sábado, enero 07, 2012

COMANDO


Yo se que me van a matar cuando le de matarile al jefe, pero es que no me queda otra. Mamá siempre decía que a uno la suerte cuando lo agarra es como una perra con mal de rabia: en lo que te muerde te enfermas. Sea por bien o sea por mal. Si es por lo bueno eso es que te ahogas en plata y no hayas ni en que gastarla, porque más botas y más te entra; y si es por lo malo entonces te ahogas en mierda y no hay manera.
Y que conste: yo quise ser uno de los buenos. Cuando me metí a policía era porque creía, y quería, que los bandidos siempre perdían, pero cuando apenas terminé el curso y me pusieron en la calle me di cuenta de que yo había visto mucha película. El mismo primer día, estando en la esquina de la calle Veinte, le puse la mano a uno que cargaba kilo y medio de marihuana en un morral, lo esposé y lo lleve hasta la jefatura, él iba muerto de risa y me dijo: “mire chamo déjese de eso y agarre estos cien mil que es lo que cargo aquí y no pasó nada”. Yo lo que hacía era empujarlo y decirle que cien mil coñazos le íbamos a dar en lo que llegáramos. Y él lo que hacía era reírse. En lo que entramos me quedé frío cuando vi que el sargento que estaba en el escritorio saltó y empezó a darme gritos y a decirme que le quitara las esposas y que dónde estaba la orden para llevar a ese ciudadano detenido. Pero, sargento, es que yo… empecé a decirle. Cállate te dije, me respondió. Es que tiene kilo y… volví a comenzar. Que te calles te dije ya, me contestó y sacó su llave, le quitó las esposas y le dijo que se fuera. El hombre sobándose las manos, se reía y le dijo: “no se preocupe pana mío, que él ya va ir aprendiendo –y se me paró al lado y me dijo-si hubieras agarrado tus cien mil no te habrían formado ese peo, ve aprendiendo que aquí la movida es otra, mi nuevo”.
Por eso es que cuando a los seis meses me llegó a la casa de los viejos aquel tipo en un carro nuevo, y con tres guardaespaldas en otro carro, a decirme que tenía que hablar conmigo me quedé mudo y le oí todo. Lo primero que hizo fue decirme la vida y milagro de todos en la casa, y cerró: “mira mi pana aquí nadie pierde y todos ganamos, tú quédate tranquilo y voltea a ver de aquel lado mientras nosotros pasamos, que después nos vamos a acordar de ti”. Yo quise patalear, pero él me atajó: “Mi pana, hazme caso, y déjate de joder que si no colaboras se le pueden ir los frenos a una camioneta en la mañana cuando tu mamá va a comprar lo del almuerzo allá en la esquina…”. Ahí si fue verdad que me cagué y me quedé mudo. De todos modos, apenas llegué al comando fui a buscar al inspector Santos, el jefe de drogas, y le conté todo; él no me dijo nada sino que se paró de su silla y me hizo seña y fuimos hasta la puerta de atrás y me enseñó un Toyota Camry nuevecito y me dijo que era suyo, y me preguntó que desde cuando no veía uno así. ¡Fue cuando caí que era igualito al que cargaba el tipo que fue a la casa!
Desde ese día me empecé a hacer el pendejo y ellos empezaron a darme de todo y hasta una moto me regalaron. Como siempre tuve buen pulso, y no dejé de ir a practicar en el polígono me empezaron a mandar a competencias, todas las ganaba, todo el mundo hablaba de mi puntería. Un día volvió a aparecer el mafioso en la casa, pero con una Hummer, y me dijo que me fuera con él que había una gente que quería hablar conmigo. Nos montamos en su camioneta y arrancamos con el otro carro con los escoltas más atrás. Todo el camino él estuvo diciéndome que yo había aprendido rápido y que por eso era que íbamos donde íbamos. Yo mudo lo oía. Por fin llegamos a un caserón que ni sabía que estaba en ese sitio. Cuando llegamos el portón se abrió, apenas entramos él bajó todos los vidrios y me dijo: “deja la pistola aquí adentro en el piso, bájate y déjate revisar tranquilo que nadie pasa sin que lo chequeen completo”. Así fue. Había más de veinte hombres con mejor armamento que el que había en toda la policía, nos revisaron a los dos y después nos hicieron seña de que siguiéramos. ¡Yo nunca había visto tanta cosa fina junta! Seguimos hasta el fondo y en una mesita, que no decía nada, estaba él, con unos enormes cerros de pacas de billetes por todos lados. Sin mucha vuelta me dijo que él sabía que donde yo ponía el ojo metía el tiro, y por eso me quería tener con él cuidándolo. Ahí no tardamos mucho, al cuarto de hora ya habíamos acordado todo y nosotros nos fuimos. A la semana ya estaba instalado ahí.
