jueves, febrero 28, 2013

FRAGMENTO

A veces las estrellas se parten
y llegan al suelo sus retales
con ramalazos de fuego moribundo
sobre los duros trazos del camino.

© Alfredo Cedeño

martes, febrero 26, 2013

VERDE


Hoja tras hoja la luz escaló los filos de las sombras
que lanzaban raíces truncas desde las esquinas,
y se hizo daga en derrame de clorofila centelleante
como suave parpadeo de libélulas encandiladas.

© Alfredo Cedeño

domingo, febrero 24, 2013

PAPARO


            La lengua de un  país es un ente vivo que muta de manera permanente, le gusta dar giros inusitados, a veces ejecuta unas cabriolas a las que cuesta dar seguimiento, pero que están llenas de un encanto particular. Hay quienes gustan de llamarla idioma, y si seguimos en ese ámbito formal, remitámonos a la Real Academia Española que en su Diccionario de la lengua española explica:
Idioma: (Del lat. idiōma, y este del gr. δίωμα, propiedad privada).
1. m. Lengua de un pueblo o nación, o común a varios.
2. m. Modo particular de hablar de algunos o en algunas ocasiones.
            Si queremos  otras definiciones de similar tenor podemos decir que “un idioma es un sistema comunicacional, formado por palabras y/o gestos, que resulta propio de una colectividad”.
            Un lingüista probablemente explicaría que es “un sistema de signos doblemente articulados, es decir, que la construcción o búsqueda del sentido se hace en dos niveles de articulación, uno, el de las entidades significativas morfemas y lexemas (o monemas) que forman los enunciados, y otro, el de los fonemas que construyen o forman las unidades significativas”.
            ¿A qué viene todo esto?, se preguntará más de uno ante el título y las fotos que ya han visto del trabajo de hoy, y que corresponden a una minúscula población del estado Miranda, a unos cien kilómetros en línea recta al este de Caracas.
            Al comienzo de los años 80, Venezuela toda tarareaba una canción del grupo Medioevo,       “Laura Pérez (la sin par de Caurimare)” que aquí les pongo como cortesía de youtube http://www.youtube.com/watch?v=-1kJ2zwdPXU.
            Ya en 1994 en su Diccionario del habla actual de Venezuela, Rocío Núñez y Francisco Javier Pérez, incluían: “sifrino,-a: m y f// adj coloq Persona de gustos sofisticados, educación más o menos refinada,…”, sin darnos luces sobre su origen. En otras palabras, hablo de aquellos a quienes un español llamaría pijo, un gringo: posh o stuck up, un italiano figo (ojo con decirle figa a una italiana que pueden recibir una pescozada de vuelta), un chileno: cuico, un peruano: pituco, y paro ya el desvarío. Regreso al tema de Medioevo.
La mencionada canción puso a sonar, a través de una sola vez que la mencionó, a Paparo para convertirla en lugar de peregrinación del sifrinaje nacional. En realidad se refería a una urbanización de veraneo donde las clases pudientes caraqueñas habían adquirido viviendas a tales fines: Las Mercedes de Paparo, la cual había tomado su nombre de una humilde aldea de pescadores que está al oeste de sus linderos.
Estos territorios fueron habitados en tiempos prehispánicos por los indios Tumusa o Tomuzas, de la familia Caribe. La tradición oral de esta comunidad asegura que sus primeros habitantes fue una pareja indígena formada por Taparo, él, y Chiraguaparo, ella.
El asentamiento de los criollos de la zona comenzó en algún momento. En el siglo XVIII, en agosto de 1745, un grupo de hacendados dirigen al entonces Gobernador de la Provincia un memorial en el que se lee: “…, desde el Pan de Santa Ana hasta Chuspa, que dista del puerto de Paparo tres leguas”. Ello permite inferir la existencia de algún tipo de establecimiento poblacional en el lugar para aquel momento.
También se sabe que en ese mismo año 1745 el gobernador Zuloaga “enviaba una escolta de soldados, al mando de Don Ignacio Esquiviaga, para destruir las instalaciones contrabandistas de Paparo.”  Revela Lucas Guillermo Castillo Lara en su obra La aventura fundacional de los isleños que: “Del puerto de Paparo al de Chuspa habría unas seis leguas de distancia.”
En aquel siglo las correrías de ingleses y holandeses soliviantando a los productores del preciado cacao del Barlovento venezolano dio lugar a numerosas peripecias en estos parajes. En agosto de 1751, por ejemplo, en el sitio “La Pica”, en las cercanías de la Boca de Paparo dos balandras inglesas andaban tratando de intercambiar mercancías por cacao. 
Hay informaciones también que el 16 de agosto de ese año había cuatro balandras holandesas, “que tenían dado fondo a inmediaciones de la Vega de Paparo”. 
