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viernes, abril 01, 2022

A MANSALVA



Corría la década de los cincuenta del siglo pasado cuando llegó a Venezuela una de las personas que    más la ha amado. Llegó y se sintió atrapado por nuestra tierra. Más de una vez, a petición mía porque me encantaba oírle narrarlo, me contó: “Yo no sé exactamente qué fue, pero sentí que este no era un punto más al que estaba llegando. Y dije que quería conocer esta tierra y su gente. ¿Y cuál es la mejor manera de conocer un lugar? ¡Caminándolo! Y agarré una ropa y un chinchorrito y me fui caminando por la carretera Panamericana. La primera noche llegué hasta Tejerías y ahí, a la orilla de la carretera, le pedí permiso a una familia y colgué mi cama, y de ahí seguí caminando hasta que entendí que estaba enamorado de esta tierra y su gente. Y aquí me quedé…”

Escribo sobre Daniel de Barandiarán, “el indio Daniel”, para unos, o “el cura Daniel” para otros, que llegó a Venezuela como misionero de la llamada congregación laica los Hermanitos de Jesús, también conocidos como Hermanitos de Foucauld. Las tareas y peripecias de él son para escribir varios tomos, de grueso espesor, y, sin embargo, él no hacía gala de ello. Sólo entre amigos se explayaba a narrar algunas cosas; la mayoría las callaba. Fue él, con su tozudez a prueba de todo, quien fundó a fines de los años cincuenta, en la parte alta del río Caura, la población Santa María de Erebato, me refiero al corazón de la selva del estado Bolívar.  Sus largos años entre los Yekwanas y Yanomami le dieron el nombre de “Aushi Walalam”

Bolívar y Amazonas lo recorrió en curiara y a pie. Una de las deudas eternas que la Venezuela decente tiene con él fue su libro Los Hijos de la Luna, uno de los más profundos estudios sobre la cultura de los Sanemá-Yanoama, o Yanomami como suele decir la mayoría. En sus labores entre ellos por la selva amazónica, en las cercanías de los límites con Brasil, un día llegó a una comunidad que le informaron de unos trabajos que estaban haciendo unos soldados cerca de allí. Él se fue con ellos a ver lo que le contaban.  ¡Y vaya que encontró! Un grupo de militares brasileros habían construido un cuartel y una pista de aterrizaje… ¡En territorio venezolano!

“Todavía no sé cómo me controlé, pero me di cuenta de que tenía que hacerlo, y me quedé hecho el bobo mirando todo, todo, todo, y después que tenía todo en la cabeza, me regresé. Tardé casi un mes en llegar a Caracas. Imagínate, tuve que caminar, y agarrar curiaras, y botes, y autobuses, hasta que llegué a Ciudad Bolívar y ahí conseguí que me llevaran a Caracas, directo a La Carlota conseguí una “cola”. Me bajé de la avioneta y pegué a correr hasta la puerta de la base aérea, y ahí agarré un taxi que me llevó hasta la sede del Ministerio de la Defensa. Como ahí ya me conocían todos, entré hasta el propio despacho del ministro y, ahí sí que no me pude controlar, le grité: Mientras usted está echado ahí, nos están quitando el país a pedazos, ¡a ver si mueve el culo! Ahora sé que fue una impertinencia de mi parte y una falta de respeto, pero es que no podía con la rabia que cargaba desde hacía un mes por dentro. Total, fue que, el general me pidió que me calmara, y a grito pelado le conté lo que estaba pasando. Esa misma tarde salí con él y dos aviones llenos de soldados y funcionarios y recuperamos el territorio que Brasil ya se estaba robando.”

Ese punto del que narraba Daniel ese episodio, es lo que ahora se llama Parima B. El impasse fue resuelto, fuerzas militares venezolanas tomaron posesión de las instalaciones y, desde entonces, allí operan distintos grupos de las fuerzas militares, así como distintos investigadores. Años más tarde, con no poca amargura, él me decía: “Es que, de no haber sido por los brasileros, ni siquiera ese cuartel y esa pista estarían ahí. Amigo mío, este país no le duele a nadie, y sus militares hablan mucho del amor a la patria, pero son muy pocos los que realmente la honran:”

La última vez que estuve allí, fue hace casi treinta años, los Yanomami, o Sanemá-Yanoama, estaban en constante contacto con los efectivos militares. Fue cuando hice esta foto que uso para ilustrar estas líneas. La alegría de ellos es de pureza milenaria. Fue en ese mismo sitio que Daniel recuperó para Venezuela, a gente pura, a cuatro para ser precisos, a quienes un grupo de “valerosos soldados bolivarianos”, asesinó a mansalva con las armas de guerra que se supone les fueron entregadas para defender la integridad territorial del país.

