sábado, octubre 31, 2015

LA INCÓGNITA MILITAR


Era martes, ocho y cuarto de la mañana, lunes 6 de octubre de 1969, no tenía entonces un mes de haber cumplido los trece años de edad.  Recuerdo bien la fecha porque ese día en Jesús Obrero, calle real de Los Flores de Catia, donde los jesuitas se empeñaban en desasnarme, entró al aula Edgard Abraham, a quien, aquella tropa deslenguada que siempre fuimos, habíamos bautizado “Tabaquito”, y con su voz pausada y medio amalandrada, nos dijo: Hoy vamos a ver…, mientras que a la par escribía con gruesos trazos sobre la pizarra: ECUACIONES.
Aquella palabreja que me había estado persiguiendo desde hacía mucho tiempo en mis pesadillas se materializó. Recordé a mis primos Jackson que siempre hablaban con pánico de ellas, recordé a infinidad de otros zagaletones mayores que yo a quienes siempre escuché mentarlas casi temblando, en fin, fue una verdadera manada de miedos los que se me vinieron encima ante el lobo que había llegado en el pasar atildado del profe de matemáticas, al que siempre había visto con enconado recelo cada vez que se me cruzaba en los patios del colegio. Pero, como suele ocurrir, era más el miedo que el peligro real y ahí comencé a aprender, con extremada torpeza e incompetencia debo reconocer, el fascinante proceso de despejar las incógnitas.
Más adelante supe que las puede haber de segundo, tercer y ¡cuarto grado! Igual me enteré de que las hay de grado n, exponenciales y hasta unas donde la bendita incógnita está afectada por una función trigonométrica, las cuáles pueden generar infinitas soluciones. Si alguien sabe de la querida y admirada Miriam Mireles, gran matemática, pero mucho mejor poetisa, que le avise para que me ayude a terminar de explicar este saco de anzuelos. Pero tratemos de seguir. Hago esta evocación mientras me planteo ¿cuándo será que nosotros nos dedicaremos a despejar la eternamente irresoluta ecuación militar venezolana? ¿Acaso es una de esas enlazadas a la trigonometría?
Nuestras Fuerzas Armadas no son una casta, si hacemos memoria encontramos que sus orígenes son absolutamente empíricos, lo cual les hace aún más grande. Un grupo de niños sifrinos, como llamaban en su momento a los mantuanos, y un grupo de pulperos, campesinos y desposeídos de toda laya que se enfrentaron a un ejército entrenado y adiestrado en el arte de la guerra. Fueron unas fuerzas armadas nacidas bajo el patronazgo del caudillismo expresado en diferentes formas. Terratenientes, propietarios civiles que se declaraban generales o comandantes, encabezando su peonada a las cuales entregaba machetes o chopos para actuar de manera pendenciera y personalista, e imponiendo su opinión política para conducir los asuntos del Estado hacia lo que eran sus propios intereses.  Larga es la lista de nombres y situaciones que podría citar para ilustrarlo, más de medio siglo de “revoluciones” de toda laya vivimos desde 1830 hasta comienzos del siglo XX.
                Siempre la obsecuencia y las maromas de cortesanos fueron patentes. José Antonio Páez, hijo de una humilde familia canaria, dedicado al negocio de ganado en su Acarigua natal, terminó con el más alto rango castrense, a punta de ensartar españoles y descabezar a todos cuantos defendieron a la bandera española, luego al surgir la separación de La Gran Colombia, es célebre la frase que en 1830 usaron las elites caraqueñas y valencianas para consumar la división: ¡General usted es la Patria! Y por ahí podríamos seguir enhebrando la a veces poco decorosa retahíla de chafarotes devenidos en caudillos que provocaban montoneras cada vez que les atacaba un prurito de cualquiera fuera su origen. No existía una fuerza armada nacional, repito, había una larga, y aparentemente inacabable, sucesión de reyezuelos locales que ejercían su mando a como les diera su peregrina voluntad. El muy ilustre Antonio Guzmán Blanco, abogado egresado de la querida Universidad Central de Venezuela, pariente lejano de Bolívar por la rama materna, opta por incorporarse a una de las tantas luchas armadas de aquellos años y termina en general. Es así como luego pretende personificar la fusión cívico militar, que en realidad no era más que una entente entre los caudillos y la élite civil. Otro ejemplo de ese caudillazgo cobrador de cuotas castrenses fue Joaquín Crespo, el "Taita Crespo", hijo de campesinos que se hizo hacendado, y se mete en el zafarrancho de las tantas revueltas y, ¡por supuesto!, llega a general. ¡Faltaba más!
                Y así entramos al siglo XX de las manos de Castro y Gómez. El primero un pichón de cura en Pamplona, de donde se retira para ir a trabajar de pulpero en su natal Capacho, que termina dejando todo para incursionar en la política. Recordemos que en su aventura arrastra a su compadre Juan Vicente Gómez, quien lo acompañará hasta conquistar el poder y erigirse en presidente de la república, para luego terminar por sacarlo del juego y ejerciendo de manera despiadada el control de Venezuela durante 27 años; y por supuesto con el rango de general a cuestas. Ahora bien, hay que escribir que fueron este par de angelitos andinos quienes hicieron que el país tuviera un verdadero ejército, ellos sembraron las bases para que tuviéramos unas fuerzas armadas profesionales, en el sentido más amplio de la palabra.
