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sábado, mayo 31, 2014

CADENAS 02

Los acemileros que pretenden gobernarnos
acumulan eslabones a los cuales disfrazan,
se pavonean con su torpeza habitual
y están convencidos de un éxito glamuroso.

Cadenas derretidas por lápices y cuadernos
que no le dan cuartel a supinas ignorancias,
gestos algunas veces desechados
pero de perseverancia hermosa y avasallante.

Largo enredo de grilletes sin futuro
se enrosca sobre su roto espinazo de reptil,
las manos de un hermoso grupo de muchachos
siguen construyéndole un catafalco al poder.   

© Alfredo Cedeño 


domingo, septiembre 16, 2012

CURIEPE

El 22 de agosto de 1711, José Francisco Cañas y Merino, gobernador de la Provincia de Venezuela –personaje que se hizo famoso por sus numerosos desmanes mientras ocupó la representación real española en estas tierras, entre muchos de ellos está que en 1713 mandó talar todos los árboles de Caracas…–, confirió el título de capitán de la Compañía Miliciana de Morenos Libres de Caracas a Juan del Rosario Blanco. 
En 1715, este mismo hombre, Juan del Rosario, junto a la oficialidad de su compañía, dirigió un Memorial al rey Fernando II de Aragón y V de Castilla, solicitando se le otorgue la gracia de fundar un pueblo de negros libres.
           Él pretendía crear una población tal como se había hecho en la provincia mexicana, a barlovento de Veracruz, y la cual se llamó San Miguel de la Antigua.
           Blanco y su gente, amén de enviar al rey su Memorial, hablan de su proyecto con el cabildo caraqueño y con Alberto Bertodano, quien para ese momento había reemplazado a Cañas y Merino como gobernador de la Provincia.  El negro Blanco fue recibido a cajas destempladas. Seguramente consideraron una impertinencia eso de crear un pueblo de negros.
           Juan del Rosario y sus oficiales asumen una actitud paciente. Hay cambio de gobernador, asume Marcos de Betancourt y Castro, ante quien acuden a presentar de nuevo sus requerimientos. Betancourt los recibe condescendientemente, aunque luego ha de cambiar su actitud.  Pero sigamos.
In illo tempore los negros siguieron esperando. En un gesto, que habla de un excelente ojo político,   Blanco aprovecha que la provincia de Venezuela es adscrita al Virreinato de Santa Fe para acudir directamente al Virrey, que si no me equivoco era Jorge de Villalonga. A pesar de que la solicitud hecha por el capitán ante el Virrey no llenaba todos los requerimientos del caso, el funcionario concede en un decreto de que el gobernador de la Provincia de Venezuela, informase sobre las pretensiones de los negros libres. 

Un tanto para Blanco. Éste, inmediatamente saca provecho a este decreto y lo utiliza como si de un decreto fundacional se tratara. Solicita, y logra, en mayo de 1721, que se haga un reconocimiento de las tierras donde pretendía fundar el pueblo. El informe se elabora, pero en él no se favorecía la petición de los negros, puesto que eran tierras no aptas para vivir. 
              Juan del Rosario, quien tenía el pendejo muy lejos y sabía muy bien lo que tenía entre manos, y no trataba de poner en guardia a los amos del terreno que realmente quería, solicita permiso para ir al frente de diez de sus hombres a reconocer el terreno. Esto se le concede, y sin mucho protocolo, Juan del Rosario funda junto con sus acompañantes lo que pomposamente bautizarán Nuestra Señora de la Altagracia y San Joseph de la Nueva Sevilla de Curiepe, Cabo de Codera y Ensenada de Higuerote.
En Caracas, los mantuanos ponen el grito en el cielo. Seguramente los tildaron de negros parejeros  y otros desplantes por el estilo. Empiezan los reclamos y el 22 de septiembre de 1722 –justo dentro de seis días se cumplirán 290 años– el gobernador Diego de Portales y Meneses, ordena la demolición de Curiepe. Un tanto contra Blanco. La orden se cumple, pero sus habitantes no abandonan los alrededores de su población. Blanco hace una serie de reclamaciones de orden legal y nada pasa.
Juan del Rosario lleva su caso ante la Real Audiencia de Santo Domingo… nada pasa. Llega el año de 1730 y Juan del Rosario muere sin ver logrado su sueño. Siguen las peleas y los intentos por destruir el pueblo, sus habitantes se resisten, los dueños manipulan y mueven cielo y tierra para desalojarlos. Son fintas de bando y bando, pero ninguno anota.
Así llega el año 1763 y los negros de Curiepe se organizan y recogen un reducido caudal para que dos de sus paisanos acudan a Madrid a entrevistarse con el Rey. El anciano Juan Pedro Barreto y Joseph Antonio Colmenares empiezan el viaje, para intentar presentar directamente ante la corte el caso de su pueblo.  Comenzando su traslado el navío donde navegaban fue apresado por los ingleses y son despojados del escaso caudal que llevaban consigo; más no así de una carta que llevaban y que era enviada por un moreno de Caracas a un familiar suyo quien trabajaba de sirviente en la casa de un Duque. 
Fin de fines que los negros de Curiepe logran entrevistarse con Carlos III en persona, quien los oye con atención. Ellos regresarán a Venezuela con una Real Cédula en las manos, del 26 de julio de 1763, la cual no les otorgaba la propiedad de sus  tierras, pero les reconocía sus posesiones y ordenaba atenderlos y hacerles pagar sus pertenencias. ¡Tanto para el equipo de Blanco!
Sin embargo, los intentos de expulsión no cesaron, y entre dimes y diretes llega otra Real Cédula. Carlos IV, el 23 de enero de 1792, emite otro decreto que da cierto aire a los negros y permite que Curiepe se consolide aún más. ¡Nuevo tanto, y definitivo, para el equipo moreno!
 
Los datos y detalles de las peripecias alrededor del surgimiento de esta población dan para escribir miles de páginas.  Seleccioné al alimón algunos aspectos para poder darles una idea de lo que fue su génesis. Es la historia de una menuda población mirandina, esa misma que, cuando vamos hacia las muy atiborradas playas de Higuerote, vemos su entrada a mano izquierda. 
Es la misma que al caminarla hoy, siglos después, vemos llena de mil detalles adorables, con gente que anda y trabaja con la raigambre de la digna altivez que les legara Juan del Rosario Blanco, al que nada –ni nadie– pudo parar en su sueño de darle a sus hermanos de color su propio pueblo.

© Alfredo Cedeño
 

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