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miércoles, octubre 07, 2020

EL SIGLO DE LAS TINIEBLAS


                La miseria más abyecta hecha poder es lo que nos gobierna a los venezolanos, y se pasea campante, hasta con algazara, por muchos rumbos. Es la misma desgracia que por sesenta años se ha ocupado de manera eficiente y modélica, en cuanto a lo ejemplar para algunos obtusos que se proclaman soñadores, de sembrar con escombros y pecios el territorio cubano.

Es la que ahora muestra sus quijadas desgreñadas y apestosas sobre la codiciada España, la de García Lorca y Cervantes, la de Unamuno y Pérez Reverte, la de Rosa Montero y Teresa de Ávila, la de Ana María Matute y Quevedo. Es nuestra España madre que, unos zarrapastrosos y un plagiario a todo meter, quieren volver una pocilga donde hozar a mansalva.

Es la desdicha que planea sobre el admirado México, el de Sor Juana Inés y Octavio Paz, el de Rulfo y Esquivel, el de Fuentes e Ibargüengoitia, el de Sabines y Kahlo. Es el México padrísimo que un retaco altisonante, aplaudido por una horda resentida y para nada formada, quiere sumir en sus abyectos delirios de resentido.

                Esos efluvios de pestilencia imbatible se ciernen sobre la gloriosa Argentina, la de Fito Páez y Cortázar, la de Alfonsina Storni y Borges, la de Lugones y Gelman, la de Hernandez y Pizarnik, la de Macedonio Fernández y Oliverio Girondo. Es la Argentina preciosa que Perón sumió en un viaje que no parece tener destino hacia la irresponsabilidad más  temeraria que se pudiera alguien imaginar.

Y como con nosotros pasa en la abandonada Nicaragua de Cardenal, Rubén Darío, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Azarías Pallais, Salomón de la Selva y  Alfonso Cortés. Allí un sátiro y una celestina trasnochada, y de maternidad desquiciada, humillan con desenfreno a los hijos de Nicarao. 

Las cuentas de semejante rosario de tribulaciones parecen inacabables, es una letanía que deja pocos lugares a los cuales mirar en busca de un  consuelo que cada vez luce más lejano. Cada cual se mira su propio ombligo y de vez en cuando suelta un regüeldo, que pretenden suene a reclamo cortés, para dejar constancia en el respectivo libro de actas de la infamia de su preocupación por la integridad del ser humano.

                Vivimos el siglo de las tinieblas, en medio de un derroche de energía como nunca conoció la historia. Historia que ahora es histeria y donde un grupete ha acumulado, a la sombra del ectoplasma tecnológico, el poder suficiente para marcarle al mundo lo que ha de pensar, saber y hacer. Vivimos un tiempo en que algunos, de manera descarnada, definen como un escenario donde se trata es de encontrar aquellos que quieran pagar para modificar el comportamiento de quienes les interese y convenga. Han creado una yunta en la que manierismo y supersticiones ahogan el pensamiento y lo convierten en una loa a lo correcto.

                Nuestro tiempo es de pasiones, no de razones. Padecemos una dirigencia fervorosa profesante del absolutismo, esgrimen argumentos propios de escritores de telenovelas, poseen poco fundamento real en lo filosófico y por ende conceptual, se juega a complacer al público en las supuestas necesidades que ellos mismos han sembrado en la gente. Todo es parte de un laboratorio social en el que nos tratan de arrear cual cabras estabuladas.  Las órdenes van al compás del ritmo demoscópico del momento. La corrección, insisto, es ama y señora. Todo esto conduce a una catástrofe inimaginable, y aquellos que la han  causado, llegado el momento, tratarán de  manera vil, de achacar a la ciudadanía su maternidad.

