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domingo, julio 09, 2017

EN DOS PLANOS


 No hay especulación más lacerante que la que uno vive cuando escribe en el marco de la destrucción de la tierra natal. Esa meditación se hace más dolorosa cuando evalúas los actores involucrados y encuentras dos planos que no terminan de articularse. Hay un plano político en el que claramente participan gobierno y “oposición”, ambiente del cual nadie en su sano juicio denigraría si los agentes opositores allí presentes mostraran más sintonía con la población.
El segundo plano al que hago referencia es aquel en el que junto a los antes mencionados está la  poco nombrada, pero muy viva, calle, la misma a la que apeló con visión zahorí Leopoldo López en su momento. Y llamo calle a la gente anónima, a la ciudadanía huérfana y desesperada que ha comenzado a organizarse de manera espontánea y rudimentaria, pero no menos eficaz. Expresión de ello son los cada vez más atomizados grupos que no cesan de vocear su descontento contra Maduro pese a la presencia cada vez más agresiva y descontrolada de los bochornosos colectivos a los cuales se enfrentan de manera cada vez más eficaz, por lo que no pocos de ellos han sido debidamente azotados. Otras  muestras son las tanquetas y patrullas que hemos visto quemadas en distintos lugares del país.
En la Antigüedad, los griegos no conocían el azul en cuanto a su definición. El ex primer ministro británico William Gladstone, un fanático empedernido de la obra de Homero, en el siglo XIX detectó que en la Ilíada y la Odisea no aparecía mencionado dicho color por ninguna parte. Luego Gladstone se dedicó a leer otros textos de los antiguos griegos y confirmó que nunca aparecía referida esa  tonalidad.
Los discípulos tropicales y subdesarrollados de George Steiner juegan a cumplir su frase: “Lo que no se nombra no existe”, creen que al no mencionar la calle, ni articularse junto a ellos y los inagotables muchachos, para enfrascarse en diálogos vacuos con el necio bigotudo y su corte de mutilados mentales, ya la realidad es otra, la que a ellos les interesa y gusta.
¿Cuándo se articularán esos dos planos? Nadie lo sabe, pero si la presión fáctica de la subestimada calle se mantiene, esa dirigencia Shakira –ciega, sorda y en ocasiones muda– tendrá que supeditarse a esa voluntad multitudinaria que cada vez les acompaña menos en sus convocatorias, lo cual les suele generar angustias y no pocos vahídos existenciales.
Espero que más temprano que tarde esa sintonía entre los dos planos se produzca, a partir de ahí comenzaré una jubilosa reflexión sobre ese hermoso azul de nuestro cielo que siempre hemos sabido vivir al contemplar. Cielo que se despejará aún más con Leopoldo ahora en su casa, pese a las cada vez más flácidas fauces rojas.  No poca ventaja le llevamos a los griegos.

© Alfredo Cedeño

martes, mayo 19, 2015

AMARRAS

Aparenta llegar al infinito
esa madeja de ataduras,
fila de robustos pontones
le dan celestino soporte.
  
Al fondo el horizonte
no deja de invitarnos,
el cielo nunca está lejos
jamás podrán impedir que lo alcancemos…


© Alfredo Cedeño

jueves, abril 23, 2015

SOPOR

Una cabeceada frente al mar permite que los sueños naveguen
la caña se cimbra ante la inmensidad de los azules,
infinitas bóvedas de celajes entreabiertos para nacer y morir.


© Alfredo Cedeño

viernes, febrero 06, 2015

AZUL Y ROJO

Sangre y cielo
rubor en racimo
trenzas de palma
luz desamarrada
voz desparramada
canción sin compás
cielo y sangre…


© Alfredo Cedeño 

sábado, noviembre 15, 2014

SEQUÍA

Bajo el cielo limpio el agua escasea
luz asesina pese a la vida encerrada
madeja de ligeros trazos chispeantes
telón esperanzado de lejana serranía
reseco cascarón donde flota la ciudad
y el bochorno inacabable de la espera…

© Alfredo Cedeño 

domingo, noviembre 09, 2014

EL TIRANO

            No recuerdo cuando fui por primera vez a El Tirano en Margarita. Debe haber sido muy pequeño, porque cada vez que llegó a esas playas, su azul tan particular y la silueta de los islotes del archipiélago Los Frailes en el horizonte, son más que un recuerdo y más bien son una presencia indeleble en mi existir. Es decir: son parte de mí mismo como parte de ese andamiaje de sedimentos que constituyen a cada quien a partir de sus amores, vivencias y hechos.
 
Explica Rosauro Rosa Acosta en su Diccionario Geográfico-histórico del estado Nueva Esparta que “En los primeros tiempos de la Margarita se conoció con el nombre de Bahía de Paraguachí, más tarde y con motivo del arribo por esa bahía del Tirano Aguirre, se le denominó el puerto del Tirano”.
 
