domingo, agosto 07, 2011

LOBATERA


Cuando uno va hacia San Cristóbal por la carretera Panamericana, 37 kilómetros antes de llegar, 18,6 en línea recta si nos atenemos a lo que dice Google Earth, a mano derecha se ven las torres naranja y azul de una iglesia de apariencia retozona en el fondo de una red de pequeños valles. Los avisos anuncian que se está pasando por Lobatera.

Este pueblo -tachirense por más señas, y lo digo para ubicarlos en este vasto y por momentos de apariencia inabarcable territorio que es nuestro país-, como muchísimos otros acá, tiene dos calles: una para ir y otra para venir. Esta de aquí lleva a su historia, a su gente, a su estirpe de los indios Lobatera, a los cuales algunos entroncan –y sabrá Dios y ellos mismos a cuenta de qué lo hacen- con la familia de los Caribe.

Estos habitantes primigenios se dice que comenzaron a llegar a estos parajes hace 3.000 años y que, por obra, gracia y disposición de esos batiburrillos que llaman procesos sociales, terminaron convirtiéndose en la mencionada etnia. Quienes ello afirman, se apoyan en los petroglifos que hay en sus alrededores como es el caso de La Piedra del Indio, en la aldea Zaragoza, así como en la llamada Piedra del Coconito.

En el asentar de medias verdades y crónicas sesgadas de vencedores que es la historia, se encuentran datos que informan de la llegada a mediados del siglo XVI -1568 para honrar la precisión- de los primeros europeos a esta zona. Al frente de ellos estaba el capitán Juan Rodríguez Suárez quien tal parece pasó sin mayor pena ni menor gloria. Tres años después, hablo de 1561, los Lobatera le plantaron cara a la expedición del capitán Juan Maldonado de Ordoñez y Villaquirán, quien luego de fundar San Cristóbal siguió su deambular por terrenos que presumía de voluntades blandas… Y así no era, las carnes y vidas de sus acompañantes se regaron por entre esos despeñaderos como rudo testimonio.

De nuevo reaparece en los textos históricos nuestra reseñada localidad a mediados del siglo XVIII cuando fue erigido su territorio en Viceparroquia eclesiástica. De ahí hasta hoy son casi infinitas las páginas que se han llenado hablando de ella.
Sin embargo, quiero abundar en torno a su muy poco conocida y menos típica Plaza Bolívar cuyo pedestal relumbra contra las montañas que circundan esta población. Data de los años 50 y es diseño de un tachirense excepcional como es Fruto Vivas…

Ahora bien, no solo la base de este bronce tiene su solera. Resulta que la estatua en sí fue la que identificaba al Pabellón de Venezuela en la Exposición Universal de Chicago de 1893. Este bronce fue realizado en New York, por Giovanni Turini, escultor italiano -¡por supuesto!- radicado en Estados Unidos y que había sido alumno de Adamo Tadolini, autor de la estatua de la Plaza Bolívar de Caracas. Esta efigie luego fue trasladada a Caracas y se instaló en el Paseo Independencia o Colina del Calvario que fue inaugurado el 3 de febrero de 1895 por el entonces Presidente Joaquín Crespo.

(Disculpen, pero no puedo soportar la tentación de este inciso: Menos mal no fue el 4, ¿quién hubiera aguantado al otro? ¿Se imaginan la cadena para explicar el sentido metafísico y sacafúsico de por qué el 4F él no tenía otra cosa que hacer sino levantarse contra las cúpulas podridas?)

Volvamos a lo nuestro: Lo cierto es que don Bolívar y Palacios permaneció allí hasta que un hijo de Lobatera, el Teniente Andrés Roa Ramírez, Presidente de la Empresa de Transporte Público de Caracas y amigo personal del Tarugo Pérez Jiménez, de quien se decía era el último dictador venezolano, el 2 de marzo de 1956, la estatua fue donada a esta comunidad donde llegó el 5 de abril de 1956; para ser re-develada el 7 de diciembre de ese mismo año.

Perdonen los desvaríos, pero a fin de cuentas para eso son los blogs: para decir y transmitir lo que a manera de bitácora cada cual quiere ir anotando de sus propios derroteros; aun corriendo el riesgo de despertar reclamos de los eruditos silenciosos que merodean exigiendo una profundidad que no me interesa. ¿Cómo coños hace uno para no emocionarse con este país de nuestros tormentos? Cada rincón es una fuente de datos, cifras, hechos, situaciones, atesorados con una sabia humildad que puede confundir a cualquiera.

¿Qué más decirles? No hay más nada. Sólo invitarlos a parar cuando pasen por ahí, entren a esa iglesia chillona que retoza entre las montañas –Iglesia de la Chiquinquirá– y busquen a José Luis Rivera, que lleva 30 años de sus 37 ayudando en la iglesia y que ahora ejerce repicando sus campanas seculares.

Y recuerden que solo tiene dos calles. Les hablé de la que va, pero no dejen de buscar la que viene. La que nos trae a este baile vital que esta población entrega generosa a todo el que por ella pasa.

Lobatera tiene dos calles y cien valles que la acunan, en ella se decanta un perfume que se lleva siempre encima una vez que se le camina…

© Alfredo Cedeño










1 comentario:

Anónimo dijo...

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