jueves, marzo 28, 2013
HISTORIA DE UN HUEVITO
jueves, marzo 08, 2012
EL TERRONERO
Papá me dice que no coma tierra, que de la tierra comemos y eso es otra cosa. Pero yo no me la como, lo que hago es ponérmela en la boca para que ella se vuelva granitos muy chiquiticos. Y se me van regando por todas partes como un caramelo que sabe a maíz y cilantro y papa y lechuga, ¿cómo no me va a gustar? A él no le gusta, por eso me dice que me va a amarrar las manos si me consigue comiéndomela. Me tendrá que amarrar la boca porque el sabor de la tierra es el de la gloria…
© Alfredo Cedeño
sábado, febrero 18, 2012
EL GALÁN

Yo le dije a la morena que se viera conmigo en la plaza, ella me dijo que su marido es muy celoso, yo le dije que hasta en eso yo era mejor que él porque yo no era celoso y que si lo dejaba por mí, yo no la iba a estar persiguiendo ni averiguando lo que hacía o donde iba o de donde venía. Tanto le di, que me dijo que si va a venir, por eso es que aquí estoy esperando que llegue a ver hasta donde me deja llegar. Que si por mi fuera…
Nunca está completo el joropo hasta que llegan los averiguadores. No se de donde se antojó Pedro de pasar por aquí, menos mal que ya se fue, porque no encontraba forma ni manera de hacerlo seguir, ¡hay que ver todo lo que habló y dijo!, pero lo que dijo ya de ida me dejó con la cabeza grande, ese cuento que se puso a echar ese cuento sobre el marido de ella. La vaina es que a él no hay que creerle mucho porque yo no he visto un ser más chismoso que él, no se cómo hace de saberle la vida y milagro a todo el mundo; a mi me parece que de algún modo supo y más bien que lo hizo fue por puro mortificarme, de todos modos ya me saqué la cruz de palma bendita de la cartera y me la puse aquí en el bolsillo, que me cubra el pecho, porque uno nunca sabe.
Ahora, tengo que reconocer que, pensándolo bien, como que ya no la estoy viendo tan hembrota, y no es que tenga miedo, en mi familia no hay cagones, que va, pero es que a uno el gusto le puede cambiar, ¿no se divorcia la gente que se casa por la iglesia, por más que el cura les dice que eso es por siempre?, ni que hubiera ido con ella donde monseñor Godoy. Es más, no la espero nada y me voy de una vez no sea que me deje la buseta de las cinco y media y me toque dormir en un zaguán; y hombre que se respete no duerme en el suelo ni por las nalgas de Jenifer López, mucho menos por las de esa que hasta malas juntas parece que tiene.
©Alfredo Cedeño
sábado, febrero 04, 2012
EL COMENSAL
Todos los días, faltando diez minutos para que sea mediodía, él entra con gesto cansado, pero de paso lento y atildado. Da los buenos días con voz firme y gruesa, se nota la impostación al hacerlo. Su ropa raída se ve limpia. Sus movimientos llevan siempre el mismo compás, es un guión que repite exactamente igual cada día, salvo los domingos que es libre para todos. Camina hasta la esquina izquierda donde Pepe le aguarda ya con su pedido en la mano.
–Buen día caballero –dice el recién llegado– ¿sería usted tan amable de regalarme un mondadientes?
–Por supuesto que si señor –responde el hombre de chaleco negro, papada pronunciada, bigotes descuidados y con innegable acento asturiano, mientras extiende su mano derecha– acá tiene su pedido.
Pepe aún recuerda la primera vez que le vio entrar. Joder, que ya son doce años en el mismo plan. Le ví entrar, como si fuera ahora mismo, con ese paso que ni el Gary Cooper en sus buenos tiempos cuando escondía en el armario el mariconazo, y enrumbarse hacia mí. Venía con una ropa que estaba igual de destejida como la que carga hoy, pero he de reconocer que el majo gastaba ese mismo plante que porta hoy, y me soltó las mismas palabras. Yo me quedé papando moscas y sin atinar a decirle nada. El muy cabrón me vio como que me hacía un favor y me repitió:
–Caballero, es que acaso usted no puede tener la delicadeza de obsequiarme lo que le solicité?
¡Con aquel tono que ya hubiera querido tener Juan Legido! Ahí fue que reaccioné:
–¿Mondadientes?
–Si, caballero, ¿acaso no sabe usted lo que es?
–¡Hala cabrón! ¿Cómo crees que no voy a saber lo que es un puñetero palillo?