                Es bueno aclarar que la Junta Suprema de Caracas creó el 3 de septiembre de 1810 la primera academia militar de matemáticas en Venezuela; lo cual hace que algunos afirmen que es el Instituto más antiguo de formación de Oficiales en América. La realidad fue que ello no se llevó a cabo, hubo varios intentos de concretarlo pero no será hasta el 20 de julio de 1910 cuando Gómez fundó la actual academia. Ahora, si bien el tachirense se dedicó a hacer un cuerpo militar profesional, también es cierto que fue una guardia pretoriana de la cual dispuso a su real saber y entender. En algunos momentos designó algunos títeres en la silla presidencial, como ocurrió con José Gil Fortoul, Victorino Márquez Bustillos y Juan Bautista Pérez; sin embargo él siempre retuvo para sí el cargo de Comandante en Jefe del Ejército. Gómez siempre tuvo claro dónde estaba el poder real y lo ejerció. No fue gratuito que Carlos Jiménez Rebolledo, un civil, haya sido Ministro de Guerra y Marina durante 22 años, desde 1917 hasta 1929, lo cual lo hace el ministro que más ha durado al frente de una cartera ministerial en la historia republicana de Venezuela.
                Luego de Gómez la fila de militares, ejerciendo la primera magistratura venezolana, siguió su curso. Fue así como pasaron por el cargo Eleazar López Contreras, Medina Angarita, Delgado Chalbaud y Pérez Jiménez. Mención aparte merece, por haber sido el de más bajo graduación en lograrlo, el teniente coronel Hugo Chávez, bajo cuya batuta el país ingresó al tercer milenio; y por además haber implementado una militarización desbocada al aparato republicano. Basta con revisar la hemeroteca para encontrar un trabajo de Sofía Nederr, publicado en El Nacional el 26 de diciembre del 2013, donde cita las investigaciones de Guzmán Pérez, quien había contabilizado hasta ese momento que en los 15 años anteriores a esa fecha alrededor de 1.614 militares de distintos rangos, entre activos y retirados, habían desempeñado cargos en la administración pública.  Pérez explicaba que 1.246 designados por Chávez y 368 por Maduro, diseminados en gobernaciones, alcaldías, ministerios, viceministerios, Asamblea Nacional, consulados y embajadas. Una verdadera piñata la que el eterno galáctico y el bigote bailarín han apaleado a conciencia.
                Por supuesto que estos últimos años han generado en toda Venezuela una urticaria generalizada contra todo aquello que siquiera huela a marcial. Hay quienes hablan de la materialización del servilismo, otros menos elaborados en su verbo denuncian bozales de arepa, y podría seguir enumerando la, por lo general, poca halagüeña lista de epítetos con que suelen ser mencionados los militares venezolanos. La pregunta que no ceso de hacerme es: ¿Cuándo y cómo vamos a dejar las pataletas y la pendejera de niñas malcriadas para acercarnos al mundo militar? Es cierto que en el ala militar de nuestra sociedad hay una cantidad de pillos y vagabundos, pero estoy convencido de que esa es una minoría. Decir que todos lo son, es tan simple y necio como decir que en nuestros barrios más humildes sólo viven malandros. El querido cura Alejandro Moreno ha hecho un trabajo invalorable en nuestros barrios y bien puede enmendarme la plana si me equivoco. Yo he conocido en el mundo militar gente decente, seria, trabajadora. Conocí a un mayor de la guardia nacional cuyo carro era un Chevette, porque como decía él con suma dignidad: “Brother este es el carro que pude comprar con mi sueldo, no puedo tener otro”. Y como ese hombre decente y padre ejemplar hay un montón más. Sin embargo, a muchos como él sólo lo vituperamos y encaramos exigiéndole un accionar que muchas veces es a la ciudadanía a quien le corresponde ejercer.
                ¿Hasta cuándo jugamos a niños malcriados? ¿Hasta cuándo dejamos de llamar las cosas por su nombre?  El poder real, y que se alborote el gallinero de una buena vez, está en manos de los militares, es el mundo militar quien tiene el poder de fuego bajo su responsabilidad y no es gratuito que la dupla Chávez-Maduro los haya mimado de la manera que lo han hecho. ¿Qué ha pasado al respecto de este lado del tablero? A ese sector, al que hay que enamorar, al que hay que atraer para acá, porque pueblo no tumba gobierno y el 11 de abril fue una manifestación de eso. Sí, el pueblo estaba en la calle pero hasta que el alto Mando Militar no dijo: Usted renuncia; Chávez no sale. Es el mundo militar el que puede decir en un momento determinado: Se acabó la vaina, tú te vas. Nos guste o no nos guste, eso nos cuesta a veces digerirlo, pero la realidad es esa. Quien tiene el poder de fuego es quien tiene el mando, es quien tiene el verdadero poder, y nosotros no hemos hecho nada para acercar a esa gente. Ellos, que no son una casta, ni miembros de las clases más pudientes del país, como ocurre en Chile, por ejemplo, pasan por las mismas vicisitudes que todos los demás. Es un grupúsculo de enchufados el que se ha dedicado a enriquecerse obscenamente, hay una gran mayoría de esos hombres y mujeres que son decentes y lo menos que debe hacerse es “enamorarlos”.
Hace pocos días un encopetado señor opositor apareció exigiendo a los militares que se limitaran a  someterse a la letra de la Constitución porque esa era su obligación, y demás sarta de pamplinas conexas. Bien saben que vivo haciéndome preguntas, y en este caso la que me hice fue: ¿Dónde estaban los que ahora cacarean pidiendo a los militares rigurosa sujeción a lo constitucional cuando Blanca Ibáñez vestida de militar, pasó revista a las operaciones de salvamento en Maracay, durante las inundaciones del río Limón en 1987? Ese trato de nuestros hombres de armas como meras cachifas por parte de nuestro estamento político nos trajo a este pantano donde ahora estamos, y es muy cómodo decir que son los uniformados los responsables de esta agonía que ya va por 16 años. Fueron los votos de la ciudadanía y la incompetencia de nuestra cofradía política la que nos llevó a esto. En estos tiempos que tanto se habla de unidad y sumar adeptos, ¿hasta cuándo se lanzan patadas a los militares?

