sábado, octubre 15, 2016

ULTRAJE


El lenguaje suele ser un redomado ejercicio de la ironía, allí hay ocasiones en las que el sarcasmo se manifiesta con todo su esplendor. Uno de mis ejemplos favoritos es el de la palabra cultura. El pensador y analista del fenómeno comunicacional galés Raymond Williams explicó en su libro Keywords, de 1976, “que en todos sus usos originales fue un sustantivo de proceso: la tendencia (o crecimiento) de algo, básicamente cosechas o animales”. Es decir que al comienzo se utilizó para referirse a dichos procesos y a quienes los ejecutaban, es decir a labriegos y pastores. Origen más humilde imposible.
No viene al caso ahora establecer el linaje o tronco genealógico del término, lo cierto es que hubo un largo trecho desde el comienzo, cuando en latín cultura era cultivo, o pedazo de tierra cultivada, labranza, hasta siglos más tarde. Se asegura que con La Ilustración en su apogeo, entre los siglos XVII y XVIII, es cuando comienza a ser aplicada metafóricamente para indicar el amor por la sapiencia o el conocimiento y es cuando empieza a decirse que Fulano se cultiva o Perencejo es cultivado. Y ahí entró cultura al mundo refinado.   
El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana afirma que fue recién en el pasado siglo XX cuando nuestro amado español comenzó a emplearla con el significado del que hoy me ocupo, y afirma este mataburros que fue tomada del vocablo alemán kulturrell. 
Y ya que salió bailando la palabra significado no está de más añadir que para la semiótica ello es la imagen mental, es decir el concepto que este representa, y que varía según la cultura. Y volvamos a nuestro vocablo de hoy.
Se habla de cultura tópica, histórica, mental, estructural y simbólica, entre otras; pero también de culturas primitiva, civilizada, analfabeta y alfabeta.  Se han acuñado definiciones como cultura machista, cultura de la violencia, por supuesto de la paz también, religiosa, culinaria, gastronómica, musical, y así ad libitum. El sociólogo estadounidense Talcott Parsons escribió: “En la teoría antropológica no existe lo que podría denominarse un acuerdo generalizado respecto a la definición de cultura”. Bien pudo haber escrito también que en ninguna disciplina hay unanimidad en cuanto a lo que es o no es cultura. Un paisano de Parsons el antropólogo neoyorquino Oscar Lefkowitz, que fuera ampliamente conocido como Oscar Lewis, armó un zipizape de quinto patio cuando habló de subcultura de la pobreza. El debate sobre ello todavía salta en los escenarios antropológicos donde Lewis es tildado de todo menos de guapo.
Todo esto me ha venido a la cabeza a raíz de la experiencia que me relató días atrás una amiga de sus peripecias para comprar una batería nueva para su carrito chino.  Ella, que vive afanada y cargada de angustias, como todos los caraqueños, no puede quedarse sin vehículo porque no puede ir a laborar, ni llevar a su heredera a clases, ni ir a las terapias para que le enderecen la espalda ni muchas otras cosas que tampoco vienen al caso ahora ventilar.
Acortando el cuento: ella se levantó muy temprano y se fue a la sede de baterías Duncan en La Trinidad, llegó y tenía siete personas por delante. La doña en cuestión estaba feliz con su número 8, se dedicó a esperar, entre ruegos a los santos que no aparecieran unos malandros a querer joder a todos los que esperaban, a que fueran las 8 de la mañana. Era la hora prevista para que abrieran. Nuestra amiga llevaba consigo el fajo de documentos que ahora exigen, por instrucciones de los vagos rojos,  para algo tan elemental como es comprar un repuesto automotriz. Y empezó a llover. Y a las 8 de la mañana, hora en la que estaba previsto que comenzarían a atender, debido a la lluvia no fue así y la hora fue rodando hasta que casi a las 9, ante la persistencia de la lluvia, comenzaron a atender de uno en uno a los bateriadependientes.
Algo tan sencillo como ir a reponer el acumulador de tu carro en la Venezuela de mis tormentos permite que se manifieste con absoluto vigor la cultura del maltrato.  El ultraje comienza con la cola que debe hacerse de madrugada para comprar lo que hasta hace poco tiempo se adquiría en cualquier estación de gasolina en todos los rincones del país, sigue con la amenaza latente de que cualquier malviviente empistolado decida pasar por allí a pasar raqueta entre los que esperan puesto que no hay un agente del orden público ni para evitar que le mienten la madre a Gofiote Maduro y mucho menos para evitar sus desmanes contra la ciudadanía inerme, continúa con el irrespeto del horario de atención a quienes aguardan y culmina con la discrecionalidad del que los atiende y que bien puede decidir que no necesitas el acumulador para tu vehículo.
Esa cultura del maltrato es la que nos ha ido permeando de manera total, mientras el sadismo para con los ciudadanos es cada día más patente y descarado. Nadie teme las consecuencias de la humillación que infiere, saben que la impunidad es una ley no escrita pero perfectamente observada en todos los escenarios y niveles. Nadie es responsable de ningún atropello que cometa, por grave y continuado que sea.  Las arbitrariedades oficiales son inacabables, se ejecutan con desparpajo y sevicia; pero ¿qué se puede esperar de semejante recua? Lo que no puede nadie entender en su sano juicio es que es el mismo esquema que se sigue como patrón en las filas de la mal llamada oposición.
¿Cómo llamar el trato que dispensan los “dirigentes” democráticos a la ciudadanía? ¿Acaso hay alguna diferencia entre el lambiscón que aparece recibiendo dinero del financista de la defensa de los narcosobrinos en New York y el asaltacaminos que le lanza un micrófono a su colega diputado en plena sesión del cuerpo legislativo? ¿Son muy diferentes los que tildan de escuálidos a los otros,  de aquellos que tildan de aliado del chavismo a quienes osan señalar los desbarres de una dirigencia errática? ¿Ustedes pueden distinguir entre un altisonante Ramos diciendo de Maduro: “Un tarúpido que nunca ha pisado una universidad no puede quererla ni comprenderla”; y un no menos vociferante Maduro ripostando: “Ramos Allup, deja el tiemble”.
A ese torneo de baja estofa es a lo que han llevado la política nacional, y sobran escuderos de ambos bandos que se desbaratan apasionados por la defensa de uno o el otro. Maduro, para decirlo en lengua franca, me importa un soberano carajo, de él puedo esperar cualquier imbecilidad. Pero el presidente de la Asamblea Nacional sí me importa y mucho. No puedo callar ante quien presume de su vasta cultura, y gustaba de ir a cada sesión del Congreso con un libro diferente, salvo que no sea más que otro sobaco ilustrado de los que tanto abundaban en la universidad, porque siempre cargaban un libro que nunca abrían bajo el brazo; así no señor Ramos, déjese de vainas y al menos compórtese como lo que parece ser, no como lo que por lo visto es.
Esa extendida y ya “posicionada” cultura del maltrato debe ser desterrada, y eso solo se podrá a través de exigirle a tirios y troyanos, a gringos y cubanos,  a chavistas y escuálidos, que nos respeten como ciudadanos. No hay ninguna diferencia entre los choros que roban a los que esperan en la cola frente a la Duncan, los que atienden en la fábrica de baterías y  los políticos que pretenden que les demos un cheque en blanco porque ellos son los que saben cómo es que se debe conducir el país. ¿Con qué autoridad moral pretenden una fe ciega que no se han sabido ganar? ¿O creen que ser dirigente es una lotería a lo Chávez que les entrega el poder para hacer exactamente lo que a su real gana se les antoje?

