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domingo, abril 09, 2017

ÁNGELES SIN MIEDO


                La imagen que uso hoy es la que ilustra la parte superior derecha de la primera página de este domingo 9 de abril del diario El Nacional es la foto de nuestro país. José Pacheco recoge en ella el espíritu venezolano en este momento. En medio del campo de batalla que fue el pasado sábado 8 la parte superior de la avenida Libertador de Caracas, lleno del miedo que siempre provoca el no saber si estás en la mira de algún funcionario o “colectivo”, y el sentimiento de responsabilidad para con sus compañeros de redacción y lectores, que sabía estaban esperando lo mejor de él, hizo su labor.
                Son rostros de niños, cuerpos de hombres ya, que están en la calle con la muerte sobrevolándolos y sin embargo pelean. No hay un rostro conocido, no hay dirigentes, ni opinadores, ni ninguno de esos que suelen desmelenarse de manera estentórea ante cualquier cámara –así sea de Fisher Price­–. Los veo y allí está mi hijo y sus amigos, los hijos de mis amigos y los de mis vecinos. Una muchachada que sabe se está jugando la vida, y no tiembla.  Uno lleva la bandera, mínimo cruzar de telas, cual escudo sobre el pecho y en sus pómulos trazos de crema para protegerse del ardor de las bombas que les lanzan con vesania los agentes “del orden”. Otros se protegen de las piedras y proyectiles que llueven sobre ellos con una lámina de madera.
                Es imposible ver con impasibilidad la fotografía. Una impotencia sorda se me recoge en el estómago ante la soledad que los acompaña.  Al fondo una muralla humana guarda distancia, y ellos defienden a esa mayoría que participó hasta cierto punto, el punto que esos muchachos rebasaron empinándose sobre sus propios miedos.
                A los lados aparecen fotógrafos y camarógrafos, amparados con cascos y chalecos, cual si estuvieran en las calles de Tadef, en Siria. Ellos también le ganan la pelea al miedo. Tal vez las alas de Tortoza y Aguirre, Jorge se llamaron ambos, los dos murieron en el mes de abril cámaras en mano, están cuidándolos.
                La foto de Pacheco es el testimonio de un país que paso a paso derrota la aprensión y demuestra cómo se ejerce la ciudadanía, cómo se le enseña a respetar sus derechos a una horda maloliente y pendenciera que dice gobernarnos. Los diputados jóvenes y desconocidos que han dado la cara y recibido sus buenas dosis de violencia roja, los ancianos que no cesan de participar, las mujeres que enardecidas partieron piedras para darles proyectiles a la muchachada, todos están en el pellejo de esos guerreros indómitos retratados por Pacheco.   También hacen callar a quienes furiosos se dan golpes de pecho, mientras afirman con tono pontifical que la comodidad venezolana es el principal aliado de la sarna roja rojita que no cesa de jodernos la vida.

