domingo, enero 15, 2012

TRUJILLANEANDO 11 (La Ceiba)


Cada vez que abordo la historia, de cualquiera sea el sitio, en el estado Trujillo termino evocando una anécdota, contada por Raúl Díaz Castañeda, del médico Pedro Emilio Carrillo. Decía aquel que sólo una vez lo vio enojado, y ello ocurrió cuando alguien dijo que si a Trujillo lo borraban del mapa, no pasaría nada. A ello Carrillo respondió: "Pero a la Historia de Venezuela tendrían que arrancarle la mitad de las páginas".

La frase leída hoy podría sonar a desplante, o quien sabe si a “resuello por la herida”. Ni una cosa, ni la otra: don Pedro Emilio condensó en esas sesenta y seis letras una verdad pura y justa, en consecuencia dura. A fin de cuentas, lo cierto no conoce de afeites, ni florituras, ni de ese otro eufemismo que llaman dorar la píldora.

Hoy, luego de múltiples jalones de orejas y reclamos de quienes me toleran dominicalmente voy a escribir de La Ceiba, población que, si ubicamos en el mapa, está en el borde inferior derecho del Lago de Maracaibo, diría algún quisquilloso que a 53 kilómetros, en línea recta, al noroeste de Valera y a 465, también derechitos y sin soportar el desastre de la red vial que ahora disfrutamos gracias a la plaga roja-rojita, al Suroeste de Caracas.

Debo también apuntar que este es el único puerto del estado Trujillo y que por largo tiempo fue la vía más expedita de comunicación y conexión de este estado andino con el resto del país y el mundo. De hecho, hubo una época en que quienes iban hacia Caracas optaban por la vía lacustre y marítima: embarcaban en La Ceiba, llegaban a Maracaibo, de allí a Curaçao, luego Puerto Cabello y finalmente La Guaira, desde donde finalmente se enrumbaban a la capital nacional.

Pero antes de seguir con el despegue de La Ceiba y su trascendencia para la economía regional y nacional, creo pertinente hablar de sus comienzos. Algunos historiadores dicen que fue en 1620 cuando bajo el nombre de Pueblo Viejo, de mano de las misiones de los jesuitas, inició su tránsito por los anales occidentales. Afirman que será dos siglos y dos décadas después, en 1840, cuando se consolidará debido a “la gesta poblacional” del marabino Juan Ramón Almarza.

A ver, bien sabemos que ponerse de acuerdo varios siempre implica unos esfuerzos casi infinitos; más cuando ello es por decir quien es el que tiene los pelos de la puerca en la mano para decir que es negra, o que es albina. El comentario viene, porque hay quienes afirman que fue fundada “en 1.740 por el Sr. Juan Ramón Almarce, quien administró grandes haciendas de cacao”. La misma fuente asegura que “existe una petición del Maracucho Benito Roncayolo quien gestiono ante el Congreso Nacional, el Tramo Ferrocarrilero desde la Ceiba hasta Motatán culminando en 1.855.”

En honor a la verdad es que traigo a colación esta cita sólo para resaltar su poca credibilidad. Resulta que en 1876, llegó a Venezuela de Francia el empresario Benito Roncajolo, acompañado de sus dos hijos: Juan y Andrés Roncajolo; los tres eran ricos comerciantes y expertos en la construcción de líneas férreas.

Pero antes de ahondar en ello quiero referir que esta zona estuvo habitada en tiempos precolombinos por distintos grupos indígenas que hacían vida en la hoya del Lago de Maracaibo y sus riberas. Más tarde fue cuando ocurrió el poblamiento colonial, para cuya colonización se otorgaron los llamados repartimientos, mercedes reales, encomiendas y reducciones, donde la explotación del cacao se llevaba a cabo con la mano de obra esclava de indígenas y negros.

La Ceiba hoy es una de las tantas localidades venezolanas donde el abandono se ha enseñoreado. Su bien ganado lugar en la historia se apolilla en la memoria de un país que pareciera empeñado en despilfarrar la herencia labrada por numerosas generaciones de emprendedores. Por esos parajes transitaron los primeros conquistadores, esclavos, conspiradores, piratas, libertadores, hombres de negocios.

Al concluir la Guerra de Independencia -1810 a 1823- y la Guerra Federal -1859 a 1863- comenzó a decaer el comercio en Gibraltar, que servía como principal puerto del Estado Mérida, lo cual llevó a que se disparara el tráfico comercial de Mérida y Trujillo a través del puerto de La Ceiba. También es digno de resaltar que en 1842 la entonces Provincia de Trujillo comenzó a reclamar una salida al Lago de Maracaibo. Si de algo tienen merecida fama los trujillanos es que no hay cosa que se les meta entre ceja y ceja que no termine haciéndose realidad. El 9 de abril de 1850 el Congreso Nacional decretó la anexión de La Ceiba al cantón Escuque, jurisdicción de Trujillo, separándolo de forma permanente de la Provincia de Maracaibo, hoy Estado Zulia.

