sábado, octubre 08, 2011

ADIÓS DANIEL



Escribo estas líneas desde el dolor, desde ese sentimiento poco ambiguo, pero lleno de incertidumbre, que provoca la muerte. Este sábado 8 de octubre, en la mañana, murió en España Daniel de Barandiarán, El Indio Daniel.

Desde que su inseparable Raquel diera el aviso ando dándole vueltas al desgano para escribir. Él no merece silencio, por eso lo hago.

Daniel fue uno de los mayores golpes de suerte que he tenido en la vida. Maestro de vieja escuela pero de nuevos métodos, me fue regalando su sabiduría con la munificencia que sólo él podía exhibir.

Con paciencia infinita, pese a su aparente irascibilidad, me regalaba “claves” para investigar, para seguir hasta el hueso cualquier tema en particular. “Una vez que encuentre el hilo, no lo suelte hasta que llegue a la madeja. No se olvide que en la constancia está el secreto…”.

Demostraba el respeto a su manera y mezclaba el trato de usted con el tuteo sin la menor vacilación, para gran desconcierto de los interlocutores poco acostumbrados a él. Generoso hasta llegar al punto que no aceptaba las gracias. Desprendido sin límites: cuando, en los años 90, le hicieron saber de la propuesta para su incorporación como Individuo de Número a la Academia de la Historia, pidió que más justicia se haría si se le otorgaba dicho reconocimiento al antropólogo warao Pedro Krisólogo.

De palabras ágiles y punzantes, como estiletes, que podían hacer sonrojar a quien fuera. Recuerdo su rostro travieso y feliz recordando el gusto que se había dado al sacudir a un obeso, lentísimo -y también de altísimo nivel- funcionario de la cancillería venezolana: “¡Usted no es más que un elefante escapado de un cuadro de Botero!”. Y luego me seguía explicando su aparente impertinencia: “Es que el territorio de la patria es sagrado, ante cualquier intento de despojo: ¡no se puede quedar nadie de brazos cruzados y en babia!”

El Indio Daniel, como se había autobautizado y le encantaba ser llamado, llegó a Venezuela en los años 50. “La única manera en que uno puede conocer un sitio, ¡con todo lo que eso significa! –añadía con voz emocionada-, es caminando y conociendo a la gente”. Así fue como salió de Caracas por la única vía que en aquel entonces existía hacia el occidente, la carretera Panamericana. “Donde me agarraba la noche entraba y pedía permiso y colgaba mi chinchorrito; así me enamoré de Venezuela, mi país”.

En 1959 ya andaba por el corazón de nuestra Amazonía y fue como fundó Santa María de Erebato en la parte alta del río Caura. Se escribe y lee fácil, pero les recomiendo que se metan a Google Earth y pidan la ubicación de esta comunidad y tendrán una pálida idea de lo que significó dicha labor.

Las instalaciones actuales que tiene el ejército venezolano en Parima B, al borde sur de nuestro Amazonas, fueron edificadas por el ejército brasilero que se había dejado colar hasta allí. Un buen día El Indio Daniel, apareció por esos lares en sus labores misionales; sin decir nada tomó nota mental de todo cuanto ocurría y de inmediato inició viaje de regreso ¡a Caracas! Luego de varias semanas llegó directo a La Carlota y entró como una tromba al despacho del entonces Comandante General de la Fuerza Aérea, a quien le reclamó su molicie mientras el territorio nacional era desmembrado. A los pocos días, y con la consabida “crisis” del caso, ese espacio fue recuperado y los hijos de Brasil debieron desalojar.

Daniel de Barandiarán dejó textos memorables. Algunos de ellos de obligatoria lectura para todo aquel que quiera presumir de ser venezolano: Los Hijos de la Luna, Introducción a la Cosmovisión de Los Indios Ye'kuana-Makiritare y El Laudo Español De 1865 Sobre La Isla De Aves. Tres textos en los que hizo gala de una pluma privilegiada con la que pudo pasear por las letras más conmovedoras, escarbar en el aparentemente árido mundo de la lingüística y abordar el aburrido espacio de la historia hasta convertirlos en piezas angulares de eso que, de un tiempo a esta parte, han dado en llamar Identidad Nacional.

Comí los panes integrales que hacía en su casa con el trigo que iba con “La Turca” a buscar en Los Andes; bebí el té que preparaba con la menta fresca que arrancaba de su jardín, me dio a leer sus textos y me otorgó el privilegio ¡de corregirlos! De fidelidad absoluta a los amigos, y respetuoso de los errores ajenos en privado; aún cuando en público fuera capaz de poner de vuelta y media a quien fuera. Nunca perdía la oportunidad de honrar la memoria de Arístides Calvani, “¡el único responsable de que esté aquí!” Lo vi emocionarse casi hasta el llanto del amor desesperado por Venezuela.

De Europa decía: “Aquello es un cascarón vacío, la vida está aquí, y no me voy, aquí me muero”. La salud le jugó una terrible pasada y debió volver a su tierra vasca natal.

Allá, en medio de los dólmenes prehistóricos descubiertos por su tío José Miguel de Barandiarán y Ayerbe, a quien llamaron el "patriarca de la cultura vasca", me dijo: “Le debo confesar, mi querido amigo, que no voy a poder volver a mi Venezuela, la vida no me dará para tanto, pero estoy muy triste porque también España se acaba. Esto ya no será más, yo no lo veré, pero ya verá que es así. Y mi país, mi Venezuela, que mala suerte ha tenido… ¿Dónde hemos fallado sus hijos que no hemos podido darle mejor suerte?”

El sábado 8 de octubre de 2011, tal como avisó su inseparable y adorada Raquel: Daniel entró en la luz. Ojalá nos mande un chorrito de ella para poder seguir buscando el camino, para seguir honrando el trabajo de profundo amor por este país que tanto quiso transmitir…



3 comentarios:

hory dijo...

emotivas palabras, querido amigo como siempre tu sensibilidad expresada en tus textos, te admiro sinceramente

Ra dijo...

Gracias Alfredo por tus palabras, seguros estamos que el indio ya esta preparando una expedición para darnos una manita y ayudarnos en la marisma. R

zulma dijo...

Hola Alfredo , muy loable tu escrito sobre este señor El Indico Daniel , mas venezolano que cualquier nacido aqui , Dios le de descanso a su alma Y que desde las alturas nos envien ayuda para recuperar lo perdido .