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jueves, agosto 25, 2016

PERENNE

  
Señor
tú que nunca me abandonas
mantén encendida la lámpara
y apagada la tristeza
hasta que las quimeras chispeen
los cielos se acerquen
la tierra entera germine
el viento asperje aromas
las olas no cesen de arrullarnos
los gemidos sean siempre alegres
la candela seque los infortunios
y tu brillo sea faro perpetuo.

© Alfredo Cedeño


domingo, noviembre 02, 2014

SAN PEDRO DEL RÍO

            Cierro con esta entrega mi serie sobre el estado Táchira, dejé para este final momentáneo, puesto que seguiré recorriendo estos espacios apenas pueda hacerlo, este pueblo que paradójicamente es uno de los más recientes de este estado pero uno de los que más mantiene ese aire que hasta hace relativamente poco tiempo tenían todas las poblaciones tachirenses.
 
Apenas en 1957 Marco Aurelio Vila en su Geografía del Táchira afirmaba que San Pedro del Río tenía como actividades económicas primordiales la producción de caña de azúcar y bananos, así como de miel y papelón. Aseguraba Vila en su obra que fue fundado en 1852 “y se halla a orillas del río Lobaterita a 765m. sobre el nivel del mar.”
 
            Un hijo de este pueblo, el urólogo Pedro Granados Ruiz, ha dicho de su lar nativo: “Es el pueblo que se negó a morir”. Presume uno que la lapidaria frase de Granados surgió en los años 70 cuando San Pedro del Río estaba literalmente desaparecido, ya que la mayoría de sus habitantes habían migrado a las zonas petroleras. Sin embargo en 1977 comenzó la remodelación de la población tratando de que la misma conservara ciertos aires coloniales. Lo cierto fue que el 30 de noviembre de 1.978 se reinauguró el pueblo con las características que ahora podemos ver cuando entramos a sus calles empedradas.
 
Tulio Febres Cordero aseguró que estos parajes ya aparecen en la historia a partir del siglo XVII, cuando en 1634 a Rodrigo Sánchez de Prada, Regidor Perpetuo de San Cristóbal, hijo y nieto de conquistadores de dicha ciudad, y quien era representado en Mérida por Fernando de Arce, le otorgan en un repartimiento de tierras, “cuatro estancias de ganado mayor en El Valle de la Chirirí que iban desde las angosturas de Lobatera a las angosturas de la sabana de San Juan –hoy conocido como San Juan de Colón– de una y otra banda del río Lobaterita”.
 
Lo cierto es que antes de 1830 se tiene conocimiento de un caserío Río Arriba en la zona, así como se conocen menciones a “Río Abajo”, para luego empezar a ser conocido el sitio como aldea “Río de las Casas”. Se sabe que en 1840 José María Vivas, Gregorio Casanova, Ramón Herrera, Policarpo Morales y Ricardo Casanova se instalan y comienzan a sentar las bases de la actual población. El primero de ellos junto a María Mercedes Morales, procedentes de Lobatera, tuvo cuatro hijas, una de ellas, Franciscana Vivas Morales nacida en 1848, se convertiría en la protectora del caserío.
 
El 26 de febrero de 1849 se produjo un sismo devastador que destruyó a Lobatera, por lo que una parte de sus habitantes de trasladan hasta “La Sabana”, donde fundaron Michelena, de lo cual hablé en semanas pasadas, pero, hay quienes afirman  que hubo otro grupo que se trasladó hasta la “Aldea Río de las Casas”
 
El 23 de mayo de 1905, haciendo honor a la inveterada manía nacional de halagar y lisonjear al mandante de turno, se convirtió a estos espacios en Municipio Castro en honor al general Cipriano Castro.  Resulta que el 11 de agosto de 1886, el retaco Castro había entablado una batalla con las tropas que comandaba Espíritu Santos Morales. El choque tuvo lugar en las márgenes de la Quebrada la Chirirí en el sitio llamado Callejón Blanco; el capachero Castro gana la pelea y Morales tiene que salir con el rabo entre las piernas y se refugia en casa de Eusebia Vivas, otra de las hijas de José María y María Mercedes, los oriundos de Lobatera de los cuales hablé líneas atrás. Más tarde Espíritu Santo huirá hacia Colombia por el llamado camino de Ricaurte.
 
