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miércoles, febrero 06, 2019

PASTORES EXTRAVIADOS


                Marzo de 1939 estuvo lleno de momentos que marcaron la historia. A mediados de mes, Hitler consolidó sus andanzas expansionistas al invadir Bohemia y Moravia, acciones que habrían de desembocar en la Segunda Guerra Mundial. Fue el mes cuando las tropas de Franco entraron a Madrid. Y fue  a comienzos de este mes, el jueves 2, cuando Eugenio María Giuseppe Giovanni Pacelli fue elegido el papa número 260, y eligió el nombre de Pio XII. A partir de ese día se convirtió en cabeza visible de la Iglesia católica.
                Este prelado, de lentes similares a Gandhi, de figura seca, hijo de un príncipe y una noble, nieto del fundador del L'Osservatore Romano,  experto navegante de la sórdida Curia Romana pero escasa experiencia pastoral, ha sido señalado en infinidad de ocasiones como eventual colaborador de la vergüenza nazi, y mucho se ha abundado en cuanto a su posición poco frontal para con ellos.
                Lo cierto es que Pio XII había sido Secretario de Estado del Vaticano durante el papado de Pio XI y jugó un papel fundamental en la redacción final de la encíclica Mit brennender Sorge (Con viva preocupación), elaborada por iniciativa de los obispos alemanes. Con fecha 14 de marzo de 1937, y leída en todas las iglesias alemanas el 21 de marzo, que era Domingo de Ramos, generó una respuesta del Führer en el más rancio estilo de don Gofiote Maduro.  Debo añadir que el  futuro Pío XII al presentar el dicho comunicado comparó a Hitler con el diablo y advirtió sobre la posibilidad de que los nazis lanzaran una "guerra de exterminio".
                Los señalamientos en cuanto a su posible "colaboracionismo" han persistido pese a los desmentidos de todo orden y concierto que han hecho innumerables personas. Los propios judíos lo han proclamado a viva voz; recuerdo al historiador judío nacido en Praga Saul Friedländer como uno de ellos. Otro historiador judío, Elliot Hershberg, asegura que Pío XII "fue un afectuoso y solidario amigo del pueblo judío". Como ellos sobran voces que reivindican a Pacelli y lo alejan de la sombra hitleriana. No es necesario abundar sobre el papel de la Iglesia junto a los más necesitados. En Venezuela no han hecho otra cosa desde hace largos años.
                La iglesia venezolana ha dado señales claras de un ejercicio pastoral sin descanso. Su compromiso ha dejado no pocos mártires como fueron los casos de Evaristo Ramírez, Régulo Fránquiz y Tomás Antonio Monteverde; los tres víctimas del régimen gomecista. Los ejemplos del compromiso inquebrantable de los curas con Venezuela son infinitos. Y en estas horas de angustia y esperanzas no han hecho más que ratificar sus votos ejemplares de pastores al servicio de la feligresía.  No deja de ser lamentable la actitud del actual obispo de Roma, Jorge Mario Bergoglio, ante nuestros pesares.  No sería de extrañar verle pronto elevando sus preces por la salud de doña Cilia y la no menos piadosa Rosario Morillo.

© Alfredo Cedeño

sábado, abril 02, 2016

¿HABEMUS DIALOGO?


