domingo, junio 05, 2011

KENTUCKY

Mi niñez transcurrió en La Guaira y Caraballeda, ambos ahora destruidos y abandonados luego del deslave de 1999 que casi acabó con el Litoral Central de Vargas. A mediados de los 60 la gran diversión de todos era un televisor –en blanco y negro, ¡por supuesto!-. En mi casa teníamos un aparato marca Siera desde el que un grupo de series me atrapó sin misericordia alguna. Una de mis favoritas: Daniel Boone, que transcurría en Kentucky.
Después que entré en esa ladilla de vida que es la adultez supe que Boone era Fess Parker, que su Rebecca (infinidad de veces pagana patrona de mis ensoñaciones sexuales incipientes y consiguientes sueños húmedos) era en realidad Patricia Blair; y que el indio Mingo era Ed Armes. ¡Ah!, olvidaba: un poco antes de eso, de conocer los nombres reales de mis héroes, cuando adolescente, me convertí en un asqueroso devoto militante de eso que ahora llaman comida chatarra. Mi particular debilidad era por el pollo del Coronel Harland Sanders, ese que ahora llamamos Kentucky Fried Chicken.
Fin de fines, un día, por razones y motivos que ahora no vienen al caso, se dio la oportunidad de ir al territorio de Boone y el pollo de Sanders… Pero también la tierra del bourbon, de las guerras inacabables entre familias de montañeses, la de la música bluegrass, del tabaco, del Mammoth Cave National Park con el sistema de cuevas más largo del mundo, y de Lexington, donde el caballo Cañonero inició su carrera truncada hacia la triple corona del hipismo norteamericano.
En honor a la –a veces injustamente- vituperada “caja boba” de mi niñez, retraté esos espacios en blanco y negro. Allí encontré una rubia de gesto desenfadado que a las puertas de un granero anhelé se comportará como la Rebecca de mis sueños; una niña que semejaba un ángel deambulando entre un lago y unas tumbas; una casa diminuta de bajos pagos; unas matronas vestidas al modo del siglo antepasado perdidas frente a un mar de troncos que llevan a los baños; un caballo al que compraron en almoneda por decenas de miles de dólares; otro de blancura sin mácula tras una cerca negra como la carcel; y un corcel, de esos que ahora hacen de acero, en medio de una campiña donde esperé en vano ver aparecer a Boone y los indios sacándose las tripas mutuamente. Al final, me entrometí por la vida de una digna y típica familia “gringa”; y me largué de allí con la seña de despedida de un duendecito rubio y pelón al que siempre recuerdo con un gesto que parecía darme la bienvenida a sus territorios… Donde, ni comí pollo de Sanders, ni encontré el ánima de Daniel Boone.

© Alfredo Cedeño




















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