Es más que dolorosa la tragedia venezolana, peor que vergonzosa, mucho más que aterradora, cuando un grupo de efectivos militares arremete con su armamento contra un grupo de personas inermes.  Ellos, y el oficial a mando, están retratados en el Salmo 10: 

Llena está su boca de maldición, y de engaños y fraude;

Debajo de su lengua hay vejación y maldad.

Se sienta en acecho cerca de las aldeas;

En escondrijos mata al inocente.


© Alfredo Cedeño  

miércoles, mayo 05, 2021

LO QUE QUEDA


                 Venezuela se ha terminado por convertir en una sombra de lo que alguna vez fue. No es necesario enumerar lo que ha ocurrido en el plano académico, económico, sanitario, político, militar, científico, sindical, para hacerse una idea del desastre que ha significado para nosotros, los hijos de una tierra que alguna vez fue envidia de muchas otras. La trillada frase de no saber si reír o llorar aquí cabe de manera más que indicada, al escuchar a cualquiera de los badulaques rojos hablar de la integridad de la patria.

                Nuestro país ha ido perdiendo territorio a lo largo de su historia. El caso del menoscabo ante Colombia ha sido sostenido. Lo ocurrido con el Esequibo ha sido documentado de manera extensa. La sustracción territorial no fue mayor gracias a hombres como “el indio” Daniel de Barandiarán, quien dedicó su vida entera a estudiar y hacer respetar nuestros espacios. Se debe asentar que mientras hombres y mujeres como Daniel se dedicaron a preservar nuestro suelo, nuestros hombres de armas se dedicaron a mangonear a cuanto mortal pudieran en las alcabalas a su cargo. Y ello no ha cambiado.

                La merma de nuestras tierras se ha potenciado en estos veinte años de peste roja. Veamos. El borde occidental del estado Zulia es zona controlada por la guerrilla colombiana desde hace largo rato; al seguir recorriendo la frontera encontramos lo mismo en Táchira, y el rosario no para allí. Barinas y Apure son ahora territorio en manos de la bendita guerrilla colombiana, donde los “heroicos generales” demuestran su capacidad bélica enviando al matadero a bisoños oficiales y no menos experimentados soldaditos. ¿Ante lo ocurrido en La Victoria pueden dormir tranquilo esos hijos de su madre? Amazonas tiene largo rato en manos de los irregulares, y las noticias que llegan desde el borde sur del estado Bolívar dejan saber que es una situación calcada de los sitios antes nombrados.

                La “revolución bonita” no solo ha desintegrado nuestra estructura social, sino que también ha hecho migajas nuestro país. Las dentelladas entre ellos son de todo tipo y calibre. Recientemente ha corrido las noticias de la detención del coronel José Gregorio Gauna Quintero, ex comandante de la Guardia Nacional en Cabimas, estado Zulia, por supuestamente violar y cometer abuso contra varios menores de edad de su grupo familiar.  Aquí quiero decir un par de cosas: Sus compañeros de fuerzas lo consideran un excelente profesional, y la otra es que este caballero es un “revolucionario” furibundo.  Diversas fuentes me aseguran que toda la situación es producto de una tramoya urdida por sus  cuñados para dejarlo por fuera en el reparto de una herencia, y para ello se valieron de un funcionario del CICPC, adscrito a Falcón, para el montaje de toda esta trapisonda.

                Por lo visto con Gauna Quintero pasa lo que ocurre con ciertas especies que son capaces de comerse a sus retoños. No puedo decir que son como Saturno que se comía a sus propios hijos recién nacidos por temor a ser destronado por uno de ellos; para mí más bien son como las ratas, o los hamsters, que suelen devorar a sus crías. Mientras tanto, y sin que le duela a nadie, Venezuela es un barco desmantelado al que todo aquel que se antoja le arranca las tablas que necesita, o le provoca. Es un naufragio del que pareciera no se podrá escapar. 