Es pertinente apuntar que el transporte de personas, mercancías y productos agrícolas se realizaba a lomos de mulas y caballos, así como de algunos coches y carretas. Es así como comienza a hablarse de la necesidad de mejorar los medios de transporte. Una década más tarde, el 6 de julio de 1869 el Congreso de la Republica emitió un decreto por medio del cual concedía al danés Waldemar Word, la exclusividad para construir un ferrocarril entre el lago de Maracaibo y la parroquia de Betijoque, tal como documenta Francisco González Guinán en su Historia Contemporánea de Venezuela.

Lo cierto fue que, gracias a la situación política y/o incumplimiento de la empresa del súbdito de Dinamarca, la obra nunca fue realizada.

Deja saber González Guinán en su citada obra que el 31 de mayo de 1878, el Congreso de la Republica, aprobó un contrato celebrado “entre el Ejecutivo Nacional y los señores Benito Roncajolo y Antonio Aranguren para la construcción de un ferrocarril entre La Ceiba y Sabana de Mendoza en Trujillo". Quiero hacer referencia que este Aranguren no es el mismo que luego adquirirá notoriedad, y una riqueza incalculable, porque el 28 de febrero de 1907 recibe del gobierno de Cipriano Castro la concesión para desarrollar durante 50 años yacimientos de petróleo y asfalto en los distritos Maracaibo y Bolívar del estado Zulia. Es el mismo que en los años 50 aparece como el financista del magnicidio de Carlos Delgado Chalbaud ya que en una casa de su propiedad es donde el grupo de malandrines que encabezaba Rafael Simón Urbina asesinan al entonces presidente venezolano.

Pero sigamos con la vía férrea y La Ceiba. Aquel contrato de Venezuela con Roncajolo y Aranguren tampoco se llevó a cabo y será el 17 de marzo de 1880 cuando se firma un nuevo contrato oficial, “para la ejecución de la obra del Ferrocarril, desde el Puerto de “LA CEIBA” o de “La Mochila” (ensenada del mismo nombre, en la desembocadura del río Buena Vista, adyacente al Puerto “La Dificultad”), hasta “SABANA DE MENDOZA”; y que fue firmado entre el ingeniero JESUS MUÑOZ TEBAR, Ministro de Obras Publicas de los Estados Unidos de Venezuela y el Sr. BENITO RONCAJOLO, en Caracas”. Ese documento fue aprobado “por el Congreso de los Estados Unidos de Venezuela, el día 13 de abril de 1880, y publicado en la Gaceta Oficial Nº 2054 del 16 de abril de 1880”. Y se comienzan las obras.

Con Benito Roncajolo y sus hijos vino la esposa de Juan: Leontine Perignón de Roncajolo. Ella escribió el libro: En Venezuela, 1876-1892. Recuerdos, que fue publicado en Francia en 1895, y que apenas fue en 1968 cuando se tradujo al español.

Madame Leontine escribió en su obra:
Para salir de las selvas que hoy día atraviesa la vía férrea, se requerían por los menos dos días y a veces más. En la estación de las lluvias, no se avanzaba sino lentamente. Las bestias y la gente, cubiertas de fango, encontraban miles de obstáculos, entre otros, las fiebres paludosas, muy comunes entonces y que a menudo se transformaban en fiebres perniciosas. El transporte era costoso y difícil; algunas veces los arrieros se veían obligados a abandonar sus cargamentos y sus mulas morían devoradas por animales salvajes.
Para construir esa vía se taló la parte de la selva que llegaba hasta los techos de las casas de La Ceiba. Con el aire y el sol disminuyeron las fiebres y se logró alejar o secar las aguas del lago y de los pantanos que casi penetraban en las viviendas. Hoy día esas selvas vírgenes, que en otros tiempos se atravesaban en dos penosos días de camino en medio de hoyos y pantanos, bajo chaparrones o bajo el sol tropical, se recorren en dos horas en cómodos vagones.
… Cuando acompañaba a mi marido en las obras, no podía dejar de admirar los magníficos árboles que a veces era necesario talar por así requerirlo el trabajo, y los soberbios pájaros que sin ningún temor permanecían a mi lado; incluso algunos de ellos me dejaban observarlos en sus nidos
.

No se crea que la iniciativa de Roncajolo y sus hijos fue recibida con La Marcha Triunfal de Aída, o con bombos, platillos y saltimbanquis. Si bien un grupo de inversionistas trujillanos, encabezados por Juan Bautista Carrillo Guerra, suscribieron acciones de la compañía, la eterna miopía de los intereses se manifestó de manera virulenta: Los dueños de los arreos de mulas que fungían como medio de transporte hasta La Ceiba, así como los propietarios de las posadas, establecidas a lo largo de los llamados caminos reales, muchas veces le echaban candela a los durmientes, o ponían piedras, palos, clavos y cuanta vaina se les ocurría en la vía. En más de una ocasión sabotearon las líneas telefónicas que la empresa iba colocando en paralelo a la obra.