De aquel vasco, que tras navegar infinitos kilómetros, llegó a la isla de Margarita precisamente en este punto, y sobre quien se han escrito infinidad de obras, Miguel Otero Silva en Lope de Aguirre, príncipe de la libertad ficciona así su arribo: “Tras diez y siete días de navegación marina los bergantines de Lope de Aguirre divisaron las costas de la Margarita en veinte días del mes de julio de mil quinientos sesenta y un años, (…). El Santiago se abrió paso por entre olas embravecidas y echó el áncora en una región que los indios guaiqueríes llamaban Paraguache.”
 
Él mismo, en carta dirigida a Felipe, II le escribió: “A la salida que hicimos del río de las Amazonas, que se llama el Marañón, vi en una isla poblada de cristianos, que tiene por nombre la Margarita…”. Ahora hay una cruz inmensa hecha de cemento en el supuesto sitio donde él llegó con sus navíos y su torva masa de insurrectos. Sin embargo hay quienes descartan esa posibilidad y se inclinan por ubicar dicho desembarco por el llamado Puerto Abajo, más hacia la zona de Playa Parguito, ya que a las costas de El Tirano no entra con destreza quien no sea nativo de allí, ya que su bahía tiene dos bajos y un mar caprichoso que suele impedir entrar con facilidad a quienes no están familiarizados con dicha rada.
 
Haya llegado por donde lo haya hecho lo cierto es que como describe Juan de Castellanos en su Elegías de Varones Ilustres de Indias:
“Para tomar Aguirre pues el puerto
Hacíales el tiempo diferente;
Mas los autores deste desconcierto
Echaron do pudieron cierta gente:”
Los desmanes de Lope y sus hombres en territorio margariteño han sido documentados ampliamente por gran cantidad de autores de toda laya, amén de los ya citados, sin olvidar a la llamada tradición oral de la zona que también abundan en ello.
 
José Agapito Moya nacido el 20 de septiembre de 1929 en esta población, a sus 85 años explica a quien le pregunta al respecto: “Él no se llamaba Tirano, le pusieron Tirano porque a todo el mundo procuraba degollarlo, matarlo”. Más adelante, asegura Moya que Aguirre andaba de noche en su caballo “y ese animal se sacudía y sonaba las cadenas, él se pasaba las noches caminando las calles, que no eran calles, eran caminitos, veredas, pues, y caminaba y caminaba hasta que una noche lo rasparon y desde entonces él quedó penando aquí en las calles del pueblo.” Saquen sus guillotinas y machetes aquellos que no sean capaces de entender el delirio que es la apropiación y transformación que hace la voz popular de los hechos, por grandes que sean, para amoldarlos a sus propias visiones…
 
            Es necesario reseñar a esta altura de lo escrito que la Ley de División Territorial de 1916, trece años antes de que naciera José Agapito, le dio a esta comunidad el nombre de Puerto Fermín. Como cada uno de los cien mil hilos que han ido tupiendo esta hermosa manta que nos abriga en su condición de tierra natal, El Tirano o Puerto Fermín, como más le guste a cada cual, ha ido –y sigue haciéndolo– liando su manojo de aportes.  A la orilla de la mar José “Nicho” Moya junto a su hermano Hermenegildo “el mudo” se dedican a reparar las nasas que ahora colocan con ayuda de GPS mar afuera.
 
            Igual hacen Taña y Mirna Del Valle Díaz Marin, quienes mantienen el restaurant que fuera de su madre Dorina. Ella fue una legendaria cocinera, cuyo “torito” relleno era una delicia que hacía a más de un caraqueño pudiente ir en su avión particular hasta Margarita para luego trasladarse hasta su humilde restaurant a paladearlo. Ellas mantienen sus recetas y no dejan de preparar a diario los platos que de ella aprendieron. A la par, los hombres de este rincón no dejan de arropar su corazón de ternura y su venerada Virgen del Valle les acompaña en las quillas de sus peñeros cuando salen a ganarse el pan entre la inmensidad de la mar…
 
            El Tirano conserva frente al mar su gran cruz señalando el lugar del supuesto desembarco del hijo de Guipúzcoa, en sus brazos las aves de rapiña se baten entre el sol y la brisa incesante. Esta última vez que anduve por allá no cese de evocar lo escrito por Alfredo Boulton en su precioso libro La Margarita: “Al este, en la ensenada de Paraguachí, todavía de noche ven al Tirano en el piafante potro blanco de Villandrando, escaparse por entre los espesos cedros y los grises camarucos de la roja plaza de la iglesia.”

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, octubre 16, 2014

ÁSPERO

Venezuela es una penca de tuna sin espinas,
hasta los dientes ha perdido en este trance…
pero no cesa de buscar el cielo, sabe que será suyo.