Entre pitos, flautas y chirimías, me imagino que a mediados del siglo XIX, comenzaron a establecerse provisionalmente en la aledaña desembocadura del río Tuy numerosas rancherías de pescadores, hasta que un buen día comenzaron a llegar aquellos que decidieron habitar estos lugares y entre ellos un panameño, que aseguran fue quien la bautizó con el nombre de Paparo.
Allí hubo un puerto donde llegaban embarcaciones de distinto calado para desembarcar o llevar mercancías de distintos géneros. Por lo general llevaban cacao y dejaban mercancías de todo tipo que iban para los grandes almacenes de El Guapo.
A fines del siglo XIX la compañía The Carenero Railway and Navigation Limited inauguró un ferrocarril que comunicaba a Carenero con El Guapo, y que tenía una estación en las afueras de esta población. Este tren recorría medio centenar de kilómetros y recogía en las diferentes estaciones las cosechas de cacao que producían las haciendas de la zona para luego embarcarlo a Europa. 
Debo narrarles que a comienzos del siglo XX Paparo sufrió los embates de la naturaleza. Una inundación provocada por el río Tuy, junto a un mar de leva, acabó con la población, y no fue hasta 1914 que un grupo de inmigrantes canarios comenzaron a repoblarla y a restaurar lo que había quedado. La proverbial capacidad de trabajo de “los  isleños” hizo posible su reconstrucción. 
En la década de los 30 del siglo XX se construyó una iglesia de bahareque. En 1938 me revelaba días atrás la cronista del pueblo, Dorys Carmona, la señora Abigaíl Martínez era quien alfabetizaba y daba clases a los niños del pueblo. Todos estos espacios eran inmensos pantanales donde se sembraba arroz, como testimonio de la pujanza de ese grano todavía hay una trilla en un viejo caserón del pueblo. También había un aserradero y una fábrica de refrescos: Caballo.
 No puedo, ni quiero, ocultarles la emoción con la que escribo hoy. Paparo es una lección de dignidad, de decencia, de manifestación de ejercicio de la ciudadanía en forma genuina.  Paparo es una expresión de la condición del venezolano que sabe sobreponerse a cualquier obstáculo y seguir avanzando así sea a rastras. Hoy su gente sigue sobreviviendo de sus duras faenas de pesca y agricultura. 
Tengo que confesarles que las vueltas del comienzo son porque quise jugar a enmascarar mi conmoción al escribir de este puñado de casas regado en las cuatro calles que acunan a un grupo de gente excepcional. Pero es imposible redactar en frío al escribir de esta comunidad.
Les nombré a Dorys hace dos párrafos, que fue mi primer estremecimiento al caminar esta población. Ella hoy en día es barrendera de Paparo, antes fue maestra suplente de la escuela del pueblo durante diez años,  luego se dedicó durante otros doce a sacar moluscos como guacucos (Tivela mactroides) y chipi-chipis (Donax striatus), y ahora, desde hace quince años, ocupa el cargo de barrendera municipal.
Ella, con honesta dedicación, barre las calles con una hoja de palma. No quise preguntar por qué no usaba una escoba. Seguramente para eso no hay recursos, o si los hay deben ser tan escasos que ella en vez de cruzarse de brazos sigue cumpliendo con su labor. Además de ello, esta mujer preciosa me lleva a su casa y de un vetusto anaquel, que pareciera a punto de sucumbir bajo un cerro de libros y papeles, saca información que me suministra para “que su trabajo le quede bueno”.
Un rato más tarde la amiga Dorys me lleva donde otra mujer de excepción: Carmen Ferrer de 71 años, que hoy en día permanece en una silla de ruedas.  Hasta hace cinco años ella salía en un bote a pescar para ganarse la vida… Una artrosis la mantiene postrada, más no vencida.
Carmen tiene en el fondo de su casa un conuco y un corral de gallinas, que sostiene gracias a la ayuda de sus hijos y vecinos quienes acuden diariamente a darle apoyo para que siga manteniendo sus plantas produciendo.
Paparo es la cuna de este par de mujeres excepcionales y la de un hombre como fue Froilán Rondón, quien era el propietario de la bodega El Esfuerzo, hoy un esqueleto recubierto de cascajos que se niega a derrumbarse por completo. Este hombre instaló en su local un sistema de perifoneo y mediante unos parlantes, micrófono en mano, daba a conocer las noticias del día, que escuchaba en un radio transistor, para que todos sus vecinos pudieran estar informados de lo que estaba ocurriendo en el país y el mundo. ¡Qué García Márquez ni que realismo mágico un carajo!
En este pueblo de Dios hasta el cementerio es pasto de los delirios donde las ovejas apacientan con calma. Paparo es Venezuela, tierra de mujeres que bien se pueden llamar Dorys, o Carmen, donde todas ponen su grano para que sea una tierra fecunda que siempre retoña. Gracias por hacerme sentir orgulloso de ser parte de ella.

