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miércoles, diciembre 23, 2020

LA GRAN FIESTA



                Las fiestas patronales son una figura común en toda América Latina, son clara herencia hispana, hijas directas de las llamadas Fiestas Mayores en España. Se sabe que en la península, al menos en el siglo XIII, ya existían esas manifestaciones que eran de innegable inspiración religiosa; católica por supuesto. De aquellas festividades todavía sobreviven algunas, y puedo citar La Fiesta de la Patum de Berga, que se lleva a cabo el día de Corpus Christi en la localidad catalana de la ya mencionada Berga.

                Del lado acá del Atlántico tales galas van desde una punta a la otra de nuestro continente. Por citar un ejemplo, son célebres en Miami las celebraciones que llevan a cabo, a fines de cada septiembre, los miembros de la comunidad peruana, en honor al Cristo de los Milagros.  Y no es la única, pero si seguimos recorriendo el mapa podemos mencionar las de Santa Cruz del Quiché, en Guatemala, también conocida como Fiestas Elenas y se celebran desde hace más de un  siglo en honor a Santa Elena de la Cruz; eso es el 18 de agosto de cada año. ¿Y cómo dejar de mencionar el Día de los muertos en México?

                En nuestro país hay una longeva y muy nutrida representación de tales conmemoraciones. Tal vez la mayor sea la que esta noche de 24 de diciembre asociamos al nacimiento de Jesús. La verdad es que existe una amplia relación de referencias históricas sobre las libertades, cuando no libertinaje, que había en los templos católicos durante la Edad Media.  Eran tiempos cuando los Papas hablaban y se acataba, y, seguramente, uno de ellos debe haber normado el despelote, y así aprovechar de apartar a la feligresía de las pachangas paganas que se seguían celebrando con motivo del solsticio de invierno. No es un secreto que la Navidad como fiesta empezó a desalojar del sentimiento popular a las fiestas saturnales, y otras, que eran habituales durante el invierno en Roma. En tiempos del emperador Constantino el Grande, el que detuvo la persecución de los cristianos, estoy escribiendo sobre el siglo IV de nuestra era, la iglesia propuso el 25 de diciembre para celebrar el nacimiento del hijo de Dios. Da la casualidad que esa fecha coincidía con un festejo romano llamado Sol Invictus.

                Por lo visto, todo apunta al uso de un sentimiento ya existente para ponerlo al servicio de quienes tienen el poder para imponer normas y modificaciones. Lo cierto es que, por lo general, tales expresiones populares son una mera catarsis, un poco aquello de drenar las frustraciones y rabias reprimidas, para al terminar sus días volver al mismo molino del día a día. A los “progresistas” les encanta ir a tales eventos a darse un baño de cultura popular… Luego es normal encontrarle escuchar lánguidos y abrumados a Joan Manuel Serrat entonando Fiesta, mientras suelen hacerse lenguas de lo clarividente del cantautor, corean hasta desgañitarse: “Vamos subiendo la cuesta /

Que arriba mi calle / Se vistió de fiesta.” Suelen darse uno o dos tragos, agarran aire y siguen luego: “Vuelve el pobre a su pobreza / Vuelve el rico a su riqueza / Y el señor cura a sus misas. / Se despertó el bien y el mal / La pobre vuelve al portal / La rica vuelve al rosal / Y el avaro a las divisas.”  A esta altura vuelven a agarrar aire y rematan a todo pulmón con: “Se acabó / El Sol nos dice que llegó el final / Por una noche se olvidó / Que cada uno es cada cual.”  Es bueno acotar que ello ocurre mientras sorben tragos helados de Liebfraumilch, mientras alguno explica que eso quiere decir en alemán: “leche de la mujer amada”, y de ese modo hacer gala de su poliglotismo. Tampoco faltan aquellos que con aires de Fidel o el Ché, aspiran un oloroso habano, que si es Cohiba mejor. 

