miércoles, octubre 26, 2011

EL SIERVO DE DIOS



A lo largo y ancho de Venezuela su nombre es sinónimo de santidad y curaciones a las que tildan de milagros, puesto que muchas de ellas ocurren luego de supuestas apariciones de este médico trujillano muerto el 28 de junio de 1919 en un accidente automovilístico en la capital venezolana.

José Gregorio Hernández nació en Isnotú, pequeña población del estado Trujillo, 430 kilómetros al oeste de la capital venezolana, el 26 de octubre de 1864. A la par de su vocación como médico trató en diversas oportunidades de abrazar la vida religiosa en la cual no pudo permanecer por su salud precaria.

Su rendimiento académico como estudiante de medicina hizo que, a fines del siglo XIX, el entonces presidente venezolano Juan Pablo Rojas Paúl, lo enviara a la Universidad de París a realizar estudios de Microscopia, Histología Normal, Patología y Fisiología Experimental.

En la capital francesa fue un asiduo visitante y profesional en el laboratorio de los doctores Richet y Strauss. En esa ciudad recibió la orden para la compra de todos los instrumentos necesarios para la creación de un laboratorio de fisiología experimental, que se establecería en el Hospital de Caracas. Una vez cumplida esa tarea regresó a la capital venezolana, donde se convirtió en catedrático de la Universidad Central de Venezuela.

Su dedicación a los necesitados llevó a que fuera bautizado como “el médico de los pobres” puesto que atendía sin costo alguno a quienes no podian pagarle por sus servicios de salud.

En Isnotú, su pueblo natal, constantemente convergen numerosos creyentes de todo el país a rezar y pedir por la realización de alguno de sus milagros. Donde estuviera su casa natal ahora hay una estatua suya, a la que veneran numerosos peregrinos y creyentes. En sus alrededores numerosos comerciantes se dedican a vender recuerdos de todo tipo, así como distintos productos que aseguran ayudan a los devotos en la recuperación de sus males físicos.

También es común encontrar a quienes van a testimoniar los beneficios obtenidos, desde haber aprendido a manejar hasta aquellos que agradecen la salvación de males terribles como el cáncer. Todos acuden y ruegan para que la Iglesia católica, que comenzó su proceso de canonización en 1949, y que le concedió el título de venerable en el año 1985, le otorgue el status de santidad para poder llamarle San José Gregorio.

Como bien han de suponer, no sería yo si no cerrara estas líneas con la nota discordante. Para algunos puede sonar a blasfemia, pero que es cierto y ahora casi no se cita cierto episodio poco santo que pende sobre el Siervo de Dios. Se asegura que su nivel de exigencia intolerable fue el gatillo que desencadenó el suicidio del también trujillano Rafael Rangel, quien se suicidó a los 32 años en su laboratorio con una ingesta de cianuro…

Debo acotar que Hernández fue inicialmente mentor de Rangel y su tutela fue fundamental para su desarrollo en el mundo de la investigación científica. Pero es lo que hay en las gavetas de la amiga historia. A fin de cuentas, más que santo José Gregorio fue un hombre que sirvió y se entregó, buscó el cielo en la tierra con gestos desprendidos y -si es que el otro mundo existe- lo más seguro es que de lo menos que está pendiente es de que se le venere o agradezca lo que hizo, y quien sabe si todavía hace, por puro amor al prójimo y al más necesitado.

© Alfredo Cedeño

















2 comentarios:

Victoria Bustillos dijo...

Gracias Alfredo por compartir estas imágenes...

Cajomar dijo...

Gregorito mi viejo bello. gracias por todo lo que haces por mi, lastima que hay gente que juega con la FE que tnemos hacia tu santidad
Gracias Alfredo por este articulo, preciosas fotos.