furgoneta con el forense”.

© Alfredo Cedeño

sábado, octubre 01, 2011

sábado, mayo 28, 2011

SILVERIO PÉREZ


Yo voy a tener una hacienda grandota con un picadero donde me pueda meter a probar mis toros que voy a criar. Esos sí que van a ser unos toros bien arrechos, porque los voy a enseñar a que hasta que no vean sangre no se queden tranquilos; y esos animales van a ser de mi ganadería y cuando alguien quiera tener una corrida de verdad-verdad, va a tener que venir a buscar mis animales. Es que esos van a ser los toros más verracos de todo el mundo. Y voy a tener una piscinota, y muchos animales, y mucha gente que me trabaje, y muchos trajes para ir a torear, y muchas cosas, y voy a salir a cada rata en los periódicos, y voy a tener mujeres como arroz en mi plato. Ya van a ver quien es José Humberto.
    La calle sigue subiendo. El saco donde lleva sus implementos para la tarde de faena cada vez le pesa más. El sudor lo tiene empapado desde el cabello hasta la planta de los pies. Su propio mal olor le llega hasta que lo aturde y no sabe ni por dónde es que le queda la calle. Un ruido que no puede entender le empieza a llegar desde la parte de arriba del camino. Le empiezan a llegar voces, y gritos, y risas; y olores de comida, de gente, de sudores, de tierra, de tarde, de racimos de dolor. Termina la cuesta y se asoma a un solar enorme que esta lleno de toda clase de gente. Hay niños corriendo atrás de los perros y los gatos, tres están encaramados en un techo buscando unos cocuyos que vieron anoche; hay un ejército de vendedores de comida, jugos, recuerdos de la corrida, santos milagrosos, sombreros, helados, cigarros de contrabando. Hay una música que suena por todos lados, por más que quiere saber de donde es que sale, no lo puede averiguar, no puede averiguar adonde habían puesto los altoparlantes. La gente parece que está en el patio de un manicomio. La plaza donde él va a torear es un terreno grandísimo con una mata de mango enorme que está en todo el centro del terreno, en la esquina de atrás, pegado al cerro, está un corral donde tienen tres cochinos encerrados. Los berridos de los animales se pierden entre la guirizapa de aquel gentío que parece estar borracho. Las mujeres se gritan unas a otras, desde una acera hasta la del frente. Los niños se mientan la madre, y se tiran piedras, ya hay tres en la enfermería con la cabeza rota. Los viejos se desgañitan echando sus cuentos, y el cojo Marcelino le quiere dar unos carajazos a Luis el renco porque se quiso burlar de la vez que él estuvo cazando por los lados de Vigirima. Rosa, la de Filomena, anda desgreñada recorriendo la plaza arriba y abajo con un anafe; de empanadas de cazón que vende a tres por medio. En la acera del botiquín de Domingo están sentados Medardo, Alfredo su compadre, Jorge, Guillermo, Eduardo, Joropito y Nicasio, ellos ya se han vaciado tres cajas de cerveza desde las tres de la mañana, que se sentaron a echarse sus cuentos y a recordar cosas que habían hecho y que les había pasado, mientras esperaban a que él llegara. Por la parte que está al lado de la iglesia están tres negras enormes, que tienen siete latas de manteca montadas en un fogón preparando sancocho de pescado, y que venden el plato a real y medio; ellas tienen a cuatro muchachas pelando verduras y preparando más pescado para que mientras se acaba el que tienen listo pongan a preparar más; ahí tienen racimos de plátano, sacos de ocumo, huacales de papa, bolsas de ají dulce, auyamas enormes, ñames, mapueyes que pesan mas de quince kilos cada uno, latas llenas de agua, ensartes muy grandes de pescado que fueron a pescar a La Guaira, tres pipotes de aliño, y unos cucharones que miden como tres cuartos de metro cada uno, y con los que revuelven el condumio. De las palanganas sale un olor que    se riega por todo el pueblo y que hace que, por momentos, la gente se quede callada oliéndolo.
    - ¡Dios mío! ¿A qué casa de locos me mandaste? -murmuró José Humberto para él-, si me descuido esta gente es hasta capaz de cogerme a mí para torearme.
