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jueves, mayo 29, 2014

QUEREMOS

El papel conmueve por su inocencia
sus autores barnizan de valor lo ingenuo
y agitan banderas dormidas.

Limpias palabras que se atascan
en las miradas obtusas de quienes mandan
que arremeten feroces contra la pureza.

Las ideas siempre derrotan a las balas
y estas batallas se han de ganar
con manos de niños hechos ciudadanos.

© Alfredo Cedeño

jueves, febrero 06, 2014

jueves, enero 23, 2014

CIELO EN FLOR

Y hubo un día cuando el firmamento pisó tierra:
se hizo pétalos cuajados de gotas
nubes en cada estambre arremolinado
plegarias de niños en busca de destinos
un leve cataclismo de perdones en carrera…

© Alfredo Cedeño


jueves, octubre 24, 2013

A VOLAR

Las cadenas repican en feliz anuncio de vuelo
las piernas tiemblan audaces en ágil parábola
los pies se afincan menudos y feroces en el suelo
las caritas anuncian delirio, sudor y carambola
la tristeza se retira al saber que perdió el duelo.


© Alfredo Cedeño

domingo, octubre 06, 2013

PALAFITOS DE EL MOJÁN

El nombre oficial de la población sede del sector que hoy abordo es San Rafael de El Moján, pero son pocos, más bien escasos, aquellos que usan su toponimia entera y lo habitual es que al referirse a esta localidad zuliana hablen de El Moján.  Esta comunidad está ubicada a casi 530 kilómetros al oeste de Caracas y en "la boca" de entrada al Lago de Maracaibo. Para que tengan una idea sobre la ubicación exacta de este sitio le pedí prestada a Mr. Google Earth una imagen de ese lugar. 
Es propicio destacar que El Moján está presente en nuestra historia desde el siglo XVIII. Revela el hermano Nectario María en su libro Mapas y planos de Maracaibo y su región (1499 –1820) que en 1744 se hizo un plano del Saco, Barra, Laguna y Fortificaciones que existían a la entrada del puerto de Maracaibo donde  aparece señalada una guarnición ubicada en un lugar denominado Moján.  También reseñó a estos espacios el obispo Mariano Martí, quien nos legó sus Documentos relativos a su visita Pastoral de la Diócesis de Caracas(1771-1784), donde asentó al visitar el Castillo de San Carlos y las fortificaciones del lago entre los días 5 y 6 de febrero de 1776: "A la banda del poniente respecto a este Castillo de San Carlos, hay un sitio llamado el Moján, donde hay algunos pocos soldados. No hay castillo en dicho sitio del Moján, assí a este sitio del Moján como al sitio de Payjana, se va por el caño llamado Moján."
Otra mención que podemos hallar en los textos de historia es la carta que el 13 de abril de 1812 dirige Jaime Moreno, sargento mayor del batallón de infantería de Maracaibo, al diputado por la provincia de Maracaibo ante las Cortes Generales y Extraordinarias de Cádiz, don José Domingo Rus, en la cual le escribe: "Es indispensable artillar los castillos y baterías que defienden las entradas y el puerto de la expresada ciudad, que son San Carlos, Zapara, Moján y Sinamaica, estos dos últimos para contener a los indios con quienes siempre se está en guerra, y porque al abrigo de éstos puede cualquier otro enemigo entrarse."
 
Algunos cronistas locales estipulan el año 1832 como el de su establecimiento formal, cuando era una parroquia de la entonces provincia de Maracaibo; otros de ellos establecen 1841 como fecha cuando se estableció como nombre oficial San Rafael de El Moján.  En cuanto al nombre, es casi  unísono el criterio de que es voz de orígen indígena empleada para designar a los brujos o curanderos y que en la zona habitaba uno de ellos con tales habilidades que comenzó a ser denominado como el lugar del moján, hasta terminar endosando a esos espacios dicha toponimia.  Quiero apuntar a esta altura que en las montañas andinas del estado Trujillo, los campesinos llaman moján a quienes consideran poseen habilidades sobrenaturales; allí son personajes respetados y solicitados para el ejercicio de sus dones. 
 
Siguiendo con la localidad zuliana, aclaro que hice las anteriores referencias historicas  para patentar la huella que este pueblo, cuyo patrono es San Rafael Arcángel, ha dejado en nuestro jalonar histórico. Sin embargo, su incorporación al "desarrollo" ha sido de paso lento.  En sesión del Concejo Municipal del Distrito Mara del 26 de agosto de 1914, se aprobó la instalación y funcionamiento de una planta termoeléctrica para el inicio del servicio eléctrico en San Rafael de El Moján. El cronista local refiere que "el horario de prestación del servicio eléctrico se extendía durante el mismo horario en que se encendían las viejas lámparas de carburo, avisándose el inicio y cese a través de un silbato".
 