© Alfredo Cedeño 

martes, octubre 07, 2014

PANORAMA

Hacia ambos voy
para abrazar el infinito:
libertad es horizonte
y un azul inmaculado
cuajado de chispas
donde navegar o volar.

© Alfredo Cedeño 

sábado, septiembre 20, 2014

VETO ROJO

La roja nomenklatura veta estudiar
ordena aparcar al fondo los sueños
arremete con patanería ruin
y trata de bloquear las esquinas,
la cadena es más oscura ante el cielo
insinúa vocinglero y vacuo declamar
no halla forma de atarnos las alas
y queda como mero desplante arrogante.

© Alfredo Cedeño 

domingo, julio 13, 2014

ARAYA

            Yo tenía 13 años cuando un día, miércoles por mejor seña, me escapé de clases en  el liceo José María España en Macuto, estado Vargas, para ir a un cine foro que había organizado la Federación de Estudiantes de Educación Media –FEEM– en el centro de estudiantes del Liceo Vargas, en Maiquetía. La película que vimos fue Araya, de Margot Benacerraf.
 
            Son imborrables aquellas tomas en blanco y negro del cielo y del mar, por ello estas fotos de hoy en similar técnica; como también perdura en mi recuerdo la voz entonces fresca de un veinteañero José Ignacio Cabrujas, antes de adquirir su característico tono bronco.  Él cabalgaba la genial música, que luego supe era de Guy Bernard, recitando: “Y sobre esta tierra nada crecía. Y todo allí era desolación, viento y sol. Y la Vida toda venía del mar. Y de las bodas del mar y del sol nacía la sal sobre esta tierra. Un día unos hombres desembarcaron sobre estas tierras áridas donde nada crecía, o era desolación, viento y sol, y llamaron esta tierra Araya.”
 
            Necesité casi una década, después de esa sesión cinematográfica, para saciar esas ganas que se me atornillaron de conocer aquellas inmaculadas pirámides de sal, de escuchar directamente aquellas voces que me llegaban desde la pantalla con innegables  resonancias de Margarita, tierra natal de Mercedes, mi madre. 




            Araya forma parte del estado Sucre y está a menos de 300 kilómetros en línea recta al este de Caracas. Aseguran que su denominación viene del vocablo indígena  haraia que traduce tierra de sal, término que los españoles transcribieron como araya. Al decir de los historiadores todo empezó entre 1499 y 1500, cuando Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra hicieron su viaje de rescate y reconocimiento de las costas venezolanas y descubren “las salinas de la Punta de Araya”.
 
Sabemos gracias a Pablo Ojer que a fines del siglo XVI. “La comisión más importante fue la confiada a un capitán con doce soldados, 4 caciques y 300 indios para que fueran a las salinas de Araya. En ocho días cargaron en 3 navíos más de 4.000 fanegas de sal, más de 2.000 arrobas de pescado seco, sin contar el pescado fresco que consumieron. Serpa [Diego Fernández de Serpa] en persona pasó a Araya a tomar posesión de aquella tierra “en nombre de la ciudad de Nueva Córdova” [Cumaná].”
 
            Casi un siglo después, llega allí el capitán holandés Daniel de Mujerol, quien dio inicio a la explotación salinera de inmediato. Fue así como Holanda se apropió de nuestra salina. Hay datos de aquellos tiempos que revelan que entre 1599 y 1604, por Araya pasaron 456 barcos salineros y 35 barcos de rescate, movilizando un total de 10.507 hombres en ese lapso. Es decir: en Araya mandaba Holanda.
 
            Felipe III, al parecer debidamente cabreado y hasta las narices de esa situación, ordena a Bautista Antonelli –el más famoso ingeniero militar de la época que estuvo activo en América– estudie y reconozca los alrededores de Araya, lo cual llevó a cabo los días 19, 20 y 21 de junio de 1604. Desde Cumaná, el entonces gobernador Diego Suárez de Amaya, informa a don Felipe III de la inspección en carta del 10 de julio de 1604, donde escribió: “cuantos pasos dio Bautista Antonelli de yo, siguiéndole de ordinario sin apartarme del un punto, como lo dirá el mismo, pasando los dos excesivo trabajo de gran sol y fuego que salía de la salina, que nos abrasaba, atollando en muchas partes de la hasta la rodilla, demás del gran trabajo que Antonelli pasó en nivelarla, que por solo este servicio merece que V.M. la haga una muy grande merced ….Fue Dios servido que en tres días que estuvimos en la salina no hubiese urcas a la carga, que ha más de un año que un solo día no la han dejado desocupada, que se puede atribuir á milagro”.
 