Luego de caído en desgracia, y por supuesto del poder, Castro, le ponen el nombre que en la actualidad lleva nuestro reseñado pueblito: San Pedro por el primer apóstol y Del Río por el Lobaterita. Así comenzó a fraguarse lo que hoy se ha convertido en punto de referencia dentro y fuera del estado Táchira. En todo el estado y zonas colindantes tiene fama la “quema de pólvora” que llevan a cabo sus pobladores cada 28 de diciembre, así como la del llamado Toro Candela, tradición que también en la Grita se conserva, así como en otros poblados andinos.
 
Lejos ya el tiempo de aquel trabajo de campo de Vila en que reseñaba caña, cambur, miel y papelón como sus productos emblemáticos. Ahora son las ventas de artesanías y restaurantes de todo tipo en todas sus calles. La comida y atención en cualquiera de los tantos locales es muy buena. Todos los espacios tienen un cierto aire bucólico, rayano en la melancolía, que les otorga un ambiente muy característico y agradable.  Caso contrario el de las llamadas ventas de artesanías, donde son muy pocas las que realmente se producen allí.
 
Al igual que los negocios de comidas, los de ventas de recuerdos de todo tipo se encuentran por todas partes y de diferentes dimensiones, desde kioscos mínimos hasta amplios locales donde lo que sobra son cachivaches de distintos tamaños y precios para comprar. Al azar me paré en la calle principal del pueblo, en El Chorote, negocio que atienden Rosa Inés y José Adel, a quien pocos conocen por su nombre pues todo San Pedro lo llama Pata e´Plancha.  Ellos venden artesanías de toda clase que, al igual que todos los otros locales,  compran en Quibor, Barquisimeto y Capacho. “Es poco lo que realmente se hace aquí, antes traíamos muchísimas cosas de Colombia, pero ahora con esto de la subida de los precios, mire eso no hay quien lo pueda comprar, todo está de más de caro…”. 
 
José Adel y Rosa Inés se han hecho nombre con la venta de licores artesanales, ella narra con su típico acento cantarino de las montañas que los más solicitados son el Pata é res y la leche é burra, “pero mire también se llevan el de mora, el de limón, el de toronja, no hay del que no saquemos que no se lleven.”
 
            Como ellos hay infinidad de otros que se dedican a mantener vivo el espíritu de una comunidad con plena consciencia de que la unidad de criterios es lo que les da vigor, y hace sentir ante el visitante una actuación común. Las calles están pintadas en cada sector de un mismo color, decisión que toman los propios vecinos y que es acatada disciplinadamente por todos. La limpieza de sus calles es otro anzuelo que engancha la mirada de quien lo recorre. Detalles y más detalles que sólo se me ocurre, para cerrar esta nota, recurrir a Pedro Pablo Paredes, quien en Pueblos del Táchira escribió: “San Pedro del Río, en cuanto que pueblo, es una maravilla. Las palabras nos resultan insuficientes para decirlo.  (…)  Por el valle en que aparece engastado, San Pedro del Río, es una joya de la naturaleza”.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

domingo, octubre 26, 2014

SAN BARTOLOMÉ DE EL COBRE

Táchira es un camino que nunca termina, siempre tiene un destino nuevo y una hondonada donde su gente retoña con savia cada vez más fuerte y hermosa. Recorrer estas tierras es siempre una ventura, devenida ahora en aventura gracias al abandono inmerecido de su red vial, y las peripecias que deben realizarse para poder conseguir combustible y  llegar a sus mil rincones, uno más hermoso que el otro.
 
Cuando desde el norte, o llamada zona baja, de este estado se sale desde La Fría hacia La Grita, una vez que se supera Seboruco, a mano derecha se ve un letrero que con timidez anuncia: El Cobre. Son 13,5 kilómetros empinados y de mil giros, que se recorren paso a poco –como gusta de decir al ilustre taribero José Humberto Márquez– en media hora.
 
El tránsito de esta población por la historiografía occidental se asegura  comenzó el 24 de agosto de 1558 cuando estos territorios fueron descubiertos por el capitán Juan Rodríguez Suárez, en este sitio se asentaba la comunidad indígena de nombre El Acabuco. En tiempos coloniales se le conoció como San Bartolomé de El Cobre. Recurro de nuevo al autor colombiano Isidoro Laverde Amaya, quien en su libro Un viaje a Venezuela, publicado en Bogotá en 1889 informa: “Le viene á este pueblo su nombre de las abundantes minas de cobre que en él existen, pero oficialmente se le ha bautizado ahora con el de Vargas, en homenaje al sabio médico venezolano que llevó ese apellido, y con ocasión del centenario que en su honor se celebró.”
 
