domingo, julio 28, 2013

PANAQUIRE

Hasta el hartazgo lo he dicho, y seguiré haciéndolo: Venezuela está llena de rincones con un acervo digno de cualquier reino. Por ello es que no logro, ni lograré, entender el agravio perpetuo a que es sometida su memoria, y la de todos aquellos que nos fue labrando gesto a gesto.
 
Menos de 80 kilómetros en línea recta al este de Caracas, en el llamado barlovento mirandino, a orillas del apestoso río Tuy, está Panaquire, población que comenzó su paso por la historia en la primera mitad del siglo XVIII. Para ser preciso explico: el 6 de septiembre de 1732 José Manuel Betancourt, “en su nombre y como apoderado de un grupo de vecinos de las Islas Canarias” presentaba ante el Gobernador, Sebastián García de la Torre, la solicitud para “en nombre de mis partes pido se les conceda y permita hacer fundación y población en conformidad de lo dispuesto por Su Majestad y leyes de este Reino, y que sea dicha fundación en la otra banda del río Tuy, por estar informados ser tierras Realengas (…) en el valle que llaman de Cüira para dicha fundación…”
 
El mentado García de la Torre en Auto del 13 de octubre de 1732 aceptó el requerimiento y designó a Ignacio Merquelín, y en su defecto a Diego Muñoz de Vergara, para que reconociese las tierras de Cüira. Pero, como en nuestra tierra no es nuevo eso de no hacer de manera expedita todo aquello que se pueda empastelar, el vasco Martín de Lardizábal había sido designado Comandante General de la Provincia, con mando sobre el Gobernador Capitán General.
 
El hijo de la vascongada llegó destituyendo a García de la Torre y derogando todo aquello cuanto hubiera pretendido dictaminar.  Como pueden ver no es nuevo en estas tierras el que los militares pretendan imponer la fuerza bruta sobre las normas legales. Es viejo por estos lares aquello de que la ley es la que me permite imponer mi armamento.
 
            Sigo con el cuento. Entre el grupo de canarios que pretendían realizar la citafa fundación estaban: el capitán Juan Rodríguez Camejo, Felipe Lorenzo Fernando, Manuel de Guevara, Juan Gutiérrez Chiirnos, Juan Martín del Castillo, Juan Francisco de León, Felipe Domínguez, entre otros. Destaca Lucas Guillermo Castillo Lara en su libro La aventura fundacional de los isleños que en dicha solicitud “sólo los cinco primeros nombrados firmaron, por saber hacerlo, y por lo otros, que no sabían, lo hizo Pedro García de Segobia. Decían los documentos: “a ruego de las demás personas contenidas en este escrito que no supieron firmar”.
            Pese a desplantes iniciales de Lardizábal y variadas peripecias legales el 30 de octubre de 1733 se concedió la autorización para que se fundara Panaquire, para lo cual les concedía cuatro leguas de tierra de distrito. El acto formal de instalación en los territorios propiamente dichos se llevó a cabo el 4 de marzo de 1734.  Es necesario decir que todos concuerdan en señalar que tras el intento fundacional no había más que una jugada legal para poder establecerse en esa zona un grupo de españoles de orígenes canario, o isleños como solemos denominarlos, para dedicarse a la producción y explotación del cacao ya que todos ellos eran personas establecidas en Caracas.
 
También es bueno aclarar que al comienzo este sitio fue denominado San Fernando de Cuira, pero en breve se empezó a llamar unas veces Nuestra Señora de la Candelaria de Cüira y otras Nuestra Señora de la Candelaria de Panaquire.  Del mismo modo, escribo que la zona donde se habían instalado no era la más indicada para tales efectos. Es así como a fines de septiembre de 1741 Juan Francisco de León, Cristóbal Izquierdo y Gonzalo Díaz Borges presentan ante el gobernador, que para entonces era  Gabriel de Zuloaga, a nombre de los “vecinos y moradores del Partido de San Fernando del Valle de Panaquire” y piden se les autorice el traslado de la población a un paraje más cómodo a orillas del río Tuy.
 