© Alfredo Cedeño

sábado, febrero 06, 2016

MIEDO


 
“El miedo es un cuento que inventaron unos, que se creen más avispados que los demás, para dejarnos sin saber la verdad de las cosas”, era la respuesta invariable que me daba mi papá cuando le decía que estaba asustado ante algo o alguien. Su respuesta iba acompañada de una coletilla en la que me narraba su experiencia de medianoche con un gato negro.
Un día él se había quedado, sabrán él y Dios dónde y con quién,  hasta altas horas, y al darse cuenta de lo tarde que ya era, se despidió y agarró camino a su casa que en ese entonces quedaba en La Cabrería, que está en la parte alta de La Guaira. Esa cuesta que en aquellos tiempos era empedrada, al pasar las curvas de La Pólvora, tenía un atajo, o “pica” como las llaman en Vargas, por el que se acortaba un buen trecho de camino. Eran días en los que la ermita de El Carmen daba la hora y sus campanas se oían en todo el pueblo. Cuando él comenzó a subir la vereda, en medio de la cual había una piedra inmensa, ve en la parte alta, debajo de un poste de alumbrado público, un gato negro inmenso. “Cuando lo veo, no te voy a negar que me dio cierto escalofrío, pero ¿qué me podía hacer un gato?, ni que hubiera sido una pantera, a lo mejor un mapurite sí me habría hecho pensarla más. Total que seguí subiendo y veo que el bicho ese empieza a bajar, y en eso comienza el campanario a dar las doce de la noche. Cuando terminaron las campanadas yo había terminado de darle la vuelta a la peña… ¡Y el gato no estaba! Sí, me asusté, mejor dicho Alfredito: ¡Me cagué! Y le dije a la Virgen del Carmen: ¿Será que de verdad me están espantando? Sácame de esta con bien virgencita.  La cosa es, hijo, que uno siempre cargaba una linterna en el bolsillo de atrás, la saqué y me puse a buscar el bendito animal, tenía que estar en algún lado, y mientras le rezaba una Salve a la Carmela, seguí dándole la vuelta a la peña esa. ¡Hasta que lo  encontré! Había un hueco que casi no se veía y el pobre animalito, que estaba más asustado que yo, se había encuevado ahí. ¿Cómo lo iba a ver? Por eso es que le digo, el miedo está para vencerlo, porque si no se empieza  a creer en muertos y La Sayona y cuanta vaina han inventado por ahí, y uno termina temblando como una cucaracha cuando le echan Shelltox”.
Ahora bien, consideraciones paternas aparte, aseguran los especialistas del área que esta emoción se encuentra alojada en el llamado sistema límbico. Como este no es un tratado de fisiología, y lo que se trata es de darle a ustedes unas pinceladas –por favor los conocedores del tema no pidan ahora mi cabeza cual Salomés de nuevo cuño–, resumo que al dispararse un “sistema de alarma” de nuestro organismo ello nos prepara para sobrevivir.  Cuando eso ocurre nuestro sistema nervioso provoca que nos aumente la presión arterial, se intensifique el metabolismo celular, aumente la glucosa en la sangre, así como la coagulación sanguínea y se dispare la actividad mental; al mismo tiempo la sangre se va a los músculos mayores, principalmente a las piernas, lo cual otorgara suficiente energía para escapar si es el caso necesario. En ese momento el corazón comienza a trabajar a una velocidad sensiblemente por encima de la usual, y se produce una transmisión veloz de hormonas a todo el cuerpo; mientras que el sistema inmunológico y todas las funciones no esenciales en el cuerpo, se detienen. En pocas palabras el organismo se prepara para lo que venga: huir o pelear.
Lo cierto es que este sentimiento ha sido abordado por todas las disciplinas del conocimiento, desde lo teológico hasta lo gnoseológico se ha involucrado en tales bretes. La historiadora neozelandesa Joanna Bourke, autora de Miedo: una historia cultural, afirma que el miedo es un efecto colectivo e individual, y asegura haber determinado en sus investigaciones que su principal transmisor actualmente son los medios de comunicación de masas. Utiliza como muestra el pánico colectivo desatado en Estados Unidos en 1938 por la transmisión de La guerra de los mundos en adaptación hecha por Orson Welles. A Bourke le sorprende que los antecedentes de la experiencia de Welles no sean más divulgados, y cita el caso inglés de 1926 cuando la celebérrima BBC de Londres realizó una emisión de similar tenor, pero en esa ocasión el tinglado estuvo a cargo de  Ronald Knox, provocando idéntica oleada de miedo colectivo en el Reino Unido. La autora especula que dicha experiencia fue olvidada, “tal vez por un posterior sentimiento de vergüenza colectiva”. La tradicional flema británica no podía comportarse de otro modo.
Esta autora considera también que el miedo es un arma de dominación política y de control social. ¿No se encuentran familiarizados mis lectores venezolanos con dicha apreciación? ¿Qué es lo que esta pandilla de malvivientes que dice gobernar nuestro país ha utilizado de manera magistral para imponer su tinglado? ¿Acaso se olvidan cuando semanas antes de las elecciones de 1998 el comandante intergaláctico ofreció en Maturín freír en aceite la cabeza de los adecos?, aunque hay cronistas del submundo rojo rojito quienes aseguran que él nunca pronunció dichas palabras y que ellas fueron obra de un imitador.  Lo innegable es que no sólo se dedicó a freír cabezas, barrigas y corazones de los adecos sino del país entero.
Hemos visto cómo el miedo se ha convertido en una perversa política de estado, con la cual una cada vez más grande minoría ha mantenido intimidada a una mayoría avasallada por un ejercicio amoral del poder.  Es una Política de Estado que han desarrollado estos señores en nuestras narices de manera sostenida desde su misma llegada al poder.  El jueves 20 de enero de 2000 Jesús Urdaneta Hernández renunció a su cargo como director de la DISIP luego de un enfrentamiento con el por lo visto momificado José Vicente Rangel. Ese choque se venía gestando desde que Urdaneta había osado detener al hijo de Lewis Pérez, en ese tiempo secretario general de AD, debido a un proceso de importación-exportación de armas de guerra con fines desconocidos. Tal vez el bisoño comandante desconocía los añejos lazos Rangel-Pérez. Lo cierto es que al poco tiempo de abandonar la jefatura de la policía política, este ex militar dio unas declaraciones en las cuales aseguraba que, de ser necesario, Chávez excarcelaría a los delincuentes comunes para emplearlos como fuerzas defensivas de la revolución… Esas palabras pasaron literalmente por debajo de la mesa, y no se le hizo caso alguno.
¿Qué estamos viendo de cierto tiempo para acá? ¿Qué refleja la pranocracia que está viviendo el país? ¿Cómo entender que ante el derroche de ineptitud e ineficacia de la “ministra” Fosforito siga ejerciendo una cartera ministerial? Lo ya dicho: Es una Política de Estado para mantenerse en el ejercicio del poder al costo que sea, y no se perciben respuestas frente a ello, vemos como esa espiral de violencia institucionalizada es la que mantiene el control de nuestra dinámica económica, social y política.  No es solo la ciudadanía quien soporta inerme las arremetidas de esta plaga que a veces luce inextinguible. Son inacabables los testimonios de empresas de todo tenor y dimensiones sometidas a un cerco de secuestros, extorsiones y malandreo hasta lograr su venta a veces por precios irrisorios a “inversionistas” afines al bendito “proceso”; cuando no son sometidos al no menos atrabiliario ¡Exprópiese!, del patán de turno.
 ¿Será que no hay quien cargue una linterna para poder iluminar la madriguera donde se han escondido estos bichitos a gruñir como las fieras que son, más sin la fortaleza del caso, y hacerles salir para que se callen de una buena vez? Por lo visto el cuento que inventaron unos avispados ha logrado dejarnos sin saber la verdad de las cosas…

