viernes, enero 07, 2011

MUÑEQUITA LINDA

Cuento publicado originalmente en:
CUENTOS DE ROCKOLA, Colección de Prosa del PEN Club de Venezuela, Caracas, 1993




Muchinga arriba se iban las voces, la música y los gritos de las putas amanecidas. Teotiste llevaba su petaca sobre el hombro izquierdo, con la mana derecha se alzaba la falda para que no se le llenara de agua sucia. Los hombres le decían cosas al paso, los perros alborotados ladraban y le tiraban a morder las batatas. Pensaba en su torero, se acordaba de tanto rezar después que El Chingo apareci6 por la calle principal del pueblo dando lecos que a el 10 había cogido el toro. Ella creía que mas nunca iba a salir de allá, que s6lo le esperaba quedarse vistiendo santos para toda su vida.

Cuando Flor, que iba de paso y estaba parada en el puerto del río esperando un bote para seguir camino hacia La Guaira, le dijo que por qué no se iba con ella, le pareció que e1 cielo se le abría;.que podría zafarse de su madrastra que la seguía vendiendo a los hombres que iban de paso hacia Colombia. ¿Qué iba a hacer en La Guaira?, no sabía, pero segura que iba a ser mucho mejor que lo que estaba viviendo ahí. Esper6 a que la gente, después del almuerzo se acostara a reposar la comida. En la petaca de bejucos que tenia debajo de la cama, metió sus tres vestidos, dos pares de zapatos y un panta1ón de guayacán. Y se fue calladi­ta, sin hacer ruido, caminando con cuidado, para el río. Flor la montó en un lanchón entre sacos de vitualla, cerros de pescado salado, pescadores borrachos, animales, jaulas de gallinas, cestas de frutas, mujeres escandalosas. Después de una semana llegaron a Trinidad, se pasaron dos días allá, siguieron para Carúpano, Cumaná, Guanta, Puerto La Cruz, Carenero, Chirimena, Macuto, y a los diez días fue que llegaron a La Guaira.

¿Qué voy a hacer yo aquí, Dios mío? Su amiga le enseñó la parte de atrás de la aduana del puerto, y le dijo que por allá era que ella tenía su rancho, que arriara con su maleta atrás de ella. Mujeres colgando pantaletas en las ventanas, hombres que les agarraban las nalgas, niños llorando, viejas vendiendo arepas fritas en las esquinas, gatos corriendo detrás de las palomas en los techos, un olor a sal y hierro oxidado que lo llenaba todo, que le llegaba hasta los riñones. Señor, ¿me dejarás que vuelva a ver a mi familia otra vez? Ella sabía que ahora estaba cerquita de Caracas, pero su compromiso con Flor era que si ella la sacaba del pueblo ese, ella la ayudaba por tres afños en un negocio que tenía por allá. ¿Cómo se iba a zafar de ese trato? Y para esto era que la habían traído. ¿No hubiera sido mejor quedarse allá con Cristina? ¿Qué la iban a poner a hacer? ¿Hasta cuándo, Dios mío?

Cuando llegaron a la casa se quedó viendo las cortinas rojas, el bombillo del mismo color que había en el medio de la sala, los muebles raídos, la mesita coja de una pata, y la cama que estaba atrás de la cortina floreada. En un banco había una ponchera y un frasco de permanganato de potasio por la mitad. Eso es para estar siempre sana, le dijo Flor y se fue para la casa de al lado a conversar con la Maracucha. Teotiste se quedó mirándolo todo sin saber qué hacer.

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