domingo, enero 29, 2012

LA CEBOLLA


En cebolla nueva hice que tus hollejos pasaran del llanto a la noche,
las estrellas brillaron en el borde del filo que te sajó sin piedad
para seguidamente largarte en medio del aceite hirviente
y tu perfume desperezó al hambre como la escarcha al alba.

En cebolla creciente el guiso, la sopa y el puchero se engalanaron
con gallardos guiños de humilde altivez para que el paladar volara
anticipándose a los regustos seculares que las bocas amontonan
en las dulces alcancías de los sabores que madres y abuelas sembraron.

En plenicebolla lágrimas y rocío se condensaron en la corteza delicada
como lluvia de capas abroqueladas pariendo espadas de esmeralda
y un borbotón de plenitudes se descolgó en medio de las mesas
hasta que el alma misma bailó con gula sobre manteles y maderos.

En cebolla menguante la piel lisa, brillante y tersa deslumbró,
pese al tajo frustrado que tasajeó su tenso vientre preñado,
acomodando en medio del universo un cantío de sabores
donde la desesperanza se secó mientras tus ganas siguieron cerca.

En cebolla agonizante lloré el desamparo de unas letras insípidas
que nunca pudieron honrar tu garbo desnudo en las once mil bocas
de hambrientos, satanases, reyes, caínes, princesas, canallas y moribundos
con la prudente humildad de la sabiduría que la tierra entrega en ti.

© Alfredo Cedeño

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