                Mientras tanto, y como para que no queden dudas, Venezuela, la real, la que sube la cuesta, lava el portal, arranca las hortalizas, arrebaña sardinas en las madrugadas, arriesga su dinero haciendo producir una famélica empresa, todos sus hijos reales, se dedican, en la medida que sus menguadas fuerzas y finanzas le permiten, a festejar Navidad. Ellos celebrarán sin intereses simulados, con pureza que no deja de conmover. Para esa gente que no deja de ser un objeto utilitario que la casta, esa que forma los que presumen de líderes, se empeña en utilizar en función de sus negocios particulares, a final de cuentas para ellos los partidos es una Sociedad Anónima de la que poseen todo el espejismo accionario. 

Ellos, la casta, son especialistas en fiestas patronales, les encanta presidir todas las Juntas de Festejos, hasta la de la reina de carnaval de Corozo Pando, o la del trajeado de El Nazareno de Achaguas, lo que importa es encabezar cualquier cosa en la que puedan raspar lo que se les atraviese, así sean las gallinas del sancocho, o el puerco para los chicharrones.

                El país real sabe que celebra para no llorar, porque está comprometido con la alegría vital, porque asumen  que vivir es una fiesta. Los otros se empeñan en montar las ferias para ser los que lancen los cohetes, y alborotar las campanas, y rascabuchar a la madrina del evento. Y cuando no las hay entonces fabrican elecciones, y organizan “tuitazos”, o bailantas a lo Sábado Sensacional, o cualquier otra mojiganga que se les venga a sus retorcidas mentes. 

                Venezuela canta y celebra en Curiepe con la llegada de su Niño Jesús, y en los más diminutos pueblos de la cordillera andina, y en los caseríos de las costas de Oriente, y en las comunidades negras del Sur del Lago, y en todo nuestro territorio. A fin de cuentas el país sabe que, pese al secuestro en comandita de rojos y azules, siempre llega el momento en que la vida se impone y nuestra tierra, bendecida a más no poder, resurgirá en su propia Natividad. Feliz Nochebuena…

  

© Alfredo Cedeño 

miércoles, enero 01, 2020

ENTRE CALDOS Y SOPAS


                Tiempo de fiesta y reflexión, de disfrute y propósitos, de convivencia y balance, de esperanzas y frustraciones. Son días en que aquel que bebe ha bebido lo que ha podido, jornadas muchas veces llenas de añoranzas por los tiempos cuando en la más humilde vivienda te ofrecían muy buenos caldos. Recuerdo una oportunidad en la que unos pescadores de Paraguaná destaparon una botella helada de Dom Perignon, que habían comprado en una de sus rutinarias excursiones a Aruba, la cual tenían en el fondo de la cava donde almacenaban su pesca, mientras me decían que llevaban días vueltos locos buscando un motivo para abrirla. Era tiempo de abundancia y generosidad, no de despilfarro.
                Siempre Navidad y Año Nuevo fueron fechas cardinales para los venezolanos; y al lado de una fe alborotada por el achispamiento fruto del licor la comida era servida con características pantagruélicas.  Hallacas, bollos, pavos rellenos, asados, parrillas, hervidos, dulces de lechosa y cabello de ángel, pan de jamón, panettones, y paremos de contar se encontraban en cualquier mesa. Me resultan inolvidables los recibimientos de Año Nuevo en el diminuto apartamento de Pilar y Manolito, en la avenida Rómulo Gallegos; ellos eran gallegos y conserjes de un edificio.  Ella de humanidad plena y él enjuto como un sarmiento, pero que esa noche convertían aquella humilde conserjería en un banquete sin medida ni control: langosta, empanada gallega, pulpo, mero en salsa verde, torta de queso, lechón, pan de jamón, y una cantidad infinita de delicias que mi paladar se rehusa a precisar en este momento.
                De aquellos años a este que recién comienza hay un abismo, de bordes azulosos y sima roja, donde todo parece haberse sumido. La aristocracia revolucionaria y sus pares de la oposición han convertido en un gigantesco albañal nuestro país. Ambos liderazgos no supieron aprovechar los mejores resultados en cuanto apoyo popular en estas dos décadas, y ahora pretenden que acatemos de manera indubitable los postulados de unos fantoches que optimizan a través de la retórica sus peores resultados, mientras juegan a sumergirnos en un ejercicio de amnesia selectiva. Se pretende prohibir todo ejercicio de la memoria.
                En estos días festivos, cuyos orígenes católicos son de arraigada estirpe, hay un claro juego de la casta dirigente por enmascarar el calvario de nosotros los venezolanos. Unos dicen que vivimos en la versión inenarrable del Paraíso, mientras que los otros hacen lo imposible para mantener operativa una red de tramoyas y complicidades que siempre les arrojó buenos frutos.  Las palabras de monseñor Juan Carlos Bravo, obispo de Acarigua-Araure, son claras como la mañana de su Sucre natal: “La mentira no es cristiana”.  Por los momentos, y honrando mi estirpe judeo cristiana, solo me queda desearle un año de paz a nuestras mujeres y hombres de buena voluntad.