    En este momento la gente se da cuenta que él ha llegado, y el escándalo que se arma es tan grande que hasta el olor del sancocho se esconde debajo del suelo. Los cochinos que están en el corral se emberrenchinan más, los perros empiezan a saltar de techo en techo, los muchachos se asustan y salen corriendo para todos lados a esconderse debajo de sus camas, los hombres empiezan a darle vivas y las mujeres se guindan por los pelos peleándose para ver quién es la que primero lo puede tocar. Juanita se quiere quitar la blusa y le pega un grito al oído que casi lo deja sordo:
    -¡Ay mi torerito, mata ese chancho que después te mato yo a ti a cariñitos!
    Tiene que hacer un esfuerzo muy grande para podérsela quitar de encima y con cuidado porque el marido de ella 10 quiere ensartar con un machete cola e'gallo, que está mas afilado que volverlo a decir, porque no iba a dejar que un pelafustanes como ese le viniera a querer quitar la mujer en su cara. Las viejas se empiezan a quitar las pantaletas, y las tiran para el cielo, y cuando vienen cayendo se abren como si fueran paracaídas de juguetes, y tienen un torerito de plástico guindando abajo con unos pedazos de pabilo. Las negras sancocheras empiezan a darle a las latas con el fondo de los platos de peltre donde han estado sirviendo la comida. Los cocuyos se están prendiendo y apagando todos de una sola vez. Los gatos gritan encima de la mata de mango que esta en el medio del solar. Desde el cerro bajan los campesinos que han estado esperando a que él llegara, para venirse a ver la corrida.
    Rafael, el cura de aquí, esta tirando cohetes y mando a que repicaran las campanas de la catedral, los monaguillos se pusieron sus sotanitas y se bañaron para que no se les salga el mal olor por entre la ropa; el sacristán sacó unas botellas de vino para consagrar que tenia escondidas en la sacristía, él las sacó todas para emborracharse porque es que había que emborracharse para celebrar como es. El comisario está en la esquina con su escopeta cargada hasta la jeta de pólvora negra y dice que la va a disparar setenta y cuatro veces seguidas para que se sepa que hay fiesta, también acaba de mandar a soltar a todos los borrachos que había mandado a recoger porque nadie se podía quedar sin ir a ver semejante suceso. Ramona mandó a que el Italiano Luigi, el que sabe hacer fotos, viniera para que no dejara de retratar a nadie, ella se comprometió con él a que, como no tenía plata, le iba a pagar con unas gallinitas y unos marranitos que tenía por allá por el río en una finquita de su propiedad suya. El turco Abelardo trajo tres maletas cargadas de cortes de tela, franelas, pantalones de caqui, rollos de tela bordada, pañuelos para que las mujeres se los pusieran en la cabeza, sombreros de Panamá, camisas guayaberas que le llegaron ayer de Cuba -además nadie iba a saber que esas se las hacia la negra Teodora allá en Santa Teresa del Tuy-, sábanas de flores y con las orillas bordadas, manteles tejidos, flores de plástico, libros de recetas de cocina que la gente no entendía porque no sabían leer, cubrecamas tejidos, paños, gorras y cachuchas. Jacinto esta puliendo pepas de zamuro para vendérselas a la gente que viniera de otros pueblos para la fiesta.
    -¡Dios mío!, ¿por qué yo tengo que estar pasando por todo esto? Yo quiero ser torero, y para eso mira por lo que me haces pasar -está rezongando José Humberto parado en una esquina, mientras ve aquella batahola que sus ojos no encuentran cómo entender-, es como que si yo te debiera una promesa y te la tengo que pagar de esta manera.
    En la esquina al frente de donde José Humberto está parado, Panchito, que acaba de bajar de su finca, sigue vendiendo huevos de pava, unas posturas enormes y blancas.
     -¡Vendo huevos grandotes! ¡Vengan y llévenselos que parecen huevos de elefante por lo grandotes y hermosos que están! ¡Vamos, vamos! ¡Los doy a locha el par!
