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domingo, septiembre 13, 2026

OPIOS DE LOS PUEBLOS



          Una frase que era entonada con ferviente ardor, a machamartillo que llaman, en ese bestiario donde confluían camaradas, progresistas, izquierdistas, revolucionarios y demás especies de similar plumaje, era “La religión es el opio del pueblo”. Con gesto ampuloso, voz engolada y aire marcial recalcaban: Bien lo dijo Carlos Marx.

          Esa caterva de asnos cargados de libros, salvo contadas excepciones, ni peregrina idea del origen de la expresión. Menos sus matices.  El gurú en cuestión escribió en “Introducción a la crítica del derecho de Hegel”, publicada en la muy proletaria París en 1844, exactamente: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de unas condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo”.  No es nueva la costumbre de poner a decir lo que más le interesa al líder de turno. 

          El bachiller Heráclito de Éfeso legó una frase que, pese a los siglos, mantiene una vigencia abrumadora: La mucha erudición no enseña a tener entendimiento.

          Usted ve académicos, ideólogos, pensadores, militantes, cuanta bestia pensante se le ocurra y desee, alzar sus voces indignadas ante la injusticia y los desmanes del malvado imperialismo, o el decadente capitalismo, cuando no es contra los malignos judíos. Mientras tanto, y así como por no dejar, entonan sus cánticos de alabanza a los sufridos palestinos, serrallo de ángeles y querubines que ni a un mosquito son capaces de golpear. La malévola maquinaria informativa se ha ocupado de satanizar despiadadamente a unos indefensos pastores de cabras y ovejas que solo quieren vivir en paz. ¿Atentados? ¡Mahoma los confunda perversos paganos!

          De los ayatolás y su desprecio a las mujeres, ni una sílaba. La solidaridad no entiende mejor manera de cabalgar contradicciones que brindar nuestro más caluroso apoyo a los verdugos de gays, lesbianas y travestis. ¿Acaso no respaldamos al Ché pese a su paredón a los “maricas” cubanos? Por algo su imagen preside nuestros actos…

          No recordaba bien la frase, así que busco mi Biblia y tal como pensaba, en el Eclesiastés lo encuentro: “los labios del insensato lo precipitarán. Sus primeras palabras son una necedad, y un error perniciosísimo el remate de su habla”.  Un poco más adelante en el libro Eclesiástico hallo: “Más fácil es cargar sobre sí arena, sal y barras de hierro, que con un imprudente, un fatuo o un impío”.

          Los devotos de Pedro “Begoño” Sánchez, Pablo Iglesias, ETA, Feijóo y Abascal en España niegan al borde del paroxismo la imbecilidad que los recorre transversalmente. Cada cual se atrinchera en el soy mejor que tú, cuando no en el tú eres peor que yo. Ya no se trata siquiera de lo ideológico, es un duelo a muerte por ponerle la mano al Estado. Cito España, pero bien podría decir Cuba o Venezuela. En nuestro país el abanico de manifestaciones de tal índole es infinito. Se cumple a cabalidad lo escrito por Schiller en La doncella de Orleans: “Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano”.

          La estulticia es la religión contemporánea en la que sus supremos sacerdotes tratan de sumergirnos, sí o sí.  Ellos, tal como los ingleses, a través de la Compañía Británica de las Indias Orientales, que introdujo el consumo de opio en China para desquiciar a la cuna de Mao, se han dedicado a sembrar la imbecilidad, y tener mano libre en sus desmanes y desvaríos.  No necesitamos más que revisar las declaraciones de tan egregios dirigentes. Sea Delcy Eloina, el capitán roba periódicos, el alcalde retirado, o cualquiera otro de esa reata. Todos van regando a raudales su narcótico particular, jamás quieren nuestra lucidez. 

