domingo, noviembre 13, 2011

ELIDA MARÍA PEÑA


“Había mucha gente mala, yo me ponía armas por aquí, y por aquí, y mascarillas, que no me conocieran, era fuerte. Los robos eran inmensos, se llevaban 15, 20, 30 40 animales, y yo decía que no podía seguir así. Me van a matar. Yo cargaba escopetas de esas de cápsula y revólver. La última vez, cuando dije que ya no podía más, fue cuando me salieron 11 hombres enmascarados. Estaba sola. Eso eran kilómetros de aquí y andaba con una perrita que era la que me cuidaba”.

He dicho y escrito en repetidas oportunidades: Venezuela es lo que es gracias a sus mujeres y pese a sus políticos. Esa frase, que acuñé en los años 80, hoy está más vigente que nunca. El relato con que comienzo mi nota de hoy son las palabras textuales de Elida María Peña, en su Granja Caprina Doña Elida, localizada en el caserío Simara, en las afueras de Bobare, estado Lara.

“Yo lo que hice fue que eché tiros al aire. Y se dejaron venir toda esa cantidad de hombres y yo corría, y corría. Las cabritas, como la perrita empezó a ladrar, empezaron a bajar de todos esos cerros y sabana, y llegaron y se vinieron conmigo, y los hombres llegaron hasta aquí cerca de mi casa. En lo que en la tarde llegó mi esposo le digo: mira yo no puedo seguir en esto; búscame un camión que vendo lo que queda porque no puedo más.”

Elida tiene 54 años y su voz es de una suavidad que engaña. Ella es nacida y criada en este caserío donde ha levantado su granja, que es modelo para muchos. Constantemente es visitada desde diferentes centros de estudio para ver lo que ha logrado en casi 40 años de tesón y joderse la vida en estos chaparrales.

“Vendí llorando porque mis cabras ya eran animales mestizos de criollo con raza canaria pero no podía. Me quedé con un poquito de cabritas; y con eso volver a empezar”.

Elida es como la vegetación que rodea su estancia: aguanta sol inclemente, viento áspero y una aridez a la que se enfrentó y le ganó la pelea. Pero de eso les hablo unos párrafos más adelante. Le viene en los genes lo fajada.

“Mi abuela por parte de papá era coriana, una corianita de esas pequeñitas pero con pantalones bien puestos, se llamaba Gabina Silva y mi abuelo era Juan Amado Torrealba, venía de Algarí, que pertenece aquí mismo al municipio Iribarren, o sea Lara. Mamá también es nacida de aquí, no de acá de Simara sino del caserío Las Mulas. Cuando tenía once años me fui a Caracas con una tía; ahí duré hasta los veinte años, en Los Frailes de Catia, ahí aprendí como dicen a leer y escribir y me enseñaron lo que es una persona tratable, saber defenderme. Pero, no estaba enamorada de la ciudad… Yo quería volver a mi campo.”

Cuando volvió a Simara se dedicó a trabajar “en lo que se hacía aquí” que era trabajar en la extracción de la fibra de cocuiza. “Un trabajo muy fuerte, se agarraba la penca y se vendía ya procesada, seca. En Caracas yo había estudiado secretariado y quería trabajar en una empresa, en un banco, que era lo que deseaba, pero no conseguí ayuda, me pedían mucho documento, necesitaba como dicen una palanca”.

Elida había regresado con un niño, su hijo mayor, “un excelente hijo. Luché, con él en mi vientre, me fui a trabajar entonces a Barquisimeto de servicio, no aguanté, volví a mi campo, trabajaba la cocuiza con papá, en esta misma zona. Después, cuando ya tuve mi hijo, los sufrimientos siguieron porque no tenía como alimentarlo, era muy fuerte, tuve la ayuda de mis hermanas Ada y Mercedes, y otro que me tendió la mano fue mi hermano José Amaro.”