–Disculpe, estimado, pero esas son palabras que mucho me cuido de repetir, no me va a negar usted que eso de palillo suena de manera poco elegante y escasa dignidad; en cambio oiga bien, escúcheme pronunciar mondadientes, ¿no se da cuenta que tiene una alcurnia que se le siente de sólo pronunciarla?
–Mira cantalamañana aquí tienes tu mondadientes o tu palillo o lo que coñas se te antoje, pero sigue andando que ya empieza a llegar la gente y no me vas a tener aquí contemplándote el hocico. ¡Ni que fueras Alejandro Casona!
–Que en realidad se llamaba Alejandro Rodríguez Álvarez –me contestó el muy bellaco y ahí si que me quedé con la quijada de corbata. Él estiró su mano, lo agarró, hizo una leve inclinación de cabeza, me dio los buenos días, me deseó buen apetito, se lo puso entre los labios, dio media vuelta y salió de lo más orondo. Y así ha hecho siempre desde aquel día. De no ser que Ángulo me mandaba por peteneras a Santander, desde cuando me le hubiera ido detrás, para ver qué cojones hace en lo que sale de aquí, pero es que llega y se va justo en lo que más gente nos llega.
Él sale del restaurante y se detiene brevemente a un lado de la puerta y mueve de una a otra comisura el trocito de madera. Espera hasta ver que ha habido más de un transeúnte que lo ha visto. Luego echa a andar calle abajo y lo bota en una cesta herrumbrosa del aseo municipal. El vendedor de periódicos lo oye murmurar:
–¡Ay Timoteo Rico, hoy tampoco conseguiste nada que echarle a la panza! ¿Y ahora?
© Alfredo Cedeño
sábado, enero 28, 2012
ABUE

Yo le dije a él que se dejara de estar inventando y me trajera rápido los dos kilos de harina, y ahora ni la compra, ni los reales, ni el muchacho, ni un carajo se ve por todo esto. Menos mal que se me ocurrió agarrar esta botella de agua fría, porque encima se llevó las llaves y aquí estoy como una misma pendeja esperando a que se le de la gana de aparecer para poder entrar a mi propia casa... ¡No digo yo!
Pero bueno, Carmen, ¿qué es eso?, ¿Que qué me cuesta? ¡Nada!, pero es que la abuela está allá arriba esperándome, y a mi se me olvidaron las llaves en el bolsillo, ¿cómo me voy a ir contigo al fondo de la quebrada?, deja la inventazón de vainas que después a mi es que le van a decir la letanía completa. ¿Miedo? ¡Claro que si!, mi abuelo siempre me lo decía: “Mire muchacho, cuídese la bragueta de las mujeres que de los hombres la paloma se defiende sola, porque cuando a uno le ponen el ojo esas pantaletas, mínimo te las pone de bozal y ni cuenta te vas a dar…” Y eso de que me vean por ahí con las tuyas en la jeta no es muy bonito que se diga.
Y nada que ese bendito carajo aparece. Déjalo que llegue que me va a oír la lengua, pero también tengo que ponerme a pensar que a ese muchacho tampoco lo puedo mantener enfustanao, porque sabrá Dios si hasta termina jugando en la otra banda. Yo no es que me voy a poner a criticar lo que cada quien haga de su cuerpo; pero una no es gringa, a esas no les importa un coño nada, pero yo, hija, nieta, bisnieta y tataranieta de gente como la de uno, no puedo entender eso. A mí que me llamen vieja carcamal, y que Dios me perdone por pensar en eso, pero de imaginarme que venga otro y me le haga eso al muchacho, ¡Ave María Purísima!
Ese no es el punto, chica, si conozco o no conozco mujer, ese no es problema tuyo. Lo único que sé es que tengo que irme de una buena vez porque la abuela está esperando y tú ni la harina me has dejado comprar con la cantaleta que cargas de que nos metamos allá en el fondo del zanjón del tuerto Pepe. Además, que tú nunca vas a poder hacer las arepas que hace mi abuela.
© Alfredo Cedeño
sábado, enero 14, 2012
EL PERRO MULA

Usted no me lo está preguntando, pero eso fue de aquí, del centro de la barriga que yo sentí que me salía ese suspiro del puro susto, perdone la palabra, pero no era miedo, era cagao que estaba cuando yo sentí por aquí atrás de esta tapia los pasos de esa mula. ¿Qué cómo supe que era una mula? ¡Y era marrona! porque cada vez que afincaba los cascos le sonaban los sacos de plata que llevaba en la enjalma. Uno en estos campos reconoce hasta los peos que se echan los sapos, ¿cómo cree usted que no iba a saber reconocer esas pisadas?