© Alfredo Cedeño


martes, junio 02, 2015

CAÍDA


Breve rastro de emociones para hacerse gota oceánica
rosario de pequeñas esperanzas gravitando sin agonías
camino de certezas con bamboleo capitán de miedos
angustia desterrada en cada caída que nos reverdece
llantos amargos que serán feliz desplome del tirano.


© Alfredo Cedeño

martes, mayo 12, 2015

MATINAL

Como cada mañana
surgen las ganas
y vuelan los gritos
se abren las sombras
llega la luz.

Como cada mañana
nace el día
y corren los miedos
se esconde la noche
vuelve la vista.

Como cada mañana
mueren los espantos
y tiembla la cobardía
se llenan las calles
resucita mi país.


© Alfredo Cedeño

jueves, noviembre 20, 2014

TINIEBLAS

Larga noche de miedos en plenitud
con truhanes en cada bocacalle
para segar ciudadanos que caminan.
Mi ciudad es una trampa desoladora
a la que insistimos en aferrarnos
convencidos de su  pronta restauración.
Sombras que no son eternas
y que la mañana  desnudará limpia
colocando angustias en las luces de un taxi en fuga.


© Alfredo Cedeño

martes, octubre 14, 2014

MANCILLADURA


                                   Para Carlos Villamizar

Los canallas afrentan la pureza a mansalva
se ceban pétreos sobre aquel que no alcanzan
y sus bastas manazas mancillan con fruición,
no entienden –sus mentes de ornato no les deja–
tu entrega generosa por amor a los demás
y el miedo que se aparta para alzarte hermoso.