© Alfredo Cedeño

martes, diciembre 27, 2016

BALANCE

                En estos tiempos de fiestas tristes es necesario hacer cuentas de lo que este año nos deja. Las cuentas no pueden ser peores. Es imposible, pese a la cantaleta de unos cuantos interesados que le hacen el juego a Maduro y su pandilla, ver de manera optimista el cierre de un año que comenzó preñado de ilusiones y excelentes augurios. Empezamos con una Asamblea Nacional en manos de una mayoría a la cual Venezuela de forma abrumadora dio un voto de confianza para que la institucionalidad comenzara a recuperar espacios. ¿Qué tenemos en este momento? Nada.
                Todos vimos el 6 de enero a un envalentonado Ramos Allup recién nombrado presidente del cuerpo legislativo ordenar con su voz más pendenciera la remoción de las imágenes de Bolívar y Chávez de la sede del Capitolio, mientras decía: “Si quieren prenderle velas que se lo lleven pá Sabaneta, (…) Sáquenme toda esa vaina de aquí”.  El jolgorio fue instantáneo, así como la iracundia de los dolientes del galáctico, quienes clamaron en contra de la profanación de su venerado difunto.
                La lista de actuaciones de similar tenor por parte de él y de sus compañeros de cofradía da para llenar varios tomos. No pienso perder mi tiempo de manera tan vil. Sin embargo, no puedo dejar de mencionar el trato displicente para con los rehenes que mantienen encarcelados Maduro y su grupete de sabandijas. Tan criminal ha sido el trato a Leopoldo, Ledezma y todos los demás por parte del gobierno como la poca diligencia, por no decir nula, de la vocinglera dirigencia opositora para lograr su liberación. La sensación que tengo es que muchos han apostado por el sacrificio de ellos para poder obtener mayores cuotas de poder dentro del sindicato de partidos que mantiene secuestrado el rumbo de la rabia nacional.
                Las cuentas no cuadran en este cierre de año. Al menos no para quienes adversamos este desastre que dice gobernar nuestro país. Terminamos 2016 con un Maduro danzante, un Cabello arrogante, y toda una pléyade de malandrines que de lo más campantes continúan desollando a Venezuela. El año concluye con una opción opositora errática y desangelada que se ampara en una barra de adulantes, que por lo visto solo saben ulular cual hienas rabiosas contra todos quienes osamos alertar sobre los desbarres de una dirigencia pusilánime. Llegaremos al 2017 con las esperanzas marchitas y los extremos de nuestro panorama político abrazados en un claro entendimiento que han matizado con el mote de diálogo.
                El saldo no puede, ni debe, ser optimista. Las cifras son rojas y a la baja. La MUDa es una maquina electoral que no sabe manejar labores de gobierno, se han convertido en un hibrido donde se notan claramente dos grupos. Por un lado, un hatajo de expertos en escenarios ideales, y por el otro un equipo de agitadores profesionales; ambos claramente se ve que poco saben hacer a la hora de abordar las tareas que han de llevar al ejercicio real del poder en nuestro escenario actual. Se nos pide paciencia y apoyo incondicional, ¿a cambio de qué? Hay quienes en su buena fe acuden al ejemplo del pueblo judío el cual durante siglos proclamó “El año que viene en Jerusalén” hasta que finalmente lo lograron.  Dicho pueblo pasó vicisitudes de todo orden y la pregunta que me hago es: ¿en las condiciones actuales el pueblo venezolano puede soportar siglos de esta maldición bíblica que nos atenaza y envilece hoy?
                Al cierre de este año más que felicidad, mucho más, deseo luz para que encontremos los líderes que nos permitan salir de una buena vez de esta ordalía de horrores con que debemos haber purgado todo nuestras benditas culpas.