Les transcribo otros párrafos de Laverde y su visión de esta población a finales del siglos XIX: “A  las doce del día siguiente nos encontrábamos en El Cobre, pueblo cuya situacion, en el declive oriental del páramo Zumbador, rodeado de cerros y con número reducidísimo de casas, nos recordó el de Tona en el antiguo Estado de Santander (Colombia). Sólo dos horas y media durámos en el lugar, mientras nos hicieron de almorzar en la posada y las mulas arrancaban con empeño la yerba que cubría el suelo de la plaza. Fijándonos en los pocos habitantes que circulaban por la calle, nos llamó la atención la elevada estatura de los hombres, observación que también trae el distinguido Sr, D. José Gregorio Villafañe en las notas geográficas y estadísticas sobre el Táchira, que publicó como ofrenda literaria en el Centenario de Bolívar. Ignórase la fecha de su fundación, y sorprende que á pesar de que en sus campos pudieran cultivarse, con ventaja, las papas, el trigo y la cebada, sea tan limitado el número de sus habitantes y tan escasa la producción de estos artículos. La temperatura es fría pero agradable. Su altura de 1,790 metros, según W. Sievers. La tienda en que mayor venta de guarapo hacen los domingos lleva el nombre de Mano Justo, lo que anoté en la cartera por la circunstancia especial de que en las demás poblaciones las tiendas no tienen nombres, como si fuera patrimonio de la tierra fría la tendencía á bautizar las ventas en que expenden licor con nombres sonoros u originales. Para llegar al Cobre se pasa el páramo Zumbador que tiene 2,758 metros de altura sobre el nivel del mar, parecido al de Choachí y hay que vadear una quebrada lo menos cuarenta veces.”
 
Otro autor colombiano que he citado en oportunidad anterior ha sido el general Pedro Sicard Briceño, quien publicó en 1922 Geografía Militar de Colombia, en dicha obra el autor asentó: “San Bartolomé del Cobre, hoy Vargas. Esta región está poblada por una raza esbelta, fuerte y hermosa que demuestra ser descendiente de españoles.(…) Vargas. Está situada en la vertiente Oriental del páramo Zumbador, a más de 2000 metros sobre el nivel del mar, con temperatura fría, dos hermosos templos, dos plazas y produce abundantes frutos de la tierra fría.”
 
            Sus calles empinadas fueron descritas acertadamente por Pedro Pablo Paredes en  Pueblos del Táchira, allí se lee: “El declivio de El Cobre no puede ser más violento. Nos fuerza, si bajamos, a cuidarnos de un eventual resbalón. Nos obliga, si subimos, a llegar a la meta con irreprimible acezo. Pero, con todo y eso, recorremos el pueblo de punta a punta.”
 
            No hay otra manera de recorrer a El Cobre sino es así como lo dice Paredes, sus calles y sus habitantes van invitando a recorrerlo. Los gestos cordiales son inacabables, desde dejar el vehículo guardado en un estacionamiento cerrado “y no se preocupe, luego viene y me toca que le abro, y así no se tiene que preocupar de donde se va a tener que estacionar”, hasta el joven farmacéutico del pueblo que atiende con gentileza y paciencia tanto a sus paisanos como a los visitantes.
 
            Su pequeñez geográfica acuna joyas arquitectónicas como la Ermita del Carmen que se construyó inicialmente en 1855, pero que al sufrir graves daños fue reconstruida en 1885 por instrucciones del obispo Román Lovera. Allí está frente a la plaza Vargas… y es considerada uno de los monumentos históricos más valiosos del siglo XIX en el estado Táchira.
 
            Su plaza Bolívar, con un héroe cuyas piernas escasamente proporcionadas lo hacen ver rechoncho, frente al templo principal, es el principal espacio comunitario donde confluyen todos a cualquier hora. Por sus laterales una paisana pasa valija en mano, quien sabe si va a buscar sueños o a llevarlos por las orillas escarpadas de los páramos que esta gente domesticó con tu tesón años ha. El Cobre es un espejo en miniatura de lo que es Venezuela entera: un espacio donde esfuerzo y dedicación –pese a lo que llevan años pregonando muchos maldicientes– se juntan para empinarse sobre los problemas y sembrar de soluciones los  caminos.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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