miércoles, agosto 10, 2016

LETANÍA


Rastreé su señal con terca desazón y alguna desesperanza
hasta aparecérseme de estampa sinuosa y al desgaire:
en la leve huella fresca de una gaviota sobre el barro
con el rastro iridiscente de un caracol agonizante al sol
sobre el compás de las gotas de lluvia golpeando el lago
como las caléndulas mecidas por un viento fresco y seco
abajo de los pasos perdidos de los mendigos desdeñados
entre los incansables garfios de los abrojos del camino
desde la voz desbocada de los anónimos cantores populares
encima del lomo de un arcoíris derramándose matutino 
hasta en los bordes de las hojas de los plátanos de verano
en los entresijos de las veredas acordonadas por el estío
con quince fulgores de las rosas comenzando a marchitarse
sobre el milagro del beso que sepulta las cuitas de amor
como los abedules desnudos al borde de lejanas serranías
abajo de las carretas que todavía atraviesan los caminos
entre los dedos de los ancianos que desgranan el maíz
desde la espuma que saluda incansable sobre las olas
encima del quejido hermoso de los amantes al consumirse
hasta en la orilla de historias que narran los abuelos
en el fondo de las lagunas arropadas por mantas verdes
con la dulce agonía de la parturienta que se hace madre
sobre el costado abierto de las penas de quienes pecan
debajo de las piedras donde se guarecen los saltamontes
como las madrugadas arreboladas de los recién desposados
entre los cántaros llenos de leche fresca y espumeante
desde la ternura del niño que roza el lomo de su perro
encima de las carcajadas dolorosas del verdugo borracho
hasta los costados de las casas con paredes enjalbegadas
en el albur desquiciado de un tahúr que nunca supo ganar
con los relinchos de las quebradas entre las montañas
sobre las jícaras rebosantes de agua dulce del manantial
abajo de las huellas decoloradas en los arenales de Waikiki
como las capas que en mis sueños de niño me hacían volar
entre las espinas de un rosal alborotado por las ninfas
desde los ruegos elevados con ilusión en cruda alabanza
encima de las citas tronchadas en las aceras lloviznadas.

Una ringlera de parpadeos que me sacudieron sin piedad
hasta que el balbuceo de las estrellas en la madrugada
con raudas maniobras agitaron el fondo de mi lodazal,
todos se confabularon, desbarataron mi majadería de ser ateo
e hicieron salir las dudas en larga y tendida carrera.

© Alfredo Cedeño


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