 © Alfredo Cedeño  




miércoles, marzo 17, 2021

¿TONTOS? EMPODERADOS



              Mi abuela, como suelen serlo todas, era una mujer sabia, y de una lengua afilada que ya hubiera querido para su navaja Joaquín, el barbero que tenía su establecimiento en la Cruz Verde de La Guaira. Ella me transmitió una serie de valores y enseñanzas que, mucho más tarde logré entender, solía enseñarme por medio de reflexiones y refranes que algunas veces explicaba, otras simplemente los soltaba. Hubo unos cuantos que reiteraba, uno a más sabroso que el otro, eso sí. Creo que uno de sus preferidos era: “Alfredo Rafael nunca vaya con un zoquete (en realidad empleaba una palabra altisonante) ni a recoger mangos, porque ese bueno para nada va a agarrar los piches; esos son los que nunca aprenden en cabeza propia y mucho menos en cabeza ajena.”

                He de reconocer que, de un tiempo a esta parte, vengo pensando si no será que muchas veces tales tontos en realidad son unos magos en el arte del disimulo y fingen ser lo que no son. Soy un fanático de la historia, creo que es una disciplina en la que todos debemos sumergirnos, en mayor o menor medida, porque ella es la que nos permite evitar la recurrencia en los viejos errores. Tal vez esa sea la causa por la que las castas políticas, la de un bando y la del otro, siempre se empeñan en reescribirla.  Ambas tendencias solo admiten aquellas versiones que les favorecen, la foto tiene que ser hecha desde sus mejores ángulos, y cuando surge quien los retrata tal y como son suelen contratar sus respectivas agencias de relaciones públicas para que vendan la imagen que a ellos les interesa. Pero eso es harina de otro costal que ya cerniré en otra ocasión. Sigamos a lo que voy.

                El querido y siempre recordado Daniel de Barandiarán me dijo en infinidad de ocasiones: “Si no sabemos de dónde venimos, ¡jamás!, vamos a saber cuál es el mejor destino,  y mucho menos vamos a tener la claridad necesaria para arribar al lugar que necesitamos llegar. Existe ahora mucho zángano haciéndose el virtuoso, y uno no tiene por qué callárselo, así lo vean a uno feo hay que llamar las cosas por su nombre, a fin de cuentas no estamos cuidando puesto ni buscando un ascenso de esos que tanto les gusta a esos pícaros”.

                Y pienso que simulan ser tontos para terminar haciendo lo que les sale de sus entrepiernas. En estos días he estado escarbando libros de todo tipo sobre lo que significó para España el reinado caótico de Isabel II a mediados del siglo XIX. Fue una época de total inverosimilitud en la cual pasaba cualquier cosa, tiempos de lisonjas y ditirambos y denuestos y golpes fallidos, fueron días de licencia para el desastre.  La mejor descripción de aquel tiempo la hizo el entonces embajador británico John Hobart Caradoc, Lord Howden, en una carta que envió el 15 de marzo de 1854 al Ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. En su misiva le narra a su superior la respuesta de un ministro español ante el cuestionamiento que hace el gobierno británico a la perversión del sistema político peninsular: “La Constitución en este país ha sido una ilusión, un mito, algo de lo que la gente habla pero que nunca ha visto, con la que ningún gobierno ha gobernado, ni puede gobernar jamás, que tanto los moderados como los progresistas han violado y que por tanto parece estar hecha para ser rota”.  ¿Acaso no es lo mismo que han hecho y hacen nuestros líderes cada vez que les toca el turno?

 

© Alfredo Cedeño  


miércoles, noviembre 11, 2020

PRENDAN LAS LUCES


                Aprendí a amar la historia desde muy temprano. Mi padre solía decir: El que no sabe de dónde viene está más perdido que el hijo de Lindbergh, puedes terminar en cualquier sitio menos donde te corresponde, por eso es que la historia es una necesidad.  Más adelante, al comenzar los estudios de secundaria me tropecé con tres profesores que me hicieron ver esa disciplina con fascinación. En segundo año, la primera vez que lo cursé, me tropecé con el profesor Camargo, del cual lamento no recordar su nombre de pila, quien entraba a clases en el caluroso liceo José María España, en Macuto, estado Vargas, vestido de traje gris, camisa almidonada y corbata negra. Él entraba con una linterna en la mano, y aquella panda de muchachos sudorosos, escandalosos y con absoluta necesidad de ser desasnados, solíamos aumentar nuestro alboroto. Camargo, impenitentemente, nos decía: “La historia es como esta linterna, es la luz que necesitamos para alumbrar el camino”. He de confesar que ninguno entendíamos sus palabras. Todos estábamos convencidos de su locura incipiente. Sin embargo, aprendí a ver su materia como un ente divertido.