© Alfredo Cedeño
 

jueves, diciembre 24, 2015

FELIZ NOCHEBUENA

No puedo ocultarles mi preocupación por los momentos que vivimos. Veo crecer la indefensión ante un optimismo a troche y moche que se quiere transmitir, sin capacidad de respuesta real a la andanada de coces que los asnos rojos reparten. He preferido callar y reflexionar en estos días, ya vendrán tiempos de seguir escribiendo. Honrando el espíritu de hoy les deseo una feliz Nochebuena, y pido que Navidad nos traiga lucidez, humildad y ganas de verdaderamente rescatar nuestro país.

© Alfredo Cedeño

martes, diciembre 24, 2013

NATIVIDAD

Palabra sobre palabra nos han dado unos y otros
con escasos hechos sobre hechos para honrarnos
y sin embargo seguimos cantando bendiciones
para los de buena voluntad y también los de mala.

Todos ovejas de un rebaño que ansiamos libres
saltando por un planeta de cometas y soles largos
acompañados en las tormentas de sueños bonitos
y dolores abandonados en nuestra noche de paz.

© Alfredo Cedeño

domingo, diciembre 22, 2013

HALLACAS

            Al decir Navidad en Venezuela hay una serie de resortes que saltan automáticamente en todos aquellos que hemos superado las tres décadas de vida: Ponche Crema, dulce de lechosa y hallacas. Estas últimas, explico a quienes no son del patio, son un pastel elaborado con masa de maíz en cuyo interior se coloca una porción de guiso hecho de carne de res y cerdo; así como pasas, aceitunas, almendras, alcaparras, un trozo de gallina, una tira de pimentón, una rueda de cebolla y diferentes otros "adornos" que luego se envuelven en hojas de cambur y debidamente atados se hierven hasta que la mencionada capa del cereal está cocida.

            Cuando comemos no solo damos curso a un impulso vital e instintivo cuyo gatillo es el instinto de supervivencia; también estamos abriendo las puertas a los ritos para amalgamar “memoria y moda, discurso y práctica”. Pero como no ando buscando pontificar al respecto y extraviarme en divagaciones ortodoxas, si ustedes quieren buscarle siete patas al gato, y ahondar en lo teórico, les recomiendo lean de Marie Nöel  Stourdze-Plessis su libro El conocimiento del comedor, o de Georg Simmel Sociología de la Comida. Yo sigo en lo mío.
 
            Y ya que mencioné ritos, uno de los más extendidos urbi et orbi es el que en estos días llevamos a cabo, mediante el cual festejamos el supuesto día de cumpleaños de Jesús.  Digo esto último porque hay quienes garantizan que su real natalicio ocurrió el 29 de Septiembre, del año 2 A.C. Los que tal cosa aseguran llaman en su defensa que al comienzo los cristianos primitivos no celebraban el nacimiento de Jesús, puesto que in illo témpore solo los potentados y emperadores celebraban tales eventos. No olvidemos que cuando empezó el hijo de María su peregrinar histórico, no era más que el hijo de un carpintero; eso que en Caracas llamamos un pelabolas. Y es así como llego a la primera mención como tal efemérides: la del Calendario de Filócalo en el año 354 DC, donde se aseguró que el alumbramiento de Jesús había ocurrido el viernes 25 de Diciembre del año primero de la Era Cristiana y a seguidas el papa Liberio decretó que el nacimiento del Hijo de Dios se celebraría en dicha fecha.
 
