domingo, octubre 13, 2013

MERCADOS


            De mi niñez conservo infinidad de gratos recuerdos, en su gran mayoría vinculados a La Guaira, donde nos trasladamos de mi Caracas natal cuando tenía meses de nacido. Uno es lo que recuerda. El hombre es la memoria. Las evocaciones pavimentan los puentes que vamos construyendo en la vida, para bien o para mal.
 
Mis remembranzas, en todo caso, de niño son hermosas. Huelen a mar y río Osorio, antes de convertirse en la apestosa cloaca a cielo abierto que ahora es; también tienen aroma del Ávila y de las frutas, hortalizas y legumbres con las que me embriagaba los sábados por la mañana en el Mercado Libre de Punta de Mulatos.
 
            Les hablo de un rito que sabatinamente llevábamos a cabo mi padre y yo. A media mañana él agarraba cuatro sacos y un gran canasto, y nos marchábamos “a hacer mercado”.  La fragancia de hierbabuena, romero,  ruda y naranja, se mezclaban con el cloquear de las gallinas vivas, el vocerío de vendedores y compradores llevando a cabo el milenario regateo, que del mundo musulmán nos viene, hispanos mediante, entre intentos de triquiñuelas de lado y lado.
 
Ahora que lo nombro, les cuento que para los islamistas el regateo es de origen sacro ya que Mahoma en uno de sus viajes a los cielos al acercarse a Alá, este le encomendó que enseñara a los musulmanes a rezar… ¡Cincuenta veces al día!  Una vez recibidas las instrucciones él se dirigió a la Tierra, pero en el camino se encontró con Moisés, quien al enterarse, poniéndose las manos en la cabeza (me imagino), lo mandó a devolverse diciéndole: “trata de reducir ese número porque los seres humanos no te seguirán. ¡Mira que los conozco bien!”.  El Profeta hizo caso y consiguió que Dios las llevara a la mitad. Nuevo intento de retorno a casa y de nuevo Moisés lo devolvió, esta vez, basándose en su experiencia con los Hijos de Israel. Se las rebajaron a diez.  Otra vez a Tierra y de nuevo “el salvado de las aguas”, le paró el trote y a echar para atrás. Fin de fines que Alá se tranzó en que fueran cinco las veces para el salat u oraciones por cada noche con su día. Es por ello que el discutir en cuanto a precios es para los seguidores del Islam una doctrina que dejaron sembrada en tierras ibéricas luego de estar en ellas siete siglos. Volvamos a La Guaira
 
Al lado de las discusiones de precios se oía la algarabía de los caleteros que se ofrecían a llevar las compras en sus hombros hasta “la parada” donde los usuarios se embarcaban en carritos y autobuses, o, unos pocos privilegiados se embarcaban en sus autos con las compras. Esos porteadores siempre me maravillaban y los veía como reales émulos de Hércules que alzaban sacos enormes para trasladarlos en precario equilibrio. La fascinación que dicho ambiente creaba en mí la he conservado con celo, por ello no hay ciudad que visite en la que no acuda a sus mercados a llenarme de la magia común a todos ellos.
 
 
 
 
Sin embargo, estas modestas instituciones en realidad vienen a ser una de las madres de nuestras civilizaciones, de todas. Explico: al comienzo la gente se reunía en algunos sitios a intercambiar productos, hablo del, ahora casi en resurrección en Venezuela, trueque. Usted llevaba un puerco y lo cambiaba por dos chancletas hechas con pellejo de chivo, o arriaba con tres gallinas y le daban seis manos de topocho, podía llegar con  dos taburetes de samán y le daban dos docenas de huevos y así sucesivamente. Hasta que aparecieron las unidades monetarias que permitían el intercambio.
 
Debo explicar que al escribir unidades monetarias no me refiero necesariamente a monedas, ya que, por ejemplo, entre las culturas americanas precolombinas las conchas marinas y las semillas de cacao eran instrumentos de valor asignado que permitían el intercambio de bienes y servicios.
 
Sé que alguno de mis soeces amigos, entre los que espero no esté el procaz y lustrado Humberto “chácharo” Márquez, dirá: ¿Qué tiene que ver el culo con las pestañas? Voy a eso. El origen etimológico de la palabra está en el vocablo latino  mercatus, y fue ese el término que se impuso por encima de otras que definían dichos espacios, como es el caso de bazar.
 
Si hablamos de El Gran Bazar de Estambul (Kapalıçarşı) uno de los mercados más grandes y antiguos del mundo, cuyos orígenes llegan a la época de Mehmed II, quien en 1455 construyó cerca de su palacio el Eski Bedesten.  Hoy ese centro de comercio minorista tiene 45.000 metros cuadrados donde hay más de 3.600 tiendas distribuidas en 64 calles y que llega a ser visitado hasta por medio millón de personas al día.
 
Pongo pies en tierra y sigo tratando de concretar lo de hoy. Si nos dirigimos a un diccionario de economía, como el que brinda la gente de http://www.economia48.com encontramos esto: “Lugar en donde habitualmente se reúnen los compradores y vendedores para efectuar sus operaciones comerciales. La idea de mercado ha ido unida siempre a la de un lugar geográfico. Como consecuencia del progreso de las comunicaciones el mercado se ha desprendido de su carácter localista, y hoy día se entiende por mercado el conjunto de actos de compra y venta referidos a un producto determinado en un momento del tiempo, sin ninguna referencia espacial concreta.”
 
Insisto, es en estos modestos o vastos espacios donde se sigue reuniendo la gente a comprar tomates, cebollas, peces, carne y frutas donde nace nuestro modelo económico por excelencia: el del intercambio duro y simple. Me das tres ajoporros te doy dos mazorcas, o cinco monedas, o un  billete, o un pedazo de plástico con un chip al que le cargas lo que pides, y acepto dar, por los benditos puerros.
 
 
 
            Con lo que no hay intercambio es con los aromas y sensaciones que me quedaron atornillados en piel y memoria.  Una alegría visceral con perfume de café recién molido al compás de las trigueñas de breve busto y piernas firmes que se pasean por sus puestos, el despliegue de texturas y colores infinitos que me pintaron indelebles la vida en la niñez  para que me durara hasta hoy, el vocerío a veces áspero pero siempre alegra de quienes intercambian el pan. A fin de cuentas de eso se trata: el mercado es el horno donde se cuecen los panes que nos mitigan el hambre y nos calman las almas con su esencia. 
           
© Alfredo Cedeño

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

6 comentarios:

Anónimo dijo...

este trabajo,me encanta adema
s el los encuadres, la iformacion , y el colorido

Elizabeth Hidalgo Osuna dijo...

Gracias!!Hermosos recuerdos que permanecen... a través de tus escritos y fotos los haces revivir!!

Gracias de nuevo amigo Alfredo

Anónimo dijo...

ME ENCANTARON CADA FOTO, LA BELLEZA DE LOS COLORES Y es lindo ver que hay algo que nos distingue de los mercados de otras partes ya sea un producto, la forma de vestir...en fin me gustó lo que leí

Mrly Cord

Anónimo dijo...

Mercados de aquí, mercados de allá. Que gratas sensaciones se sienten y se comparten al recordar, situaciones, olores. Una cosa que se repetía en mi época, el que es delicado no va al mercado je je y de lo otro que me acordé, de las carruchas esos carritos de madera que volaban y sonaban para llevar el mercado. Gracias mil por revivir valores.

Zafira

Acuarela dijo...

Qué fotos....qué texto... qué color...

José Valle Valdés dijo...

Vaya qué cuentas con gracia, amigo.

Siempre es un gusto leerte.

Abrazo