La ruta se fue ejecutando por etapas hasta que se dio por finalizada en Motatán. Desde que entró en funcionamiento su uso se extendió de manera intensiva. Hay dos cartas, una del 21 de agosto de 1888 y otra del 30 del mismo mes y año, que el Siervo de Dios, José Gregorio Hernández, dirige a su amigo y colega Santos A. Dominici, en las cuales le narra su viaje desde La Guaira, con escala en Puerto Cabello, Curazao, llegando a Maracaibo, y luego a la Ceiba, para luego utilizar el ferrocarril desde la Ceiba hasta Sabana de Mendoza.

Todo esto que les he ido narrando es una brevísima síntesis de datos, hechos, cifras, que sirven como actos refrendarios de las palabras del viejo Carrillo que les mencioné en el primer párrafo. Trujillo es una cantera que luce inagotable en sus aportes para la configuración de nuestro acervo histórico como país.

Por eso no ceso de asombrarme ante el aparente manto de indiferencia con que los trujillanos transitan alrededor de sus dignas raíces. No puedo negar el mal sabor que deja andar por las escasas calles de La Ceiba y ver el deterioro de lo que una vez fue uno de los ejes comerciales de Trujillo, Los Andes, Venezuela y el Caribe…

Su gente sobrevive ganándose dignamente la vida entre las aguas del Lago. Y regreso de sus espacios pensando: Ah malhaya hubiera muchos Pedro Emilio Carrillo que rescataran esas hojas de la historia venezolana que la indolencia parece a punto de arrancar para sembrar torres.

© Alfredo Cedeño

2 comentarios:

María Eugenia Lemoine de Roncajolo dijo...

Hola Alfredo. Un saludo cordial.

Yrcilia Leontine Pérignon de Roncajolo, en su libro Souvenirs au Venezuela 1876-1892, escribió: " El ferrocarril de la Ceiba, que llega hasta el terminal de una línea de vapores, es obra de iniciativa privada debida a la constancia de mi suegro, Don Benito, como lo llaman todos, quien contribuyó eficazmente a introducir la vida y la prosperidad en estas regiones mediante numerosas e importantes industrias creadas por él. El país le debe las líneas marítimas que lo unen a Europa y le deberá también las vías férreas ya construidas o en construcción, de gran porvenir y fuente de riqueza para los centros que sirven y las localidades que atraviesan.
Mi marido se ocupaba de su construcción y tenía como colaborador a su hermano, cónsul de Francia en Maracaibo. Nosotros vivíamos en la Ceiba". Si Juan y Leontine viesen las fotos de lo que una vez fue su hogar y su propósito de vivir, llorarían.

Benito Roncajolo Bruno, tatarabuelo de mis hijos, en carta dirigida al Dr. Claudio Bruzual Serra, Ministro de Obras Públicas en 1896, escribía: “No me extenderé sobre la ruinosa operación financiera que hemos hecho; sólo nos queda el honor y la satisfacción de haber construido una línea férrea, la más importante de este País, y realizado la anhelada independencia del tráfico venezolano que pagaba obligado tributo a la vecina República de Colombia” (Archivo General de la Nación, Carta de Benito Roncajolo al Dr. Claudio Bruzual Serra, Ministro de Obras Públicas, Maracaibo 9 de abril de 1896. Citada por Arcila Farías, op. Cit., tomo II, p. 254).
Murió en 1900, después de haber perdido a sus dos hijos en la construcción de un proyecto que hoy vemos destruído y olvidado. Los vagones oxidados y abandonados entre matorrales o pintados con una bandera distinta con alguna consigna que no compartiría.

Como tú dices en tu blog. "!Ah malhaya! hubiera muchos Pedro Emilio Carrillo que rescataran esas hojas de la historia venezolana que la indolencia parece a punto de arrancar para sembrar torres".
Y digo yo: "A falta de Pedros Emilio Carrillo... !Escribámosla nosotros, los venezolanos!Verdaderos dueños de nuestra historia. Transcribamos mientras tengamos memoria. Dejemos constancia de lo que fue en realidad este país y de cómo se construyó, antes de que borren los archivos y reinventen una historia que no nos pertenece y que no reconoceremos como nuestra.

María Eugenia Lemoine de Roncajolo dijo...

Estimado Alfredo. Honrada estoy de que hayas sido tú, un historiador con 30 años de experiencia, quien escribiera el primer comentario en mi recién inaugurado blog. No soy historiadora pero me gusta contar ciertas historias, que por casualidad, llegan a mis oídos o a mis manos. Me alegra muchísimo que mi comentario haya contribuído a que continúes con esta hermosa labor como es la de reseñar la historia y las anécdotas de nuestro país y su gente. !Gracias!