 © Alfredo Cedeño  



miércoles, octubre 03, 2018

JUEGOS CON LA CUERDA


                En 1513 Nicolás Maquiavelo, en los días en que los Medici lo tenían encerrado en San Casciano por andar en labores conspirativas, escribió su celebre El Príncipe.  Este libro, suerte de Biblia para quienes se jactan del oficio político, se asegura estuvo inspirado en Fernando el Católico. En dicho libro, por ejemplo, el autor señala a manera de muestra de cómo utilizar los conflictos externos para ganar apoyos internos el caso de Granada, cuya toma fue empleada por el marido de Isabel para ganarse el apoyo de la élite del reino de Castilla.
                Los ejemplos de similar conducta son innumerables, antes y después de Nicolás y Fernando. En lo que a nuestros lares corresponde, tal como lo he dicho en otras ocasiones, palabras más, palabras menos: los extremos se tocan. Así como Franco mató a García Lorca y Castro silenció a Padilla, y Stalin llevó a Vladimir Mayakovski a suicidarse de un disparo en el corazón el 14 de abril de 1930, ahora le toca a Maduro emular a los militares argentinos cuando crearon el incidente de Las Malvinas, cuando el gobierno de la dictadura argentina ordenó el 2 de abril de 1982 el desembarco de sus fuerzas armadas en las citadas islas. La junta militar de Galtieri, Lami Dozo y Anaya estaban convencidos de que los británicos eran mochos, y les salió el tiro por la culata. Perdieron las islas y al poco la pretendida unidad nacional contra el imperialismo se desmoronó y la querida Argentina recuperó sus aires democráticos.
                A comienzos del siglo XX, la propia Venezuela había dado ejemplos de este tipo de conductas. Cipriano Castro, desde su insignificante estatura, había anunciado la suspensión de pagos de las deudas del país con Alemania, Italia y Gran Bretaña. El 9 de diciembre de 1902, 15 unidades de la armada inglesa y alemana atacaron el puerto de La Guaira, y en los días sucesivos tomaron los principales puertos del país. La respuesta rimbombante no se hizo esperar y el currutaco anunció: "¡La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria!"  Unos años más tarde, su compadre Gómez lo sacó del poder.
                Ejemplos de similar tenor abundan en distintas etapas de la historia local y mundial. Nadie piensa en cabeza ajena, pero es el escenario por el que uno se pasea cuando trata de ubicarse en el pensamiento de Nicolás Maduro, si es que lo tiene, y sus acusaciones de conspiraciones en su contra mientras realiza escarceos con la vecina Colombia.  Juega a la provocación de manera sistemática, sus helicópteros violan el espacio aéreo de nuestro linde oeste cada vez que se le antoja,  tensa la cuerda una y otra vez. ¿Qué hará el día que se le reviente en la cara?

© Alfredo Cedeño

domingo, febrero 09, 2014

NEGRO

            Día a día doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado, y no dejo de susurrarle: ¡Y sin haberte pedido! Y me digo a mí mismo: Si hubieras pedido, seguro no hubieras recibido tanto.  De lo tanto que me ha tocado están los maestros que tuve, y espero seguir teniendo, uno de ellos fue Antonio Estévez, el querido maestro.  De su mano aprendí a degustar la obra de Alberto Arvelo Torrealba y recuerdo de sus Glosas al cancionero, donde Florentino y el Diablo ocupaban especial sitio,  estos versos: 
Mi potro sobre las riendas
cruza la orilla arenosa,
y cuando el cielo de rosa
cierra su ultima rendija,
abres tu negra cobija
noche oscura y tenebrosa.
 
            Hoy escribo del a veces despreciado y/o estigmatizado negro, color con el cual a veces pareciera no terminamos de determinar las cosas. Maniqueísmos aparte, creo no pecar de exagerado si digo que, al menos en nuestro modelo societario, mantenemos con el negro una morbosa relación de amor y odio. Por un lado lo asociamos con lo negativo, lo diabólico, lo nefasto; mientras que por el otro lo vinculamos con lo elegante, lo sobrio, lo distinguido.  Se me ocurre pensar en este momento, a manera de ejemplo de lo primero, en el bachiller Shakespeare quien, por ahí por 1603, en su Otelo, pone a Yago a gritar a Brabancio en el primer acto: “Ahora mismo está solazándose con vuestra blanca cordera un macho negro y feo.” En cuanto a muestra de la visión benéfica del oscuro matiz no se me ocurre mejor ejemplo que a Rubén Darío:
Luz negra, que es más luz que la blanca
del sol, y las azules de los cielos.
Luz negra, luz divina, luz que alegra
la luz meridional, luz de las niñas
de las grandes ojeras.
 
            Al seguir dándole vueltas a los que en su momento aparece en Otelo, no dejo de sonreír ante el planteamiento de la socióloga cubana Sandra Morales Fundora en su libro El negro y su representación social: “La historia de penurias y marginación social del negro como miembro de la sociedad, expresada en el racismo, surge en el siglo XVIII.” De lo cual podemos inferir, que lo puesto por el autor británico en boca de su personaje no es considerado racismo por la estudiosa antillana. Interesante…
 
            Y ahora que hablo de aquellas tierras y de negros no puedo dejar de pensar en Nicolás Guillén:
¿Po qué te pone tan brabo,
cuando te disen negro bembón,
si tiene la boca santa,
negro bembón?
 
