domingo, febrero 17, 2013

CANTERBURY


“Las suaves lluvias de abril han penetrado hasta lo más profundo de la sequía de marzo y empapado todos los vasos con la humedad suficiente para engendrar la flor;…”, así comienza la primera obra literaria que fue escrita en inglés. Me refiero a Los Cuentos de Canterbury, obra escrita por el londinense Geoffrey Chaucer en el siglo XIV de nuestra era.
Vale la pena destacar que mister Chaucer no era un cabeza de mochila cualquiera, él fue un creador de reconocidas dotes a quien el rey Eduardo III Plantagenet el Día de San Jorge de 1374 le otorgó “un galón de vino diario por el resto de su vida”. ¡Ah cuerpo cobarde…!
            Hago este circunloquio a manera de presentación de las imágenes que les traigo hoy, las cuales, como ya deben saber por el título, son de la muy británica ciudad de Canterbury.
            Chaucer, para no darle un “mateo” a su obra, estructuró su pieza, al decir de los entendidos de muy parecida forma a El Decamerón del bachiller Bocaccio; al punto que algunas de las historias del vate italiano luego aparecen en lo escrito por el hijo de Albión.
            Ahora bien, sin pretender enmendarle la plana a letrólogos, entomólogos, filólogos, arqueólogos de las letras o cualquiera sea la disciplina académica que arrastren, no puedo dejar de pensar en Las Mil y Una Noches, la cual, a su vez, se dice es una descendiente del Hazâr afsâna (los mil mitos): Esta última que cito se asegura que fue compilada y traducidas al árabe por el cuentista Abu abd-Allah Muhammed el-Gahshigar, quien vivió en el siglo IX.
            Como bien han de darse cuenta, si seguimos escarbando corremos el riesgo de llegar al Génesis y quien sabe si, como Buzz Ligthyear, al infinito y más allá. ¡Coño! Les juro que lo que quiero es hablar de Canterbury. Así que volvamos a lo que iba.
            Esta ciudad está ubicada en el sureste de Inglaterra, a unos 90 kilómetros de Londres, y pertenece al condado de Kent. Esta localidad, que no tiene los cincuenta mil habitantes, es una de las más importantes de la nación británica ya que es la sede del arzobispado homónimo, el cual suele ser ejercido por el máximo prelado de la iglesia anglicana. Recuerden que dicha organización religiosa se considera libre de la autoridad extranjera –entiéndase el Papa–; pero, asumen Gobernador Supremo de la Iglesia al portador de la corona de Inglaterra, a quien pertenece “el gobierno de todos los estados, sea civil o eclesiástico, en todas las causas”, ante lo cual la Iglesia está sometida al poder del estado. 
Esto es herencia del atajaperros que en el siglo XVI tuvieran Enrique VIII, rey de Inglaterra, con el Papa Clemente VIII, quien se negó a concederle la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón, para legitimar su empiernamiento con Ana Bolena. Su Santidad se rehusó amparándose en aquello de “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”, lo cual condujo a que el monarca follador forzara la separación de la iglesia inglesa de la comunión con Roma en 1534.
Considero necesario explicar que Canterbury ha estado poblada desde tiempos prehistóricos, y que al comienzo estuvo a orillas del río Stour. Hoy cubre ambas bandas de manera amplia y desbordada. Más tarde fue un centro administrativo romano que se llamaba Durovernum. Cuando finalizó la dominación latina, fue invadida por el pueblo germánico de los juto, quienes asentaron allí el Reino de Kent.
            En el siglo VI, y les hablo del año 597, un monje benedictino de nombre Agustín desembarcó allí comisionado por el Papa Gregorio I, luego devenido en san Gregorio Magno, para dar comienzo a la conversión de los anglo-sajones.
Este homo ecclesiasticus al llegar encontró restos de una antigua tradición cristiana, así como el culto a un mártir nativo: San Albano. A partir de allí, realizó una obra de envergadura al punto que luego trascendió en los anales de la iglesia como san Agustín de Canterbury. Vale la pena recordar que él fue el  primer arzobispo de Canterbury y se le considera el Apóstol de Inglaterra.
Otro clérigo también vinculado a este sitio, fue Thomas Becket, ahora conocido como Santo Tomás de Canterbury o Tomás Cantuariense, quien fue asesinado en el interior de esa catedral el 29 de diciembre de 1170. Este arzobispo es venerado en condición de santo y mártir tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Anglicana.
Becket fue consagrado arzobispo de Canterbury  el 3 de junio de 1163, y de inmediato chocó con Enrique II, Rey de Inglaterra, conde de Anjou, y duque de Normandía y Aquitania. Los roces sobrevinieron por la exigencia del prelado al monarca para que respetara las prebendas eclesiásticas.
Las crónicas hablan de una tensión insoportable entre ambos, lo cual hacía inviable una salida que satisficiera a ambas partes. Se especula de dos frases atribuidas al monarca, quien harto de la testarudez de Beckety habría dicvho: “¿No habrá nadie capaz de librarme de este cura turbulento?”, así como de: “es conveniente que Becket desaparezca.” Algunos afirman que ambas frases eran apócrifas; otros aseveran que las dijo en un ataque de ira.  Lo cierto es que ellas fueron interpretadas por los caballeros anglo-normandos Reginald Fitzurse, Hugo de Morville, William Tracy y Richard Brito como una orden ejecutar al presbítero.  
Fue así como el martes 29 de diciembre de 1170 en el atrio de la catedral de Canterbury mientras asistía a vísperas con la comunidad monástica fue llevado a cabo el asesinato a punta de mandobles y puñaladas.
Quiero aprovechar para hacerle la cuña al escritor Ken Follet, quien haciendo uso de una típica licencia literaria se apropió de este episodio, y lo emplear en su obra Los Pilares de la Tierra donde pone a uno de sus personajes, el villano William Hamleigh, como coautor del salvaje homicidio.
Andar los distintos rincones y parajes de esta pequeña urbe es una experiencia poco común. Se pasa por una esquina y se piensa si tal vez aquí predicó Agustín. Tal vez en aquella otra estuvo parado Chaucer imaginando sus personajes. ¿Sería que por aquí pasó Becket alguna vez?   Quien sabe si al igual que uno ahora, en su momento ellos se dedicaron a ver en el cauce del Stour un gorrión que se refrescaba.
            Canterbury es un viaje en el tiempo que se congeló con la ternura de un pequeñísimo auto impoluto, pese a lo añejo, que aguarda a la sombra de un ventanal donde una doncella puede aparecer en cualquier momento a continuar la zaga comenzada el 17 de abril de 1387 cuando los personajes de Chaucer se reunieron en la posada El Tabardo de Soutwark, para ir a visitar la tumba de Tomas Beckett.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 