Con su familia estuvo hasta que su hijo tenía dos años y medio. Constantemente les decía: “Yo no encuentro qué hacer, yo me estoy muriendo de hambre, igual que mi hijo, yo necesito trabajar, yo quiero trabajar”. Esta mujer que es puro temple también es un mundo de emociones; rememora y se conmueve. “Ir a la ciudad era muy triste porque no había carros, no había cómo salir, no tenía quien me cuidara mi niño”

En ese tiempo conoció a alguien, “que es el papá de mis hijos, un muchacho de trabajo, de buena familia, y que me dio un hogar. Pero le dije: yo quiero trabajar en mi casa. Me dice: pero cómo quieres trabajar? Quiero animales, cómprame unas cabritas. Me compró un macho, un reproductor, y cinco cabritas, unos animales criollitos de por aquí mismo de la zona. Eso sería como en el 74. Ahí me inicié. Eran animales de la sabana, nunca acostumbrados a tocarlo, al ordeñar, ni nada de eso. Yo me sometí a amansarlos, a domesticarlos y lo logré. Así con esos embarazos que tenía grandes, cortaba árboles que había en la zona, que la cabra podía comer, les daba maíz en la mano. Mientras las enseñaba a adaptarse las tenía en el corral, pero después había que largarlas que se fueran a buscar su propia comida”.

Ese rebañito Elida lo convirtió en una manada de ¡setecientos animales! “Eso duró varios años. Eso era en la parte alta de aquí de Simara. También tenía marranos, tenía pavos, tenía gallinas. Yo vivía feliz en ese mundo. Esos animales no se ordeñaban porque era muy poquita la leche que daban, únicamente que se vendían los machos, una o dos veces al año, pagaban en aquel tiempo el kilo de chivo en pie a real, un chivo podía valer como cinco o seis bolívares, por lote se vendían treinta, cuarenta, hasta cincuenta. Esas cabras andaban sueltas, se iban kilómetros y kilómetros a buscar su comida. Yo les abría el corral a las ocho de la mañana y regresaban a las cinco de la tarde, solas”.

Allí estuvo hasta que durante un invierno hubo “unas inundaciones muy grandes y mi hogar se lo llevó la creciente. Ese día estaba sola con mis tres niñitos, uno pequeñito. Empezó a llover, a llover, y a llover, y empieza a crecer la quebrada, le dicen de Simara, y se reventó una de las represas que están en la parte alta, en la montaña arriba y se trajo todo. Mi casa era de bahareque, con techito de zinc, y las piedras pegaban, inmensas rocas, detrás de mi casa. Yo logro sacar a mis hijos, los dos grandecitos, a que la tía de mi esposo que me quedaba como a dos cuadras, y había dejado dormido, al pequeñito, y cuando regreso no puedo pasar a buscarlo. El agua daba arriba. Él estaba en una hamaca y el agua estaba aquí, debajo. Yo como pude entré. Pero, Señor, ahora ¿cómo salgo? No encontraba por donde salir. Pedí auxilio, nada. Y me lancé. Como pude nadé. Nadé y salí y lo salvé. Los corrales se fueron, cantidad de animales se ahogaron, las gallinas, ahí no quedó nada.”

Le tocó empezar de nuevo. Los recuerdos le ponen la voz delgada como un chorrito de brisa; pero no pierde el hilo y sigue contando: “Di gracias a Dios porque me salvé con mis hijos” Al poco tiempo su rebaño se había recuperado, pero a ella le preocupaba que tenía muchos animales, pero tenía muchas pérdidas. “Tenía épocas en el año en que me nacían doscientos, cuatrocientos cabritos, y me quedaban veinte o quince, o sea las mortandades eran demasiados. Lo que hacía era que lloraba, ya no encontraba qué hacer con mis animalitos. En ese tiempo empezó a venir gente de la universidad y le pregunté a una muchacha que era estudiante y ella me dice: Elida, lo que te está pasando es que tienes muy mala genética, hay mucha consaguinidad, hay mucho parásito, los animales están muy mal alimentados, tienes que empezar a desparasitar, animales que ya ves que son adultos tienes que irlos sacando a recambio de animales… Ahí fui aprendiendo.”

En ese tiempo comienza a escuchar, a través de Radio Cristal, una serie de programas de orientación para el cuido de animales. “Pasaban a las 5 de la tarde un programa con Fernando Deibis, y yo anotaba todo lo que él explicaba. Y empiezo a pensar que lo tenía que conocer”.