Nunca me iba a imaginar que estando durmiendo en mi casa me iba a despertar con un cañón en la frente. Me espabiló el frío entre los ojos. Cuando pude enfocar vi que eran cinco y que a los viejos los tenían sentados en un sofá que yo tenía en el cuarto. El que me tenía apuntado me dijo que no me preocupara que nadie los había visto entrar, ni los iban a ver salir, y que yo decidiera: me ganaba aquella maleta llena de billetes y me echaba a éste, o ellos se echaban primero a papá, después a mamá y me dejaban de último para que viera lo que pasaba por no hacerles caso. Se cuenta rápido y se dice fácil, pero sólo La Virgen del Carmen y yo sabemos lo que me costó llegar a esto. Pero la verdad que si el jefe no se hubiera encaprichado con mi novia y me la quita del modo que me la quitó a lo mejor yo me la pienso más. Mamá y papá ya están donde los tíos en México, así que con ellos no se van a desquitar. Yo se que no tengo más chance que hacer un solo tiro, saltar la pared del fondo, dejarme caer por el barranco de atrás, llegar a la moto y arrancar hasta la autopista que ellos me van a esperar para sacarme.
Él se persigna, entra al salón, saluda al jefe, quien le responde con un gruñido y se voltea a recoger un paquete de un maletín que le acaban de poner en una silla. Él saca el revólver, no necesita apuntar, el disparo retumba y la bala entra en el centro de la cabeza del hombre. El estallido reverbera. Silencio. Él sabe que durará poco. Comienza a moverse hacia la puerta del fondo, agarra el picaporte y comienza a oír el tropel de pasos que viene. Abre, da cinco pasos largos y se monta a horcajadas sobre el muro y se deja caer por el declive. Rueda sobre sí hasta llegar a la moto, la prende de una patada y sale sin mirar atrás, oye las detonaciones y siente el silbido de las balas que le pasan cerca. No frena. Acelera. Cruza la calle y se mete por la vegetación y acelera más. Un minuto y sale a un tramo asfaltado, se para, aguza el oído, oye un ruido de motores y gritos que se acerca. “Si no me concentro pierdo”. Saca un audífono de un bolsillo de su chaqueta, prende al aparato, se los coloca y vuelve a arrancar. Dobla a la derecha, acelera más, llega al cruce de la autopista. “¡Estoy cerca!” Acelera a fondo, hasta que ve las tres camionetas que lo están esperando, enfila hacia ellas con todo lo que puede exprimirle al motor. Recorta bruscamente y salta de su moto pensando que será una lástima tener que dejarla, la máquina sigue rodando con el impulso hasta la cuneta donde cae todavía encendida, cuando él comienza a caminar hacia los vehículos, ve bajar la ventana del que está en el medio y sale la cara de Santos, el jefe de drogas, con una pieza azul en la mano izquierda, asoma la derecha y sin parpadear le dispara una ráfaga con una pistola 9 mm. Se baja, lo cubre con el lienzo que no había soltado y llama por su teléfono: “Listo jefe, mande la furgoneta con el forense”.

© Alfredo Cedeño

3 comentarios:

Gastón Segura dijo...

Triste, Alfredo, pero al parecer tan cierto como el día

carlos julio moreno dijo...

lamentablemente es lo que se ve en nuestras "fuerzas de seguridad"

zulma dijo...

Parece que asi funciona todo ,los inocentes aun creen el la ley,sin embargo aquie la ley como que es la del mas bravo y dinero mata honradez ,que lástima pero eso es así