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sábado, noviembre 22, 2014

ABISMOS

Con una cruz entrampada en el borde de las montañas
la ciudad se estira preñada de miserias en burbujas,
caminos agónicos para regresar sin alarmas diurnas
o con atajos para derribar grises desesperanzas,
bostezo infinito con desventuradas fauces lluviosas
y una escarpadura sin finales donde refugiar a desolados.


© Alfredo Cedeño

domingo, noviembre 09, 2014

EL TIRANO

            No recuerdo cuando fui por primera vez a El Tirano en Margarita. Debe haber sido muy pequeño, porque cada vez que llegó a esas playas, su azul tan particular y la silueta de los islotes del archipiélago Los Frailes en el horizonte, son más que un recuerdo y más bien son una presencia indeleble en mi existir. Es decir: son parte de mí mismo como parte de ese andamiaje de sedimentos que constituyen a cada quien a partir de sus amores, vivencias y hechos.
 
Explica Rosauro Rosa Acosta en su Diccionario Geográfico-histórico del estado Nueva Esparta que “En los primeros tiempos de la Margarita se conoció con el nombre de Bahía de Paraguachí, más tarde y con motivo del arribo por esa bahía del Tirano Aguirre, se le denominó el puerto del Tirano”.
 
De aquel vasco, que tras navegar infinitos kilómetros, llegó a la isla de Margarita precisamente en este punto, y sobre quien se han escrito infinidad de obras, Miguel Otero Silva en Lope de Aguirre, príncipe de la libertad ficciona así su arribo: “Tras diez y siete días de navegación marina los bergantines de Lope de Aguirre divisaron las costas de la Margarita en veinte días del mes de julio de mil quinientos sesenta y un años, (…). El Santiago se abrió paso por entre olas embravecidas y echó el áncora en una región que los indios guaiqueríes llamaban Paraguache.”
 
Él mismo, en carta dirigida a Felipe, II le escribió: “A la salida que hicimos del río de las Amazonas, que se llama el Marañón, vi en una isla poblada de cristianos, que tiene por nombre la Margarita…”. Ahora hay una cruz inmensa hecha de cemento en el supuesto sitio donde él llegó con sus navíos y su torva masa de insurrectos. Sin embargo hay quienes descartan esa posibilidad y se inclinan por ubicar dicho desembarco por el llamado Puerto Abajo, más hacia la zona de Playa Parguito, ya que a las costas de El Tirano no entra con destreza quien no sea nativo de allí, ya que su bahía tiene dos bajos y un mar caprichoso que suele impedir entrar con facilidad a quienes no están familiarizados con dicha rada.
 
Haya llegado por donde lo haya hecho lo cierto es que como describe Juan de Castellanos en su Elegías de Varones Ilustres de Indias:
“Para tomar Aguirre pues el puerto
Hacíales el tiempo diferente;
Mas los autores deste desconcierto
Echaron do pudieron cierta gente:”
Los desmanes de Lope y sus hombres en territorio margariteño han sido documentados ampliamente por gran cantidad de autores de toda laya, amén de los ya citados, sin olvidar a la llamada tradición oral de la zona que también abundan en ello.
 
José Agapito Moya nacido el 20 de septiembre de 1929 en esta población, a sus 85 años explica a quien le pregunta al respecto: “Él no se llamaba Tirano, le pusieron Tirano porque a todo el mundo procuraba degollarlo, matarlo”. Más adelante, asegura Moya que Aguirre andaba de noche en su caballo “y ese animal se sacudía y sonaba las cadenas, él se pasaba las noches caminando las calles, que no eran calles, eran caminitos, veredas, pues, y caminaba y caminaba hasta que una noche lo rasparon y desde entonces él quedó penando aquí en las calles del pueblo.” Saquen sus guillotinas y machetes aquellos que no sean capaces de entender el delirio que es la apropiación y transformación que hace la voz popular de los hechos, por grandes que sean, para amoldarlos a sus propias visiones…
 
            Es necesario reseñar a esta altura de lo escrito que la Ley de División Territorial de 1916, trece años antes de que naciera José Agapito, le dio a esta comunidad el nombre de Puerto Fermín. Como cada uno de los cien mil hilos que han ido tupiendo esta hermosa manta que nos abriga en su condición de tierra natal, El Tirano o Puerto Fermín, como más le guste a cada cual, ha ido –y sigue haciéndolo– liando su manojo de aportes.  A la orilla de la mar José “Nicho” Moya junto a su hermano Hermenegildo “el mudo” se dedican a reparar las nasas que ahora colocan con ayuda de GPS mar afuera.
 