© Alfredo Cedeño 

jueves, julio 24, 2014

FRONTERAS

La pureza se desliza sin fronteras
sobre el lienzo de sangre reseca…
¡Tantas inocencias caídas en estos días!
¡Tantos tontos enajenados en este tiempo!
¡Tanto abandono justificando el miedo!
¡Tanta comodidad hecha cómplice!
¡Tantas luchas que todavía faltan!
¡Tanta muchachada que insiste en salvarnos!

© Alfredo Cedeño 

martes, junio 10, 2014

MARAÑA

En mis calles natales la rabia es una sombra que brilla
y agita de libertad las ventanas y resquebraja los portales,
aquí la paciencia es ahora una corta carrera de nubes
y parpadeo de vallas inútiles trepadas a las azoteas,
entre sus callejones hay miles de muchachos sin miedo
y llenos de inocencia suicida empeñados en darnos paz,
por las avenidas el miedo va agazapado en cada quien
y las esperanzas se alargan parpadeando indecisas…

© Alfredo Cedeño 

sábado, marzo 22, 2014

MUCHACHOS


Ellos van de uno en uno hasta hacerse río sin cauce
van a contracorriente y de temores escasos
con una diminuta mochila repleta de quimeras,
no saben dejar de subir buscando el cielo
y la duda la dejan al fondo de los socavones
para afincar sus pasos en heredad desmoronada,
bendita la buena hora en que te parieron estudiante
sobre esta tierra yerma y paisanos de poca moral
a quienes enseñas a desmontar el miedo.   


© Alfredo Cedeño

sábado, enero 14, 2012

EL PERRO MULA


Usted no me lo está preguntando, pero eso fue de aquí, del centro de la barriga que yo sentí que me salía ese suspiro del puro susto, perdone la palabra, pero no era miedo, era cagao que estaba cuando yo sentí por aquí atrás de esta tapia los pasos de esa mula. ¿Qué cómo supe que era una mula? ¡Y era marrona! porque cada vez que afincaba los cascos le sonaban los sacos de plata que llevaba en la enjalma. Uno en estos campos reconoce hasta los peos que se echan los sapos, ¿cómo cree usted que no iba a saber reconocer esas pisadas?

La mirada se aguza y escarba el cielo buscando unos argumentos que sus ojos bizcos no alcanzan a enfocar con nitidez, pero cada vez que Pepe cuenta, todos callamos.

Además, que eso era noche negrita como culo de caldero, no se veía uno ni las manos, y aquellos cascos repicando por el camino, y yo más me cagaba, pero más ganas me atacaban de ir a ver, porque uno nunca sabe si es que Dios se antojó de mandarle la buena suerte a uno en una de esas, porque eso si tiene él, que aprieta pero no desnuca y hay que mantenerse con las pepas de ojo bien pendientes y poder ver; la vaina es que ¿cómo iba a ver con semejante oscurana?, y, encima de todo aquello me acuerdo que las pilas de la linterna se habían acabao, y los fósforos no sabía donde los había puesto.

Cuando estoy en aquella enorme angustia veo que se prende una lucecita aquí en los bajos de la puerta, verdecita como un retoño, ¡y se me ilumina la mente! ¡Un cocuyo!, resulta que si tú agarras uno y lo soplas por el frente ese bichito se vuelve como loco y alguna vaina hace, será que pide socorro, porque al poquito empiezan a llegar más. ¿Qué había pensado yo? ¡Fácil! Hacer una linterna con ellos, y así fue. Eso fue que llené un botellón y cuando no pude meter más los eché aquí en este saco, fíjese que eché tantos que por eso es que está así roto, lo esfondaron de tantos que había, pero antes que eso aconteciera, salí con mi pimpina-linterna, y en lo que me asomé a esa esquina de este lado, ¡qué mula un carajo! Era el jilacho perro ese que tenía cogido el hocico en una bacinilla vieja que la abuela Rosario había dejado por allá arriba y él se había puesto a olisquear.

De la tristeza tan grande que me dio le di una tunda e palos y se lo dije: Esto es por estarme haciendo creer que por fin iba a ser una gente con bastante cobres que gastar. ¡Eso no se hace!

© Alfredo Cedeño
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