                Al año siguiente, cuando debí repetir el año, tropecé en las aulas de Jesús Obrero, en la Calle Real de Los Flores de Catia, de mi Caracas natal, con Jesús María Azkargorta, y al año siguiente con Leonardo Carvajal, quien por aquellos días recién había dejado las filas de la Compañía de Jesús. Ambos me transmitieron su pasión por sus materias. Varios años más tarde la vida me puso en el camino, de la mano de su inseparable Raquel Cohén, a Daniel de Barandiarán. Si con los primeramente citados había aprendido a respetar y hacer mía la disciplina, con él supe adentrarme en la pasión y fascinación por el pasado, y su impacto en hoy y mañana.

                Llevo largo tiempo reflexionando sobre la escasa gracia con la que ella es vista por la mayoría de la gente, y debo decir que ese desplante se ha extendido de manera aparentemente inmarcesible Urbi et orbi. Al punto que he escuchado a algunos de sus propios estudiosos expresarse de manera despectiva respecto a ella. Punto aparte merecen las apropiaciones, y consiguiente manipulación, que de sus relaciones se han hecho a lo largo del tiempo. Todo aquel que logra ganar un espacio, trapisondas mediante, en los ámbitos de poder se dedica a establecer su propia épica. Es decir establecen falacias argumentales que pretenden convertir en historia. En Venezuela es una práctica de vieja data, pero tal vez la que más nos ha afectado, en cuanto a su impacto en nuestro devenir es la llamada estirpe de los tres Guzmán. Este linaje que fue creación del segundo de ellos, Antonio Leocadio, es un ejemplo de manual.  Él era hijo de Antonio de Mata Guzmán y Palacio, un andaluz llegado a Caracas en abril de 1799, y Agueda Josefa García Mujica, quien vendía golosinas a los soldados del ejército español, quienes le habían apodado “la tiñosa”, por sus abundantes pecas.  Antes de que algún doliente en retroactivo aparezca, aclaro que no estoy más que asentando hechos de los que ya otros, con más enjundia que yo, los han documentado.

                Este primer Antonio participó en algunos episodios de los orígenes de nuestra república, estuvo en relación con Francisco de Miranda y Simón Bolívar, lo cual fue aprovechado por su vástago mayor para enaltecer sus orígenes. Digo que, no teniendo él blasones de los cuales presumir, ante una Venezuela que pese a la independencia del reino español, mantenía incólume una estructura de poder en la que los blancos, criollos pero blancos a fin de cuentas, eran los que determinaban cómo se batía el chocolate, y quién era el que lo podía beber, se dedicó a crear su propia gesta. Él no tenía un lugar en aquella aldea con pretensiones de ciudad que era, y de algún modo sigue siendo, Caracas. Es natural que él escarbara en su ayer para reacomodar los hechos para conseguir un escaño que de algún modo lo equiparara con sus vecinos.  No es difícil imaginar lo duro que le debe haber resultado la vida en aquella comarca de status patológico, donde deben haber sido frecuentes los recordatorios de que era hijo de un oficial español y una vendedora de dulces, tiempo en que los muy insoportables caraqueños le debían recordar a menudo su estirpe no-mantuana. 

                Él, que había sido formado en España, llega a su aldea natal y se involucra en las labores de la naciente Nueva Granada, trabaja al lado del propio Bolívar, quien le encarga varias misiones, y pronto se dedica a ir labrando la que será su propia huella: la creación de distintos pasquines, publicaciones con pretensiones de periódicos, con las que va articulando una estructura política propia. Es necesario decir que Antonio Leocadio Guzmán se adelantó en más de medio siglo a Lenin, quien conformó el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia a través del periódico Iskra; nuestro bolchevique tropical creó El Venezolano, y por medio de las corresponsalías de aquellos tiempos estructuró el partido Liberal. 

                Sería un despropósito no recordar que previo a ese medio, él creó toda una serie de publicaciones que fueron las que le dieron su propio espacio en aquellos escenarios de revueltas, ajustes y reacomodos. Antonio Leocadio Guzmán, al fundar en 1825 su periódico El Argos, inoculó al venezolano el populismo. Sus diatribas contra todo el orden secular que, pese a la guerra civil de independencia, se mantenía vigoroso nos marcaron, yo diría que tanto para mal como para bien, y modificaron las relaciones de poder que pautaban nuestras estructuras sociales. Años más tarde su hijo, al que muchos han tratado de barnizar como un “autócrata Ilustrado”, utilizó la figura de su padre y sus vínculos con el nacimiento republicano para reescribir, término que tanto le gusta a los progresistas, nuestros orígenes, al punto que, el 1º de mayo de 1873, decreto mediante: “Declara al ciudadano Antonio Leocadio Guzmán Ilustre Prócer de la Independencia Suramericana.”