          Mientras escribo, me veo de nuevo en el bar de Julio César, en mi siempre añorada La Sabana, después de un día de playa, bebiendo una cerveza mientras la rockola sonaba sin descanso. Recuerdo en especial una ocasión en que La Típica 73 acompañaba la voz de Adalberto Santiago con aquello de “qué pena me da Canuto, entre más viejo, más bruto”.

 

© Alfredo Cedeño



domingo, mayo 22, 2011

La Belleza

No hay planteamiento humano en el que exista unanimidad. La disparidad de criterios es múltiple y se manifiestan con pasión de fanáticos desbordados o se asumen con pasiva resignación, aunque también se revisten de paciencia y aguardann su ocasión para manifestarse. La belleza no es la excepción de la regla. Pero, empecemos por tratar de definirla, y comienza la algazara.
Si partimos de que, tal como ocurre con toda definición, es desde la perspectiva de cada sujeto como ellas aparecen, veamos cómo se ha ido decantando en cuanto a su dilucidación. ¡Y nada que se aclara! Por ejemplo, se afirmó en una época que la Venus de Willendorf -hallada en las orillas del río Danubio- era la representación de “ideales de belleza prehistóricos”; igual se comentó en su momento sobre la muy criolla Venus de Tacarigua -encontrada en las riberas del Lago de Valencia, en el estado Carabobo.
Aunque nadie me lo esté preguntando, y so riesgo de caer bajo las sensibles lenguas de algunas adalides del feminismo y de quienes luchan contra la discriminación y demás intenciones conexas, quiero dejar claro que mi gusto se acerca más a las Venus de Boticelli, de Velázquez, y ni hablar de la de Milo… El exceso de tejido adiposo en el caso de la dama vienesa, o esa figura de bagre injertada con corroncho de la figura valenciana, me parecen interesantes, pero hasta ahí.
Regresando a lo que hoy cargo en mente para acompañar mis imágenes, quiero retornar a eso que el muy citado chinito Confucio dijo en su momento: “Cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”. Esto vino a ser reafirmado por el no menos citado Platón quien legó aquello de que: “La belleza pertenece al mundo de las ideas y es a partir de ellas que el hombre crea el mundo real".
Por supuesto, la gente de la iglesia no podía dejar de meter la cucharada; fue así como San Agustín explicó que la belleza consiste en unidad y orden que surgen de la complejidad. Tal orden podría ser, por ejemplo, ritmo, simetría o simples proporciones.
Unos siglos más tarde su camarada teologal Santo Tomás de Aquino anduvo escribiendo sobre el tema. Él pensaba que la belleza era el resultado de tres prerrequisitos: integridad o perfección, armonía y claridad o brillantez.
Más tarde, en esa época delirante que fue el Renacimiento, Leon Battista Alberti la definió como “una armonía de todas las Partes, en cualquier sujeto en que aparezca, ensamblado con tal proporción y conexión, que nada podría añadirse, disminuirse o alterarse, si no es para peor”.
Así fue como le llegó el turno al maestro prusiano Kant, Immanuel para más precisión, quien definió la belleza como “la forma de la finalidad de un objeto, cuando es percibida en él sin representación de un fin.”
Schiller también agregó su cuota al repertorio y enunció que “La belleza guía al hombre sensible hacia la forma y hacia el pensamiento; la belleza hace regresar al hombre espiritual a la materia, al mundo sensible.”
Es inacabable el rosario de definiciones de un concepto mutante, y no puedo dejar de lado la manoseada consideración aquella de que aquello que para mi es bello puede ser horroroso para un esquimal, y viceversa.
Por ello me amparo en estas flores andinas, valeranas para mejor señas, y evoco, para hacer mía, la frase oída a un campesino trujillano en medio de una exigente jornada de arado: “Lo bonito a lo mejor no sirve de mucho pero a mi me da fuerzas y sigo dándole; aunque a veces venga un remolino y lo desbaraté a uno como una florecita en un barranco…”

© Alfredo Cedeño












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