miércoles, agosto 03, 2016

TEMPLO

 

Ningún río crece con aguas limpias, susurra el campesino

y coloca el ladrillo sobre la argamasa con gesto nítido.

Sus dedos salpicados de mortero acarician cada pieza
y sus ojos preñados de arrugas calibran la derechura.

Él escogió el mejor sitio dentro de su mayor barbecho
para con sus propias manos fabricar la menuda capilla.

El agua clara sólo se agarra después que se aplaca todo,
murmura y comienza una nueva hilada de la pared virgen.

Jesús es su nombre, Chucho le dicen todos en la montaña,
su devoción es vigorosa como la brisa que lo zarandea.

Dios me da salud y tierra, ¿cómo no hacerle una casita
si bien merece que le haga un palacio alto como el cerro?

Su voz desnuda resuena con gratitud al seguir el faenar,
y ahora pone una roca menuda que calza sobre el adobe.

Tampoco le haré una catedral, mis manos allá no llegan,
pero la campana suena y se oye lejos por el puro badajo.

Su trabajo es un repicar devoto que brota sobre la tierra
y su boca desgrana lentas palabras que son oraciones.

Así como la creciente alborota todo y deja el agua clara
estas paredes y un techo de palma ampararán después a Dios.

© Alfredo Cedeño
 

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