viernes, enero 20, 2012

LAS CUENTAS


Aquel burrito que va volando allá por la falda de Los Gallinazos, ese es Corotico, y él es mío, pero Garrancho, el perro ese flaco que viene más atrás no, con ese no quiero nada, porque él es muy malo. El otro día quiso morder a mi morrocoy Marugenito, el que me regaló la doctora María Eugenia, allá en la Puerta. Él es malo, ¡qué si lo es!, no es nada más que se mete con Marugenito, la otra vez también quiso comerse a los pollitos de la gallina jabada, y hace dos semanas mamá lo encontró comiéndose los huevos que había puesto la blanca por atrás de la silleta del burro.
Teodora está parada en medio del camino que cruza la montaña, sus ojos despiertos van recorriendo todo a su alrededor. Termina de girar sobre si misma, acomoda el morral donde lleva sus cuadernos y sigue subiendo la cuesta polvorienta que llega hasta su casa. Mientras camina sigue hablando sola.
Papá me regaló a Corotico por saber sacar cuentas, je je, y la verdad que no me lo esperaba. Él se iba a llevarle una carga de tomates al viejo ese barrigón de allá arriba en La Puerta, el que le compra siempre las siembras, y yo por las puras ganas de pasear le pedí que me llevara, cuando bajamos todos los huacales del jeep que le hace los viajes sacando las cargas y ellos empezaron a echar sus números lo oigo diciéndole a mi papá:
– Tres y dos cinco, y ocho once, por cuatro cajas, dan cuarenticuatro y otras tantas del viaje de esta mañana y lo mismo de ayer por la tarde son …
– ­No señor, ¡son cincuenta y dos por viaje!
– ¡Muchacha!, ¿qué es eso de estar interrumpiendo así? Disculpe usted señor Manuel pero es que esta china es una insolente…
Yo me quedé callada. Cuando ellos terminaron de sacar sus cuentas y agarramos de vuelta, papá me empezó a regañar, porque no estaba bien que interrumpiera de ese modo a los mayores cuando estaban hablando. Ahí fue cuando aproveché y le expliqué bien como es que era que se sumaba y se multiplicaba, porque justamente esa mañana la maestra Carmen Virginia me había enseñado esas tablas.
– ¿Cómo dice usted Teodora? ¿Quiere decir que el viejo baboso ese me está sacando las cuentas a favor suyo? La semana que entra se viene conmigo y me ayuda con eso.
Dicho y hecho, el viernes que era cuando él acostumbraba entregar lo último de la semana y a calcular todo para que el gordo le diera sus cobres, me pidió que me alistara. Cuando llegamos allá, me fije que él ya tenía su mala intención por delante porque, así como para comprarme, me entregó unos caramelos y me dijo:
– Pero si aquí está la cuentera, tome y endúlcese.
Y se volteó hacia donde estaba papá y empezó con sus cuentas de unas cajas de lechuga que le había estado llevando en la semana.
– A ver Guillermo, Tres y dos cinco, y ocho once, por cuatro cajas, dan cuarenticuatro…
¡La misma cuenta de la semana pasada! Papá se me quedó viendo así como diciéndome que hablara y salté:
– Disculpe, pero son cincuenta y dos…
– ¿Cómo que cincuenta y dos? –Dijo el muy zángano y se me quedó viendo.
– Si señor Manuel, porque cinco y ocho son trece, no once, y multiplicado por cuatro da cincuenta y dos.
– Vea pues, pero esta china si que sabe Guillermo, yo hubiera jurado que la cuenta era así…
Pero se le veía por encimita que eso eran cobas de él. Papá no dijo nada, sino que se puso a mirarlo fijo sin siquiera parpadear. Otro día pasó que estábamos en las mismas y estaban echando los números y empezó:
– Ajá Guillermo, estos sacos de maíz estuvieron medio flojos, pero fueron nueve y siete do… mire china cuanto es que son nueve y siete?
– Dieciséis señor Manuel.
– ¿Estás segura? Yo hubiera jurado que eran doce…
Ese día cuando veníamos subiendo hacia la casa, papá me dijo:
– ¡Con razón no me rendían los cobres! Ese guaro gordo me tenía las cuentas al revés y ponía todo a según le convenía a su bolsillo. Yo le tengo que reconocer Teodora esto que hizo, ¿será que ahora cuando vayamos subiendo por donde Chucho Márquez le compramos el pollino ese que usted tanto empeño tiene con él?
Así fue. Apenas pasamos por la casa de Jumí, que es como mentamos todos aquí a Chucho, papá mandó a que se parara el del jeep, en lo que se paró fue y preguntó cuanto importaba Corotico, y eso fue rápido. Jumi le dijo, papá sacó y le pagó y yo me quedé para subir caminando hasta la casa llevándolo del cabestro.

© Alfredo Cedeño

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Pero que preciosidad de gurisita cuentera!
"... tome y endúlcese", y yo agarro y me endulzo con tus letras. ¡Gracias por contar!