Max Lüscher en El test de los colores describe el color negro como la representación del límite absoluto. Los teóricos del color definen al negro como “la percepción visual de máxima oscuridad, debido a la inexistencia de fotorrecepción, por falta total de luz. Se asemeja a la coloración del carbón. Es de claridad nula y acromático.”  En cuanto a los orígenes del vocablo algunos afirman que deben buscarse en el protoindoeuropeo, al menos es lo que asegura el Online Etymology Dictionary de Douglas Harper, donde se especula que el significado de nekw–t– era: noche.  De allí pasó al latín: nĭger, nĭgra, nĭgrum. Por su parte, Joan Corominas en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, explica que en idioma castellano el término negro comenzó a emplearse alrededor del  siglo XII. 
 
            Si revisamos las connotaciones a las que suele estar asociada la palabra veremos que el mercado negro es ilegal, una oveja negra es lo que yo he resultado para mi familia, humor negro tiene que ver con chistes pesados (pero generalmente sabrosos, he de decir), acá en Venezuela cuando hablamos del Viernes Negro nos referimos al18 de febrero de 1983, fecha en la cual el entonces presidente Luis Herrera Campins devaluó el bolívar, carrera descendente que nunca ha parado desde entonces.  Sin embargo, también es bueno recordar que negro es el color de la cinta con la que se indica el tope del entrenamiento en diferentes artes marciales; y para los masái que viven entre Kenia y Tanzania el negro está vinculado con las nubes de lluvia, símbolo de la vida y la subsiguiente prosperidad.
 
Las venturas y desventuras de nuestro color de hoy han sido de toda ralea. Se sabe que en 1498, Ana de Bretaña, quien fue de armas tomar y faldas alzar, al enviudar de Carlos VIII de Francia, con quien había tenido su segundo matrimonio, se vistió de negro en su funeral. Aseguran las crónicas -¡y no de Hola!- que el rey sucesor Luis XII, quien además era primo del difunto, pese a estar casado con su también prima Juana de Valois, se embellacó por la viuda y logró que el Papa Alejandro VI anulara en menos de un año su matrimonio y se casara con ella haciendo que de nuevo la ilustre coja llegara a ser reina de Francia.
 
            ¿Será que la nobleza gala hubiera sido proclive a Vallejo y recitarán Los Heraldos Negros?
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
 
Quien sabe si tararearían Negro como un blues de Joaquín Sabina:
y el autobús
de mi pasado
me dejó sin luz
en un túnel
negro como un blues
 
            Como bien han de suponer, no puedo dejar por fuera a nuestro Andrés Eloy Blanco y me vienen a la mente dos de sus piezas: El Canto de los hijos en marcha que abre con dolorosa petición:
Madre, si me matan,
que no venga el hombre de las sillas negras;
que no vengan todos a pasar la noche
rumiando pesares, mientras tú me lloras…
y, por supuesto sus Angelitos Negros que cierra así:
Si queda un pintor de santos,
si queda un pintor de cielos,
que haga el cielo de mi tierra,
con los tonos de mi pueblo,
con su ángel de perla fina,
con su ángel de medio pelo,
con sus ángeles catires,
con sus ángeles morenos,
con sus angelitos blancos,
con sus angelitos indios,
con sus angelitos negros,
que vayan comiendo mango
por las barriadas del cielo.
 
            Negro de luto y negro del vuelo de las aves que se empinan sobre las cercas, la libertad es una sombra de la que nunca se saben zafar quienes quieren encerrarla. En una hora negra como la que vive Venezuela, siempre habrá una luz que retoñara en los bordes quebrados del agua que riega los claveles, por más que ahora solo evoquemos El Romance de la Guardia Civil Española de Federico García Lorca
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.

© Alfredo Cedeño
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

sábado, junio 01, 2013

VENTANAS

La semana pasada, cuando escribí sobre Burere, en el estado Lara, recibí dos mensajes que fueron el “gatillo” que disparó este trabajo que les entrego hoy. Uno de ellos fue de la querida y muy caraqueña Ylleny Rodríguez quien con su donaire de siempre me soltó en un mensaje: “Qué no habrá visto esa ventana?”
 