8 comentarios:

Unknown dijo...

Excelente como siempre, conociendo mas a traves de tus escritos y fotografias....
Magda

Anónimo dijo...

Me encanto esta historia sobre Canterbury. Me transportaste a sus calles y paseo por el río

Que tengas un feliz domingo. Besos

Raquel Garcia

Anónimo dijo...

me encanto la fotografia del miniauto frente a la pared con su pequeña ventana
besos


Magda Pérez

Anónimo dijo...

Mejor imposible
Tienes sin duda la magia de envolver a quien te lee en las maravillosas palabras que ordenadas entre si permiten que realicemos un viaje inaginario fascinante.

Jane H

Anónimo dijo...

Qué maravilla de lugar, qué maravilla de mirada del lugar. Un abrazo inmenso,

Adri

Anónimo dijo...

EXCELENTE. Hermosas fotografías y un escrito original y placentero que nos lleva a imaginarnos el estar allí en ese momento y sentir el lugar dela narración, Ademas de dar a conocer lugares tan bonitos tan llenos de culturas e historias Felicitaciones por esa composición entre las fotos y la narración muy bien llevada de una manera amena y sencilla . Saludos y un gran abrazo

lola Rodriguez Diaz

Anónimo dijo...

Canterbury!! Territorio británico, que paseo mas hermoso maestro

Zafira

Anónimo dijo...

Que rico, cruzaste el gran charco para encontrarte con la historia del viejo mundo, que disfrutes y sigas aprendiendo más del mundo, mostrándonos otra cultura...

Rita