© Alfredo Cedeño


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenos días Alfredo. El término cultura es infinitamente polisémico. Desde su origen más bien preciso, cuando se tomó para infinidad de cosas, hay que definirlo cada vez para que se sepa de qué se está hablando. Yo no lo uso de la manera en que se está usando de modo que por cultura se puede entender cualquier cosa. Como lo necesito absolutamente en mis investigaciones, uso la definición que viene de Ortega y Gasset, gran inventor de palabras y significados, y que viene a ser: La manera que tiene un pueblo de habérselas con la realidad. Así el término se vuelve antropológico y filosófico. A lo que tú te refieres prefiero llamarlo costumbre y si tiene largo tiempo, tradición. Ese maltrato al que te refieres tan adecuadamente no llega a tradición a mi entender, se queda en costumbre inaugurada por estos rojos, Lo de los otros, es más bien reacción e inclusión en una costumbre ya iniciada por esos rojos. Ciertamente el maltrato al cliente y al usuario de las instituciones es una tradición venezolana y con razón, por eso, la costitución bolivariana, si no me equivoco, trata de corregirla. Viene de muy atrás, pero la forma que ha tomado ahora es nueva, Es bolivariana. Como en todo, estos tipos han llevado al máximo los defectos nuestros y nuestras malas tradiciones. Exactamente lo mismo que yo he encontrado en los malandros, Por supuesto, no soñemos ni de lejos poderlo corregir mientras los rojos sigan en el poder. Un abrazo fuerte.

Alejandro Moreno

zulma dijo...

Hola Alfredo, me gustas tanto tu version de cultura y la del Sr Alejando Moreno, esta totalmente desconocida para mi.
En cuanto al maltrato a mi entender ha sido la forma como se ha tratado a todo un pueblo desde hace muchos años en algunos sitios más que en otros,pero desde la escuela hasta en las otras instituciones públicas y privadas siempre han existido maltratadores, Que ahora se ve a la N potencia, es lógico, estamos tratando con una ristra de bestias, ahora lo que es inconcebible,es que gente supuestamente "culta" o por lo menos estudiados y con roce con personas educadas, como HRA Y HCR se pongan en el mismo nivel de la gente a la que atacan,estas personas deberian tragar grueso pero no ponerse a proferir insultos como los propios carreteros,me choca sobre todo cuando estan frente a un publico en un mitin que para congraciarse con el vulgo comienzan a usar al vulgaridad,eso seria bueno se lo hicieran ver, y hablo de estos por lo que representan