domingo, febrero 26, 2012

PIÑANGO


En los primeros días de enero de 1959 Froilán Lobo le ganó una apuesta de cien bolívares a Cristino Villarreal. Ellos habían “cruzado” esa suma porque Lobo decía que llegaría manejando un carro hasta el pueblo, a Piñango, Villarreal lo acusaba de loco. Y Froilán Lobo cumplió.

Recurro a Google Earth para que se hagan una idea de dónde está colgado este pueblo (en el ángulo superior izquierdo puse marca de guía)en la cordillera respecto a Timotes y El Águila





Llegó en un jeep Willys rojo, año 54, por el camino que usaban las recuas de mulas, que era el único medio de comunicación que había con el resto del estado Mérida. Ese día el pueblo entero salió a recibirlo; de la escuela salieron los niños y le cantaron el Himno Nacional.




Piñango fue fundado el 13 de junio de 1619, se asegura, por el agustino fray Alonso Matías de Minestrones, con el nombre de San Antonio de la Sal. La denominación le venía por la fecha escogida -13 de junio, día de san Antonio- y porque allí era donde se resguardaba la sal de los holandeses, y de cuanto bicho de uña, que asolaban las costas marinas y lacustres venezolanas buscando el comestible mineral.




Cuentan los lugareños que muchos años más tarde un general de apellido Piñango decidió rebautizar el pueblo y le impuso su propio apellido. Así, entre desmanes y desplantes, Piñango sobrevive adherido a la cordillera andina y se mantiene pese al abandono oficial e institucional. En Piñango ni cura hay, sus habitantes se organizan y llevan a comienzos de cada año a un clérigo que concelebra las fiestas religiosas –San Benito, San Isidro, San Juan, Niño Jesús, San Antonio- un día atrás de otro. El resto del año, y de poco tiempo para acá, las atenciones espirituales están a cargo de William quien es diácono.



Los nativos de Piñango han hecho todo para que este pueblecito no desaparezca, para que un retazo de nuestra memoria permanezca. Es así como el 4 de julio de 1953, llevaron en hombros desde el camino de El Paso del Cóndor –mal conocido como Pico El Águila- el busto de Bolívar que hoy vemos en su plaza.



En este pedacito de cielo, uno encuentra las estrellas adornando sus ventanas, y se queda con las ganas de volver, una y otra vez, para caminar sus calles, oír a su gente, llenarse de su aire cantarino, recorrer de nuevo los páramos y barrancos para llegarle.

Por cierto: Froilán Lobo nunca pudo cobrar su apuesta, porque ese dinero lo gastaron en miche en una de las bodegas para festejar; esas fiestas duraron más de una semana.

© Alfredo Cedeño

1 comentario:

Ra dijo...

-Qué nostalgia. Gracias