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miércoles, noviembre 08, 2017

HIJOS DE CAÍN

   

            Del "indio" Daniel de Barandiarán, el vasco más venezolano que ha existido, aprendí que la historia es la mejor herramienta para evitar ser un erial sin arraigo. Sin raíces la tierra queda expuesta y el más exquisito vergel termina convertido en un  desierto. Son legiones de personas que en Venezuela han jugado, por muchísimo tiempo, a dejar nuestras raíces expuestas a la más feroz erosión, poco les importa que nuestro paraíso se convierta en la antesala del infierno.
            Sin embargo, es necesario decir que esa pesada rémora no es una virtud exclusiva de la tierra de Bolívar.  Es una condición con la que arrastramos desde nuestros mismos comienzos. En 1492 el almirante Colón llegó con una pandilla de desarrapados, hambrientos de pan y glorias, a nuestro continente. En breve había enloquecido y se creía la versión resucitada de Jesús y bien sabemos cómo terminó. Luego fue el turno del aragonés Francisco de Bobadilla, quien en dos años como gobernador de La Española hizo una ingente fortuna, la cual bien poco le sirvió a la hora de naufragar cuando regresaba a España.
            Bobadilla fue sucedido por fray Nicolás de Ovando, quien además de cura era caballero de  la orden de Alcántara, y este curita, seguramente maloliente y apestoso a cirios, sudores mal lavados y sahumerios medievales, hizo caso omiso a las voces que le alertaban de la inminente llegada de un huracán a lo que hoy son costas dominicanas, y obligó a zarpar su flota de regreso a la península. Desapareció entera. Ovando no solo acabó con esos navíos y fortuna sino que vejó a conciencia a Ojeda, Cortés y Pizarro en las nacientes calles de Santo Domingo.
            De esas cepas venimos, somos hijos del odio y el resentimiento, del quítate tú que ahora vengo yo. Fue así como vemos que Bolívar traicionó a Miranda y todo se olvida en aras de unos supuestos logros. Nos hemos dedicado a consagrar la ley del más "vivo". La astucia es la reina de todo y todos,  solo unos pocos no le rendimos pleitesía. Pese a ello han surgido a lo largo de nuestra vida nacional gente de valores y sólidos principios.
            No puede uno imaginarse a Ana Luisa Llovera en plena dictadura de Pérez Jiménez postularse a gobernadora de su Guárico natal. ¿Alguien se puede imaginar a Andrés Eloy Blanco en similar momento peleando por ser candidato a la gobernación de Sucre, o a Raúl Leoni por Bolívar o al "gallo" Salom Meza Espinoza lanzándose a la alcaldía de Sucre? La historia enseña que es la estatura moral lo que diferencia  a unos hombres de otros. Es el amor al país y el respeto incondicional a su gente lo que separa la paja del grano.


© Alfredo Cedeño


domingo, mayo 07, 2017

DIGNIDAD Y CORAJE


La dignidad es un ave en extinción, ella aparece ocasionalmente y solo se posa en el hombro de unos pocos. El coraje es otro pájaro de similar tenor, y anda en las mismas. Hay ocasiones en que ambos habitan el espíritu de algunos, y aparecen los maestros. He tenido el privilegio de conocer a varios de ellos, uno fue Antonio Estévez.
Director y Compositor del cual se ha dicho que ha sido el mejor que hemos tenido, sin pretender restarle méritos –que los tienen a montones– a ningún otro de sus colegas en uno y otro ámbito.  Él nunca hizo concesiones en su apoyo a la libertad. Cuando Venezuela era asolada por Pérez Jiménez terminó preso en la Cárcel Modelo de Pro Patria junto con los hermanos Sucre Figarella: Leopoldo, Kiko y Guillermo; así como Antonio Lauro, Manuel Adrianza, Guillermo García  Ponce, entre otros. Al poco tiempo, con sus compañeros de calabozo, junto a Lauro, había formado un orfeón que entre sus primeras piezas montadas estuvo una parodia de María Moñito.
A los pocos días una de las piezas que versionaron fue la de la guatireña Parranda de San Pedro y entonaban:
Si Pedro Estrada se muriera
todo el mundo se alegrara
por lo menos los espías
los cabellos se arrancaran.
Con la alpargata
dale al cabrón
vuélvelo polvo
sin compasión.
¡Genio y figura!
                Años más tarde, primeros tiempos de la democracia, la Digepol, que dependía del temido ministro de relaciones interiores Carlos Andrés Pérez, allanó su casa en Las Minas de Baruta y destrozó su estudio por completo. Antonio regresó al país y la ola de repudio al atropello fue su coraza, y la temida policía política lo dejó en paz.
                Pasó el tiempo y un amigo de él, Héctor Santaella, era presidente de la Cámara de Diputados del otrora Congreso Nacional, y lo invitó a una recepción en el Círculo Militar de Caracas. Por aquellos días ya Pérez no era ministro, sino jefe de la fracción parlamentaria del partido de gobierno. El hecho fue que al llegar el maestro Estévez a la recepción fue recibido por Santaella, y en breve llegó alguien por su espalda y el anfitrión le dijo a Antonio: "Mira vale, para que conozcas al diputado Pérez". Carlos Andrés, con su efusividad característica, abrió los brazos mientras decía: "Mi querido maestro, si yo fui su alumno en el liceo Andrés Bello…"
                El Músico lo miró de arriba abajo y volteándose hacia Santaella le dijo: "¡Este carajo y sus policías fueron quienes me destrozaron mi casa!"  Y les dio la espalda.
Imposible dejar de preguntarme: ¿Antonio hubiera dirigido la orquesta que celebraba la clausura de RCTV?  Dignidad y coraje es la diferencia.

© Alfredo Cedeño

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