domingo, marzo 25, 2012

FELO





Yo soy un privilegiado. He vivido momentos terribles, amargos, desoladores, pero esos han sido los menos. He vivido una larga cadena de momentos felices que superan sobradamente los nombrados anteriormente. De esos momentos buenos, el mejor siempre fue, ha sido y será, el que me tocó el 8 de noviembre de 1996. Ese día nació mi hijo Alfredo Rafael, Felo.



A mi padre siempre le oí decir: “Sabrás para qué has nacido el día que te nazca un hijo”. A los cuarenta años, recién cumplidos en aquellos días, entendí en toda su dimensión el aserto que, casi como un mantra, había oído tantas veces al viejo.




No les voy a dar la lata, porque ciertamente me convertiría en un papá majadero e insoportable, escribiéndoles las mil y una cosas que aprendí al lado de lo que al comienzo fue una entrañable pelota de carne gimiente. Siempre digo que crecimos juntos: él cumpliendo su ciclo natural, yo tratando de aprender a ser padre. Sigo preguntándome si lo he hecho bien, y no lo sé, decidí que tampoco quiero saberlo. He tratado de darle lo mejor de mí y de disfrutarlo al máximo. Tampoco ha sido fácil, porque esa maldición-bendición que es mi vocación de servicio y literaria, más de una vez me ha hecho pecar de injusto con él exigiéndole demasiado.





En todo caso su irreverencia se conserva, sus ojos no dejan de buscar con la misma frescura que recuerdo han tenido siempre. Muy temprano comenzó a retozar con las imágenes. Ahora, que ya es adolescente, también se dedica a jugar con la palabra y esta semana me sacudió como sólo me había pasado el ya mencionado 8 de noviembre cuando me entregó estas líneas que ahora comparto orgulloso, necio y feliz:



“Con una habilidad envidiable para cualquier barbero
y una rapidez tan fluida como para impresionar a maratonistas
me alisté decidido a emprender mi rumbo:
salí a la sala con mis zapatos anchos, resaltantes,
claramente notables fuera del uniforme,
casi a punto de salir me volteé para despedirme
y al terminar el giro, ahí estaba él
un progenitor perdonado por el tiempo, que había pasado con suavidad,
con su pelo de enredaderas blancas grisáceas
con sus travesuras de la niñez reflejadas en los ojos
y alguna que otra competencia de quinceañeros en sus oídos.
Con sus facturas cobradas por antiguos vicios inofensivos
olvidados, pero presentes.
Mi padre, que más que una figura o un ejemplo
o una persona más de confianza
es un hombre sin adjetivos calificativos
admirable, radiante y trepidante.”



6 comentarios:

Cristina dijo...

w-a-o

Anónimo dijo...

A belleza!!!

Gastón Segura dijo...

Bravo, chaval, Alfredo.

Anónimo dijo...

Que la vida les siga deparando felicidad y exitos para compartir juntos :D

Anónimo dijo...

dicen madre es madre y es cierto, pero madres gracias a Dios hay muchas padres asi pocos y muchisimas gracias a Dios tambien, felicitaciones.

Anónimo dijo...

Gua¡¡ debiste hacerlo muy bien Alfredo y no me extraña que pongas con orgullo las letras de tu hijo

Amaia