La mirada se aguza y escarba el cielo buscando unos argumentos que sus ojos bizcos no alcanzan a enfocar con nitidez, pero cada vez que Pepe cuenta, todos callamos.
Además, que eso era noche negrita como culo de caldero, no se veía uno ni las manos, y aquellos cascos repicando por el camino, y yo más me cagaba, pero más ganas me atacaban de ir a ver, porque uno nunca sabe si es que Dios se antojó de mandarle la buena suerte a uno en una de esas, porque eso si tiene él, que aprieta pero no desnuca y hay que mantenerse con las pepas de ojo bien pendientes y poder ver; la vaina es que ¿cómo iba a ver con semejante oscurana?, y, encima de todo aquello me acuerdo que las pilas de la linterna se habían acabao, y los fósforos no sabía donde los había puesto.
Cuando estoy en aquella enorme angustia veo que se prende una lucecita aquí en los bajos de la puerta, verdecita como un retoño, ¡y se me ilumina la mente! ¡Un cocuyo!, resulta que si tú agarras uno y lo soplas por el frente ese bichito se vuelve como loco y alguna vaina hace, será que pide socorro, porque al poquito empiezan a llegar más. ¿Qué había pensado yo? ¡Fácil! Hacer una linterna con ellos, y así fue. Eso fue que llené un botellón y cuando no pude meter más los eché aquí en este saco, fíjese que eché tantos que por eso es que está así roto, lo esfondaron de tantos que había, pero antes que eso aconteciera, salí con mi pimpina-linterna, y en lo que me asomé a esa esquina de este lado, ¡qué mula un carajo! Era el jilacho perro ese que tenía cogido el hocico en una bacinilla vieja que la abuela Rosario había dejado por allá arriba y él se había puesto a olisquear.
De la tristeza tan grande que me dio le di una tunda e palos y se lo dije: Esto es por estarme haciendo creer que por fin iba a ser una gente con bastante cobres que gastar. ¡Eso no se hace!
© Alfredo Cedeño
sábado, julio 30, 2011
sábado, mayo 21, 2011
sábado, febrero 26, 2011
sábado, enero 15, 2011
domingo, enero 09, 2011
viernes, enero 07, 2011
MUÑEQUITA LINDA

Muchinga arriba se iban las voces, la música y los gritos de las putas amanecidas. Teotiste llevaba su petaca sobre el hombro izquierdo, con la mana derecha se alzaba la falda para que no se le llenara de agua sucia. Los hombres le decían cosas al paso, los perros alborotados ladraban y le tiraban a morder las batatas. Pensaba en su torero, se acordaba de tanto rezar después que El Chingo apareci6 por la calle principal del pueblo dando lecos que a el 10 había cogido el toro. Ella creía que mas nunca iba a salir de allá, que s6lo le esperaba quedarse vistiendo santos para toda su vida.
Cuando Flor, que iba de paso y estaba parada en el puerto del río esperando un bote para seguir camino hacia
¿Qué voy a hacer yo aquí, Dios mío? Su amiga le enseñó la parte de atrás de la aduana del puerto, y le dijo que por allá era que ella tenía su rancho, que arriara con su maleta atrás de ella. Mujeres colgando pantaletas en las ventanas, hombres que les agarraban las nalgas, niños llorando, viejas vendiendo arepas fritas en las esquinas, gatos corriendo detrás de las palomas en los techos, un olor a sal y hierro oxidado que lo llenaba todo, que le llegaba hasta los riñones. Señor, ¿me dejarás que vuelva a ver a mi familia otra vez? Ella sabía que ahora estaba cerquita de Caracas, pero su compromiso con Flor era que si ella la sacaba del pueblo ese, ella la ayudaba por tres afños en un negocio que tenía por allá. ¿Cómo se iba a zafar de ese trato? Y para esto era que la habían traído. ¿No hubiera sido mejor quedarse allá con Cristina? ¿Qué la iban a poner a hacer? ¿Hasta cuándo, Dios mío?
Cuando llegaron a la casa se quedó viendo las cortinas rojas, el bombillo del mismo color que había en el medio de la sala, los muebles raídos, la mesita coja de una pata, y la cama que estaba atrás de la cortina floreada. En un banco había una ponchera y un frasco de permanganato de potasio por la mitad. Eso es para estar siempre sana, le dijo Flor y se fue para la casa de al lado a conversar con