© Alfredo Cedeño


sábado, febrero 23, 2013

martes, febrero 19, 2013

MAÑANA


La luz relincha sin nostalgias opacas
y se hace una cobija con las nubes,
manta emplumada de oro y plomo
haciéndose amanecer libre de culpas,
anchas estepas de cortas penas
donde los balcones son efímeros.

© Alfredo Cedeño

domingo, febrero 17, 2013

CANTERBURY


“Las suaves lluvias de abril han penetrado hasta lo más profundo de la sequía de marzo y empapado todos los vasos con la humedad suficiente para engendrar la flor;…”, así comienza la primera obra literaria que fue escrita en inglés. Me refiero a Los Cuentos de Canterbury, obra escrita por el londinense Geoffrey Chaucer en el siglo XIV de nuestra era.
Vale la pena destacar que mister Chaucer no era un cabeza de mochila cualquiera, él fue un creador de reconocidas dotes a quien el rey Eduardo III Plantagenet el Día de San Jorge de 1374 le otorgó “un galón de vino diario por el resto de su vida”. ¡Ah cuerpo cobarde…!
            Hago este circunloquio a manera de presentación de las imágenes que les traigo hoy, las cuales, como ya deben saber por el título, son de la muy británica ciudad de Canterbury.
            Chaucer, para no darle un “mateo” a su obra, estructuró su pieza, al decir de los entendidos de muy parecida forma a El Decamerón del bachiller Bocaccio; al punto que algunas de las historias del vate italiano luego aparecen en lo escrito por el hijo de Albión.
            Ahora bien, sin pretender enmendarle la plana a letrólogos, entomólogos, filólogos, arqueólogos de las letras o cualquiera sea la disciplina académica que arrastren, no puedo dejar de pensar en Las Mil y Una Noches, la cual, a su vez, se dice es una descendiente del Hazâr afsâna (los mil mitos): Esta última que cito se asegura que fue compilada y traducidas al árabe por el cuentista Abu abd-Allah Muhammed el-Gahshigar, quien vivió en el siglo IX.
            Como bien han de darse cuenta, si seguimos escarbando corremos el riesgo de llegar al Génesis y quien sabe si, como Buzz Ligthyear, al infinito y más allá. ¡Coño! Les juro que lo que quiero es hablar de Canterbury. Así que volvamos a lo que iba.
            Esta ciudad está ubicada en el sureste de Inglaterra, a unos 90 kilómetros de Londres, y pertenece al condado de Kent. Esta localidad, que no tiene los cincuenta mil habitantes, es una de las más importantes de la nación británica ya que es la sede del arzobispado homónimo, el cual suele ser ejercido por el máximo prelado de la iglesia anglicana. Recuerden que dicha organización religiosa se considera libre de la autoridad extranjera –entiéndase el Papa–; pero, asumen Gobernador Supremo de la Iglesia al portador de la corona de Inglaterra, a quien pertenece “el gobierno de todos los estados, sea civil o eclesiástico, en todas las causas”, ante lo cual la Iglesia está sometida al poder del estado. 
Esto es herencia del atajaperros que en el siglo XVI tuvieran Enrique VIII, rey de Inglaterra, con el Papa Clemente VIII, quien se negó a concederle la anulación del matrimonio con Catalina de Aragón, para legitimar su empiernamiento con Ana Bolena. Su Santidad se rehusó amparándose en aquello de “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”, lo cual condujo a que el monarca follador forzara la separación de la iglesia inglesa de la comunión con Roma en 1534.