¿Cuándo se ha visto que una mujer inteligente y decidida no logra lo que quiere? Claro que lo conoció y él le tendió la mano. ¿Cómo no lo iba a hacer? Ella le dijo: “Señor Fernando yo quiero que usted me ayude, yo quiero cambiar.” Deibis la puso en contacto con un grupo de productores caprinos de origen canario en el estado Lara y comenzó Elida a remontar otra cuesta. “Me llevó a que una productora, una isleña, que está en El Pampero, la señora Tina. ¡Ay! Cuando vi esas cabras yo me enamoré, como uno se enamora de un muchacho joven que es bonito, así me enamoré yo. Eran cabras bellísimas, con unas ubres inmensas, aquellos reproductores preciosos! Le digo yo al señor Fernando: es verdad, tiene usted toda la razón, mis animalitos dan lástima delante de estas bellezas de anímales. Le digo yo quiero tener unos animales como estos. Él me dijo: ¡no aspires tanto! Le dije: soñar no cuesta nada. De ahí venía con otra mentalidad: yo quiero crecer, yo quiero animales como estos”.


Por supuesto que al poco tiempo ya ella estaba en tales lides. Es cuando ocurre el episodio con que comencé a contarles su vida. El susto con los asaltantes la hace vender sus animales y decide estabular sus animales. Varios productores le prestaban machos para cruzarlos con las mejores hembras de su manada. “Seleccioné 50 cabras de segundo parto, las que veía de mayor pesito, que podían con el reproductor, las metí en un corralito donde el macho las empezó a servir. El rebaño me empezó a cambiar apenas nació ese primer lote. Las desparasité, les puse vitaminas. Cuando mis primeras cabras nacieron con 50% de canario y 50 criollo, mi alegría fue tan grande porque nunca había visto una en mi rebañito que diera ¡2 litros de leche! Me dije: ¡Si se puede! Y la mente que yo tenía era: yo quiero cambiar, no voy a seguir pasando tanto trabajo. Hoy tengo cabras que dan hasta 8 litros diarios y son 460 cabras, de las que tengo en producción 120 que me dan 358 litros diarios, con un ordeño ya mecanizado. Para dulcería trabajamos con 30 litros 2 o 3 veces a la semana, el resto es todo para procesarla en la granja en queso, son como 2.500 litros a la semana que se usan en queso blanco, aliñados, madurados, ahumados, queso crema.”

No siempre ha tenido el viento a favor de ella, y un error de un veterinario de la UCLA le envenenó el rebaño entero por una aplicación indebida de dos medicamentos de manera simultánea. “Quedé otra vez en cero. Eso lloré muchísimo. Animales que yo los alimentaba con tetero…” Se recuperó y puso de nuevo a la orden de las autoridades universitarias su finca. “Estoy a la disposición, eso sí: no me vuelvan a inyectar un animal, ahora yo los inyecto. Y eso gracias a una persona que me enseño que se llama la profesora Lelys Monasterio una niña que entró a mi granja siendo una estudiante.”

Elida quiere dar a conocer más sus productos, “quiero verlos extendidos por todo el mercado, nacional e internacional. La granja en si lleva otro proyecto que es producir mi propio alimento para mis animales. Ya me estoy hincando en la siembra de maíz y estamos también en un proyecto con la UCLA para la soya, con Carlos Tobías, y vamos a hacer las mezclas. Ya he hecho un ensilaje con maíz y es excelentemente productivo para las cabras. La energía que les aporta es mejor hasta que darles alimento concentrado y los costos bajarían.”

Por mucho tiempo el agua fue su gran quebradero de cabeza. “Los trabajos que pasaba era muy fuerte porque aquí no se conseguía agua ni salada, teníamos que traer los tanques de Barquisimeto, que nos salía por un costo muy alto, y se me metió esa emoción por conseguir agua”. Fue así como buscó a varias personas que tenían “materia, que es la palabra que se dice aquí en el campo, para la persona que tiene vista, que dice: aquí hay agua.” Varios intentos fallidos no la desanimaron: “Ya eran varias personas que me habían dicho que si había agua. Yo tenía la fe en Dios. Me decía tiene que haber agua.” En el penúltimo de esos intentos que la habían dejado sin ahorros se le ocurrió pedir financiamiento al dueño de la empresa, Argenis Alvarado, quien se lo otorgó.

