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domingo, mayo 25, 2014

TRUJILLANEANDO 14 (LLANO LAS MARÍAS)

            Al occidente de Venezuela, donde comienza el ramal venezolano de la cordillera andina, en medio de montañas que abruman con sus cimas y gente sumergida en las simas de dolorosa pobreza, con  parajes donde la llanura coquetea en bien resuelto maridaje con los cerros, está el estado Trujillo. En el borde de su frontera con el estado Mérida, en la margen derecha del río Momboy y encajonada entre cerros, se encuentra Mendoza Fría. 
 
            Las faldas y valles de esa serranía están llenos de magos, herederos de españoles e indígenas, que hacen producir alimentos con esfuerzos titánicos. Uno de los aposentos de estos hombres, mujeres y niños devenidos en taumaturgos es El Llano Las Marías, a dos horas de camino cuesta arriba desde la mencionada población al final del pasado párrafo. Son alrededor de cincuenta casas desperdigadas entre zanjones y pequeñas explanadas, casi todos de apellido Lobo, “de los de La Culebrina, somos casi todos nosotros”, explica uno de los paisanos mientras se dedica a untar con unas pencas de zábila “la espiga de un burro” donde luego estarán jugando “los chinos”.
 
 
            Ellos trabajan de domingo a domingo en unos terrenos donde el agua no abunda, por lo que se han dedicado a producir principalmente apio criollo (Arracacia xanthorriza) tubérculo americano que en otros países se conoce como arracacha, racacha, virraca o zanahoria blanca.  Cada vez que pueden se congregan alrededor de la capilla que construyeron en homenaje a san Isidro, patrono de los agricultores, y ayer sábado 24 lo hicieron porque fue el día que el párroco de Mendoza pudo subir a oficiar misa en su minúsculo templo.
 
            Los vecinos prepararon grandes ollas de comida para los que acudieron allí, los “chinos”, como llaman a los niños, cumpliendo con sus roles de diablos angelicales. Para ellos los mayores construyeron un  “burro”: un madero enterrado en el suelo al que llaman espiga, donde encajan uno más largo en un agujero que llaman travesaño, y en cuyas puntas colocan unas estacas para que los muchachos se agarren mientras los demás le hacen girar a fuerza de empellones.
 
El aire en estas montañas es manto que aplaca la desolación, aquí cada gesto es una invocación a la faena y a la libertad que conceden los labrantíos.   Cada mano es un mapa de logros labrados a pulso fino y sudor grueso, el plante del mozo que baila en su palma el trompo se convierte en sonido del viento reventando en la orilla de las arboledas. Es el fraguado que día a día nos consolida como país pese a las mil vicisitudes donde solemos debatirnos. Tanto aportan estos campesinos de inocencia maliciosa, como los muchachos que se mantienen en las calles de nuestras ciudades plantando cara a un arreo de ignaros en ejercicio del poder.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

domingo, marzo 09, 2014

ADHERIDO A TI VENEZUELA

            Llevo tres días escarbando en mí para escribir este post dominical. Como han de suponer, no puedo dejar de lado lo que llevamos viviendo desde hace más un mes, cuando nuestros muchachos se lanzaron a las calles, peleando con gallardía rayana en lo suicida, para sacudir al país de la modorra roja en que lucíamos sumergidos. Todo empezó en San Cristóbal, estado Táchira, al occidente del país, donde los estudiantes universitarios exigieron seguridad en sus recintos de estudios luego del intento de violación sufrido por una de sus compañeras.  La respuesta bravucona y envalentonada de todas las instituciones oficiales, desatando una represión indiscriminada, produjo una reacción que, pese a la mordaza informativa que vive Venezuela, se ha ido extendiendo lenta y firmemente a toda la nación.
¿Qué viene? Nadie lo sabe, este momento revela una profunda crisis en el ámbito del liderazgo político nacional, tanto del lado oficial como de la autodenominada oposición. Del lado gobernante vemos una descolocación que se expresa en respuestas desatinadas y estentóreas, que más bien parecen intentos de ocultar su incapacidad de manejar una situación que a todas luces se les ha ido de las manos. En la acera del frente vemos a una “dirigencia” aun más descolocada y vacilante que sus adversarios, lo cual expresa claramente que ellos tampoco se imaginaban que algo como lo que estamos viviendo siquiera lo imaginaran en un horizonte cercano. Para decirlo en palabras tal vez poco elegantes pero si precisas: esto agarró a casi todo el mundo con los pantalones abajo.  Escribo a casi todo el mundo, porque la masa estudiantil y juvenil se ha ido incorporando a la protesta de manera dinámica y con gran maleabilidad, lo cual les ha permitido irse moldeando, a la vez que moldean, al entorno y expresiones de protesta. 
Los voceros oficiales claman por el diálogo mientras incrementan los niveles represivos y la cifra de muertes a consecuencia de ello crece. Los portavoces opositores se desgañitan llamando al diálogo y descalificando las válidas manifestaciones de quienes protestan, y se suman al coro seráfico gubernamental, quedando al desnudo y divorciados del sentimiento de la calle. Lo que vemos es, repito, una profunda crisis en el liderazgo político nacional donde la dirigencia tradicional, de una y otra acera, parecen, más que cualquier otra cosa, una manada rabiosa que trata de defender sus privilegios de casta que ven en riesgo de muerte súbita. Muchos auguran un despeñadero para el país, muchos otros estamos convencidos de que nos encontramos en medio de un parto donde se están redefiniendo roles y derritiendo máscaras de muchos maromeros y oportunistas.     
            Ante todo esto, ratifico mi fe en Venezuela, por ello las fotos de hoy, así como el poema de Antonio Arráiz que transcribo a continuación, y el cual suscribo letra a letra:
Quiero estarme en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela
pese aún a ti misma.
Quiero quedarme aquí, firme y siempre,
sin un paso adelante, sin un paso atrás.
He de amarte tan fuerte que no pueda ya más,
y el amor que tenga, Venezuela, me disuelva en ti.
Quiero ser de ti misma, de tu propia sustancia,
como roca;
o quizá echar hondas, infinitas raíces,
enterrarme los pies como árbol
y plantarme en ti, del modo que no me conmuevan.

Bien podrás darme cieno a beber,
y, cuando yo te humedezca de sudor, contestarme
con tus áridos cardos como sola comida.
O quizás se te ocurra flagelarme la cara
con tus brisas, con tus lluvias más frías.
O tal vez concentrar en mis corvas espaldas
tu sol lacerante.
Aunque seas mala madre,
estaré adherido a ti, Venezuela,
adherido de amor;
y subirme sentiré, de ti, buena o mala,
tu vida propia, como savia.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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