Considero necesario explicar que Canterbury ha estado poblada desde tiempos prehistóricos, y que al comienzo estuvo a orillas del río Stour. Hoy cubre ambas bandas de manera amplia y desbordada. Más tarde fue un centro administrativo romano que se llamaba Durovernum. Cuando finalizó la dominación latina, fue invadida por el pueblo germánico de los juto, quienes asentaron allí el Reino de Kent.
            En el siglo VI, y les hablo del año 597, un monje benedictino de nombre Agustín desembarcó allí comisionado por el Papa Gregorio I, luego devenido en san Gregorio Magno, para dar comienzo a la conversión de los anglo-sajones.
Este homo ecclesiasticus al llegar encontró restos de una antigua tradición cristiana, así como el culto a un mártir nativo: San Albano. A partir de allí, realizó una obra de envergadura al punto que luego trascendió en los anales de la iglesia como san Agustín de Canterbury. Vale la pena recordar que él fue el  primer arzobispo de Canterbury y se le considera el Apóstol de Inglaterra.
Otro clérigo también vinculado a este sitio, fue Thomas Becket, ahora conocido como Santo Tomás de Canterbury o Tomás Cantuariense, quien fue asesinado en el interior de esa catedral el 29 de diciembre de 1170. Este arzobispo es venerado en condición de santo y mártir tanto por la Iglesia Católica como por la Iglesia Anglicana.
Becket fue consagrado arzobispo de Canterbury  el 3 de junio de 1163, y de inmediato chocó con Enrique II, Rey de Inglaterra, conde de Anjou, y duque de Normandía y Aquitania. Los roces sobrevinieron por la exigencia del prelado al monarca para que respetara las prebendas eclesiásticas.
Las crónicas hablan de una tensión insoportable entre ambos, lo cual hacía inviable una salida que satisficiera a ambas partes. Se especula de dos frases atribuidas al monarca, quien harto de la testarudez de Beckety habría dicvho: “¿No habrá nadie capaz de librarme de este cura turbulento?”, así como de: “es conveniente que Becket desaparezca.” Algunos afirman que ambas frases eran apócrifas; otros aseveran que las dijo en un ataque de ira.  Lo cierto es que ellas fueron interpretadas por los caballeros anglo-normandos Reginald Fitzurse, Hugo de Morville, William Tracy y Richard Brito como una orden ejecutar al presbítero.  
Fue así como el martes 29 de diciembre de 1170 en el atrio de la catedral de Canterbury mientras asistía a vísperas con la comunidad monástica fue llevado a cabo el asesinato a punta de mandobles y puñaladas.
Quiero aprovechar para hacerle la cuña al escritor Ken Follet, quien haciendo uso de una típica licencia literaria se apropió de este episodio, y lo emplear en su obra Los Pilares de la Tierra donde pone a uno de sus personajes, el villano William Hamleigh, como coautor del salvaje homicidio.
Andar los distintos rincones y parajes de esta pequeña urbe es una experiencia poco común. Se pasa por una esquina y se piensa si tal vez aquí predicó Agustín. Tal vez en aquella otra estuvo parado Chaucer imaginando sus personajes. ¿Sería que por aquí pasó Becket alguna vez?   Quien sabe si al igual que uno ahora, en su momento ellos se dedicaron a ver en el cauce del Stour un gorrión que se refrescaba.
            Canterbury es un viaje en el tiempo que se congeló con la ternura de un pequeñísimo auto impoluto, pese a lo añejo, que aguarda a la sombra de un ventanal donde una doncella puede aparecer en cualquier momento a continuar la zaga comenzada el 17 de abril de 1387 cuando los personajes de Chaucer se reunieron en la posada El Tabardo de Soutwark, para ir a visitar la tumba de Tomas Beckett.

© Alfredo Cedeño