Hay numerosos textos que abordan en profundidad los aportes y los costes de los Guzmán, doy estas breves pinceladas, porque no deja de sorprenderme cómo han prevalecido sus esquemas hasta nuestros días. ¿Qué diferencia hay entre esos manejos y los iniciados por el comandante eterno cuando se empeñó en reescribir nuestra historia? ¿Acaso no les dice nada la exaltación de su descendencia de Maisanta? ¿No estamos ante una manifestación, ya de siglos, de una hambrienta necesidad de prestigio, solera y tronío al costo que sea?  Necesitamos mantener encendidas las linternas que el profesor Camargo usaba cuando entraba al aula. Es necesario hacer que Venezuela nos duela y amemos con la misma pasión que lo supo hacer Daniel de Barandiarán. Hoy, como nunca, es necesaria la enseñanza de nuestra historia, no de reescribirla, no de buscar borrar lo que no se puede, su condición indeleble no permite esos garabatos altisonantes con que tratan de marear nuestra atención. A fin de cuentas, la perspicaz sabiduría popular bien lo expresa con aquello de: Deseos no empreñan.

 © Alfredo Cedeño 

miércoles, noviembre 08, 2017

HIJOS DE CAÍN

   

            Del "indio" Daniel de Barandiarán, el vasco más venezolano que ha existido, aprendí que la historia es la mejor herramienta para evitar ser un erial sin arraigo. Sin raíces la tierra queda expuesta y el más exquisito vergel termina convertido en un  desierto. Son legiones de personas que en Venezuela han jugado, por muchísimo tiempo, a dejar nuestras raíces expuestas a la más feroz erosión, poco les importa que nuestro paraíso se convierta en la antesala del infierno.
            Sin embargo, es necesario decir que esa pesada rémora no es una virtud exclusiva de la tierra de Bolívar.  Es una condición con la que arrastramos desde nuestros mismos comienzos. En 1492 el almirante Colón llegó con una pandilla de desarrapados, hambrientos de pan y glorias, a nuestro continente. En breve había enloquecido y se creía la versión resucitada de Jesús y bien sabemos cómo terminó. Luego fue el turno del aragonés Francisco de Bobadilla, quien en dos años como gobernador de La Española hizo una ingente fortuna, la cual bien poco le sirvió a la hora de naufragar cuando regresaba a España.
            Bobadilla fue sucedido por fray Nicolás de Ovando, quien además de cura era caballero de  la orden de Alcántara, y este curita, seguramente maloliente y apestoso a cirios, sudores mal lavados y sahumerios medievales, hizo caso omiso a las voces que le alertaban de la inminente llegada de un huracán a lo que hoy son costas dominicanas, y obligó a zarpar su flota de regreso a la península. Desapareció entera. Ovando no solo acabó con esos navíos y fortuna sino que vejó a conciencia a Ojeda, Cortés y Pizarro en las nacientes calles de Santo Domingo.
            De esas cepas venimos, somos hijos del odio y el resentimiento, del quítate tú que ahora vengo yo. Fue así como vemos que Bolívar traicionó a Miranda y todo se olvida en aras de unos supuestos logros. Nos hemos dedicado a consagrar la ley del más "vivo". La astucia es la reina de todo y todos,  solo unos pocos no le rendimos pleitesía. Pese a ello han surgido a lo largo de nuestra vida nacional gente de valores y sólidos principios.
            No puede uno imaginarse a Ana Luisa Llovera en plena dictadura de Pérez Jiménez postularse a gobernadora de su Guárico natal. ¿Alguien se puede imaginar a Andrés Eloy Blanco en similar momento peleando por ser candidato a la gobernación de Sucre, o a Raúl Leoni por Bolívar o al "gallo" Salom Meza Espinoza lanzándose a la alcaldía de Sucre? La historia enseña que es la estatura moral lo que diferencia  a unos hombres de otros. Es el amor al país y el respeto incondicional a su gente lo que separa la paja del grano.


© Alfredo Cedeño


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