El gobernador Zuloaga quien no veía con buenos ojos a los isleños les hizo las una y mil triquiñuelas y llega incluso a ocultarles la existencia de una Real Cédula que el 27 de abril de 1744 autorizaba la refundación del pueblo. Viene al caso decir que las labores de afincamiento de los canarios en la zona no habían sido menguados: en 1746 en el área existían 20 haciendas de cacao que contaban con 166.200 árboles…
 
No voy a explayarme ahora en describir las virtudes de los canarios, pero la tozudez de ellos y su empeño tienen bien ganada fama. De León y sus paisanos no cejaron en su empeño y, hechos los pendejos que llaman, siguieron acrecentando sus siembras y haciendo sus casas en el sitio que habían escogido como el ideal para refundar su pueblo.  A todas estas el rey seguía haciendo lo que le salía del forro de sus reales aposentos y había nombrado gobernador a Luis Francisco Castellanos.
 
En este punto es necesario señalar a breves rasgos que toda la Provincia de Venezuela llevaba largos años bajo el yugo económico de La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas “constituida el 25 de septiembre de 1728 en virtud de una Real cédula expedida por el rey Felipe V, para establecer un esquema de intercambio comercial recíproco y exclusivo entre Madrid y la provincia de Venezuela”.  La mencionada entidad se convirtió en un azote para los lugareños, en particular de aquellas regiones donde se producía cacao que era el oro del momento en Europa. Los desafueros de los vascos en estos lares han llenado decenas de libros y trabajos de todo orden y tenor que no pretendo yo ahora resumir en medio párrafo. Finalizo este segmento explicando que esa cadena  de atropellos fueron actuando como caldo de cultivo para lo que ahora empezaré a escribir.
 
El ya mencionado gobernador Castellanos el 7 de marzo de 1749 nombró a Martín de Echevarría Cabo de Guerra y Teniente Justicia de Caucagua y Panaquire; quien venía con claras instrucciones de hacer que el contrabando de cacao en la zona no se llevara a cabo y que la producción de la zona se canalizara hacia la mentada Guipuzcoana. Este señor llegó a Panaquire a asumir el cargo el 23 de marzo y al cruzar el río Tuy y encontrar cinco canoas de los habitantes de la comunidad sin mayores averiguaciones las destruyó por “suponerlas de contrabandistas”. No tengo que abundar en describir la ola de indignación y retahíla de recordatorios que de la amada progenitora de Echevarría se ocurrieron de inmediato.  A todas estas, Juan Francisco de León andaba fuera del pueblo en sus labores habituales. 
 
Finalmente sería el 3 de abril cuando el vizcaíno trataría de tomar posesión del cargo, pero de León que había convocado a todos los vecinos se negó a hacer entrega del mismo ante el rechazo unánime de los pobladores. A partir de ese momento comenzó una vorágine de hechos que terminaron en una marcha de Juan Francisco de Leon hacia Caracas a manifestar su descontento con la manera como se manejaban los asuntos gubernamentales en Venezuela. Lo que poco se ha destacado es que la llamada revuelta de los isleños de Panaquire fue secundada por gente de los valles de Aragua, Maracay, San Mateo, Cagua, San Carlos, Guanare, San Sebastián de los Reyes; amén del apoyo tras bastidores que no pocos mantuanos caraqueños le brindaban. Lo que anoté líneas atrás: la política de la Guipuzcoana era desoladora y todos estaban hartos de ella, sus representantes y todo aquel que de alguna manera les recordara su existencia.
 
El 19 de abril de ese año Juan Francisco de León con una vasta hueste llega a Caracas y dirige el 20 una carta al gobernador donde dice: “La plebe toda de estos Valles se halla resueltamente conjurada contra la tripulación vizcaína e igualmente todos los circunvecinos de la Provincia, motivados a hacer presente la injusticia que generalmente se ha ejecutado con toda la Provincia.”
 
Asienta Castillo Lara, en su citada obra: “Nadie se oponía y nadie tampoco quería ofender con la violencia de la fuerza. Se parecían más bien a esos Comuneros venezolanos, que pocas décadas más tarde recorrían el lomo de los Andes en andanzas reivindicativas.” Lo cierto es que el aparataje real siguió funcionando, mientras la protesta fue perdiendo fuelle y de León regresó a su hacienda y pasaba el tiempo.  En el ínterin es nombrado nuevo gobernador Felipe Ricardos a quien le dan instrucciones para que “con todo secreto procedería a prender a Juan Francisco de León, aunque aceptase la Real resolución de restituir a la Compañía [Guipuzcoana, por supuesto], y lo remitiría al lugar que se le indicase”.
 