            Tal parece que la verdadera motivación de dicha decisión fue producto de una típica maroma de la ahora añeja institución católica. Buscaban producir un sincretismo entre el cristianismo, por aquellos días decretada nueva religión del Imperio Romano, y la celebración de la Saturnalia, que se llevaba a cabo el solsticio de invierno, que a su vez era herencia de las tradiciones paganas de la antigua Babilonia. Con ello le hacían más fácil a los romanos convertirse al cristianismo sin abandonar sus fandangos de yantar y verijas en los que llevaban sumergidos desde la propia fundación de la ciudad eterna.
 
            Retomo la primera línea del segundo párrafo de este post de hoy para enhebrar con lo que de ritos hay en torno al comer. Una de las ceremonias más universales que existe hoy por hoy es el de la llamada Santa Misa, la cual no es más que una reedición de la última cena, donde Jesús instituyó el sacrificio eucarístico de su cuerpo y sangre, como memorial de su muerte y resurrección, ordenando a sus apóstoles celebrarla “hasta que vuelva”. Pero como no se trata de la Semana Mayor sino de la Navidad, regresemos a lo que voy.
 
            Se come en colectivo para convertir en ceremonia el rutinario acto alimenticio, y cada cual busca deslumbrar al otro con sus habilidades en el fogón.  Es así como van surgiendo platos que condensan la esencia de ese grupo humano. Las fechas más representativas hacen que se desborden emociones y talentos en un celebrar donde el gusto ocupa  lugar destacado. Es de este modo como la Navidad, o Natividad del Señor, o como se le quiera llamar, ha ido produciendo de manera universal representaciones gastronómicas en las que cada región se manifiesta.  Por ejemplo, los franceses la celebran con su Bûche de Noël, o tronco de Navidad, que es una torta con forma de un trozo de madera; mientras que en Dinamarca se debe comer un pudin de almendras como primera entrada antes de comenzar la cena de Navidad; en Alemania el plato más famoso de Navidad es Lebkuchen, un postre con miel y pimienta que es una delicia, aunque ahora sus ingredientes han variado. 
 
Si continuamos el periplo encontraremos en el Reino Unido su famoso Christmas pudding hecho con ciruelas; mientras que en Italia hallamos Panettone en Milán, Pandoro en Verona y Panforte en la Toscana; en Suecia es muy popular beber julmust y glögg, comer Julskinka (jamón navideño) y postres como knäck y pepparkaka. Podría seguir citando infinidad de sitios, pero creo que es ya tiempo de, como decimos en Venezuela, “arrimarle una al mingo” y hablar de nuestra comida navideña por excelencia: las hallacas.
 
Como bien han de suponer, o bien saben muchos de aquellos quienes me leen, hay una y mil variantes de dicho alimento.  Hay una frase más que trillada entre los venezolanos con la cual se pretende acoquinar a cualquier interlocutor cuando de alabar las virtudes de dicho plato se trata: “La mejor hallaca es la de mi mamá”.  Perdonen los potenciales afectados, pero se envainaron los huérfanos…
 
Tulio Febres Cordero, hoy en día ensalzado gracias a su proverbial sapiencia (por unos) o empleado como estropajo heráldico (por otros) para restregar su linaje ante las narices de los que presumimos de nuestra escasa hidalguía; pasando por duras penurias materiales publicó con fines meramente comerciales, a fines del siglo XIX, exactamente en 1899, su libro Cocina Criolla o Guía del Ama de Casa.  Allí el sabio merideño zanjó toda discusión en torno a las virtudes de las innumerables versiones de dicho plato al afirmar que ella depende de “la caprichosa ley de los gustos”.
 
Respecto a su origen se ha tejido una extensa y muy tupida maraña de versiones donde cada cual va aliñando la propia al compás de su real saber y entender. Hay quienes le hacen hija del tamal veracruzano, otros le relacionan con platos indígenas, y así prosigue una inacabable retahíla de versiones que son como las del origen de la rueda, todos saben que funciona pero ninguno puede abrogarse su paternidad. Es que hasta en su grafía ha habido divergencias y hay quienes la llaman hayaca y otros hallaca.
 