            En diciembre de ese mismo año, Antonelli estaba en Madrid para presentar su informe. Él había quedado impresionado con las dimensiones de la salina y en su informe relata: “Es tanta la grandeza de esa salina y la muchedumbre de sal que cría, que tengo por cierto que en el mundo no ha creado cosa tan espantosa naturaleza, que es muy diferente haberla visto que oillo decir, que aunque cargase doscientas urcas cada mes no la menguarían nada, porque dentro de quince días se vuelve á cuajar otra tanta sal como la han sacado, y esto lo causa que quitándole dos o tres capas de sal en agua, la cual sube hasta que hinche el hoyo que le han hecho, y se convierte toda en sal blanca como un alabastro”.
 
            No será hasta 1622 que la Junta de Guerra decrete la construcción de la Real Fuerza de Santiago de Arroyo de Araya. En cuatro palabras: El Castillo de Araya. Quien reinaba entonces era Felipe IV, y bajo la dirección de Cristóbal Roda Antonelli se inician los trabajos de construcción. Entre diciembre de 1622 y 1633, otro Antonelli, Juan Bautista –hijo de Bautista y nieto de Cristóbal–, está al frente de las labores de fabricación del baluarte.
 
            En 1650, el castillo contaba con una dotación de 200 hombres lo cual representaba gastos de mantenimiento por 27.270 pesos anuales. En 1684 un terremoto daña las estructuras de la fortificación. En 1720 la dotación de esas instalaciones había subido a 246 hombres y los gastos a 31.293 pesos anuales. Estoy seguro que si en Araya hubieran levantado una iglesia de similar tenor al de su castillo, la catedral de Sevilla sería una pendejada a su lado. 
 
            En 1725 una tormenta anegó las salinas y las inutilizó: ese fue el comienzo del ocaso del castillo. El 29 de julio de 1759, la corte española manifiesta lo inútil de esta obra y solicita  informes acerca de su eventual demolición. El 27 de agosto de 1761, el gobernador de Cumaná, José Dihuja Villagómez, apoya la opinión real de la demolición. Y en 1762, bajo el reinado de Carlos III fue volado el Castillo de Araya, para ello emplearon 45 quintales de pólvora –2.070 kilogramos– a un costo de 4.640 pesos, 4 reales y 17 maravedíes. Esas ruinas son las que 198 años más tarde, el 31 de octubre de 1960, en decreto publicado en la Gaceta Oficial 26.935, fueron decretadas monumento nacional. Son las mismas que hoy exhiben supuestas restauraciones llenas de remiendos y aplicaciones inapropiadas. Cada día se deterioran más ante la ya familiar inercia nacional, que algún día verá desplomarse este otrora Castillo de Araya…
 
            Entre uno y otro temporal la explotación salinera se restableció y fue el pivote económico que permitió que en estos parajes desérticos se estableciera una tenaz comunidad que los preñó de casas y pueblos. Así apareció Manicuare, cuna del poeta Cruz Salmerón Acosta a quien la lepra obligó a recluirse en una casa que le fabricó su familia en un rincón de su lar natal. Bien lo describió Juan Santaella: “se le estaba cayendo la carne a pedazos y el alma a versos”.
 
            Cruz Salmerón el del desgarrado soneto Azul:
Azul de aquella cumbre tan lejana
hacia la cual mi pensamiento vuela,
bajo la paz azul de la mañana,
¡color que tantas cosas me revela!

Azul que del azul cielo emana,
y azul de este gran mar que me consuela,
mientras diviso en él la ilusión vana
de la visión del ala de una vela.

Azul de los paisajes abrileños,
triste azul de los líricos ensueños,
que no calman los íntimos hastíos.

Sólo me angustias cuando sufro antojos
de besar el azul de aquellos ojos
que nunca más contemplarán los míos.

           A él honro con esta única foto en color.
            Araya, Araya, tierra dolorosa de gente hermosa. Aquí se afincaron Pablito Fuentes y María Rosas Marcano a fabricar una preciosa historia de amor. Ellos se escaparon de la casa de ella en La Asunción, Margarita, y se instalaron entre el sol, el viento y la mar a quererse a tiempo completo, y parieron su muchachera con orgullo; mientras se ganaban la vida e inventaban formas de “traer algo de bien para estos mundos olvidados”, como me llegó a decir el propio Pablito en su casa.  Así fue como empezó a llevar gasolina en tambores con su bote desde Cumaná hasta terminar instalando el expendio de gasolina.
 
            Como ellos son centenares los “Arayeros” e hijos adoptivos que han labrado en este puerto de abandonos un santuario de logros. Araya es territorio de triunfos, de mujeres que siguen machacando la tierra con técnicas seculares para fabricar sus cacharros de barro, de pescadores imperturbables y de muchachas capaces de alterar con su mirada desparpajada hasta a un eremita.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 

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