            Un rato más tarde me escribió el no menos querido José Humberto Márquez, nacido, amamantado y destetado en la muy venerable y tachirense Táriba, quien con su tono lapidario de siempre me espetó: “¿Cuántas ventanas habrás retratado en tu vida?”
 

           Ambos mensajes me quedaron rodando en la cabeza como maraca sin palo. Bien saben los que me conocen que no puedo ver una provocación porque le saltó encima.  Tal vez por ello la cadena de matrimonios que arrastro, pero sigamos en lo que estamos que si a la escasa resistencia a los desplantes unimos la tendencia incontrolable al desvarío bien corren el riesgo de terminar leyendo una diatriba sobre sabrá Dios qué tópico. Así que sigamos con lo originalmente pensado.
 
            Si recurrimos al venerable mataburros encontraremos que ventana es: “Abertura más o menos elevada sobre el suelo, que se deja en una pared para dar luz y ventilación.”  Palabras más, frases menos, podemos encontrar una retahíla de diversas definiciones de similar tenor en diversos textos, manuales, enciclopedias, tratados y demás publicaciones conexas.
 
Ahora bien, no puedo dejar de preguntarme: ¿sólo eso es una ventana? Y de inmediato Philip Larkin me entrega la respuesta:
más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
el hondo aire azul, que nada muestra,
y no está en ninguna parte, y es interminable.
 
Por eso es que siempre retrato ventanas: ellas que han visto todo y se han ido de vuelta a la nada, la muerte que por todos aguarda, son mudas vocerías de penas y esperanzas. Vanos llenos de sonrisas, gestos, palabras, llantos, traiciones, y ese vastísimo abanico que solemos desplegar en nuestro día a día, lo cual conjuro con la mirada que me permite saborear el lente. 
 
Ahora quien me auxilia es el maestro Benedetti, quien surge raudo de mi memoria:
De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
 
           Son los ojos de nuestras moradas que dejan saber, o al menos incitan a presumir, lo que guardan y atesoran.  Konstantínos Kaváfis lo dijo impecablemente:
En estas oscuras piezas, donde paso
días agobiantes, voy y vuelvo arriba abajo
para hallar las ventanas. -Cuando se abra
una ventana habrá un consuelo- .
 
            ¿Consuelo? ¿Se puede encontrarlo en verdad? No puedo dejar por fuera al poeta de los poetas: Federico García Lorca
Asomo la cabeza
por mi ventana, y veo
cómo quiere cortarla
la cuchilla del viento.
 
            Andando y desandando esta amada Venezuela de mis tormentos encontré la reencarnación del holandés Mondrián en una combinación sobria y alegre de cuatro modestos cristales que cubrían de la polvareda las apolilladas imágenes de un templo a punto de derrumbarse.
            Las he visto desde afuera, y también he visto del lado adentro como las calles descuartizadas por el calor son un vaho que trata de atenazarte la garganta. He sido voyeurista impenitente que trata de averiguar la vida ajena, a veces con fortuna otras saliendo con las tablas en la cabeza y unas cuantas recordatorias de aquella que me parió. Con ellas aprendí la entera dimensión de la frase que Shakespeare pone en boca de Julieta: Ventana, deja entrar el día y deja salir mi vida.
 
            Unas apenas son humildes hojas de madera, pero con la digna fortaleza de cumplir su función de cobijo y protección.  Otras altivas, muchas desportilladas, pero con la altivez de la solera de tiempos idos en los cuales fueron signo de poderío. Ambas mudas testigos de filigranas de los corazones y más de una innecesaria ruindad de esas en las que tanto se empeña el ser humano en refocilarse.
 
            Son los ojos atentos que siempre vigilan al que pasa y amparan al que tras ellas se cobija, cuencas preñadas de ilusiones o de congojas, cálidos albergues donde las heridas se lamen y sellan, y las alegrías se desparraman.
 
            Estas ventanas que hoy comparto con ustedes han sido parte medular de mi búsqueda que, al escudriñar en sus vidas e historias, ha sido herramienta para tratar de entender, entendiéndolos a ellos, sus ocupantes, mi raigambre.  Las ventanas han sido parte de ese arado que plantó a mi tierra en mí mismo de la más hermosa manera.   Gracias por dejarme compartirlas con ustedes…

© Alfredo Cedeño

 
 

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