            Igual hacen Taña y Mirna Del Valle Díaz Marin, quienes mantienen el restaurant que fuera de su madre Dorina. Ella fue una legendaria cocinera, cuyo “torito” relleno era una delicia que hacía a más de un caraqueño pudiente ir en su avión particular hasta Margarita para luego trasladarse hasta su humilde restaurant a paladearlo. Ellas mantienen sus recetas y no dejan de preparar a diario los platos que de ella aprendieron. A la par, los hombres de este rincón no dejan de arropar su corazón de ternura y su venerada Virgen del Valle les acompaña en las quillas de sus peñeros cuando salen a ganarse el pan entre la inmensidad de la mar…
 
            El Tirano conserva frente al mar su gran cruz señalando el lugar del supuesto desembarco del hijo de Guipúzcoa, en sus brazos las aves de rapiña se baten entre el sol y la brisa incesante. Esta última vez que anduve por allá no cese de evocar lo escrito por Alfredo Boulton en su precioso libro La Margarita: “Al este, en la ensenada de Paraguachí, todavía de noche ven al Tirano en el piafante potro blanco de Villandrando, escaparse por entre los espesos cedros y los grises camarucos de la roja plaza de la iglesia.”

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, octubre 10, 2013

PIÑATA

El diminuto santuario ha visto fiestas y contemplado celebraciones
entre sus paredes se han celebrado, bodas, bautizos y funerales
ahora el monigote apaleado y abandonado en sus patios traseros
sigue sonriendo terco hasta que el corazón le revienta en la boca.

© Alfredo Cedeño

sábado, septiembre 07, 2013

CRUZ

El abuelo dice que ella manda sobre la Vía Láctea
y en sus brazos cabe el infinito dormido,
el nieto se acurruca en los de él y gravita feliz
mientras sueña con un reino de algodón de azúcar.


© Alfredo Cedeño

domingo, agosto 04, 2013

ESPERANZA

            Mi padre, quien fue un enamorado de la vida que no cesaba de reír ante todo y de todos, a veces tenía sus normales “bajones”. En esas ocasiones le oía decir: La esperanza era verde y se la comió un burro que venía muerto del hambre... Al instante se recuperaba y solía terminar: menos mal que ella siempre retoña.
 
 

            Pasé casi toda la semana dando vueltas y vueltas sobre lo que iba a escribir para este domingo y apenas el viernes yendo hacia Los Teques, donde ha estado dictando un taller de fotografía desde tres semanas atrás, mientras divagaba al mirar por la ventana del tren comencé a idear estas notas de hoy. Lo primero que hice fue acudir al mataburros y buscar su definición, y leí: Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
 
 

            Como era de esperarse, la digresión no me soltó así nada más y de ahí enlacé con las llamadas virtudes teologales o sobrenaturales en las que, junto a la fe y el amor, la esperanza a menudo es la luz que se hace faro para tirios y troyanos. Lo es para quien juega el Kino con el anhelo goloso de la opulencia. También para la que espera el aumento postergado, o el que necesita seguir haciendo andar la noria, o la que ruega para que la visita mensual no se siga retrasando porque lo menos necesario es quedar preñada…
 
 
            La esperanza es la certeza de los caminos que se han de recorrer pese a los rastrojos, es la gota que se balancea en el borde la hoja seca  y el garabato que se enrosca a una pared sin terminar de caer en los escaques que la vida suelta con alevosa intención que sólo el futuro dejará la posibilidad de entender.
 
 
            Virtud o fanatismo, ilusión o evidencia, confianza o resquemor, juego de un purgatorio del que pocos logran escapar. ¿Presencia inútil del fuego que después de muerto no podrás apagar, aún cuando navegues con gracilidad perpetua? ¿Habrá quien pueda decirnos exactamente qué es y para qué realmente nos habita? Tal vez al final sólo nos quede un templo reducido a escombros donde una cruz desnuda sobreviva para seguir llenándonos de  la nada que termina siendo la esperanza, pero que no deja de hacernos sentir ahítos de ella…

© Alfredo Cedeño

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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