    El reguero de gente se estira o se encoge, es una masa que hace lo que le da la gana. Pegan brincos, se esconden, cualquier cosa que les viene a la cabeza. "Yo hago lo que me sale del forro", gritaba ronco en medio de la plaza el ronco Joseíto. "Pasteles a locha", cantaba el hijo de Carmen María con un canasto lleno sobre la cabeza y con un paquete de papelitos para agarrar los que le compraban en medio de semejante zaperoco.
    Por fin José Humberto puede llegar al sitio que le arreglaron como vestuario en una esquina de la plaza. Pone la petaca donde trae la ropa sobre un banco que esta atrás de la puerta y empieza a desvestirse hasta que queda con los puros calzoncillos que están hasta remendados con un pedazo de tela de saco de harina. Se quita las alpargatas y empieza a ponerse el traje. Se lo pone y se calza las zapatillas y se mira en un pedazo de espejo que esta colgado en un clavo oxidado. Hace varios simulacros de cómo se comportara frente al animal que tienen encerrado allá afuera y que lo está llenando de olor a mierda. Al fin se decide y sale. Al hacerlo la gente se queda callada. A los cinco segundos empiezan los alaridos y a mentarse la madre de la pura alegría que tienen. Cuatro negros que trabajan de caleteros en La Guaira se llegan hasta donde él está y lo alzan en una parihuela y lo sacan cargado hasta el ruedo que habían hecho con pipotes, mecates empatados, pedazos de guayas, y listones viejos, y con la mata de mango en todo el centro. Llegan al lado de la mata, lo apean y salen corriendo. Al mismo tiempo que los negros corren, ve que el chingo Marcelino abre las puertas del encerradero y un marrano gordísimo sale dando berridos que se oyen en todo el cerro, y la gente que está todavía en su casa esperando a que empiece la corrida sale corriendo para la plaza para no perderse de ver como es que él va a torear al chancho.
    José Humberto se para derecho, como el machete que trajo para que le sirva de muleta, y suelta el capote, un pedazo de cortina roja que se robó en la jefatura del último pueblo en que toreó. El Verraco se le queda mirando y arranca a correr como si un tábano lo hubiera picado en un cuadril, y se tira entre el trapo que él le zaperoquea en la nariz. Pasa de largo y a 1os dos metros se para en seco. Da la vuelta apoyando su pata delantera izquierda mientras las otras tres caminan en el tierrero. Empieza a hozar por el suelo y después pega otra carrera, pasa por su lado buscando morderlo en una batata, el se aparta y el animal pasa otra vez de largo. Él le vuelve a menear el trapo. El puerco se mete de cabeza entre el revoloteo de pedazos de cortina. José Humberto se aparta para dejarlo pasar de largo, y la plaza está que se viene abajo de la gritería con que todos le están celebrando sus piruetas, ya hay muchos que están roncos. Cada vez que el animal pasa por su lado como una nube de piedras y polvo que va levantando con sus pezuñas, la gente se levanta y grita "hochi puerco". Los gritos hacen que las matas se muevan de un lado para el otro. Los mangos que tenía la mata del centro de la plaza, se están cayendo ellos solitos con los gritos que retumban como cañonazos. José Humberto está emocionadísimo, los pantalones se le ruedan hasta más abajo de las nalgas en mas de una oportunidad, él se los arregla con una mano y con la otra continúa dando capirotazos. El pobre animal ya se ve cansado, y, sin embargo, cada vez que él le bate el capote sale disparado a buscarlo, a morderlo. La cortina se ha vuelto tiritas, cada vez que el cochino pasa la muerde, la tiempla y la revienta. Así sigue hasta que, en una de esas que pasa por entre aquel trapero, tira un mordisco y agarra por la pantorrilla derecha a ese enemigo suyo que lo tiene avacorado desde hace rato, que lo tiene desesperado con ese maldito trapo rojo. José Humberto siente un corrientazo que le recorre la pierna, se le mete por la espalda y le da un golpe en la cabeza. No puede aguantar el trapo, los ojos se le cierran solos, las rodillas le suenan, los oídos le silban y los pies le sudan. Suelta la cortina, pega una carrera, se encarama en la mata de mango, y grita:
    -Me mancó el verraco, me mancó el verraco, ¡nojoda!
   
