domingo, julio 17, 2011

TRUJILLANEANDO 05 (Santa Ana)


El hombre es la memoria, lo que recuerda, lo que evoca, lo que conmemora… Cierro los ojos y, de mi época de niño escolar, salta como un resorte una vieja imagen en blanco y negro desde la sección de historia del libro de turno. Allí, Bolívar se abraza con el jefe realista Pablo Morillo.
Es nítido el recuerdo: a la izquierda está el patriota de gesto serio y con ropa de paisano; a la derecha el español con largas patillas, luce charreteras y espuelas y una espada morrocotuda que nunca pude entender cómo la sostenía en su cintura.
Esa viñeta ilustraba el encuentro entre ambos jefes militares ocurrido el lunes 27 de noviembre del bisiesto 1820 en la entrada de Santa Ana, Trujillo. Dicha reunión se acordó llevar a cabo para, de ese modo, ratificar físicamente el Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra que sus representantes habían firmado el día antes.
Las crónicas de entonces afirman que el ibérico no encontraba donde meter su mandoble y sus arreos militares cuando vio llegar al criollo con un séquito mínimo, encaramado en una mula, de ropaje civil, con gorra de campaña y una levita azul.
Parte de los hechos ocurridos entonces es que Morillo propuso que se erigiera en el sitio de encuentro una pirámide que lo recordara. Ambos colocaron la primera piedra de ese monumento que hoy recibe al que llega a Santa Ana.
Rafael Ramón Castellanos uno de los trujillanos más trujillano que uno pueda imaginar, y santanero por más señas, afirma, con gesto adusto y voz que no admite incertidumbre alguna, que Santa Ana de Trujillo se fundó el 19 de abril de 1653. Y si él lo dice, no tengo duda alguna de que así fue. Sólo un rojito de esos que ahora pululan presumiendo de amos y señores de la historia, llegaría a semejante imbecilidad.
Más de tres siglos han visto mudar tapiales, cambiar techos y rehacer calles, de este nido de dignidad acurrucado en medio de las montañas andinas. En sus ventanas todavía hay doncellas que son rondadas por mancebos que buscan su boca trujillana de piña y flores frescas. En sus callejones las bestias esperan cargas que remontarán las cuestas de los alrededores. Una pulpería rebosa de miche bajo el falso gesto de dureza de su dueño. Una delgada cinta negra anuncia el luto que señorea en una vivienda. Una beba de rizos deliciosos y chocolate en mano señala lo que sólo su pureza ve… Allí la historia no es una imagen que asalta los recuerdos, se nace y crece con la sencillez de quienes se saben herencia de ella.

© Alfredo Cedeño


















4 comentarios:

belinda dijo...

bello artículo, hermosísimas fotos.

Anónimo dijo...

Como siempre hermoso articulo y hermosas fotos...Saludos

Anónimo dijo...

Como siempre hermoso articulo y hermosas fotos...Saludos

Anónimo dijo...

FOTOS MUY LINDAS, ME GUSTARÍA SABER: ¿QUÉ PASÓ CON LA CASA DE LA NIÑA DARÍA MARIN? QUEDABA DESPUÉS DE LA PLAZA BOLIVAR.CUALQUIER FOTO O RESPUESTA SERIA MUY AGRADECIDA.