                Narra Cervantes en los primeros capítulos de la segunda parte de Don Quijote, cómo el ingenioso hidalgo acompañado de su fiel escudero entra en el Toboso al filo de la medianoche. Explicaba el manco que allí habían acudido en busca de la señora Dulcinea. Lo cierto es que apenas entrar al poblado se dedican a buscar el alcázar de la damisela, y en esa búsqueda es como llegan al templo lugareño, y el muchacho-viejo de la película dice su famosa y tergiversada frase: “Con la iglesia hemos dado, Sancho”.
                Aquellos que gustan hacer gala de su vasta cultura, en realidad basta, gustan de modificar esa frase asegurando con gesto pontifical que lo dicho fue: “Con la Iglesia hemos topado, querido Sancho”. Lo cierto es que ni toparon ni al gordito del burro le dieron el trato argentino de querido. Esto me viene hoy a la mente ante el acuerdo alcanzado por tirios y troyanos en cuanto a la mención que hizo el pibe Francisco, el papa Pancho pues, y perdonen los beatos la confianza con el cura Bergoglio, sobre lo que a diario vivimos los venezolanos. También el obispo de Roma le hizo una sutil reprimenda a nuestra casta dirigente para que de una buena vez dejen la majadería y logren acuerdos.
                Lo cierto es que bastaron 51 palabras, de un total de 1.153, en medio del mensaje papal Urbi et Orbi del pasado Domingo de Resurrección para que el escenario político venezolano se convirtiera en un dulce serrallo. De vaina resonaron las trompetas del ángel Gabriel  en el Capitolio de Caracas. Aunque, en honor a la verdad, no todo fue tan expedito, ya que al comienzo de la discusión sobre las palabras del mentado pastor la tolda pícara, léase roja, por boca del ahora sobrio diputado Earle Herrera anunció que rechazaban el acuerdo propuesto ante la Asamblea Nacional respecto al exhorto eclesial. Y con facundia dijo: “El papa no se refiere a una parcialidad política sino a un bien común. El acuerdo propuesto por la Mesa de la Unidad no debe levantar falsos testimonios ni utilizar adjetivos negativos”. Qué bien saben cantar estos ladinos cuando les da su bendita gana de no estar utilizando su acostumbrado lenguaje de robagallinas…
                ¿Qué fue lo que dijo el Pontífice? Les copio: “Que su mensaje pascual se proyecte cada vez más sobre el pueblo venezolano, en las difíciles condiciones en las que vive, así como sobre los que tienen en sus manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando formas de diálogo y colaboración entre todos”. No les voy a fastidiar el día enumerándoles los intentos de zapatear que desde la vocería oficial se intentaron, pero los hubo, tal vez por ello el día antes de que se llevara a cabo la discusión en el ámbito parlamentario, monseñor Baltazar Enrique Porras, arzobispo de la Arquidiócesis de Mérida, dijo con su calma habitual que las acciones del bigote bailarín, entiéndase el señor Maduro, y su gabinete eran una muestra de la poca disposición existente en Venezuela para abrir caminos de diálogo. En declaraciones que diera al marabino Ayatola de Jesús Núñez, y que publicara El Nacional, el hombre eclesial afinó sus palabras: "El gobierno no tiene voluntad de conversar  ni respetar la autonomía de los poderes. El conflicto entre la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia así lo evidencian".
Pero Porras no se limitó a ese caso sino que hundió el dedo en la llaga y afirmó: "No se puede seguir negando la crisis. Cuando vemos las cadenas de radio y TV pareciera que viviéramos en un paraíso, pero en realidad lo que hay son colas. Aquí no hay capacidad para aceptar la  crítica". ¿Fue gratuito que esas declaraciones del monseñor fueran justo el día antes? Por supuesto que no. Él fue vicepresidente de la Conferencia Episcopal Latinoamericana –CELAM– durante dos períodos, lapso en el cual desarrolló una estrecha relación con el entonces cardenal Bergoglio; tanto es la misma que en el reciente Sínodo celebrado en Roma, Baltazar Porras ocupó una de las 45 sillas de dicho Concilio. 
Tampoco es digno de olvido que el actual mano derecha del papa en el submundo de la Curia Vaticana es Pietro Parolin, quien por largo tiempo se desempeñó como Nuncio Apostólico en Venezuela y sabe muy bien cómo es que se bate el cobre en esta tierra otrora de gracia.
Lo cierto es que luego de las fintas iniciales del primer asalto, en el receso de rigor hubo un acuerdo y resultó un documento en el cual azules y rojitos elaboraron un documento de seis puntos, el cual fue aprobado de manera unánime. Al punto de que el ciudadano presidente del Parlamento, en versión tropical y vociferante de Händel, entonó ¡Aleluya!
Ante las escenas que se produjeron en el hemiciclo ese día, no pude dejar de seguir pensando en el pasaje ya citado de El Quijote y recordar lo que apenas cinco líneas después le enrostra el desgarbado caballero a su rozagante escudero:
¡Maldito seas de Dios, mentecato! –dijo don Quijote–. ¿Adónde has tú hallado que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas sin salida?

© Alfredo Cedeño

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