Fue apenas en el año 1935 cuando llegó la primera unidad de transporte colectivo: un pequeño bus de madera que realizaba viajes a Maracaibo.  Para conseguir cupo allí y trasladarse a la capital zuliana había que anotarse en una lista, adquirir el boleto y esperar el día señalado en su casa por donde a las tres de la madrugada pasaba el vehículo a buscarlos.
 
 Allí en la cara norte de El Moján sobrevive un lote de viviendas tradicionales indígenas -palafitos- que son el motivo de esta entrega. Tal vez fue por allí que entró al Lago de Maracaibo Alonso de Ojeda el viernes 24 de agosto de 1499; día en que se especula lo acompañaba Américo Vespucio. Este último escribiría el 18 de julio de 1500 desde Sevilla a Pier Francesco de Medicis, quien se encontraba en Florencia: “...encontramos una grandísima población que tenía sus casas construidas en el mar como Venecia, con mucho arte,...”. Sus habitantes siguen dedicándose a las labores de pesca en medio de duras condiciones de salubridad. En medio de la miseria más abyecta hay tiempo para jugar con los colores de la humilde verja que aísla las penurias propias de las colectivas…
Los niños juegan en medio de la peor contaminación imaginable, sin por ello impedir que su natural alegría haga que  cabrilleen gestos y sonrisas sobre la superficie lacustre. 
 
No puedo negarles que me afectó más de lo que hubiera querido el ambiente. A punto de salir de los recovecos de estas viviendas  y mirar con impotencia al cielo vi una luna preciosa. Casi al mismo tiempo escuché un estruendo y al voltear miré a una criatura saltar del borde de un bote a la orilla fangosa y chapotear sobre el agua, mientras gritaba:  ¡Voy nadando sobre la luna! 

© Alfredo Cedeño

domingo, mayo 19, 2013

UNO EN LA FE EN VENEZUELA


            En estos tiempos de desánimos y desesperanza, más que justificada en muchos casos, quiero insistir en apostar a la esperanza. Por ello, ante el desencanto: fe, ante la falta de ganas: fe, ante el coqueteo con abandonar: fe. Fe en Venezuela, en su gente y en sus propias miserias que se pueden hacer baluarte de esperanzas.

            Me jacto de conocer mi país de norte a sur y de este a oeste, a lo largo y a lo ancho. He andado esta tierra con la emoción e ilusión que solo da el deseo, amor y ganas de lo amado.  No he tenido un amor más puro y voraz que el que sigo teniendo por estas cuatro esquinas que el mundo me asignó por patria.
 

            He dormido a la orilla de los ríos y bajo los techos endebles de las rancherías de los pescadores, a cielo abierto arropado por una manta de estrellas que me alumbraban tanto que no podía cerrar los ojos deslumbrado por el salpicar de sus luces menudas. Me he despertado a la sombra de un rebaño de árboles de mangos dulces y aromosos a trementina, he abierto los ojos y desperezado a la vera de caminos polvorientos o preñados de rocalla, he andado senderos ahogados en la maleza y atajos empantanados. Y siempre amparado por el seno generoso de Venezuela.  
 
             En los médanos de Coro me encandilé con la risa franca y aparentemente inocente de un zagaletón que vendía dulces de leche de cabra, mientras me decía con picardía: “que hace mi abuela con leche de vaca de lata”, para luego largar una carcajada resonante. En Ciudad Bolívar, otrora Santo Tomás de la Nueva Guayana de la Angostura del Orinoco encontré un cacto mágico nacido entre las grietas de una roca. ¡Hasta en las piedras que se siembre en este país se obtienen cosechas!
            Encontré Mujeres como Carlina batiendo papelón caliente para hacer melcochas y negritos emparrandados como José Isabel haciendo repiques cortos y con zandunga sobre el cuero que su abuelo hace resonar en honor a san Juan Bautista. Me he conmovido ante el gesto desparpajado e inocente del pescador curtido que muestra con sonrisa de niño perpetuo el peje más pequeño que obtuvo en su jornada mientras asegura que era tan grande como una ballena pero “en lo que la saqué del agua se me encogió”.
 
            En el cementerio de Mapararí encontré una vela, amparada por una lata herrumbrosa, que calentaba las plegarias dejadas en los brazos de una cruz coronada por ingenuas flores de papel; en las montañas andinas contemplé mudo de asombro lagunas inmutables donde los riscos se acicalan permanentemente.  
 
            Un crío colocando una paja para sembrar una caricia en el lomo de su perro y el paso entrecortado de un lisiado bajo la leyenda alevosa de un refresco anunciando que todo está bien…
            La mano joven, pero ya experta, que guía una yunta de bueyes y la pértiga precisa que danza en el filo de las montañas, se enlazan en el barbecho trazando filigranas que parirán lechugas, cebollas y berenjenas.
            Esta tierra, a la que hago a diario dueña de mi corazón, le escribo y pido que su alegría no me apague la rabia que en mí causan todos aquellos que no se cansan de maltratarla para luego abandonarla mustia en medio de ceras agonizantes.

©Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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