“Él mismo me trajo un señor que en verdad no se decir el nombre pero su apodo era Tan, un señor con mucho conocimiento, que marcó el lugar. Los trabajadores trajeron las máquinas, y se empezó a limpiar. Ahí lo que había eran cardones y tunas, ni un árbol que demostrara que había agua. Días y días de perforación y nada. Todos los días: José Luis como va? No hay esperanza. José Luis? No hay esperanza! Cuando iban en los 50 metros, vuelven a buscar al señor Tan: Mire, que aquí no conseguimos nada que nos diga que hay agua. Ahí está el agua, dice el señor, lo que no se es a cuántos metros, pero ahí está y hay suficiente. Insiste el señor. Yo soy muy católica y muy cristiana, creo mucho en Dios y me aferré a Dios como usted no tiene idea. En las noches, en la mañana, tarde, cada momento, que yo lograra conseguir agua. Una mañana voy y le preguntó a uno: cómo estuvo la noche? No hay esperanza, me respondió. Yo digo: si hay! Hay esperanza y grande, bastante, porque el agua es cristalina, le digo, eso es un lago bellísimo. Eso lo había soñado. Se siguió trabajando, las mechas se acababan una atrás de la otra, era una roca muy fuerte. El 30 de diciembre en la mañana vuelvo donde los muchachos: no Elida no hay esperanza. Les digo: qué lástima porque el agua está ahí, pero está bien. Ellos me decían: señora Elida si nosotros seguimos trabajando su costo va a ser mucho. ¿Cómo vas a pagar Elida, me dicen, si tú no tienes una ayuda? Tú la ayuda que tienes son tus animalitos. Ese día me entregué en ayuna, lo que consumí fue agua, le puse una velita al Gran Poder de Dios, que me hiciera el milagro antes de que fueran las seis de la tarde. Como a las cinco y media, más o menos, a mi el corazón me hacía así, como cuando a ti te va a dar un susto, o una alegría muy grande. A esa hora están los muchachos recogiendo todos sus corotos porque ya se iban, mi hija fue allá y se sentó en la torre y eso empezó a moverse. Les dice ella: epa muchachos esto se está cayendo! Los muchachos dan la vuelta y ven el agua!

Cuando yo me inicié en el proyecto del agua mi meta era pagar sus costos con hortalizas y no fue así, la pagaron fue mis cabras. Es como me dice Fernando Deibis que ellas son las que te dan todo, ellas son todo. Por ellas está el agua, por ellas estoy aquí, por ellas tengo lo que tengo, por ellas tengo la oportunidad de conocer las personas que conozco, que comparto, mis amigos, me han dado a conocer en tantas partes, y todo es a través de ellas. Mi miedo sería enfermarme, a lo demás no, eso es lo único que le pido a Dios, que no caiga con tantas cosas que tengo todavía por hacer, por darle a mis hijos. A ellos les quiero dejar un buen futuro sembrado, que no es nada el dinero, no es lo material sino el amor que se le tenga a lo que tenemos a nuestro lado. Con lo que yo he luchado durante tantos años.”

Se emociona y emociona al que la oye. Agradece a Pedro Ballarales “no porque lo tenga presente pero el profesor Pedro, y la UCLA en este momento me han dado un gran apoyo, grandes conocimientos.”

Recorre los establos de sus cabras y suelta: “En veces en esta vida tenemos que llevar un golpe para que después nos venga lo mejor. Mi estadía en Caracas creo que fue lo que me hizo madurar. Le agradezco a mi padre en haberme enseñado no depender de otro sino depender de mí misma. Eso se lo agradezco, hacer mi futuro por mí misma, tener lo mío por mí misma, luchar…”

© Alfredo Cedeño

3 comentarios:

Gastón Segura dijo...

Muy interesante y gracias por invitarme a conocerlo

PP dijo...

Alfredo, una vez más tu lápiz y tu lente nos han conmovido. Una mujer venezolana, una campesina larense, un ser excepcional, otro ejemplo a seguir...
Tengo el inmenso honor de conocer a la Sra. Élida María Peña, y con propiedad puedo decir que aquí expresas tanto sus sentimientos como los nuestros. Y es porque cuando se trata de Élida se trata de sentimientos; conocerla y conversar con ella es quererla y contagiarse de esos sentimientos. Élida es amor, ama a Dios por sobre todas las cosas, ama a su familia, ama a sus semejantes, ama la vida y ama profundamente a sus cabras; todo lo que de ella viene, viene con amor.
Y todo ese amor lo has plasmado hoy brillantemente. Gracias Alfredo!!

José Espinoza dijo...

Es una experiencia sensacional... mi padre muchas veces me llevó allí.. en compañia de Fernando Deivis! es una señora muy humilde y buena gente y sus productos son divinos.

Buen escrito.