Arturo Uslar Pietri escribió en 1954 su ensayo La hayaca, como manual de historia donde asentó: “Hay platos en los que se ha concentrado la historia como en un conciso manual. Nuestra hayaca, por ejemplo, es como un epítome del pasado de nuestra cultura. Se la puede contemplar como un breve libro lleno de delicias y de sugestiones.”
 
Armando Scannone, una de las voces más autorizadas de la gastronomía venezolana le define así: “la hallaca es un pastel, un guiso contenido por una capa, en este caso de maíz y no de trigo y así se ha definido siempre. El tamal, en cambio, es un bollo de masa de maíz, que puede tener un relleno, pero éste se introduce en la masa. Hay una diferencia básica de concepto, el relleno es contenido en la hallaca y es introducido en el tamal. Podríamos además pensar que la hallaca por su complejidad, refinamiento, maestría en su concepción gastronómica y en su ejecución, no es un producto de la casualidad y que surge cuando comienza a afianzarse el concepto de territorialidad en el siglo XVIII que no es un producto casual del reacomodo de sobrantes por esclavos, que si bien debían ser bien alimentados como fuerza de trabajo que eran, no podía ser con alimentos costosos y que podían y pueden ser utilizados para otras preparaciones, convirtiendo a sus amos en sus servidores.”
 
Lo cierto es que en nuestro plato nacional se condensa el mundo ya que si vamos de afuera hacia dentro encontramos en el envoltorio, las hojas de cambur (Musa paradisiaca) que trajo al continente americano el mismísimo Cristóbal Colón en su segundo viaje. Esta planta nació en Malasia hace más de 40 siglos; luego los viajeros lo llevaron a África y, más tarde, los árabes lo llevaron a la India y al Medio Oriente. Los portugueses lo plantaron en las Islas Canarias de donde el almirante genovés lo tomó para traerlo a estos lares.
 
Al quitar las hojas aparece la masa del más genuino hijo de América: el maíz (Zea mays). Y cito a Uslar de nuevo: “Los mayas, los incas, los aztecas, los chibchas, los caribes, los araucos, los guaraníes, fueron pueblos de maíz. Se alimentaban con la masa de las mazorcas molidas sobre la piedra.”  En el centro el guiso de res y puerco, ambos de origen euroasiático.  Y luego los adornos donde la aceituna, procedente de Grecia y Asia Menor; la uva  (Vitis vinifera) natural de la Europa mediterránea y Asia central; la alcaparra (Capparis spinosa), tiras del muy americano pimentón (Capsicum annuum) aros de cebolla (Allium cepa) llegada desde Asia Central. Es decir que este plato es un verdadero mapamundi para el paladar de quien la disfruta.
 
Ya estaba dejando por fuera el ingrediente más importante que se haya presente de forma transversal en toda ella: el amor con que se hace.  Para este trabajo retraté a dos matronas muy especiales: Magdalena (Magolita) y Ana, una las hace sin cocinar los ingredientes del guiso, la otra si; pero ambas con orgullo de saberse depositarias de una tradición que van transmitiendo a sus hijas.
 
Con gestos precisos las vi esparcir la masa sobre las hojas y luego con suavidad colocar los ingredientes del relleno en delicada armonía que luego sus manos diestras envolvieron y ataron para colocar en las ollas al fuego.  ¡Por supuesto que comí de ambas! Y de las dos casas salí con la piel trastocada de emociones, recordando las que cuando niño comí cada diciembre en mi hogar; salí con la certeza de haber paladeado un trozo del mundo en cada uno de sus ingredientes, y con el aroma de las hojas del humilde cambur  rondándome el paladar en suave recordatorio de que todo gigante necesita de los más pequeños para poder descolgar su imponencia a recorrer el mundo. Por todo eso y más, les deseo Feliz Navidad a todos y les agradezco su fiel lectura dominical. Como dicen en el querido Borinquen: ¡Se les quiere de gratis!

© Alfredo Cedeño
  
 

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