En agosto de 1751 Juan Francisco de León se alza de nuevo al conocer las pretensiones de Ricardos, pero la represión es brutal. Él logra escapar y, luego de una cacería en la que no logran apresarlo, a fines de febrero de 1752, decide entregarse. Luego de los juicios de rigor el 28 de marzo junto con su hijo Nicolás, Matías de Ovalle, Pablo Cazorla, Gaspar y Lorenzo de Córdoba, son enviados como prisioneros a la prisión de la Carraca en Cádiz; donde murió el 2 de agosto de 1752.
 

          En aquellos tiempos, y también ahora, han sobrado los jueces de las acciones de Juan Francisco. Hay los que le acusan de pusilánime, otros de falta de liderazgo, y así hasta el infinito y más allá. Él fue un hombre que decidió en su momento afrontar con todas sus consecuencias el inmenso aparato de un reino que como un gran Babieca había entregado a una corporación comercial los destinos de gente, bienes y hacienda con su consiguiente explotación irracional. Pudo haberse quedado tranquilo y contrabandeando con ingleses y holandeses parte de la producción de las mas de quince mil plantas de cacao que poseía, sin embargo asumió el liderazgo que ejercía en Barlovento y en su momento encabezó la marcha sobre Caracas que puso en jaque a todos. No en balde el gobernador y los representantes de la mentada entidad comercial vasca pusieron pies en polvorosa y dejaron la ciudad en sus manos.
            No es especulación decir que ese levantamiento fue semilla de los posteriores alzamientos pidiendo la independencia que más de medio siglo más tarde logramos obtener. Por ello no deja más que mal sabor de boca recorrer las calles de Panaquire hoy en día y ver el estado de abandono en que está.  En una plaza maloliente un busto vandalizado de Juan Francisco de León permanece a la sombra de unas matas marchitas.
            Por sus calles la gente pasa con la digna altivez de quienes saben no deberle nada a nadie, escaleras abandonadas que algún día serán transitadas de nuevo, en sus casas las flores de guamacho (Rhodocactus guamacho) alegran la mirada al que pasa, y sus habitantes salen a recibir con una sonrisa y un gesto amable al visitante.
            Al final de la Calle Real, en diagonal a la plaza Bolívar, el que aseguran es el puente colgante artesanal más grande del país,  se sigue balanceando sobre las aguas del Tuy. Los usuarios van marcando sus pasos entre las tablas desvencijadas que en cualquier momento se pueden terminar de reventar.
            En Panaquire tuve la sensación de que hasta la iglesia ha sido desahuciada. Una Santa Rosa de Lima deslavazada que sostiene un cristo mutilado es una imagen que no logro sacar de mi recuerdo.  

© Alfredo Cedeño
 
 

6 comentarios:

zulma dijo...

Dios ,muchacho como tu andas por eso parajes, una historia muy interesante y recuerda mucho la situación actual, solo que el pueblo Venezolano como que perdió el ímpetu ,En Panaquire lo único que se ha salvado como que es el sagrario. Gracias Alfredo por este viaje histórico ,no conozco ese lugar

Anónimo dijo...

Que paseo más bonito el de Panaquire mi PANA!!

Zafira

María Mónaco dijo...

Me encantó!! Increibles las fotos y la historia, hay magia, color, y una pizca de misterio... gracias por compartir esta experiencia, un gran abrazo

campoagroturisticolavilladelllano dijo...

que bello es panaquire si tienes sus misterio i su majia tienes muchas cosas mas los rios son espectaculares

Anónimo dijo...

hola buenos dias, la historias es muy interesante, pero es bueno resaltar ahora lo actual la parte turisticas como son sus rios y el famoso chorro de urba, su cultura y tradicion es bueno volver a darte un paseo por la zona

Anónimo dijo...

La tierra de todos mis ancestros.....hermosos recuerdos de mi niñez...