 © Alfredo Cedeño

sábado, febrero 05, 2011

viernes, enero 07, 2011

MUÑEQUITA LINDA

Cuento publicado originalmente en:
CUENTOS DE ROCKOLA, Colección de Prosa del PEN Club de Venezuela, Caracas, 1993




Muchinga arriba se iban las voces, la música y los gritos de las putas amanecidas. Teotiste llevaba su petaca sobre el hombro izquierdo, con la mana derecha se alzaba la falda para que no se le llenara de agua sucia. Los hombres le decían cosas al paso, los perros alborotados ladraban y le tiraban a morder las batatas. Pensaba en su torero, se acordaba de tanto rezar después que El Chingo apareci6 por la calle principal del pueblo dando lecos que a el 10 había cogido el toro. Ella creía que mas nunca iba a salir de allá, que s6lo le esperaba quedarse vistiendo santos para toda su vida.

Cuando Flor, que iba de paso y estaba parada en el puerto del río esperando un bote para seguir camino hacia La Guaira, le dijo que por qué no se iba con ella, le pareció que e1 cielo se le abría;.que podría zafarse de su madrastra que la seguía vendiendo a los hombres que iban de paso hacia Colombia. ¿Qué iba a hacer en La Guaira?, no sabía, pero segura que iba a ser mucho mejor que lo que estaba viviendo ahí. Esper6 a que la gente, después del almuerzo se acostara a reposar la comida. En la petaca de bejucos que tenia debajo de la cama, metió sus tres vestidos, dos pares de zapatos y un panta1ón de guayacán. Y se fue calladi­ta, sin hacer ruido, caminando con cuidado, para el río. Flor la montó en un lanchón entre sacos de vitualla, cerros de pescado salado, pescadores borrachos, animales, jaulas de gallinas, cestas de frutas, mujeres escandalosas. Después de una semana llegaron a Trinidad, se pasaron dos días allá, siguieron para Carúpano, Cumaná, Guanta, Puerto La Cruz, Carenero, Chirimena, Macuto, y a los diez días fue que llegaron a La Guaira.

¿Qué voy a hacer yo aquí, Dios mío? Su amiga le enseñó la parte de atrás de la aduana del puerto, y le dijo que por allá era que ella tenía su rancho, que arriara con su maleta atrás de ella. Mujeres colgando pantaletas en las ventanas, hombres que les agarraban las nalgas, niños llorando, viejas vendiendo arepas fritas en las esquinas, gatos corriendo detrás de las palomas en los techos, un olor a sal y hierro oxidado que lo llenaba todo, que le llegaba hasta los riñones. Señor, ¿me dejarás que vuelva a ver a mi familia otra vez? Ella sabía que ahora estaba cerquita de Caracas, pero su compromiso con Flor era que si ella la sacaba del pueblo ese, ella la ayudaba por tres afños en un negocio que tenía por allá. ¿Cómo se iba a zafar de ese trato? Y para esto era que la habían traído. ¿No hubiera sido mejor quedarse allá con Cristina? ¿Qué la iban a poner a hacer? ¿Hasta cuándo, Dios mío?

Cuando llegaron a la casa se quedó viendo las cortinas rojas, el bombillo del mismo color que había en el medio de la sala, los muebles raídos, la mesita coja de una pata, y la cama que estaba atrás de la cortina floreada. En un banco había una ponchera y un frasco de permanganato de potasio por la mitad. Eso es para estar siempre sana, le dijo Flor y se fue para la casa de al lado a conversar con la Maracucha. Teotiste se quedó mirándolo todo sin saber qué hacer.

Follow bandolero69 on Twitter