domingo, febrero 19, 2012

BARQUISIMETO


Conservo entre mis recuerdos de niñez largos recorridos por una ciudad calurosa, de viento suave que refrescaba la tarde y un cielo que se encendía con la hermosura de los pecados cuando se disfrutan a plenitud. Ya saben por el título que estoy escribiendo de Barquisimeto. Quiero aclarar, porque se bien de la hipersensibilidad de los queridos guaros sobre su patria chica, que lo hago con cariño. A todo aquel que no lo entienda, le ruego que no siga leyendo y agradezco no me jodan el domingo con comentarios altisonantes. Conmigo mismo me basta y sobra.

Dicho esto, sigo contándoles, a quienes siempre me acompañan en mi vagabundear, de la capital larense. Hasta hace relativamente poco, ésta era una ciudad donde el tiempo parecía detenido. Cuando ya hecho un gandul la recorrí de nuevo me asombraba lo bucólico de su ambiente. En más de una oportunidad mis desvaríos habituales me hacían imaginar que veía a Antonio Arráiz niño correteando por sus calles, o que bien me podía encontrar en una esquina a Pablo Canela preparándose para ir a dar una serenata a la ventana de alguna barquisimetana preciosa, de esa a las que los senos le huelen a jazmines estrellados.


Uno se metía a su mercado y encontraba a un vendedor de claros rasgos de herencia ayamán ofreciendo una bandeja de ajíes dulces delirantes, o una criatura ofreciendo mazorcas de granos limpios que competían con su sonrisa de dentadura impecable. Barquisimeto era una fiesta de ritmo lento y cadencioso.

Por aquello de no quedarse en lo meramente etéreo, tal como me solía exigir Wilmer Suárez en la época de Ultimas Noticias, quien cáusticamente me solía traer a tierra: “Mira mijo, es información lo que hay que dar, la poesía en los botiquines o en la cama, pero aquí es datos lo que hay que poner. ¡Muévelo!” Afortunadamente, aquí hago lo que se me antoje y he tratado de hacer que esto sea un injerto de putidiario, es decir botiquín con noticias. Sigo.

Barquisimeto no es la excepción a la casi totalidad de nuestras ciudades, grandes y pequeñas, o sea: no hay partida de nacimiento, no la busquen, porque no hay quien la haya buscado y podido conseguir. Hay, como bien han de suponer, miles de especulaciones, diría que cada vez que respira un guaro aparece una nueva. Todas por comprobar, ninguna confirmada. Lo que si es cierto es que todo empezó por la codicia. Se hablaba a mediados del siglo XVI, 1550, de la existencia de oro en Buría. Se sabe que a comienzos de 1552 el capitán segoviano Juan de Villegas comisiona a Damián del Barrio para que fuera a Buría en busca de los yacimientos auríferos y en abril éste vuelve e informa que encontró dichas minas, es así como en mayo de ese mismo año Villegas toma las de Villadiego. Esta fecha se supone debido a una carta fechada el 29 de abril de 1552, en la cual escribe al Rey Carlos I (el hijo de Felipe el Hermoso y Juana La loca): Quedo de partida aquí a diez días Dios mediante en nombre de Vuestra Majestad ir en aquella comarca a fundad la Nueva Segovia.


Puede uno especular que la ciudad en realidad comenzó como un campamento minero… De un tiempo para acá, largo por cierto, se ha establecido el 14 de septiembre de 1552, como fecha de fundación porque dicho día Juan de Villegas, disponiendo de lo que no era suyo, como suelen hacer los que se imponen por la fuerza -y de eso tenemos en la actualidad buenos ejemplos, y de sobra, con la plaga roja que padece Venezuela-, repartió a los indígenas que poblaban el área. La repartición se llevó a cabo entre 35 españoles, 3 alemanes y 1 portugués que lo acompañaban en sus faenas.

Es bueno aclarar que las fulanas minas no eran tales, en realidad algunos exploradores habían informado del hallazgo de algunos trozos aluvionales de oro en las aguas del río Buria. Por supuesto, al cabo de 4 años no había más cochano, pero si cochinos mosquitos y cuanta plaga pueda cualquiera suponer. Por ello, en 1556 se traslada la ciudad al sitio El Carabalí que fue donde apareció por primera vez el nombre Variquisimeto, que se afirma quiere decir en lengua indígena: río con aguas cenicientas; lo cual, aseguran los entendidos, confirma dicha toponimia el color que caracteriza las corrientes del río Turbio.


En este sitio la localidad se mantuvo hasta que en octubre de 1561 el vasco Lope de Aguirre, el Tirano Aguirre, le pegó candela por los cuatro costados. Después de ahí he encontrado versiones diferentes que hablan de que esa fue su penúltima ubicación, pero hay quienes dice que hubo una más que se llevó a cabo en Zamurobana que es donde confluyen los ríos Claro y Turbio; allí permaneció hasta 1812 cuando fue destruida por un terremoto. Y fue así como se produjo el quinto asiento, que es el actual, en la meseta donde la conocí.

Esa ciudad gitana que, como escribí párrafos atrás, conservó un aire muy suyo hasta hace relativamente pocos años es ahora una urbe vigorosa que acuna todos las venturas y los males propios de cualquier otra similar en estos tiempos que corren.


Semanas atrás gocé de esa ciudad. Desde el balcón del apartamento de mis anfitriones los ojos se me llenaron de esos juegos geométricos de acero y cristal que ahora la recubren. No dejé de reír ante el sarcasmo de la valla que invita a vivir en medio de la cacareada jungla de cemento. Pero también me llené de sorpresas cuando vi copos del verde larense que se asomaban tercos en los sitios menos esperados.


Así son los larenses: en lo más inhóspito hacen retoñar los asombros en el que recorre estos espacios, para plantarle las ganas infinitas de siempre volver…

© Alfredo Cedeño

3 comentarios:

Gastón Segura dijo...

¿Y llueve? Porque si encima no llueve, me puedo ahogar de calor.

Anónimo dijo...

es la ciudad con el mejor clima en vzla

Leira Alvarez dijo...

Y quizás lo más importante es que en esta querida ciudad casi todo el año refresca en la tardecita.....Y tenemos muy cerquita la playa, la montaña,los valles.....y a la DIVINA PASTORA..