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miércoles, marzo 20, 2019

TIERRA DE GRACIA Y LABORES





                Hay una letanía que por años se ha repetido a lo largo y ancho del país, al punto que se ha convertido en una especie de mantra criollo: El venezolano es muy flojo.  Tanto ha calado la bendita frase que la he escuchado en boca de gente bañada en sudor en medio de nada cómodas labores. Y la malhadada expresión es completada con aquello de: Es que le gusta que le regalen todo. A ver, ¿díganme a quién no le gusta que le regalen así sea una tapa de mermelada mascada de chivo?
                He compartido con los campesinos que en tierras andinas salen de sus camas a las tres de la mañana a recoger las lechugas que luego irán a los supermercados citadinos. En las costas orientales y falconianas presencié a hombres, ¡y no pocas mujeres!, salir con el ocaso a faenas pesqueras de las que regresaban al amanecer con sus botes cuajados de peces. Por las calles de los barrios caraqueños, marabinos y valencianos vi a sus muchachas hermosas y espigadas salir madrugadoras, perfectamente maquilladas, con un garbo que ya quisieran muchas del primer mundo, salir a pelear un puesto en el transporte público para llegar a la hora a sus trabajos.
                Cada vez que he entrado a una vivienda de mis paisanos más humildes he encontrado una búsqueda del confort a todo trance. Y cada objeto que observé, cada uno de sus artefactos, tenían una historia de la que te podían dar su cadena de procedencia sin titubeos, y preñados de orgullo. Este radio lo compré cuando hicimos la jornada de cinco mil kilos de jurel en El Centinela. Esta mesa la compramos cuando vendimos la cosecha de apio del año antepasado. Esta cocina la mandé a hacer con un san que organizó la comadre Carmen los otros días. Todo producto del esfuerzo, de las ganas de "surgir", de querer demostrar que si se puede mejorar.
                Son muchos los encontronazos que he tenido cada vez que he oído las frases citadas al comienzo, puesto que no he podido aguantar callado ante semejante injusticia con visos de estupidez. Somos hijos, propios y adoptivos, de una tierra de gente preciosa, laboriosa, brillante en sus sudores y capacidad para resolver cualquier adversidad.
                Somos venezolanos, capaces de resistir a veinte años de rojos oprobios y retoñar con la delirante fiereza del araguaney que salpica de oro a nuestras montañas.  Es la tierra donde nacimos o escogimos sembrarnos la que ahora defendemos con uñas y dientes; no habrá tropa alguna de mamarrachos mal hablados, o altisonantes, que  pueda despojarnos de ella. Chavistas y camaleones que desde nuestro lado han jugado sólo a favor de sus propios intereses serán juzgados con la misma dureza que ahora demostramos con alegría. Esperanza es lo que nos sobra.

 © Alfredo Cedeño

miércoles, agosto 29, 2018

PROCESIÓN POR FUERA Y ADENTRO


                La miseria del gobierno que sufre Venezuela enajena a unos y otros, ha ido desmantelando nuestros resortes ciudadanos. Paulatinamente, el país, sobre todo sus gentes, ha ido metabolizándose en una jauría donde gentileza y buenas maneras dieron lugar a la más desparpajada brutalidad. Un impenetrable sudario de postración y desánimo sigue cayendo sobre los más inimaginables espacios. Cualquier cosa es motivo para subir o caer en la peor de las turbulencias.
                Un terremoto nos sacude y celebramos, más que justificadamente, que no haya habido una sola víctima fatal. Tal vez el sismo rojo ya había acabado con todos lo que podían ser liquidados gracias a su desidia en lo que a salud y seguridad atañe. Quizás, después de todo, Dios sí existe e interpuso su mano para que Venezuela no fuera aniquilada.
                El Orinoco se desmadra y anega medio país y los genios militares patriotas hacen suya la premisa de que lo que no se nombra no existe, y con rauda eficacia prohíben a periodistas e informadores que se hable del tema.  Entretanto, la gente se desplaza en curiaras por entre sus casas tratando de salvar las cuatro cosas que había podido mantener a salvo de la marabunta roja.
                La economía, esa fría ciencia a prueba de imbéciles endiosados por manadas embebidas de populismo, es empujada por un barranco con la fría astucia de quienes saben que son balances a los que no honrarán.  A fin de cuentas lo que nada nos cuesta hagamos la fiesta, si me van a regalar la gasolina y una bolsa de comida por tener el carné de la patria ¿pá qué me voy a mortificá? Poco importa el futuro propio, y mucho menos el de hijos y nietos.
                A la par de todo ello una traílla acezante de quienes deben ofrecer alternativas frente al desastre se limita a hacerle juego al gobierno. Es una tropa de saltimbanquis que no cesa de soñar con que el poder regresará a sus manos por obra y gracia de sus insepultas mañas.  Es una bandada de cuervos enceguecidos por el relumbre de sus propias palabras que cada vez son menos escuchadas en cualquiera sea el escenario.
                El Gólgota venezolano pareciera eternizarse, las ventanas lucen cada vez más distantes y escabrosas.  Los caminos son una sucesión de encrucijadas que se replican inagotables, y van cruzándose una y otra vez hasta convertirse en una maraña donde no hay baqueano que valga. Cada día se hace más cuesta arriba vencer la ira y la frustración. ¿Alguien sabrá dónde conseguir un poquito de  combustible para mantener viva la llama de la esperanza?

© Alfredo Cedeño

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