© Alfredo Cedeño


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya, tú también, al final de todo, tratando de enamorar a los militares. Lamento decirte que a los militares no los enamora sino el poder y el poder arbitrario, sin ningún límite de éticas, sentimientos o ideas. Alguna excepción hay pero esos son íncógnitas de otra ecuación. Desde las hordas babilónicas y persas, pasando por las falanges griegas y las legiones romanas hasta nuestros chupamedias actuales, los militares lo que han hecho en la historia del mundo ha sido convertirlo a éste en un océano de sangre, de dolor y de muerte siempre con la absolutamente farisaica y mentirosa cobertura blanqueada de ese horror con la lápida brillante y asquerosa de algún ideal, de alguna necesidad, de alguna protección. Creo que la gran incógnita de la gran ecuación está históricamente bien despejada. La incógnita de la ecuación, sólo de primer grado y por ende bien fácil de despejar, es la que nos toca ahora. Pueblo no vence a ejército ni con elecciones. Lo puede embridar un poco y por un tiempo con resistencia tenaz y heroica; es lo que nos enseña la historia trágica y siempre dominada por lo ellos, incluso cuando no lo parecía, de Venezuela. Sólo después del océano de sangre de dos guerras mundiales y muchas civiles, parece, y digo parece porque no estoy muy seguro, que el pueblo europeo ha logrado someter, para dentro de Europa, no para fuera, a sus militares. A nosotros nos falta mucho desgraciadamente. En esto sí es verdad que no somos suizos. A los militares, los intelectuales siempre los han halagado ya sea llamándolos libertadores (¿De qué? ¿De otros militares tan perversos como ellos?) o ensalzando ditirámbicamente sus hazañas como ya hizo Cervantes con Lepanto. Dado el espanto en el que los militares han convertido, como estado natural, a la humanidad desde el principio de los tiempos, algunas de sus actuaciones no hay más remedio que considerarlas como soluciones de algo mucho peor que sus colegas de enfrente intentaban contra todos los del la otra acera, pero eso sólo indica que a veces han sido un mal necesario, pero siempre absolutamente mal, para evitar lo peor de los que ellos mismos han construido y construyen. Fuerte abrazo.

Alejandro Moreno

Anónimo dijo...

No es un tema de fácil digestión, Querido Alfredo, pero es muy válido tu punto de vista. Cuándo los polvos, cuándo los lodos, cuándo el chiquero.

Ylleny Rodríguez

Anónimo dijo...

Alfredo, siempre tan preciso, certero y urticante. Sigue escribiendo, aprendemos contigo. Reflexionamos y crecemos. Un abrazo inmenso.
MM